Una pequeñez de los recuerdos de mi niñez


La infancia es como un  estado de gracias, en el que parecemos tocar la felicidad con la punta de los dedos. Siempre la recordamos con cariño y añoranza. Quien no recuerda aquellos veranos de los años 60. Liberados de las pesadas obligaciones estudiantiles, solo el juego y la calle era nuestra ilusión. Aquel tórrido verano albaicinero era un regalo de Dios, qué alegría de levantarse tarde, de jugar por la mañana en el patio del carmen, buscando la sombras y mojándote con lo que fuera. Y por la tarde quitarse los  manchurrones con la mojada toalla y siempre muy repeinados, con una peseta en la mano, salir corriendo a la calle para comprarnos un refrescante helado en Casa Pasteles.

 

Estas vivencias infantiles perdura en la memoria del profesor D.Miguel Vicente Prados, con frescura y la maestría que el atesora, nos ha de transportar al entrañable verano de los niños albaicineros. Manuel Vicente Prados.

El calor me evoca un recuerdo infantil que hoy quiero compartir, en aquel tiempo para mi lamento el verano traía más calor del que hoy siento, no había manera de calmar el calor en la finca albaicinera, en mi casa no había ni fresquera, sólo cuando venía el vendedor del hielo encontrábamos al sofoco canicular consuelo, venía con su carretilla en la que portaba barras de hielo atadas a la barandilla, desde la calle Lepanto, donde estaba la fábrica del hielo, venía el maná caído del cielo.

Con chorros de sudor subía Antonio el Fresco por la cuesta del Chapiz para desarrollar su labor. Con su hocino dentado partía las barras según el cliente lo hubiera demandado, las vendía enteras, medias y en trozos, para los niños está última opción era la mejor, pues en la barra ocasionaba mayores destrozos, que eran para saciar los calores unos primores, se cogían del suelo los más colosales y los chupábamos refrescándonos el cuerpo y las cavidades bucales. Uno de los proveedores era el padre de unos de los chavales de nuestra pandilla, éste, el chaval, se llamaba Mariano, y como su padre en verano tenía un trabajo tan refrescante, mi tía Mercedes, le puso como apodo Fresco al instante, tenía, ésta, una enorme habilidad en buscar el mote con oportunidad, el resto del año tenía en el mercado de San Agustín con su mujer, la Fresca, una casquería.

Cuando aparecía el Fresco en la distancia sabíamos que nos refrescaríamos del tórrido calor con abundancia, cada golpe que pegaba con el hocino en la barra de hielo encontrábamos más motivos para nuestro refrescante consuelo ¡qué trozos caían al suelo tan hermosos! En la taberna de la finca albaicinera tenía parada obligada, pues para las neveras, fresqueras y orzas de sangría el hielo falta hacía.
Por la tarde teníamos otra salida para mermar la calor del verano albaycinero con un sol inclemente y justiciero, nos íbamos una vez que nuestra madre Cándida nos ponía nuestro veraniega indumentaria, pantalón corto, saquito de manga corta y las sandalias, a la Casa Pasteles a comprarnos un polo de hielo que nos hacia levitar sobre el suelo. Su dueña se llamaba Doña Ángela Fernández López y en el mostrador muchas veces nos recibía, los había de varios refrescantes sabores, menta, limón, fresa, naranja, chocolate, coco y mora, y en el Albayzín no había otros mejores.

Era curioso el sistema de producción, pues en el mismo obrador del pasteles, en el suelo, bajo unas tablas, tenían el sistema de refrigeración. De allí emergían los polos dejándonos perplejos a todos, más por lo que pudiera pasar nunca nos dejaban solos. Y allí acudíamos cuando no podíamos más esperar ya que aun a la venta en la Casa Pasteles no terminan de llegar. Nos costaban a una peseta la unidad y nos duraban una eternidad, chupetón tras chupetón no había mejor inversión. El polo, con independencia del sabor que tuviera, terminaba para nuestro desconsuelo quedándose reducido al palo y un trozo de hielo. Pero es lo que tenía nuestra pobre economía, pues para un corte o helado no había.

