LOS GATOS DE LA CASA MORISCA


El gato, animal carismático siempre fue un protagonista de nuestra casa morisca, por allí pasaron felinos de todos los pelajes y condiciones, blancos, negros, pelirrojos y todas las mezclas que podamos imaginar, los había mansos y tranquilos, también fieros, vengativos, necios y muy ladinos. Pero algunos por méritos propios o por circunstancia a ellos ajenas, hicieron que su recuerdo perdure  en mi memoria. Me acuerdo de aquel gran gato que tenía Juanico, el hijo de “la Pepa vieja”, rubio de gran  talla, lomos atigrados, cabeza grande, orejas pequeñas y doble papada, parecía haber abandonado la fuente del patio de los leones. Era todo un patriarca, un galán de la noche y abundante descendencia en el vecindario. Cada mañana cuando Juanico abría la puerta de su húmedo bajo, el gato atolondrado cruzaba entre las piernas de su dueño, corriendo con diligencia al patio comunero, donde tomando plaza mantiene a raya  los malditos roedores. Me parece estar oyendo a su propietario, en las frías noches de febrero llamando a su minino, que con la oscuridad se perdía para ocuparse de sus tareas amorosas, era el Casanova de los tejados propio y del vecino. El dueño al ver baldío su esfuerzo para que su gato durmiera calentito en casa, cabizbajo entraba en su hogar donde lo esperaba su mujer; apodada la Minina, hembra de exuberante pechera, parecía haber salido de una película de Fellini, dicen las malas lenguas que sus encantos era solamente un gran sostén relleno de trapos, al sentarse las gigantes protuberancias le tiraban la falda hacia arriba, y Juanico le decía disimuladamente “Pepa tápate, que se te ve el minini”, de ahí el apodo de esta singular mujer.

Juanico era un hombre que por su aspecto nos inspiraba algo de miedo. De mediana estatura, más bien delgado, tez oscura, con ojos somnolientos que ocultaba detrás de unas cutres gafas de pasta negra y cristales de culo vaso, tenía poco pelo, que peinaba hacia a atrás, con la falta de higiene y la añadida brillantina parecía que los negros mechones estuvieran dibujados en su cuero cabelludo. Era el encargado de los trabajos más desagradables, limpiar el fango del pozo, portar pesados paquetes, y encalar el retrete del patio, eran algunos de sus cometidos. También realizaba otro menester siniestro y oscuro, era el responsable de deshacerse de los gatos dañinos, que destrozan las plantan al enterrar sus deyecciones en la tierra del carmen. Con  destreza los pillaba y los metía en un saco de arpillera. Y cumpliendo con un ritual muy enraizado en la sociedad de este tiempo, se dirigía al Paseo de los Tristes y con la sangre fría del verdugo que ejecuta a su víctima, lanza con decisión al gatuno reo a  las heladas aguas del río Dauro. Este acto antigatuno tenía muchos seguidores en Granada desde tiempos inmemoriales y tal fue su magnitud que un buen día, en una zona ribereña del río Darro, se alzó una plataforma que se le llamaba la “isla de los gatos”, debido al número creciente de felinos que diariamente aterrizaban allí arrojados desde el petril. Confundidos entre la maleza, asomando sus ojos fosforescentes entre las cortinas de yedra o subidos a las higueras locas.

Los gatos del Dauro, han mirado durante años los tejados de las casas, que por cuyas chimeneas el humo de las doce anunciaba la preparación del almuerzo que ellos no iban a probar;  días, meses, el gato despreciado por su dueño mayaba lastimeramente, comía mal, y cuando al Dauro se le hinchaban las narices, perecían arrastrados por la corriente de las aguas, en un aluvión de ramas, objetos y alguna pepita de oro arrancada en los remansos por la fuerza incontrolable de la riada.

Es triste para la casta felina, pero siempre que uno de ellos fue lanzado al Dauro, si el río no llevaba suficiente caudal para acabar con su vida, soportaría unos meses amargos, mayando por la riberas, tratando por todos los medios de ganar la altura, para recobrar nuevamente la existencia pasada. Sin embargo todo es inútil, el gato que cae en el Dauro no sube jamás a gozar de la luna de enero sobre los tejados y a hacer el amor con la gata de la vecindad, y muchos menos de los mimos y ternura que un día le dedicara la dueña de la casa. Este dolor del gato que agoniza en el Dauro, ha tenido eco en todos los tiempos. Siempre hubo un alma caritativa que, aun conociendo el egoísmo de los felinos, le arrojaba a diario sus manjares favoritos. A esa hora imprecisa del  atardecer, las docenas de gatos de “la isla” recibían las raspas de las sardinas y algunos huesos para repelar. Doña Berta fue una impenitente amante de los gatos que se empeñaba en esta altruista labor. Los lastimeros felinos, intercambian escasos diálogos mayatorios, quietos apoyados sobre sus cuatro patas, se han amustiado lentamente en una tisis espantosa. A veces los inviernos más compasivos desataron caudales de agua que le remediaron para siempre de esta vida tan miserable.

