Fueron los protagonistas de las calles albayzineras


Durante los años sesenta un verdadero ejercito de vendedores ambulantes pululaban por las calles albaizinera. Eran los dueños de la vía publica, conocedores expertos del callejero albayzinero, no había calle, placeta o casa por insignificante que fuera que no pudrieran localizar. Infatigables, amable y serviciales, no dejaba de esforzarse en agradar a su estimada clientela. Siempre cargados, iban pregonando de portal en portal las bondades de su mercancía. Era una forma cómoda y económica de comprar los buenos productos del barrio.

Esto trabajadores de la calle realizaban otra función muy apreciada en el albayzin, fueron una vía de comunicación sencilla y eficaz, gracias a su mediación el vecino del Zenete podía saber como se encotraban sus amigos o familiares de la cuesta del Chapiz, las noticias circulaban a gran velocidad, se podía conocer todas la incidencias del barrio casi en tiempo real. Como podemos ver el albayzin de ayer se adelantó a su tiempo, disponiendo de una red de comunicación que nada tenía que envidiar a las actuales redes sociales tan en boga hoy en día.

Para hacer un merecido homenaje a todos estos albayzinero que hicieron de la calle su oficio y vocación. Nuestro incondicional colaborador Miguel Vicente Prados vuelve a coger su pluma para ofrecernos este emotivo artículo:

Manuel Vicente Prados.

Ocupaciones y profesiones hoy sin parangones

Los recuerdos de mi infancia con el Albayzín de hoy apenas tienen concomitancia, arrieros, lecheros, panaderos, traperos, afiladores, barrenderos, guardias, serenos, chatarreros, empedradores, semaneros, cobradores de los muertos, prestamistas (gabelistas), enculadores de sillas de anea, vendedores ambulantes de higos chumbos, caracoles e iguales le daban al barrio una fisonomía muy distinta a la de hoy en día. Y profesiones artesanales que conseguían infundir vida en estos andurriales, carboneros, tenderos, zapateros, herreros, artesanos de la taracea y el cobre, guitarreros, cabreros, atarazanas, relojeros, carpinteros, ebanistas, bordadoras, tuleras.

El bullicio, el gentío y la algarabía le otorgaban al barrio otra fisonomía, un río de gente bajaba y subía por la calderería a todas las horas del día, la gente se saludaba y la tertulia en medio de la calle se entablaba, todo el mundo se conocía y de las vidas de los demás se sabía, había vida social y puertas afuera el barrio era un hervidero que le otorgaba un marchamo especial a todo albaicinero. Tanto era así y la identidad de barrio era tan profunda que todo el mundo anhelaba volver al barrio cuando por los avatares de la vida de él se separaba. El albaicinero siempre se ha caracterizado por ser con su barrio muy apretao, de por vida se establece con el barrio una vinculación que no se rompe y nunca coquetea con la desafección.

Lástima que los políticos mediocres, cortos de miras, y enfangados en la confrontación y frentismo, no hayan sabido ver en este barrio patrimonio de la humanidad un vergel, la joya de la corona que a la ciudad blasona. Lo están dejando languidecer y degradar por mor de intereses partidistas que sólo obstinen intereses cortoplacistas. Cualquier otra ciudad habría visto en él la gran oportunidad de abrirse a la universalidad, mimándolo, sacándole lustre y esplendor y poniéndolo en valor. Pena penita pena que los políticos tengan con nuestro barrio una actitud tan blasfema. Quizás algún día nuestro barrio recobre el lustre que antaño tenía.

Miro hacia atrás en mi historia vital y veo distintas recuas de burros por las calles de barrio transitar, en sus cerones unos llevan cascajo, otros arena y los hay cargados de leña, ramas de pino que los hornos de leña tienen como destino, se acompañan de perros los arrieros para transitar por las empinadas cuestas y los quebrados senderos. Recuerdo un arriero bastante peculiar que dirigía su recua de burros con sonidos guturales pues carecía de cuerdas vocales, el muillo como se le conocía mostraba en su trabajo pericia y maestría. Un día a mi mismo me dije esta es la mía y guipando una piña en la carga de pinos me dirigí hacia ella con osadía. Mi actitud osada no consiguió la piña y si en mi espalda del perro una dentellada, desde entonces a la raza canina le tengo cierta inquina.
Prestos quedaban los empedradores a que el muillo u otro arriero descargaran los cantos rodados traídos desde poblaciones costeras que en los cerones eran transportados. Con pericia y maestría los empedradores en el suelo distintos motivos y exornos dibujaban que a la tradición granadina recogían en fina alegoría.

