Profesiones artesanales reconocidas en muchos lares


Nuestro puntual colaborador Miguel Vicente Prados  me acaba de entregar la continuación de su artículo “Ocupaciones y profesiones hoy sin parangones”,  para su publicación. Pero antes de difundir su magnifica aportación, que nos hará  conocer cada vez mejor este asombroso barrio.

Me gustaría ponerle rostro a uno de aquellos vendedores ambulantes que vivieron durante los años sesenta  en nuestro barrio. Fue Alfonso González, el infatigable vendedor de cacahuetes, uno de tantos albayzineros que tuvieron que ganarse la vida pateando las calles granadinas. Padre de una familia numerosa de once miembros, tuvo que trabajar dieciocho horas diarias para mantener a tan abultada prole.

Era frecuente encontrarlo en las calles, en los bares y en los cines más frecuentados, acompañado por su inseparable cesta de cacahuetes.

¡Saladillos! ¡Cacahuetes tostados!

Algunos lo recordamos, otros incluso le compraron en alguna ocasión. Pero todos desconocíamos el fondo de una vida de trabajo y pobreza, en la que el sacrificio llena las 24 horas del día. Su familia compuesta por siete hijos, el matrimonio, una cuñada enferma y la suegra anciana, vivían de las ganancias de la cesta de cacahuetes. Sus ingresos eran míseros, el día más afortunado a lo máximo podía sacar once duros, tocando a un duro por miembro, toda una fortuna. El solía decir, con lo que saco, vamos tirando, en mi casa se almuerza pero no se desayuna ni se cena. Lo que hacemos es almorzar a las cinco de tarde y de esa manera se reparten mejor las horas…

En nuestro Albayzín de ayer fueron desgraciadamente muy frecuentes las historias como ésta, que forjaron nuestro espíritu de resistencia y de esfuerzo, para poder sobrevivir siempre ante la adversidad.

Manuel Vicente Prados-

Profesiones artesanales reconocidas en muchos lares

Los barrios los hacen sus gentes y en el Albayzín actual los moradores de antaño son poco frecuentes. Muchos de los albaycineros nativos iniciaron su diáspora particular por muchos motivos. Uno de ellos fue la necesidad de encontrar una vivienda que respondiera a las mínimas exigencias de comodidad.

La miopía de los políticos condenó a muchos albaycineros a emigrar a otros barrios y municipios linderos. Ausentes los programas de ayudas a la rehabilitación o siendo estos un fracaso, abandonar el barrio fue la única solución. Ahora el barrio languidece con una población envejecida que el político de turno siempre olvida. En su época de mayor esplendor fuimos cuarenta mil sus pobladores, quedándose en la actualidad en nueve mil según los datos demográficos de los censadores. Sin contar los flautistas que de perro van acompañados, los rastafari y gipilongos que con sus móviles de última generación viven en alguna que otra casa en régimen de okupación.

La insalubridad se acompaña de la oscuridad y el amante de lo ajeno encuentra en ello su mejor oportunidad. No es de extrañar, ante este panorama, que la industria del turismo recomiende a través de sus mayoristas la siguiente soflama, que vengan en compañía los turistas, no sea que tras la esquina el agazapado ratero le deje al turista limpio el monedero.
Me podrán decir que soy víctima de la añoranza, cuando rebusco en mi memoria un barrio en plena pujanza, en el que se comerciaba todo el día y los artesanos sacaban de sus manos la mejor artesanía. Profesiones artesanales que conseguían infundir vida en estos andurriales, carboneros, tenderos, zapateros, herreros, artesanos de la taracea y el cobre, guitarreros, cabreros, barberos, atarazanas, relojeros, carpinteros, ebanistas, bordadoras, tuleras.
En la calle Atarazana Vieja, vivía Juan Ranas, era un artesano que confeccionaba los muebles a medida y de su propia mano, era un artista de mano habilidosa y fina en el manejo de la sierra, la garlopa y la escofina, sus labores de carpintería solo se veían mejoradas por las propias de la ebanistería.

