Los Reyes Magos vuelven por Navidad


Noche de Reyes, al pronunciar estas palabras todavía un vuelco nos da el corazón, mientras va aflorando esa perdida sonrisa infantil. Velozmente acuden a nuestra mente, imágenes, juguetes y recuerdos de una infancia dorada. Noche mágica de ilusiones, deseos y esperanza, donde a veces lo pedido no coincidía con lo recibido, pero ¡y lo felices que éramos imaginando aquellos fabulosos juguetes ansiados! la mayoría de las veces, y no con poco esfuerzo, aquellos reyes nos complacían plenamente, mas cuando no era así, no pasaba nada, a conformarse y pedirlos para el año venidero.

Aquellos Reyes de los años sesenta, menos magia, hiceron de todo, tenían que superar multitud de obstáculos para poder llevarnos aquellos deseados presentes. Nuestro fiel narrador Miguel Vicente Prados toma su afilada pluma para descubrir los entresijos de esa labor oculta, abnegada y a veces poco reconocida de sus Majestades en el Albayzín de Ayer.

Manuel Vicente Prados

Los Reyes Magos también visitaban el Albayzín y sus pagos:

En la década de los sesenta del siglo pasado pocos juguetes se comercializaban en el mercado, era una época de austeridad y privaciones aunque los niños atesorábamos, como los de hoy, las mismas ilusiones. En el Albayzín los Reyes de Oriente cada seis de enero dejaban sus humildes y modestos presentes.

Por aquel entonces los Reyes realmente eran Magos porque sin haber, era época de escasez, a ningún niño le faltaba un juguete en estos pagos. En el Albayzín imperaba la tradición y no había lugar para Papa Noel y su comercial invasión. Melchor, Gaspar y Baltazar se pertrechaban en Bibarambla de las cajas de Magia Borras, el Exin Castillos, el Cinexin, los primeros Escalextric, las muñecas peponas y los caballos de cartón, pues los niños albayzineros se merecían algo más que el tradicional carbón. En la Nueva Calderería en el Vesubio los Magos de Oriente recogían los caramelos a por fía.
Fueron muchas navidades las que ahora con su recuerdo me hacen evidente mis soledades. Ahora las ausencias me sumen por estas fechas en un estado de añoranza que dejan mis ilusiones infantiles maltrechas. La propia melancolía del que busca presencias que ya no le hacen compañía. Añoranzas, recuerdos y vivencias que envueltas en la infancia hoy me evocan una navidad especial con su singular fragancia. Era la Navidad de mil novecientos sesenta y tres y la venida de los Reyes de Oriente estaba al caer:
Manolo que quedan dos días para que los Reyes Magos de Oriente aparezcan de frente, comprar los regalos de tus hijos es conveniente. Cándida, Don Félix Candelas, mi patrón, es un autentico bribón y el sueldo semanal aun lo tiene guardado en su caja de caudal, así que algo tenemos que pensar para que a nuestros hijos no se les haga esperar. Los hijos de tu hermana y tu hermano ya los tienen preparados y bien empaquetados, fíjate que decepción si los nuestros no pillan ni si quiera del brasero el cisco y el picón.
La vida le resulta más fácil a los que tienen posibles que aquellos que a pesar de trabajar sin parar sólo esperan que vengan tiempos mejores y bonansibles.
Además mira Manolo si son desconsiderados que ni si quiera el contenido de los regalos que les tienen preparados han sido desvelados, están aconchabados y no quieren que por nosotros, si es que pudiéramos, sean emulados. El día seis de enero, cuando todos los primos aparezcan por el patio comunero, se observarán como siempre las diferencias de los que tienen y los que no tenemos monetarias pertenencias. ¡Mira cómo son! que se muestran ufanos viendo dibujada en los ojos de nuestros hijos la decepción.

Pues Niña, así mi padre a mi madre se dirigía, yo no veo la solución para que aparezca la muñeca pepona que nuestra hija ambiciona, tampoco veo el confín donde encontrar de Geyper los juegos reunidos de Manolín, dónde encontraremos el vergel de dónde coger la carabina Safari de Miguel, y dónde de fiado nos van a vender el tanque Daktari de Javier.