El empedrado basto con cantos y piedras irregulares se destinaban a calle poco principales, mientras que el fino, las placetas más recoletas y calles principales tenían como destino. La de empedrador, tradicional profesión, que yo, siendo un niño, contemplaba con devoción. Los equinos no sólo se empleaban a estos menesteres poco finos, también el panadero en una jaca se presentaba en cada casa con su pan casero, las hogazas, los bollos y los cuarterones del pan eran sus presentaciones, que la jaca cartujana en sus cerones de esparto hacia acopio para proceder luego a su reparto.

El lechero sus cantaras también transportaba a lomo de un mulo en sus cerones, las medidas de la leche se hacían con jarras de litro, de medio y de cuarto, la leche de cabra o de vaca se repartía en el domicilio a granel y hervirla tres veces era menester para que no se echara a perder, a veces el lechero la leche con agua bendecía y de ésta la nata ya no salía. A mi casa Juan el lechero siempre venía, quien más tarde en la calle del Agua puso su lechería. En la calle Larga de San Cristóbal había una vaquería, también en la Huerta de Marranica vacas había.Pero lo que a mí más me sorprendía era ver a las cabras que en rebaño las calles del Alabyzín recorrían, el cabrero por la mañana a recogerlas por las casas procedía y al atardecer una vez que en la Golilla o en el cerro del Aceituno dieron abasto con el fresco pasto a su domicilio devolvía, mi amigo de infancia Miguel Quirantes una o dos cabras siempre tenía en su patio de las de antes.

Con tanto animal que transitaba por el empedrado albaicinero, entre los burros del arriero, la jaca del panadero, la mula del lechero, y las cabras que llevaba el cabrero, no era de extrañar que entre cagarrutas y boñigas no encontraba fin en su labor el barrendero. Los barrenderos eran conocidos por su nombre en el barrio, igual que su manejo con destreza de sus útiles de limpieza, la escoba de ramaje amontonaba los excrementos animales en cada demarraje, se merecían el navideño aguinaldo que en esas fechas señaladas los albaicineros tenían por costumbre brindar a sus barrenderos.
Los traperos también de tiempo en tiempo hacían presencia por estos senderos. Practicaban el trueque, a cambio de ropa usada te daban tazones, jarras, platos de porcelana en un periquete, se producía al típico regateo entre el cliente y el trapero, que a los ojos de un niño se antojaba un negocio lisonjero, pues no tenía explicación que por ropa ajada te dieran una fuente de porcelana para la ensalada.

Con su soniquete peculiar anunciaba su presencia el oficiador de un trabajo singular, la tonada que con su armónica era tocada dejaba su presencia anunciada, el afilador, afilo todo tipo de cuchillos y tijeras era la letra del pregón que anunciaba su presencia en cada calle y callejón. Nuestras madres le llevaban todos los cuchillos y con las chispas quedábamos impresionados todos los chiquillos. Una rueda de bastones o una bicicleta le servía de transporte y también de maquinaría de soporte. No podía faltar a la cita el hojalatero, compro yerros viejos, chapa vieja, y arreglo cacharros de lata, ha llegado el hojalatero, pronto los niños acudíamos a su encuentro pues un pito te hacía al momento, que sonaba a música celestial en aquel andurrial.


Por aquel entonces era de público condominio que determinados personajes aparecieran por tu domicilio, había uno que siempre era especialmente inoportuno, pues siempre aparecía a la hora de comer para ejercer su siniestro proceder, mi madre siempre decía que viene el de los muertos, y yo por si acaso me escondía, acudía fiel a la cita el cobrador del Ocaso para darle a la economía familiar su oportuno repaso.

