Juegos populares del Albayzín y sus andurriales


Las canicas, el trompo, la rayuela, palabras con las que siempre se nos ilumina la cara, devolviéndonos esa  sonrisa infantil que casi no podemos recordar. Fueron tiempos dichosos, donde jugar fue lo más importante  y  lo  mejor que  sabíamos hacer. Extraño periodo infantil, donde el tiempo parece que nunca se va a terminar, pero un día si saber por qué, te das cuenta que tu infancia se acaba para no volver jamás.  Miguel Vicente con el candor de un niño, se traslada a ese dorado pasado lleno de fantasías, donde todavía  es posible jugar a los famosos y populares “Juegos del Albayzin”.

Quizás sea la añoranza la que nos hace pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor cuando acudimos a la remembranza, éramos niños y teníamos tanto por descubrir que todo nos apasionaba en su devenir. Todo era paz, calma y tranquilidad a diferencia de hoy que todo está precedido por la futilidad. La niñez tenía cierta estabilidad, los cambios no se percibían más aun por los tiempos políticos que se vivían, una dictadura deja poco espacio para la probatura, y menos aun para cambios ajenos a la censura. Pero a pesar de que todo fuera pecado y que todo estuviera muy encorsetado, uno recuerda su infancia con el halo que la impregna de nostalgia como añorada fragancia. Hoy la sociedad es treméndamente cambiante y los niños se adaptan a ella en un instante, son otros los valores los que impregnan a nuestros sucesores, que no son ni mejores ni peores, solo son diferentes por razones evidentes. Sólo son crisis generacionales mientras nosotros éramos analógicos ellos ahora son digitales.

