Amigos infantiles en el Albayzín los tuve a miles


Hablar de infancia es recordar a los amigos de la niñez, aquellos compañeros inseparables con los que compartíamos lápiz, pelota, novia  e ilusiones. Compañeros de proyectos y aventuras, juntos correteando por plazas y callejuelas  conocimos lo prohibido, experimentamos lo deseado y sobretodo  descubrimos lo que era la libertad.

Fueron nuestros aliados,  cómplices incondicionales,  con ellos aprendimos lo que la familia no nos pudo enseñar, la amistad, la lealtad, el compañerismos y la generosidad.

 Lo mismo que en la canción de Amaral,  Miguel Vicente Prados no dice: “Son mis amigos ………..” y con añoranza de ellos nos quiere hablar. Manuel Vicente Prados.

Se borra la infancia con el paso del tiempo y su distancia, quedando sólo el olor de su fragancia, preñada de eventos y acontecimientos y con la inocencia de creerte casi todos los cuentos. Se desvanece con el paso del tiempo y una vez que así sucede te aferras y añoras cada momento.
Éramos propietarios de nuestro tiempo que transcurría lento, no pensábamos en nuestro futuro ya que el presente era tan intenso y seguro que sintiendo la vida como una eternidad pensar en lo venidero era una necedad. Momentos de desinteresada amistad que tildábamos para siempre ya que éramos dueños de la eternidad

