El pintor de la luz y el color


Con la A comienza el nombre de nuestro viejo barrio y con la A quiso el destino que también empezara el nombre (Apperley) del  pintor que lo supo plasmar como nadie. Siguiendo la estela de aquellos ingleses románticos que descubrieron la Granada exótica y de ensueño. George pronto abandonó su país natal buscado la luz y el color. El generoso Albayzín además un gran amor le regaló. Fue un ilustre vecino, el gran pintor, su nombre pronto perdió la erre y en nuestro querido Apélei se convirtió.

Jugando con esas palabras que se mueven caprichosamente, nuestro articulista Miguel Vicente Prados, rinde merecido homenaje al pintor “del Albayzín y sus gentes”. Manuel Vicente Prados.

 

Gentío y bullicio es lo que veo al evocar el recuerdo del barrio que ahora propicio, por todas las calles el brillo de las piedras revela la gente que las pulen en modo constante e impenitente, porque es un ir y venir incesante por calles, plazas, adarves y cuestas del caminante, no existe posibilidad para la soledad sea el que fuere el lugar por el que uno tuviere a bien transitar. Y luz, mucha luz, que le daba al paseante una claridad especial en su bullicioso caminar. Luz de atardeceres y amaneceres, luz de las bombillas de farolas en los nocturnos anocheceres, que definen las siluetas de los clandestinos amores. Claridad y luz especial que provenía de las fachadas blanqueadas con cal. Tenía un fulgor el Albayzín que jamás mi retina encontró en ningún otro confín. Cada año el albayzinero cursaba visita obligada al calero, y procedía a un litúrgico quehacer, el que yo como niño nunca me quise perder. La roca de cal viva del saco pasaba a un bidón o tinaja, con agua se cubría y en la reacción todo aquello hervía hasta que llegaba el día en el que la cal viva moría para quedar lista para encalar. Comenzaban las labores de los encaladores dejando las fachadas en un blanco nuclear que no vi en ningún otro lugar. Un barrio que se parecía más a un pueblo blanco nuclear con su propia luz y luminosidad que invita a pasear e irradia alegría en toda su bulliciosa caminante algarabía.
Aquella radiante luminosidad que de pequeño veía ya no la volveré  a  ver jamás, hoy regreso a mi  luminosa infancia  con la estampa mas vistosa, obra de un pintor que la supo como nadie captar y que hoy quiero testimoniar. En cada pincelada la fue dejando plasmada en una obra fecunda que viéndola hoy, con aquellos tiempos, lo más seguro es que nos confunda.
George Apperley contrarió su militar o eclesiástico destino ya que éste y no otro para sus padres debía ser su sino. Fue ungido por el don de la pintura y la amó con generosa y extrema locura, como sólo son capaces de hacerlo los genios en su cordura. Viajero impenitente en 1916 del Albayzín se hizo residente, por su luz quedó prendado y seducido y por los encantos de Enriqueta Contreras prendido, amor pasional que en George y Riki se fue a concretar. En la última entrevista que se le hizo en Granada (En una celebre revista de la época) responde sin vacilación a la pregunta si cuando vino traía de quedarse la intención: no era esa mi intención, pero encontré la que ahora es mi esposa,me casé y me quedé aquí. La ciudad me gustó y creo que fue cuestión de suerte. Han sido dos cosas las que me han retenido: ciudad y mujer. Creo que aquí estaba mi destino. No sé cómo explicar esto. Es muy difícil. Desde muy joven quería salir de Inglaterra. El paisaje inglés no me inspira y me gusta el sol. Mi familia es de gales, yo soy Celta, y esto ha influido en mi temperamento haciéndome menos frío que los anglosajones. 
El joven de Wight se hizo albayzinero prendado de su claridad, luminosidad y lucero. Delgado como un mimbre y de cabello rubio ondulado, escrutó como nadie los confines del barrio que lo hubo hechizado, miró hacia los majestuosos picos de Sierra Nevada que se divisaban desde su balcón en el que los geranios tenían profusión. En su casa sita en la Plaza de San Nicolás de la luz y claridad del barrio se fue a enamorar, amor y fidelidad que hasta su muerte en Tánger nunca se pudo olvidar. A este albayzinero de vocación la guerra civil nos lo alejó, aunque nunca de su barrio se olvidó, hasta que un coro de ángeles albayzineros hasta el Olimpo eterno donde habitan los artistas lo trasladó recreando para siempre aquellos senderos.
Según sus apuros económicos el albayzinero de Wight por cuatro perras gordas vendía sus pinturas si con ello podía seguir gozando de la vida en su barrio adoptivo y de sus hechuras.