Lo tenemos tan complicado que no podemos salir de este problema enjundioso sin que para nuestros hijos resulte gravoso. El año pasado, nuestros hijos fueron romanos gladiadores gracias a tus artesanas labores, con su casco y coraza hicieron las veces de gladiadores romanos blandiendo por las calles albayzineras sus esbeltas espadas de madera en las manos. Menudas guerrillas callejeras montaron los niños de aquel entonces por las calzadas y ágoras albayzineras. Había emboscadas por doquier de las guardias pretorianas donde se alistaban Manolín, Miguelín y el recluta Javier, las centurias romanos vienen por la calle María de la Miel, mientras el centurión dirige hacia la Mancha Chica el singular tropel. Y salimos venturosos viendo por reyes a nuestros hijos felices y dichosos.

Mira Manolo y ¡si los Reyes Magos fueran realmente Magos! y aparecen por estos pagos con un saco de regalos repletos, a donde se encuentren los de nuestros hijos completos. Como es tiempo de magia y Cándida es un alma candorosa, ha dejado su imaginación volar por el mar de la ensoñación y ha encontrado la solución.

En la casa hay una vecina llamada la Minina que en la Plaza Bib-rambla tiene un tenderete con todo tipo de juguete. Juan, su marido, es feriante y durante la Navidad planta en Bib-rambla su tenderete con habilidad, buscando de estas fechas sacarle alguna rentabilidad. Cándida ha centrado en este tenderete la posibilidad de salir de su problema con oportunidad. Se encomienda a los Reyes de Oriente, para que la Minina venda todo lo que pueda aunque de forma prudente, tanto, que los regalos de sus hijos se queden sin cliente.
Los niños de Cándida se acuestan con muchas expectativas para que los Reyes no pasen de largo y le dejen las pretendidas dádivas. Cándida escucha la venida de Juan y la Minina, ojalá que hayan vendido toda la mercancía, menos la que ella pretendía.
Aquí el tiempo cobra mucho fundamento, pues los zagales de Cándida se despertarán al amanecer y para ese momento los regalos tienen que ver. Es una lucha titánica contra el reloj, al clarear el día, con la puerta de la Minina, Cándida porfía ¿Qué hay de lo mío? En que te hayan sobrado confió. Has tenido suerte Cándida, tus regalos han quedado sin cliente, pero quiero que tengas presente que alguna tara tiene cada juguete y de esta manera te pongo al corriente.
Y aquí radicaba la magia de los Reyes de Oriente, con el sol saliente los niños de Manolo y Cándida acuden a la mesa camilla a donde contrarreloj han llegado sus regalos de maravilla, son de saldo pues tienen desperfectos, aunque para Maritrini, Manolín, Miguelín y Javi son simplemente perfectos.
Con qué felicidad se pone fin a otra Navidad. Todos vuelven a la cama pues la costumbre es que aparezca Cándida con una bandeja de mantecados que por sus propias manos en el horno de leña de la calle Elvira ella misma, al comienzo de la Navidad, había horneado. Si existe la felicidad debe parecerse mucho a esta estampa del final de cada Navidad.
En la casa de Cándida había un ser que no era de este parecer, pues cuando vio la carabina Safari que dispara bolas por toda esquina, y el tanque lanza ventosas, se le vinieron ideas espantosas, el gato hizo con su hocico fú, esto no puede ser bueno para mi salud, pobre micifuz, entre las ventosas y las bolas cual obús quedó como un atún. Mientras esto ocurría en el patio comunero apareció el Guanichi con un balón de reglamento, se puso a jugar al momento, aunque con su vista extraviada una fuerte patada le dio a una pedrada dejando su bota de reglamento ajada y muy perjudicada, suerte que tuvo el balón pues no atinó a darle ningún patadón. Por allí andaba también su hermano el Pepitillo con su nueva escopeta de perdigones matando al pobre pajarillo. Unos tanto y otros tampoco ¡pero qué felices fuimos con ese poco!

Miguel Vicente Prados

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