El juego nos unía y a ello dedicábamos casi todo el día, en el callejón del Ladrón de Agua dos porterías hechas con pedrería hacían que junto a mi amigo Miguel Quirantes emuláramos a los porteros de antes, nos comíamos nuestro pan con una onza de chocolate y quedaba presto Miguel a parar mi certero remate, solo el anochecer hacia que a nuestras casas nos fuéramos a guarecer, él se iba a la Plaza de las Azucenas y yo a la Mancha Chica ¡Qué amistad! tan bonica, amistad eterna como la eternidad, la misma que me unía a Ángel, el hijo de la Rizaica, a Eugenio Santaella, nieto de la Marranica, con el que muchas veces fui a la huerta de su abuela y entre vacas y otros animales me pasaba las tardes geniales, hasta que regresaba a mi casa y como el tufillo animal me delataba, mi madre que no me quería ver en esos confines me regañaba, el Frías, que en la calle Cementerio de San Nicolás vivía, el Plata y el Campos fueron mis amigos de la escuela con los que viví mil aventuras en cada plazuela.Recuerdo que en quinto de primaría en el Gómez Moreno nos tocó de maestro Don Joaquín, qué suerte la nuestra aquel año fue un festín, pues cada dos por tres nos llevaba de excursión al Pinar, al lado del Alto San Miguel. Salíamos del colegio una vez que nos habíamos tomado el botellín de leche Puleva que nos daban en régimen de gratuidad al que le echábamos polvos de Cola-Cao para quitarle algo de sobriedad, tomábamos el Carril de San Cecilio como dirección, cantando nuestra canción, vamos a contar mentiras trala rá y no perdíamos ocasión para cantar al unísono que bueno es don Joaquín que nos lleva de excursión. Arco de las Pesas, Calle del Agua, calle de San Gregorio Alto y Carril de San Miguel era el itinerario que abría de par en par un día de escuela extraordinario. Partidos de fútbol en la explanada por doquier, fuera los libros que el juego llegaba al poder, mi amigo Campos mostraba sus dotes extraordinarias para la carrera no había quien alcanzarlo pudiera, lástima que en la clandestinidad se dedicaba al fumeteo con sagacidad. San Miguel el Alto era para todo Albayzinero un paraje singular al que en casi todas las épocas del año había que peregrinar. Recuerdo el día que los Reyes nos trajeron a mi hermano y a mí una bicicleta, de marca Orbea, como por la inmensa llanura de San Miguel nos pusimos a pedalear hasta el atardecer. Mi padre poco avezado al pedal, en su estéril intento de a Ocaña emular, un buen costalazo se fue a dar.
Cerca de este paraje hay otro que no queda atrás en su meritaje, me refiero a la fuente del chorrillo, justo al final de la golilla. Mis padres nos llevaban a la golilla a pasar un día de maravilla, en la cesta llevábamos la comida, la misma que llenábamos de aceitunas fruto de nuestra rebusca y recogida, mi madre las preparaba con orégano y sal regalando hasta el más exigente paladar, nos hacíamos un mecedor y si hacía calor en la venta del Loro con un refresco buscábamos el frescor. A la vuelta en damajuanas recogíamos agua de la fuente del chorrillo dejando, ya de vuelta, tras de sí, el ventorrillo. A nuestra izquierda serpenteaba la acequia que todas las huertas regaba, incluida la de la Marranica que el Albayzín era conocida tanto como la Rizaica.
San Miguel Alto y el llano del Pinar era nuestro llano de la Perdiz particular, en él todas las peñas futboleras buscaban pulir las perlas de sus canteras, el Berna y el Rober Piñar en el Graná llegaron a jugar, albayzineros que presumieron de ello por muchos senderos. Al otro lado de la meseta futbolera la Abadía Sacromontana quedaba a la espera de su gente albayzinera, dos fuentes manan agua fresca de modo abundante para apagar la sed de todo el caminante. Los almeces exhiben sus almecinas en su justo punto de maduración para que las recolecten los chavales sin dilación. Abarrotan los chiquillos de almecinas sus bolsillos, gustosa resulta la parte carnosa, quedando el hueso a disposición para con un canuto de caña servir de munición. Son los proyectiles que usan los chavales en sus cuitas hostiles.
Pertenecer a una pandilla de amigos exigía pagar una factura que en ocasiones era una locura, recuerdo el rito de iniciación que nos pidieron a Mariano Antequera y a mí como mérito para nuestra filiación. Jesús Muros, Antonio Bonilla, Jesús expósito y mi propio hermano, de buena mañana irían a la fuente del Avellano, y junto a la fuente un mechero fueron a esconder, el mismo que por la noche Mariano y yo teníamos que recoger. Después de muchas dilaciones y de ser presa de grandes tribulaciones, pensamos que el cementerio estaba lleno de valientes y dijimos que nones, igualmente fuimos aceptados en la pandilla dedicándonos a emular a Santana, Orantes y Arilla. Villanueva el carpintero y nuestro padre Manuel se pusieron a fabricar raquetas de madera maciza a diestro y siniestro para que practicáramos un tenis poco ortodoxo y alejado de lo perfecto. Pero de esta manera nos divertíamos los niños en cada explanada albayzinera. Los más osados en el Llano de la Perdiz buscábamos los golpes listados. Teníamos valor, trasponer tan lejos en nuestro afán jugador.
Por aquel entonces mi cosmovisión se reducía a observar aquello que más cerca tenía, y algún error con las proporciones cometía, para mí el Peñón del Tigre al de Gibraltar se podían equiparar. El trozo de la Muralla desgajado al peñón de Gibraltar podía ser comparado. Trepar por él y su cima hollar se convertía en una aventura singular. Por la escuela de San Cristóbal accedíamos a famoso Peñón que para mí con del Gibraltar tenía parangón.
Sólo cuando el paraje al que acudía se encontraba a extramuros del Albayzín buscaba de mis padres su compañía porque para tanto no daba mi autonomía, éstos, Manuel y Cándida, en tiempo de verano nos llevaban a la Alhambra cogidos de la mano y en la explanada anexa a la puerta del Vino el agua fresquita en un acetre el pocero que allí se ubicaba nos lo facilita, y al frente se dibuja en el horizonte nuestro Albayzín, que aunque lejos de él te encontraras, siempre estaba presente.

MIGUEL VICENTE PRADOS

 

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