La luz, la luz y claridad del barrio fue su obsesión, y reflejándola en sus acuarelas y oleos no tuvo parangón. Su preocupación por los estudios de la luz, así como por los distintos puntos de encuadre de su obra, pasan casi desapercibidos, pues su aparente bidimensionalidad fotográfica, da para ello, motivos de sobra. La luz roja de los amaneceres albayzineros y el sol blanco-cal del medio día en la “Calle Elvira”, y siendo todo esto a la vez, no han tenido mejor intérprete que este albayzinero galés. La acuarela y el acuarelista que tuvo su máximo exponente en este artista. La inspiración de Apperley es insaciable y la utilizó en crear mundos de belleza en un marco incomparable, en los cuales la luz en su representación magistral, no es un elemento más si no que se hace vital. En el Sacromonte y Albayzín, los ámbitos donde el exotismo granadino se hacía más evidente y atractivo, el pintor recogía incansablemente escenas, paisajes, rostros, miradas, a la acuarela o al óleo en su afán creativo.
Deleite con la finura cromática, amor en su motivos por el Albayzín, su obra es una sinfonía insinuante y poetica de Granada y su Albayzín, barrio de embrujo por el que se dejó hechizar y seducir. Albaizineras de profundo mirar y garboso talle, de las que no escatima ningún detalle. Escenas de nocturnos fragantes y mágicos parajes albayzineros que por el mundo recorrieron todos sus senderos, claveles que revientan su colorido y que jamás nadie en la acuarela pudo haber recogido. En la paleta del ilustre pintor relucen todas las luminarias del color. Apperley y el Albayzín parecían condenados al mismo fin, a compenetrarse en un modo tan cabal que el compromiso duró hasta su final.
En este barrio albayzinero nuestro pintor no se sintió nunca extranjero. Le caló tanto que le mortificaba su secular abandono en forma de quebranto. A veces en su escritura lamentaba y expresaba su amargura: una ciudad martirizada desde hace años por la codicia desenfrenada de unos cuantos, el mal gusto de la mayoría y la apatía de todos. Clamaba por todo confín el secular abandono y deterioro de su amado Albayzín, los pestilentes rincones que se utilizaban como meaderos, o los aljibes árabes que servían de basureros.
Muy a la manera ganivetiana clamó contra la decisión de sustituir el gas por la electricidad en el público alumbrado, entendiendo que con ello el encanto romántico de la noche albayzinera quedaría usurpado. Fue tan pertinaz que consiguió tras decisión municipal que el Albayzín conservara sus típicas farolas de gas.
Reivindicó y elevó solitarias y airadas protestas por la pérdida del tipismo de numerosos rincones albaycineros, que con tanto amor había ido recogiendo con sus pinceles en sus afanes pintureros.
Apperley se podría decir que fue el penúltimo romántico sin miedo a la equivocación, encantado por un barrio y una ciudad experta en atraer a las almas sensibles, aunque luego las olvide en la postración.
Albayzín, siempre Albayzín, impregnó la obra de Appeley hasta su último confín. Escasa gratitud la de una ciudad que con una minimalista estatua honra a la imagen descomunal de un albayzinero devocional y artista colosal. La mediocridad característica de la miopía de nuestras autoridades que nunca supieron estar a la altura de personajes tan excepcionales, enfangados siempre en sus fatuas veleidades.
Por todo ello desde éste mi lindero quisiera expresar hacia el artista mi reconocimiento más sincero. Y expresar al viendo mi más sentido agradecimiento, porque gracias a él hoy puedo recordar el color y la luz del barrio de mi infancia, recorriendo de él cada una de sus estancias, a través de las pinturas de un pintor que supo plasmar en ellas de mi barrio su luz y color.
Dedicado a mi amigo del ágora virtual Enrique Apperley Contreras, con cariño sincero de uno que como su padre es albayzinero. Y le recuerdo cómo su padre en la entrevista antes referida nunca quiso que él siguiera la senda por el emprendida: Yo tengo dos hijos (se refería a Jorge y Enrique) y si hubieran querido ser pintores yo les hubiera convencido para que tomaran otro camino. Hoy no es un medio de vida la pintura. Y de no poder dedicarse exclusivamente a pintar es mejor no hacerlo… Eso sí, denunciar la mediocridad de nuestros regidores que nunca supieron en nuestro barrio ver su potencial y el de sus moradores, es una deuda que con tu padre todos hemos contraído y que a pagarla yo me he comprometido, porque de bien nacido es ser agradecido. No me resigno a ver como nuestro barrio por el abandono languidece, porque ni él ni los albayzineros se lo merecen.

