Un relato que del día de la lotería hace un navideño retrato


En las Navidades de mil novecientos noventa y tres en el Albayzín hay mucho ajetreo, todos los albayzineros se afanan en los preparativos navideños mirando de reojo al sorteo. De buena mañana me dirijo al barrio que me vio nacer, voy enternecido buscando el calor y la razón de mi ser. Por la Cuesta de la Alhacaba pulula la gente y me desvió por el Carril de la Lona para encontrarme con la Cruz de San Miguel de frente, ensimismado en las apreturas por las que transita mi economía, apenas reparo en que ya he llegado al Camino Nuevo de San Nicolás donde se halla la casa a la que me dirigía. Mi padre se afana en migar su café con leche d

egustando cucharada a cucharada sus sopas, mientras que yo le doy un par de besos como si se tratara del mismísimo rey de copas. Sin que le pregunte me dice que mi madre está haciendo los mandaos, y yo le respondo, ahora mismo vengo que seguro que tiene los cestos ya abarrotaos. Subo con avidez por la Cuesta María de la Miel, y en plaza Larga a ca la Trini, en su puesto ambulante de verdura, me encuentro a mi madre regateando el precio entre la gente y su espesura. Con mucho orgullo mi madre me presenta a la que el puesto regenta, y le digo que mientras ella termina, que me tomo una café en el Aixa que está justo en plaza Larga en una esquina. Pepe, el camarero, me saluda con mucho amabilidad y con su natural salero, me tomo el café y me despido de él al tiempo que un número de la lotería me quiere ofrecer, le digo, Pepe, tal vez en otra ocasión que me acaban de entregar mi casa y ando muy escaso de dineraria munición. Éste muy complaciente me pregunta quitándole hierro al oneroso ambiente ¿quieres que te toque el gordo? y Pepe, que es generoso en hechura y la grosura le exorna su figura, pone ante mi asombro su lustrosa mano en mi hombro, y muy salao me esgrime, el gordo ya te ha tocao. Con la risa en mi semblante recojo los cestos que mi madre tiene repletos tras su transacción con la verdulera comerciante. Mi madre quiere influir en mí sino, así que, sin yo quererlo, me dirige a otro destino. En la calle del Agua tiene planteado su afán en la tienda que allí hay de la cadena Covirán. Terminada la compra y ya ante la caja y Socorro la tendera, mi madre con su dulzura me dirige la mirada hacia un número de lotería como si se tratara de una valiosa alhaja, cincuenta y seis mil novecientos noventa y ocho, y me dice, Miguel tienes que comprarlo que verás como el día veintidós te sentirás dichoso, mira mamá que no está el horno para bollos y más en estos tiempos que corren llenos de escollos. La economía española andaba en una crisis galopante, y la mía tras la compra de mi vivienda era aún más preocupante. Pero mi madre insistía, que por quinientas pesetas miserables no podía renunciar a réditos tan notables, que me la podía regalar pero así la lotería nunca me llegaría a tocar, ante tanta insistencia doblegué mi resistencia y saqué quinientas pesetas de mi escueto monedero recogiendo la participación de manos de la tendera y su anuencia. Cargado con los preparativos navideños dejé a mi madre en su casa viviendo sus cándidos sueños. Jamás pensé que la participación, que muy a mi pesar, compré en mi Albayzín pudiera tener un destino diferente al de la basura en su fin. Pasaron los días y los niños de San Idelfonso comenzaron a canturrear su soniquete habitual, y yo absorto en mi pedestre carrera escuchaba la radio habiendo situado la cadena Ser en su dial, cuando Iñaki Gabilondo en su alocución narra que el segundo premio ha hecho su aparición. El cincuenta y seis mil novecientos noventa y ocho está muy repartido pues en la cadena de tiendas Covirán en participaciones se ha vendido. Me pongo a cavilar sobre si la tienda de la calle del Agua pertenecía a la referida cadena de alimentación, y si en consecuencia pudiera el premio aportarme casi un millón. La carrera así se vio frustrada ya que raudo y veloz me dirijí a mi morada, en una caja guardada en el armario estaba la participación y aún no me puedo creer que el número 56998 estaba sellado como impresión. En esas ya lejanas Navidades, lo de tapar agujeros se cumplió gracias a mi madre y sus empeños lisonjeros, los dineros los recogí de la General que había en la calle Panaderos, al millón le sumé la parte que me correspondió de la participación que le tocó a mi madre y que repartió entre sus hijos con generosa ilusión, nos diría yo el dinero para mí no lo quiero lo disfrutaré más si os lo quedáis vosotros todo entero. De todo lo narrado saco una conclusión que pongo para todos a su disposición, la diosa fortuna no debe buscarse con teequedad, mi madre se ocupó en aquella navidad que tocara a mi puerta con mucha oportunidad.

 

 

MIGUEL VICENTE PRADOS

 

 

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