También vendía higos chumbos en verano pues tenía unas chumberas en el huerto que recolectaba a mano, con su adecuada protección pues los pinchos de éstos actuaban cual aguijón. Fue un longevo solterón que para casarse nunca encontró la ocasión. Hoy son sus sobrinos los que regentan un negocio de restauración en la misma localización, antes fue también un curioso estudio de fotografía donde con el fondo de la Alhambra se hacían fotocomposiciones que a los extranjeros les provocaban extrañas emociones.
Bajando en dirección al carril de San Nicolás en la atarazana se fabricaban y vendían cuerdas, cordeles, tomizas y sogas desde muy buena mañana. La estopa, el cáñamo y el esparto acababan en forma de cuerda en los tendederos de casi todos los albayzineros.

Un Poco más abajo, en la calle Gumiel de San José en su número uno existe una noble casona que según un amigo de la infancia el moro Juan en fantasmal presencia se le aparecía al anochecer sin que de ello dejara para los demás constancia. Entre tinajas, lúgubres zaguanes y escaleras amplias gracias a sus grandes mamperlanes, las amas de casa y las mocitas casaderas se afanan en sus labores tuleras, sentadas en su silla de anea en torno a un amplio bastidor con sus manos y pericia el rico bordado se propicia, con suma destreza las señoras y mozuelas bordan sobre el tul motivos florales y bordes con amplias ondas llamadas puntas de castañuelas.

Entre puntada y enhebrada la radionovela en la radio de galena tienen sintonizada, Simplemente María se escucha en la lejanía y somos los negritos del África Tropical también se podía escuchar. Cuando hace sol el bastidor sale al exterior, los patios de las corralas asisten en silencio a muchas mantillas bordadas. La Fina, la mujer de Manolo el Bandurrias, las vende en la Calle de Santa Isabel la Real hasta en el extranjero, siendo muy considerado este bordado albaycinero.
También en el número uno, pero en frente, en el Carril de San Nicolás, bordaba la bordadora para mi más ejemplar, era mi madre Cándida y le dejo desde aquí este pequeño homenaje ahora que hace seis meses que emprendió, sin que pudiéramos evitarlo, su último viaje, fue tan dulce y fuerte su presencia que ahora uno no soporta su ausencia. Hace sesenta años en una bocacalle de la principal Elvira, en un taller de bordado el trabajo de la túnica del Señor del Rescate con primor fue confeccionado.

Como quiera que la bordadora en su casa escaso poder adquisitivo atesora, los apliques en realce de la túnica saca del taller y en su hogar se dedica a dicho menester. Así mete en su hogar un dinero para cuidar a sus hijos con esmero. Los motivos que debe bordar son leones y castillos, por los primeros recibe quince pesetas y por los segundos veinticinco ¡qué bien le vendrán para vestir a sus chiquillos!
Manejaba la aguja con arte y destreza y entre puntada y puntada con hilo de oro completó para el Señor del Rescate su túnica de pureza. Colchas, sábanas, pañuelos y mantones de manila llevan aun la huella de la madre, para mi más buena, generosa y bella.

 Más abajo en el número tres de la Calle Gumiel como en la fragua de vulcano hacía Pepillo su trabajo artesano, con sus certeros martillazos maleaba a gusto los herrajes con sus brazos, es pequeño de estatura, pero en el Albayzín todo el mundo conoce la riqueza de su trabajo artesanal y su maestra hechura. Debajo de la higuera a la sombra y junto a su gallinero desarrolla su labor de forja y herrero. Cuando era menester usar la soldadura no se olvidaba de advertirme que debía mirar para otro lado pues podía quedar cegado. Mi amigo Jesús Expósito Marín fue durante algún tiempo su aprendiz, motivo de ello era, que con frecuencia por allí yo apareciera. Hoy tras la placeta del Aliatar con muchos años a sus espaldas sigue Pepillo el herrero haciendo su trabajo como siempre con gracia y salero. El Piqui, Cristobal Fajardo, de la fragua también hizo su profesión y es que en el Albayzín siempre ha habido una artesana vocación.
En el carril de San Nicolás justo al lado de donde estuvo el cine Bellavista construía guitarras un artista. Su estilo de fabricación de guitarras seguía la más pura española tradición, siguiendo un proceso totalmente artesanal conseguía una resolución magistral, seguía la escuela granadina tanto para la construcción de la guitarra clásica como de la flamenca, para mí era todo un placer pasarme en silencio por su taller y ver como de la tosca madera Germán Pérez sacaba una preciosa pieza guitarrera.