 

MANUEL VICENTE PRADOS

 

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10 respuestas a El pintor de la luz y el color

  1. Eugenio Roman Perez dijo:

    magnifico relato veo que la rima te a influenciado me alegra y conmueve tan grato regalo siempre es un placer leerte y sobre todo haberte encontrado
    Gracias Hermano

  2. El blog me encanta. Me gusta menos que los comentarios jamás tengan respuesta.
    AG

  3. Un regalo de Navidad que conservaré con cariño. Con mi más sincero agradecimiento. Un fuerte abrazo para tí Miguel y para tu hermano Manolo.

  4. Un precioso artículo sobre mi padre.

  5. Miguel Angel Barrera Maturana dijo:

    Miguel, me uno al bonito y merecidísimo homenaje que le haces a George Apperley y a su maravillosa obra. Un saludo.

  6. María Dolores dijo:

    No soy albayzinera, ni siquiera granadina y, tengo que reconocer que, no conocía a este magnífico artista. He llegado a este artículo por casualidad y a través de un amigo, albayzinero él, y me ha fascinado leer sobre la vida de este gran pintor y conocer su obra. Ha sido esta fascinación la que me ha hecho querer saber más e indagar a través de internet. Me han sobrecogido sus cuadros y, como dice el título de este artículo, su manera de plasmar la luz y de elegir el color de sus obras. Me ha recordado en muchos de sus retratos a un pintor de mi tierra, Córdoba, al que he admirado toda mi vida: Julio Romero de Torres. Adoro el arte en cualquiera de sus facetas y, gracias a este artículo, he descubierto un gran artista, al que no conocía y del que, a partir de hoy, soy gran admiradora.

  7. Comparto la admiración por Apperley, por eso dediqué también una entrada en mi blog y que ilustré con unas fotos que yo mismo hice y que con sorpresa veo alguna en este blog sin mencionar a su autor (concretamente la escultura de la placeta de la Gloria)

    • mivipra dijo:

      A Manuel Espadafor Caba, en la búsqueda por la red de redes encontré una imagen de la Escultura sita en la placeta de la Gloria y la utilicé para ilustrar el exiguo homenaje que hace nuestra ciudad a tan insigne pintor, como quiera que es propiedad de Manuel Espadafor Caba y así me lo ha hecho saber, ha sido sustituida por otra, ya que entiendo que esa es la intención del mencionado autor.

  8. No pretendía que la suprimieras, simplemente hacer saber el origen de la misma. Por otra parte, el cariño por nuestra tierra, en este caso el Albaicín, me ha conducido a través de un amigo a tu blog, y he de decir que me ha causado muy grata impresión.

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