No obstante echa la necesaria aclaración se instala en uno el deseo de la comparación ¡qué juegos aquellos que ocupaban nuestro tiempo y nuestros resuellos! Eso si bien diferenciados según el género por los que iban a ser jugados. De tal manera que si alguien cometía la osadía de jugar al que no le correspondía de mariquita o marimacho era tildado sin ningún tipo de empacho. Eran juegos populares que tenían como escenario el patio de recreo, la calle, una plaza o plazoleta o algún que otro descampaó en el que montábamos el lúdico sarao. No había prisa ni peligro, pues le dedicábamos todo el tiempo del mundo una vez que salíamos del colegio y soltábamos el libro. Un coche de tarde en tarde o un isocarro o motocicleta era lo único que nos hacía una jugarreta, pero nada pasaba pues donde quedó en breve el juego se retomaba, las madres estaban despreocupadas pues no veían en la calle a sus criaturas amenazadas.
Los juegos populares se trasladaban de generación en generación y variaban según estuviéramos en una u otra estación. La lima requería un suelo mojado y por eso se reservaba para cuando el invierno hubiera llegado, el gomero necesitaba un pájaro en el sendero de ahí que se utilizaba cuando la primavera llegaba. Lo que si era común a todos es que se jugaban en compañía aunque a veces terminaban en algarabía, eran juegos comunitarios con alicientes extraordinarios. Brindaban enormes posibilidades de entrelazar vínculos y amistades. Que no siempre eran imperecederas pues también de vez en cuando se armaban buenas espeteras. Es de resaltar que a jugar se procedía sin que fuera para ello necesario una gran tecnología, con dos piedras ya tenías una portería, con un palo más largo y otro más corto al poli jugabas en el huerto del Carlos dejando al vecindario absorto. Eran tiempos de miseria que aguzaba la imaginación y la gris materia. Y también tiempos en los que la chavalería de la calle disponía, éramos los dueños del espacio público, y sólo cuando se embarcaba en un patio o carmen un balón como consecuencia del inoportuno boleón se disipaba la armonía, bien porque ir a por él en son de paz no servía o bien porque como lagartijas trepábamos por los altos tapiales en busca del balón varios zagales. En aquella época no había que ir en busca de la diversión a parques temáticos o de atracción, las calles y el ágora popular era para nuestra recreación el apropiado lugar.
Las niñas tenían actividades lúdicas más reposadas y se mostraban reacias a las intromisiones de los niños y a los mirones. Cualquier portal o un banco de San Nicolás para jugar a los cromos era ideal. Qué maña tenían para darle con la palma de la mano al cromo la vuelta, mientras que para cualquier niño osado era toda una hazaña. Las más habilidosas conseguían colecciones hermosas. En el recreo o cuando salían de la escuela con una piedra o un yesón de escayola trazaban las líneas para jugar a la rayuela, con una piedra en forma de canto rodado dominaban distintas trayectorias que dejaban al espectador obnubilado. Qué velocidad tenían para saltar a la comba al son del soniquete de una canción popular. Se metían en la misma cuando la comba al aire silbaba y ni siquiera se despeinaban. Claro que era su condición natural, una niña podía hacer dos o más cosa a la vez y todas con brillantez. Cuando algún maestro innovador nos proponía desarrollar esa misma labor, las piernas se enredaban con la cuerda en un resultado atroz. El quema era otro juego femenino que requería buen manejo de la pelota en la mano y mucho tino, algún que otro pelotazo era inevitable que impactara en la cara como un alabardazo. Recuerdo a mi maestro en el Gómez Moreno Don Juan de la Blanca Castilla que organizaba de este juego una liguilla, mi equipo se llamaba el Rayo pero tuvo que cambiarle al juego la denominación por balón tiro para que sonara más masculino. Pues con el machismo secular al quema Rita la Cantaora iba a jugar antes de que lo hiciera un chaval. La rueda era también un juego en el que las niñas se afanaban tanto dentro como fuera de la escuela, también como la comba se acompañaba de una cantinela, que iba cambiando al tiempo que el juego se iba desarrollando. En la escuela del Gómez Moreno a los niños un muro más ancho y alto que el de Berlín nos impedía asistir a recrearnos del festín. Yo no sé quién sería el listo que denominó mi colegio de mixto, pues allí los niños y las niñas ni juntos ni revueltos, con ese pedazo de muro no quedaban cabos sueltos. Otro juego muy interesante era el diábolo sobre todo cuando la niña en cuestión lo lanzaba al vacío cogiendo tal altura que los ojos ya no lo divisaban a pesar de su gran abertura. La chavala, mientras disponía los palillos prestos para que llegado el momento de la recepción del diábolo quedaran dispuestos. El aplauso era atronador si terminaba con maestría dicha labor. Seguro que habría más juegos pero son éstos los que en esta chanza acudieron a la cita de mi remembranza ¡oh qué olvido imperdonable! se ve pasaba por alto todo un clásico como el juego de elástico, donde las niñas para pasarlo se contorneaban en un movimiento fantástico, sobre todo cuando éste cobraba altura y en un esfuerzo supino para pasar la goma, la niña en cuestión, tenía que hacer el pino. Oportunidad para los mirones, no seáis mal pensados, para verles los talones.
