LOS CINES DE VERANO EN EL ALBAYZIN DE AYER


Con el cine de verano muchos albaicineros pudieron soñar en technicolor, y no pocos se tuvieron que conformar con el económico cine de las sabanas blancas.

Nuestro colaborador habitual Miguel Vicente, con su ágil prosa rimada nos recrea aquellos emocionantes veranos de cine que alguno de nosotros tuvimos la fortuna de conocer.

 

En verano al atardecer, una vez que nos habíamos lavado y los churretes quitado, nuestra madre Cándida nos vestía para la actividad vespertina de la forma requerida. Una de nuestras aficiones en la niñez era asistir al cine de verano  con entusiasmo y furor a los cines al aire libre que funcionaban durante los meses de calor. Aun recuerdo aquella fragancia a tierra fresca recién regada, pipas saladas, altramuces y a la vegetación de madreselva, jazmines y dompedros que exornaba la cinematográfica instalación, el cielo estrellado y la imperceptible brisa que el calor suaviza, esas tardes noches de verano en las que Cantinflas, los indios y el séptimo de caballería los tenías a la mano.


El panorama de cines de verano en el barrio del Albayzín tenía un extenso listín. El cine Bellavista era el más próximo a la casa morisca, se localizaba en el mismo Carril de San Nicolás teniendo un emplazamiento colosal, tras sus setos de cipreses se divisaba la Alhambra, los dueños tuvieron vista al ponerle el nombre de Bellavista. A su entrada había en el muro una ventanilla que hacía las veces de taquilla, para la venta de localidades y tras subir una rampa lateral de material terrero escogía el asiento el que llegaba primero. Fue inaugurado en el tórrido verano de mil novecientos cincuenta y cuatro con mucho éxito y algún boato, en su gran Pantalla blanca se proyectó  Casablanca.

Para mí y la chiquillería que por aquel entonces me hacía compañía era el de mejor acceso para colarse y resultar ileso, aunque a veces el taquillero que también hacía de portero te pillaba y por la puerta te despachaba. Qué vergüenza la mía devuelto a la calle de la que procedía. Pero pelillos a la mar otro día lo volvía a intentar. Estas prácticas ilegales de colarse en los cines estivales, funcionaba mejor cuando toda la chavalería entrábamos a tropel, pues aunque a alguno le tocaba perder, los demás trincábamos un asiento con este proceder. Esto no pasaba cuando te acoplabas a un mayor pues con acopio de generosidad te dejaba pasar el acomodador.


Los otros dos cines veraniegos se encontraban equidistantes, si la casa morisca se tomaba como referencia para llegar a su presencia. El cine Pagés se ubicaba en la calle de la misma denominación, se inauguró con mucho encomio y ahínco allá por el año mil novecientos sesenta y cinco. A éste en especial mi abuela Merced acudía en un régimen casi devocional, pues le ayudaba a evadirse de un trance que una madre jamás debiera tener a su alcance. Murió su hijo Miguel y la hundió en un profundo dolor del que no se podía restablecer, sólo en el cine Pagés lograba olvidar por un momento su ingente sufrimiento. Sola al cine no acudía y en mi hermano Manolin o en mi buscaba compañía. Prefería ir con  mi hermano pues yo como era más inquieto y travieso, mi abuela no estaba para eso. Mi abuela necesitaba la evasión y nos tragábamos por ello la doble sesión. El recuerdo de mi abuela era en blanco y negro pues siempre la vi enlutada y con su pelo recogido terminado en un copete que se completaba con un importante roete.
Estando el tercero en la Cuesta Marañas, con el nombre de Alcazaba en el mil novecientos sesenta y ocho se inauguraba, proyectando entre otros el film, Divorcio a la Italiana, resultando éste un común vodevil. Aunque lo de menos era la programación, pues con las calores no estaban las mentes para obras de arte, las películas de evasión resultaban mejores.


Pero sin duda el cine más antiguo del Albayzín era el Albayzín Cinema, que en mil novecientos cuarenta y siete se puso en escena. Se encontraba en la placeta Aliatar justo frente al bar donde salían los olores de los sabrosos caracoles. Sirvió durante muchos años, los más difíciles y ladinos, de diversión a sus vecinos. En verano se abrían las puertas laterales para que entrara el aire por los improvisados ventanales, pero competir le resultaba imposible con los mencionados cines al aire libre.


