Día de la Cruz



Con los primeros perfumes de la primavera, cuando las hojas del almanaque han caído, como cada año Mayo empieza a romper a la vida.
El Albayzín dentro del marco de su incomparable belleza, se dispone a celebrar “el día de la Cruz”, una vez más el barrio vibrará de alegría, la angostura de sus callejas será insuficiente para albergar los ríos humanos que subirán desde el centro de la capital.
La fiesta de la cruz es tan antigua en Granada como la ciudad misma; pero la resurrección del tradicional monumento, (desaparecido en el discurrir de los años) se debe al Centro Artístico, que en 1.922, revivió esta costumbre popular levantando un gran altar en el patio del Ayuntamiento, el cual causó una gran admiración.
En la casa morisca se vive con intensidad esta popular fiesta, un año más se montará una modesta pero preciosa cruz en el carmen de la casa mudéjar. Este precioso carmen, que en tiempos allá, fue llamado “Carmen de Aixa”. Miquel I cuando arribó a al finca morisca, cristianizó su nombre, denominándolo “Carmen de Santa Marina”, en honor a su cuarta hija.
Este vergel se encuentra franqueado por un blanco tapial, coronado por un manto de verde hiedra, que tras derramarse a ambos lados, trepa sin orden por el poste de la luz, trasformándose en un frondoso y falso árbol.
En un lateral el elegante arco enmarca una regia cancela pintada de verde esmeralda, a través de su hoja entreabierta podemos divisar al fondo, la misteriosa casa morisca, siempre escondida y defendida por verdes árboles. Se vislumbra el artístico balcón, al que se encaraman sin cuidado las rosas para escuchar a ese pájaro que en la jaula está encerrado. Las rejas con claveles y geranios de colores, también se engalanan para ser testigos de amores. Y en el ennegrecido alero la golondrina, como cada año, ha colgado su nido.
Al traspasar el umbral nos encontramos con la verdura de un esplendido parral, que remeda un regio doncel oriental, donde la uva reposa y madura.
En el carmen reina un desorden gracioso, en este bello plantel se alza el caqui orgulloso, y la higuera frondosa le da sombra al laurel.
El celindo de flor cuajado, toca con sus ramas, la mansa agua del estanque, quedando encantado cuando el vecino granado le ofrece sus flores rojas como llamas.
En un rincón el níspero va inclinando sus brazos, ofreciéndonos su tesoro, frutos dulces y blandos que van formando racimos de florones de oro.
Pepa, la maestra del taller de bordado, donde trabaja Candelaria, como todos los años, es la encargada de dirigir la colocación de la Cruz. Con mucha imaginación dispone todo lo necesario para realizar una verdadera obra de arte. En el fondo de la tapia se cuelgan cerámicas de fajalauza y peroles de cobres que relucen como el oro, unas grandes macetas de pilistras se han colocado como centinelas en los extremos de la alberca. Mientras pequeñas macetillas de geranios y clavellinas se colocan sobre el pretil del estanque. A ambos lados de la cruz, se han situado las doradas cornucopias, que Milán ha tenido la deferencia de prestar. Éste como buen previsor las ha atado fuertemente para que no puedan desaparecer.
En la base de la cruz se despliega unos formidables mantones de Manila que Candelaria con primor ha bordado. La abuela Merche, tan astuta como siempre, coloca con autoridad la bandeja con el pero las tijeras.
En la casa de nuestra querida abuela se huele a habas fritas, todo un majar representativo de la Cruz de Mayo. Por mañana temprano, se han ido a comprar las habas frescas, recién cortadas, a la huerta de la Marranica en la carretera de Murcia, son las mejores del barrio. La abuela las prepara como nadie; echa aceite en la sartén y cuando está fuerte, le pone un pedacito de gordo de jamón, para que suavice las habas, y cuando el tocino ha soltado la grasa, se le añade las habas y se tapan, guisándose a fuego lento para que no se arrebaten. Tres o cuatro minutos antes de apartarlas de la lumbre, se le echa jamón fresco, se remueve con las habas y se deja tapado un momento para que no se endurezca el jamón. Está lista ya, se le puede agregar un par de huevos fritos. Todos se pelean por degustar este apetitoso plato.
A media mañana ha llegado la comitiva que forma el jurado, que se encargará de premiar las mejores Cruces del barrio. La impresión ha sido muy favorable y se esperan buenos augurios. Más tarde se confirma la corazonada, otro año más el primer premio recae en la Cruz de la Casa Morisca. La familia de Miquel I, y todo el vecindario no cabe de alegría, recibirán un buen premio en metálico, con él que se comprará un choto, embutidos, vino y dulces para celebrar este triunfo como Dios manda.
Es un día inolvidable para las guapas hijas de Miquel I, se han vestido para la ocasión, con falda de volantes, mantoncillos y pequeña peinetas. Peinándose con esos descomunales rizos llamados comúnmente “caracoles” al estilo de María Amaya “La Gazpacha”.
Marina y Candelaria como hijas más pequeñas junto a la chiquillería del vecindario se encargan de pasar un platillo lleno de pétalos de flor, pidiendo “un chavico para la santa cruz.” Donativo que servirá para comprar vino y Jayuyas que recompensen el esfuerzo realizado.

Desde un tres de mayo de los años cuarenta, os desea una feliz fiesta

MANUEL VICENTE PRADOS

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