Como niño que fuera antaño sí que mi recuerdo atesora juegos populares que se desarrollaban por aquellos lares. El mencionado de la lima requería un elemento punzante que podía ser una lima desmangada o un clavo sin cabeza para ser hincado en un suelo blando con pericia alucinante. Un día lluvioso presagiaba otro que para jugar a la lima se nos antojaba glorioso, con la propia lima se trazaba en el suelo una rayuela, tres filas y dos columnas, comenzaba el primero que por encima de la línea superior de la rayuela la lima clavaba, los juegos que más pericia requerían eran los que con la tercera y cuarta casilla se correspondían. De tanto jugar cuando aparecían agujeros en los cuadrados centrales otra rayuela tenías que trazar en aquellos andurriales. Era un juego de otoño e invierno igual que las bolas con la primera, pie largo, matute y hoyo te permitía ganarle al contrincante su bola una vez superado este escollo. Las bolas eran de distintos materiales desde los más modestos hasta los más augustales, entre los más humildes estaba el barro cocido donde el sombo era su representante más reconocido y otros de más prestigio y solera era la china y la bola cristalera. Los tamaños aquí eran importantes pues las bolas más grandes eran los objetivos más amenazantes, por eso las de tamaño más pequeño eran en las que yo ponía más empeño. Mi madre Cándida me hizo una talega de la que todo mi arsenal bolero se despliega, qué alegría tenía cuando con mi bolsa de mi casa salía, aunque ésta, mi alegría, aumentaba cuando a la vuelta la talega en su grosura aumentaba, era signo evidente que con los adversarios no había sido condescendiente.
Con septiembre la colección de las estampas de futbol de la nueva temporada había llegado a la chiquillada, siempre había alguna estampa que se resistía y dejaba en el álbum algún hueco que uno no quería, la única manera de cubrirlo era, el intercambio de estampas que no siempre era un simple trueque de una por otra, sino que según la cotización algunas estampas, con perdón, te costaban un riñón y la otra manera jugártelas a los montones era, se prestaba al engaño del chiquillo más pillo pues se trataba de la forma más trilera. Qué primor fue la colección de estampas de la vida y color, la que tenía el número uno de la numeración, que si se recuerda era en el álbum de tres estampas una composición, era de difícil localización, recuerdo como en Plaza Nueva se hacían varios corrillos de intercambio de estampas los días festivos que era la única forma de hacerte con los cromos que se hacían más esquivos. Teníamos por aquel entonces de sobres de estampas varios proveedores que según las zona del Albayzín la chavalería acudíamos como fieles compradores, aquellos que vivíamos en la zona de San Miguel, en la esquina de la plaza con el Carril de la lona, en la Gorda, teníamos nuestro vergel, también en la placeta de la Cruz Verde teníamos suministro al instante con la Dolorcicas y su puesto ambulante, normalmente eran mujeres, viudas y personas mayores nuestros suministradores. Si en éstas el género escaseaba o simplemente no había, en dos zancadas estabas en el Vesubio en la Calderería. Para pegar las estampas el pegamento Y Medio era el mejor, pero si no se podía con harina se hacía una gacheta que todo lo unía.
La gacheta me recuerda otro juego en mi época de infante muy popular, en el que las volareas no dejaban de pulular. Con papel de periódico o cualquier otro que cayera en nuestra mano se hacían las hélices para el vuelo mundano, la gacheta las unía y un alfiler, robado a nuestra madre de forma clandestina, sujetaba la hélice al palillo, que era cosa fina. Cuanto más se corría por las cuestas abajo la volaera giraba que se las pelaba sin apenas trabajo.
