LAS ANIMAS BENDITAS VISITAN LA CASA MORISCA


Estamos a finales de Octubre, el tiempo está cambiando, llegan los primeros fríos al barrio del Albayzín, esta bajada de las temperatura es recibida con agrado por los vecinos, este año se ha soportado un tórrido  y seco verano.

La mama Mercedes está sacando del armario familiar, los saquitos y cobertores de borra, ha refrescado mucho y las niñas van a tener frío esta noche. En la casa familiar el olor a bolas de alcanfor lo inunda todo, es un aroma característico que nos indica que el otoño ha llegado.

El papa Miquel ha bajado esta mañana, muy temprano, al carmen, se dispone a recoger los frutos otoñales. El membrillero esta cuajado de  grandes y amarillos membrillos, con mucho cuidado los cojee uno a uno, evitando que se golpeen, pues se abotonan echándose a perder.

También  va a recoger los caquis, en la copa del árbol ya se puede observa algunos maduros, con ese color rojo anaranjado tan característico. Valiéndose de un largo palo que termina en una especie de cestilla que  recibe el nombre de alcachofa.

El papa Miguel intenta con mucha paciencia que el caquis que cuelga de las finas ramas del árbol, entre en la trampa, para que acto seguido y con mucha destreza, realizando un rápido giro de muñeca, tronchar la rama que sujeta el fruto. De esta manera se le va quitando a este viejo árbol sus frutos que tan generosamente da cada año.

La abuela Mercedes sabe que esta tarde, cuando el sol se esconda, va a hacer frío, por eso se dirige al almacén de la cuadra, desempolva un viejo brasero, esparce sobre él las cenizas que supo guardar del año pasado, coloca después una capa de pequeños trozos de carbón llamado cisco, sobre la que descansan pedazos mayores denominados picón. Encima de esta negra base, coloca en forma de torre, unas tablillas que ha sacado de destrozar una vieja caja de frutas. Por último aprieta entre las manos una hoja de periódico, y haciéndola una bola le echa un poco de aceite de freír, la mente entre el carbón y la madera, para prenderle fuego con decisión.

Sube por las escaleras nuestro abuelo Miguel, cargado con sendos cubos llenos de membrillos y caquis, está feliz al recoger el fruto de sus queridos árboles, las niñas revolotean alrededor de los acetres llenos de fruta. La abuela cogerá los membrillos y los cocerá junto a boniatos, canela en rama, clavos y azúcar. Haciendo una compota deliciosa que todos están ansiosos de paladear.

Los caquis tendrán tratamiento diferente, colocados sobre una mesa, con sumo cuidado se le quitarán las hojas y por el rabo serán anudados a una cuerda, uno tras otro, hasta formar una larga ristra, que luego atada a una puntilla, colgarán durante todo el invierno en la pared de la cocina. Los caquis colgados reposarán y madurarán, y cuando estén en su punto, se irán desgranando de las ristras, para poder disfrutar de este dulce manjar.

En la casa morisca, se huele a clavo mezclado con canela y membrillo, a caqui maduro y a bola de naftalina. combinación de aromas que nos indican que estamos cerca del mes de los Santos y Difuntos.

En la radio, que con devoción escucha nuestro abuelo, se anuncia que el día de todos los Santos se radiara  la obra de teatro Don Juan Tenorio todo un clásico de estas fechas, Se recordará aquella temida frase los muertos se filtran por las paredes, que tanto asusta a grandes y pequeños.

El pequeño de la familia, Pepe, coge su trompo y cuerda, bajando todo atolondrado por las escaleras. Ha oído que los demás niños están jugando al trompo en la calle.

Es el tiempo de este juego, dentro de muy poco en el día de los finaos (día de los difuntos) de acuerdo con el ritual, todos los niños gritaran: Día de los finaos, cuerdas y trompos al tejao.

Pronto regresa Pepe a la casa, llorando y muy enfadado, otro niño que tiene un trompo con la punta de acero, ha golpeado a su querida trompa y se la ha partido en dos. Sus padres lo tratan de consolar, no te preocupes, que el año que viene te compraremos otra mejor. Al desconsolado niño lo propuesto no le convence como solución.

Hace dos días falleció, Gabino, una buena persona que vivía en la casa del vecino que hay junto a la placeta del Cristo de las Azucenas. Era una persona mayor, sin recursos económicos, fue lo que se llama un pobre de solemnidad, en estos casos de necesidad el vecindario hacia una colecta. Con una sabana que cuatro vecinos llevaban por las casas, cogida por los cuatro picos, la gente echaba perras gordas y perras chicas, hasta que se juntaba el dinero preciso para la caja y el entierro. Todo podía costar veinte o treinta reales. Pero en este caso no se pudo alcanzar la cifra necesaria. Por lo que estos vecinos recurrieron a una familia acomodada. Mire Doña Carmen, que no hemos quedado en veinte reales… Y la señora más pudiente daba los diez reales que faltaban. En último extremo, el Ayuntamiento se haría cargo, de lo que se llamaba un entierro de caridad, en estos casos, el ataúd era de madera de chopo, cubierta con un tintado color castaño, y al coche fúnebre se le llamaba por su color el pájaro azul

Vieron subir al cura por la calle Pilar Seco, precedido por una manguilla, vestida de negro. Buscaba la casa del difunto. El sacerdote llevaba una capa pluvial negra, y a su lado marchaban el sacristán y dos acólitos. A esta ceremonia se le llamaba ir a sacar el muerto de su casa o Santo Viático.