El semanero también hacía presencia por aquel entonces en la casa del albaicinero, eran tiempos complicados y no se podía comprar a tocateja todo aquello que ofrecían los mercados, una joya, un sillón o un reloj se compraba para pagar a semanería, de ahí que por tu casa cada semana el semanero presencia tenía. Pepico, el tío de mi amigo Jesús Expósito ejercía como semanero y con puntualidad suiza acudía a cobrar la deuda del comprador menestero. De vez en cuando también aparecía el gabelista, siempre ávido de no perder a su víctima de vista, prestaba dinero y cobraba luego las gabelas, que resultaban para el pagador más amargas que las tueras. Mi tío Milán fue un lince dedicándose a este afán, y puesto que esta práctica nunca estuvo bien vista, hacía como si otro fuera el prestamista. Lo peor es que eran sus propios familiares sus clientes más habituales.


A la cita del verano nunca faltan los gitanos que te ofrecían los higos chumbos recién pelados de sus manos, qué buenos estaban para los mayores cuando lo acompañaban con aguardiente en época de calores, sólo tenían un problema, y es que sí se comían en abundancia un atranque producían que en el retrete te llevaban a un estado que ni para atrás ni para adelante, aunque tampoco era frecuente en una época donde el dinero no era abundante. Las gitanas con gracia y salero pregonaban los caracoles que llevaban en su canasto o caldero, los pequeños eran cabrillas y los grandes eran caracoles de cuerpo entero, en los que se especializó el bar Aliatar dándolos a conocer en el mundo entero. Y cómo no, a lo lejos se escucha vendo para hoy iguales, procedente de un invidente con sus ojos en el bastón y con sus gafas negras de los iguales hacía difusión. Un barrio con vida que hoy desde la añoranza uno nunca olvida.

Albaicineros dicharacheros que le daban al barrio alegría, bulla y la algarabía de la gente que hacía en la calle su día a día. Será la nostalgia la que la pena en mi alma contagia, pero es que no puedo soportar que mi barrio sufra su actual abandono, a los políticos por ello no los perdono, les preocupan sólo los réditos electorales y se olvidan en Granada de uno de sus bienes patrimoniales. Realmente a mi no me representan dejando que nuestro barrio soporte por la ineptitud de ellos esta afrenta, los burros en el Albayzín hoy ya no tienen presencia, los políticos son los que quedan haciendo acopio de cortedad de miras y secular indecencia. Dejó para otra ocasión las profesiones artesanales que le dieron a nuestro barrio artesanos reconocidos en muchos lares.

 

MIGUEL VICENTE PRADOS.

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5 respuestas a Fueron los protagonistas de las calles albayzineras

  1. La Iglesia de San Gregorio. Habeis escogido una acuarela muy buena de mi padre G.O.W. Apperley [1884-1960]. Os lo agradezco. Saludos. Enrique Apperley

  2. Hola, me llamo carlos, nací en la calle cruz de arqueros nº 8-10 hace casi 61 años, ahora desde hace 15 meses vivo en churriana y me habeis dado un alegrón tremendo con este blog, gracias de corazón por tanto recuerdo de mi barrio, por un par de horas me habeis llevado a mi infancia,…a ver como vuelvo ahora a diciembre de 2011,….gracias, muchas gracias.

    • Antonio De La Higuera dijo:

      Hola Carlos yo tambien naci en la calle Cruz de Arqueros en el nº 28 hace 50 años, me llamo la atencion eso mismo en la calle donde nacistes por eso te escribo, yo vivia un pokito mas abajo de la tienda de Adela y Eduardo y su hijo Fernando creo k se llamaba k le deciamos el chico en esa misma casa viviamos mi tio Paco y familia y nosotros mi padre Antonio de la higuera no se si los conoceras, un abrazo ya me diras aunque este mensaje lo mandas en el 2011 y yo te escribo 4 años despues un abrazo.

  3. luis dijo:

    Aunque lo veo un poco tarde mi agradecimiento a este blog cuantos recuerdos nací en la calle de la parra emigramos a Barcelona permaneciendo allí 40 años ahora que me jubile estoy en mi tierra
    un saludo

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