En este mismo mes de septiembre, para las fiestas de San Miguel, todos los niños andábamos a la caza del almez, pues andaban cargados de almecinas que saciaban nuestras hambres caninas. Con frecuencia estaban en huertos o tras tapiales particulares, pero nunca fueron éstos obstáculos para los zagales. Una vez hecha la recolección y comidas a la sazón, con el hueso obteníamos una buena munición, con una caña fina construíamos un canuto que a modo de cerbatana lanzaba los huesos cual proyectiles hacia todos aquellos que considerábamos enemigos hostiles. Hablando de armamento teníamos hecho un gomero al momento, y esas sí que eran armas de destrucción masiva y si no que se los dijeran a los gorriones cuando ante un gomero su vida se alejaba en forma esquiva. Eran gomeros artesanales, con una rama de árbol en forma de Y, la goma de una cámara de bicicleta, un trozo de cuero o badana y un trozo de alambre para ensamblar, disponías para hacerlos de todos los materiales, los chinos eran la munición que impulsados por el gomero daban muerte al pobre gorrión sin remisión.
Al nombrar las cámaras de las ruedas de bicicleta recuerdo como los caseros de la casa situada en el huerto anexo al Aljibe del Rey hacían aros con las ruedas de coches y camionetas, que no costaban ni dos pesetas y que con un buen palo y cuesta abajo los conducíamos sin control y nos mandaban los viandantes a hacer puñetas. Qué velocidad alcanzaba el aro por mor de nuestra sagacidad, aunque a veces era tanta la que alcanzaba que de nosotros se distanciaba, le perdíamos el control y ya sólo nos quedaba rezar para que sólo chocara contra un farol.
Con un palo largo y otro más pequeño jugamos a otro juego muy popular que en el Albayzín llamábamos Poli, pero que el nombre variaba según en el lugar que se llegaba a jugar. La destreza radicaba en elevar por el extremo el palo pequeño y atinar a darle con el largo un buen zurriagazo con presteza, no estaba exento de riesgo este juego singular pues de esta manera rompí en alguna casa algún que otro cristal, sin mencionar los daños colaterales que podías ocasionar al impactar en el juego contra tus propios iguales. Un juego más tranquilo era el de los platicos, que ibas recolectando de las tabernas y de los bares que en el Albayzín abundaban por muchos lugares, en mi caso en la Mancha Chica y el Granizo era donde perpetraba el decomiso, buscábamos la variedad, los de la cerveza el Alcázar y Cruzcampo eran más cotizados que los de la Alhambra en los infantiles mercados, los de Coca-Cola, Fanta, Mirinda y Frutaysol eran también apreciados y el de los pulevines lo buscábamos por todos los confines. Se rellenaban de cera y así en el juego mejor se controlaban.
Otro juego en aquella época muy de moda era el del yoyó, se diferenciaba de todos los referidos anteriormente por el hecho de que jugaban con él el niño o la niña aunque lo hacían de modo diferente. El mismo juego pero con dos estilos bien definidos. Los más osados hacían con él filigranas, que a los demás de usarlo nos quitaban las ganas. Qué montón de movimientos y posibilidades abrían aquellos que tenían para ello más capacidades, entre éstos campeones se hacían hasta competiciones.
No se podía quedar en el tintero el baile del trompo por todo niño albaicinero, se podía jugar con él en forma individual, aunque era más divertido si se hacía en modo coral. Se trazaba una circunferencia y sobre ella se lanzaba en trompo a toda potencia, con intensión de que impactara con otro trompo o trompa, que también las había, con habilidad y osadía.
Los juegos más sofisticados y que requerían pago para ser desarrollados, también hacían las delicias cuando las arcas para ello eran propicias, en nuestras actividades lúdicas infantiles tampoco faltaban los futbolines, para tal menester habían en el barrio dos locales a saber, uno que se situaba en la plaza de la Charca con unas instalaciones que permitían más prestaciones, pues también podíamos jugar al ping pon en aquella recreativa instalación y el otro en la Plaza de San Miguel.
Qué juegos y cuántas posibilidades de desarrollar en el Albayzín lúdicas actividades. Y sobre todo qué edades teníamos cuando chavales.

Miguel Vicente Prados.

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2 respuestas a Juegos populares del Albayzín y sus andurriales

  1. juan luis dijo:

    recuerdo cuando jugamos a la lima en la placeta de torcuato, y una vez el Aniceto como tiro la lima y voto y me dio por encima de la rodilla haciendome un piquete y fuimos a ca pepico el d lasninderciones a que me curara que recuerdos aquellos.

  2. juan luis dijo:

    recuerdo cuantos partidillos de futbol hemos jugado siendo niños, en la placeta de san Bartolome con la cruz en el centro y la puerta del frances era una porteria y la otra estaba con el arbol de gallicos que estasba inclinado, no como ahora que ha echo con la placeta un botellodromo para cuatro chumalacateas, pero que se va hacer si quereis ver la placeta antigua verlo en la galeria de fotos mujeres con la colada, lavado en el barreño de zinc .

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