 Tendrían arte los artesanos del pelo teniendo el peine y la tijera en sus manos, con una manual maquinilla te recortaban el cogote y la patilla, con unas friegas de Abrótano Macho te dejaban preparado para que te dieran en el pescuezo la papeleta el duro y la peseta cuando estabas más despistado. En la Plaza de San Miguel, Manuel Iáñez Melgarejo, ayudado de Antonio Salazar, su sobrino, te metía la tijera como si fueras un toro negro zaino. Llegabas con tu madre quien le espetaba al barbero, apúremelo usted bien que quiero que el pelao sea duradero ¿Lo dejo o vengo mañana? a lo que Manolo el barbero respondía con gran sabiduría, te metía la maquinilla dándote un soberano trasquilón y te sentaba en espera de tu turno para tu desesperación. Eran tiempos de falta y miseria, de ahí que la clientela de la barbería en dos grupos se dividía, los zagales que tenían liendres y piojos normales y aquellos que en cuantía los tenían a raudales, mi madre llevaba un peinador para que lo usara conmigo y mis hermanos Manolo el barbero y así manteníamos la cabeza de piojos a cero, por aquel entonces éramos una excepción que relataba el barbero con admiración. Las chinches en aquella época también eran frecuentes, raro era quién por las noches en la cama no las tenía como clientes. El Zeta Zeta era lo único que les hacía la puñeta. Lo dicho, época de miseria y privaciones que favoreció que muchos de nuestros vecinos emprendieran la senda de las emigraciones, así pude ver como los hermanos Egea, hijos del dueño de la carbonearía que en la plaza de San Miguel había, camino de Francia la marcha emprendían, mi prima Marina y muchos otros albaicineros utilizaron la misma vía. En plaza Larga actuaban los Truenos, que barberos más buenos, te amenizaban la espera en su confín con el canto de un canario y el trino de un chamarín. Y en la placeta del Salvador otro trueno se dedicaba a esta misma labor. Eran artesanos que sabían de todo y que hablaban hasta por el codo. Eran los mejores tertulianos charlando con todos los parroquianos.

No se puede pasar en este artesano caminar, cursar una visita por la cuesta Chapiz, justo en su final, cuando ésta ya se adentra en la placeta del Salvador, lugar donde mi recuerdo infantil guarda de la taracea y su artesanía la cuna y su mejor redil, varias generaciones trabajaron la taracea en este lugar, consiguiendo con sus dedos expertos tallar las mejores grecas y arabescos, definiendo las mejores labores artesanales con muy diversos materiales, el hueso, la nácar, y chapas de madera seleccionadas dejaban las obras para la venta finamente preparadas. Aun en mi casa conservo una caja de música y un lindo ajedrez que salieron de las manos artesanas que ejercieron en este taller.
Al final de la Cuesta de la Alhacaba, cuando esta se introduce en el corazón del Albayzín, generaciones de la artesanía del cobre evitaron que a ésta se le pusiera fin. Los Yudes, como clan familiar, durante generaciones se dedicaron a este menester artesanal, en la calle de las Minas también la chapa de cobre se martilleaba y cincelaba por un Yudes lo mismo que en la cuesta de la Alhacaba. Del mismo modo Eduardo en la calle Beteta tuvo un taller que se dedicó durante bastante tiempo a este menester.


Sirva toda esta glosa para hacer de los artesanos del Albayzín una mención elogiosa, pues junto con los comerciantes supusieron un tejido comercial que para nuestro barrio fue vital. Recuperar en nuestro barrio su añorada pujunza, no solo pasa por rehabilitar edificios, si no que requiere recuperar a sus artesanos y sus oficios. Los albaicineros no queremos que sólo aparezcan de día los turistas por sus senderos, quedando por la noche como los parques temáticos cerrado con unas pilonas que a mí, como albayzinero, no me ilusionan. Los barrios los hacen sus gentes y de ellas se han de ocupar nuestros dirigentes, y no sólo a venir de romería el día que convenía.


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Una respuesta a Profesiones artesanales reconocidas en muchos lares

  1. Me ha gustado mucho tu post, ya tienes una fans mas, felicidades

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