Estaba también el polo samaritano, que era aquel que pasaba de mano en mano, se sufragaba haciendo recaudación entre toda la chavalería que andábamos en reunión, o bien porque un alma caritativa saciaba de modo altruista nuestra sed superlativa, normalmente era Jesús el que hacía más veces de altruista, ya que por aquel entonces para los infantiles negocios tenía mejor vista. Esta variedad no estaba exenta de alguna que otra contrariedad, pues aunque suene feo, funcionaba por chupeteo, y algunos eran más diestros en la succión y cada vez que procedían a la misma dejaban el polo en el palillo de sujeción. La distribución era por chupetones, siendo muy interesante en este tipo de cuestiones el reparto de posiciones, no era lo mismo que te tocara iniciar la labor pues sacabas más jugo y sabor que si te tocaba al final donde sacarle gustillo se tornaba en una empresa banal. Cuando no había abusones en el grupo de chupadores una segunda vuelta se nos abría para enfriar nuestros calores. De todas formas en estas revueltas siempre hay infantiles reyertas, pues siempre estaba el listillo que le daba más chupetones al polillo. En aquellos tiempos no había infecciones pues mira que le pegábamos al polo lenguatones, siendo cada lengua de su padre y de su madre, y a pesar de ello nuestras defensas mejoraban con las salivaciones. De todas formas en mis recuerdos aparecen, cómo no, los abusones que le daban al polo más chupetones por mor de no sé bien qué razones y que uno hoy le encuentra con claridad sus explicaciones. Siempre tiene que haber aquel que quiere mayor parte del pastel, y que sólo encuentra satisfacción con su mayor porción. También recuerdo como mi amigo Guanichi, cada bocado que al crujiente corte le diera en sus ojos aumentaba su bizquera. Con qué satisfacción nos comíamos nuestro polo de limón, mientras el Guanichi hacía de su corte malsana exhibición.

Cuando se nos hubo terminado en otro asunto nos habíamos enredado, nos íbamos a la aljibe de San Nicolás, bajando y subiendo a ella en un pis pas, diversión singular que no podían disfrutar los niños que vivían en otro lugar. Y es que con esto de los polos de hielo, con los cortes y los helados pasaba lo mismo que con los calzados, mientras los forasteros llevaban zapatos porque ganaban sus buenos dineros los de aquí llevábamos los pies en cueros. ………………………………

Cuarenta años ha pasado y aquellos felices niños se han dispersado, ahora viven en la Chana, en el Zaidin e incluso fuera de Granada, pero hasta su fin, siempre recordaran que ellos fueron niños del Albayzín.

Miguel Vicente Prados.

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3 respuestas a Una pequeñez de los recuerdos de mi niñez

  1. juan luis dijo:

    recuerdo como los veranos sofocabamos los dias de calor hibamos bañarnos a la aberca de Roque por 10 reales que nos cobraba para pasar un rato de baño esta se encontraba en la placeta de san Bartolome que era en la vaqueria de Eladio que ratos mas buenos nos pasabamos, recuerdo que habia que salirse del agua para que bebieran agua las vacas y dejaban las babas y trozos de paja y aqui estamos eso seria ql cloro que tiempo aquellos.

  2. juan luis dijo:

    os acordais de la Victoria que se ponia por las mañana en frete la puerta de pasteles, haciendo churros y por las tarde hacia los raspaos de menta fresa tan fresquitos y que buenos.

  3. antonio dijo:

    YO ME ACUERDO PERFECTAMENTE DE HECHO MI TIO MIGUEL JIMENEZ LLEVA TRABAJANDO AY EN CASA PASTELES MAS DE 40 AÑOS, K BUENOS ESTABAN ESOSA HELADOS PERO K ME DECIIS DE ESOS PASTELES Y ESOS AMNTECADOS K NOS LO AY EN EL MUNDO ENTERO, UN ABRAZO.

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