A partir de aquí y hasta llegar a la parroquia de San José, donde se despedía al muerto; cura , sacristán y monaguillos iban cantando el salmo miserere al tiempo que las campanas de la iglesia doblaban a muerto.

Frente a la casa morisca nos encontramos con unos de los parajes mas tétricos del Albayzín, se trata del Callejón de las Monjas, solitario lugar, sombrío y hosco, poblado de misterio y leyenda. El callejón está situado a la espalda del convento de Santa Isabel y próximo al lienzo norte de la muralla de la Alcazaba Vieja. Un torreón del viejo recinto, es visible desde un recodo, allí donde de uno a otro lado cruza el acueducto llamado el Ladrón del Agua, conductor de la acequia de Aynadamar. El arco es el más llamativo accidente del lugar. Cubierto en su parte superior por hiedra, la masa de hojarasca pende, arracimada ocultando la obra entre pardusca y rojiza, manchada siempre de humedad

El rumor suave del agua se percibe allí, y el hálito de las hiedras húmedas, el roce de la hojarasca y el susurro del aire, claramente audible en la silenciosa soledad del sitio. Hacen revivir antiguas y funestas historias. Como la acontecida en la mañana de 1705, donde aparecieron colgados los cadáveres de varios conspiradores, apresados cuando maquinaban secretamente a favor de la casa de Austria, en los días de la guerra de sucesión, a la muerte de Carlos II

Desde la casa mudéjar, sus moradores observan con temor las altas tapias del cementerio de las monjas, las sombras de los árboles del huerto del Carlos, al atardecer se proyectan sobre sus ocres paredones, engendrando figuras espectrales, que parecen tener vida propia. En este recinto siniestro y lúgubre, tuvo lugar un suceso macabro y espantoso, de recuerdo estremecedor.

Corría el año 1615, el convento  de Santa Isabel la Real, era toda una institución en la vida de la Ciudad de Granada, en este ingreso la hija de una importante familia del Albayzín, para dedicarse a la oración y la vida contemplativa, mediante la clausura y la castidad. Un hombre llamado Gaspar de Dávila, de profesión torcedor de seda, un día, por amor, saltó los altos tapiales y rompiendo la cerca, sacó a la monja del monasterio, para tener relación con ella, al ser detenidos, el hombre fue ahorcado en la Plaza Nueva, por sentencia de los señores alcaldes de corte de la Real Chancillería; y dicha monja, que por ser de castidad, no se nombra, fue condenada a recibir los rigurosos castigos que determinen dar su religión, así como ser emparedada viva, dejándola morir de asfixia y hambre, por violar y romper el voto de castidad.

Crónica recogida en los Anales de Granada por D. Francisco Henríquez de Jorquera, según hecho ocurrido en Septiembre de 1615.

En estos tiempos de muertos y difuntos, a la casa morisca llegan el eco de los gemidos y lamentos de aquella desgraciada monja, que como un ánima sin paz, vaga por estos lugares en busca de un codiciado y merecido descanso eterno.

Como podemos ver, ésta no fue la historia desdichada de Inés, en el Don Juan Tenorio, fruto de la imaginación de José de Zorrilla. Lo aquí narrado, desgraciadamente fue un hecho real, unas veces omitido y otras muchas tapado, en defensa de la vida conventual.

El día de todos los Santos, la familia se reúne en torno a la mesa camilla, se recuerdan aquellos parientes, que han pasado a mejor vida, se cuentan historias típicas de estas fechas desdramatizando la muerte. Mama  Mercedes le dice a sus hijas, mañana cuando vayáis a la tienda, en vez de comprar aceite para la mariposas, comprarme tres o cuatro kilos de castañas, para cocerlas con aguardiente, ya veréis lo ricas que están. A las animas lo que realmente les sirve es una buena oración y no más.

No habían transcurrido cinco minutos cuando sonó el llamador de la puerta. Miguel le dijo a su hija mayor que bajara a ver quien era. La niña bajó enseguida, al rato subió, diciendo que no era nadie, Mercedes le pregunto ¿has mirado bien? sí, mama, contesto la chica, incluso me asomé al caminillo, mirando a derecha y ha izquierda, no había un alma.

Al cuarto de hora se volvieron a oír de nuevo tres golpes en la puerta, estos sonidos retumbaron en toda la casa, todos se quedaron helados y casi aterrados, Miguel le quito hierro al asunto y dijo, bueno ahora voy a bajar yo, a ver qué quiere ese gamberro que llama con tanta insistencia, al rato Miguel regresa, pues, él muy sinvergüenza habrá salido corriendo y no lo he podido ver.

A los diez minutos de nuevo tres golpes secos y escalofriantes se escucharon, clavándose como una centella, en la mente de los allí presentes. A Mercedes el vello de punta se le puso y las palabras no le salían de la boca. Miguel insiste en bajar, pero la madre en un arranque de nerviosismo le espeta, Miguel espera, no bajes, por favor no bajes. Mañana ha primera hora compraré aceite para ponerle mariposas a las animas. Fue pronunciar esta palabra, y la puerta no volvió a sonar, toda la familia pasó mucho miedo. Nadie se quería ir a la cama, Mercedes no pegó un ojo, deseando que fuera de día, para ir comprar el preciado aceite.

En la casa de la abuela desde aquel día, hasta que ella murió, no hubo año que las chispeantes mariposas no estuvieran presentes el día de todos los difuntos como manda la tradición.

MANUEL VICENTE PRADOS.

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