El programa de cada día se organizaba en una doble sesión, la primera comenzaba cuando en el ocaso el sol nos dejaba, el suelo irradiaba frescura por mor del riego que se le dispensaba, las película de indios y vaqueros eran las más programadas en los cines veraniegos, el séptimo de caballería, casi en todas, cuando más falta hacía siempre aparecía. Las películas de la segunda sesión eran de amores y se destinaban a los mayores, también las había de miedo, de suspense y de policías y ladrones, éstas eran las que más les gustaban a mis primos mayores, buen aprendizaje obtuvieron en este tipo de largometraje. Siempre la temporada de verano en la cartelera hacían plenos las reposiciones y reestrenos, ya que era la única forma de repescar las películas renombradas que tuvieron éxito en las anteriores temporadas. Lo que si era seguro, es que del sexo y el erotismo las películas no hacían proselitismo, un beso que otro camuflado es lo único que se podía guipar en aquella pantalla de blanco inmaculado. Cuando los besos y arrumacos eran más evidentes los cortes allí se hacían presentes, y un enorme chiflido por el público era proferido. A veces el corte era tan evidente que cuando la película continuaba estabas en otro pasaje y perdías el hilo del largometraje. El público más exaltado y alarmista le profería al maquinista, te has pasao que ya no sabemos por donde sigue este sarao.


Los descansos eran necesarios pues al tratarse de un largometraje, al cambiar el royo de película, un receso era preciso para aliviar el peso. El urinario de hombres y de mujeres siempre estaba presente para tales menesteres. Y otra visita obligada era la del ambigú, donde para la chavalería se le dispensaban refrescos que de distintas marcas había, estaba el Frutaysol, la Mirinda, el Kas y la Fanta que de naranja o de limón dejaban el sabor a la libre elección. Las butacas o los asientos tenían según el cine distintos aposentos, los había de chapa y unidos en hilera, los había de anea y también de madera que se cerraban y habrían como una tijera.Todos los cines veraniegos para evitar las vistas tenían altos tapiales que se llenaban de trozos de cristales para impedir que por aquí se colaran los chavales.


Y cuando colarse imposible se hacía y tampoco había dinero, nuestra madre nos decía con gracia y salero, no os preocupéis que hoy toca el cine de las sábanas blancas. En aquel entonces no sabía si era un nuevo cine que había en el Albayzín o que se extendía por todo confín.
Después, a lo largo de la década de los setenta llegaron todos a desaparecer, ya sólo había cines de verano en las playas y zonas de veraneo donde las películas de destape tenían su apogeo, Antonio Ozores, Pajares y Fernando Esteso bien que se aprovecharon de eso.

 

El bella vista, el pajes , el aliatar y el Alcazaba eran los cuatro que yo amaba. Cines que al son de una melodía, sus blancas patallas en mil colores se convertia. Películas de romanos, de indios y de risa que se fueron deprisa. Pero el albayzin es un barrio de embrujo, donde aun se puede oir los ecos de aquellos cines de lujo.

Miguel Vicente Prados.

 

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4 respuestas a LOS CINES DE VERANO EN EL ALBAYZIN DE AYER

  1. Habia otro cine mas antiguo en un patio de vecinos en una casa en la Placeta DE Carbajales,proyectaban sobre la pared encalada.yla mayoria se llevaba su silla para sentarse.

  2. francisco dijo:

    hola, se acuerdan de D. Manuel Gallegos, tenia una tienda en la placeta de la Charca, donde se vendia el petroleo, D. Manuel el de las cabras, marido de Maria, y de Manfinflas se acuerdan, y detras de la plaza del Salvador el comedor ‘para los pobres de entonces

  3. juan luis dijo:

    Hola os acordais de Maria que vendia las pipas en la puerta del cine en la placeta aliatar y de Pepa la monja que la metieron en la carcel por vender los chochos sin bragas, eso era un dicho que se decia de broma , yños miercoles entrabamos al cine dos por uno que tiempos.

  4. Antonio González Novo dijo:

    Me encanta este sitio. Soy nieto de Félix quien tuvo el ambigú en el cine Alcazaba, un poco más abajo tenía una tienda -casi una funeraria que nunca cerraba- en la Cuesta Marañas y su casa en la Placeta de los Negros, en el Carmen de San Onofre.

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