Y mientras, como una burla, los otros gatos enamorados en la luna de enero, les contemplan desde los tejados de las casitas típicas, con ojos luminosos, en la noche miran con desprecio absoluto esta serie de felinos canijos de la llamada “la isla de los gatos”

Durante toda mi infancia, siempre me tuvo intrigado el gato de aquel familiar con penetrante olor a nogalina, quieto y en postura de alerta, allí estaba sobre el aparador del comedor familiar. Te miraba sin parpadear con sus ojos verdes cristal. Con mucho recelo, esperando no inquietar al felino, solía pasar mi mano sobre su aterciopelado pelo marrón. Con el tiempo me enteré que aquel ejemplar era de yeso y no de verdad. Este felino casi real, era de la prima Ana, hermana del famoso “Pepico el Cateondo”mujer de vida algo relajada, esclava del amor y la tisis. Pero por su vida se cruzo “El Verniser” y  con el gato se quedó. Como vemos siempre fue ayudando y mermando el patrimonio  familiar.

La gran reina gatuna fue la gata de mi abuela Mercedes, Mina la  llamábamos, la blancura de su vientre contrastaba con el negro de su dorso, de cabeza pequeña, orejas pequeñas y puntiaguda, tenía unos ojos tiernos y alegres. Fué una gata que siempre sabía estar, discreta, cariñosa, limpia y aseada, era la favorita de la matriarca del clan. Que por cierto no era una entusiasta de la especie felina. A la hora de la comida familiar, nunca le faltaba su platillo de comida en el suelo. En un rincón del retrete, tenía su caja metálica de carne de membrillo llena de tierra, donde realizaba con primor sus necesidades, era como otro miembro de la familia, cumpliendo con creces su cometido de mantener el piso libre de ratones. Por la tarde cuando nos sentábamos en la mesa camilla, allí estaba la gata, encima de la tarima del brasero, siempre pegada a la misma pata, era muy respetada y pobre el que le diera un puntapié. Cuando todos nos acostábamos ella se quedaba unas horas apurando las últimas brasas,  una vez agotadas, se dirigía a los dormitorios, subiéndose casi siempre a la cama de mi abuela, acurrucada y juntando hocico con rabo pasaba toda la noche a los pies de su dueña.

Observaba con estupor como la gata en ocasiones engordaba súbitamente, haciéndose su caminar lento y torpe, pero esta metamorfosis duraba poco tiempo, de repente volvía a su elegante figura. Una mañana, mamá nos levantó de la cama y con voz entusiasta nos dijo que bajáramos de prisa al patio, que nos esperaba una gran sorpresa. Y efectivamente fue algo inesperado, nos encontramos a la Mina de la abuela recostada, cobijando en su regazo cinco lindos gatitos, los queríamos coger pero la madre los defendía con uñas y dientes. Al rato apareció la abuela en compañía de “La Minina”, ambas vestidas de negro y un cubo lleno de agua, no podían dejar crecer a la descendencia gatuna, la superpoblación felina era un peligro para la casa morisca. Nos pusimos a llorar, no queríamos que ahogaran a los recién nacidos, después de mucho patalear conseguimos indultar a uno que parecía especial, era todo blanco con ojos redondito y azules, parecía una bolita de algodón. La gata crió con esmero al único superviviente de su parto múltiple.

El tiempo pasó y el gato blanco se desarrolló, pronto se hizo autónomo e independiente, era un gato arisco, egoísta y pendenciero. Con premura perdió su cola en una de sus reyertas callejeras. Su hogar fueron las tapias, los árboles y los empinados tejados; se le veía sigilosamente como un fantasma aparecer y desaparecer. Cuando descansaba en casa siempre estaba recostado en el sofá, sin miramiento de ninguna clase…. Y,  ¡ay de quién le molestara!, entonces levantaba su pelo, arqueaba el lomo y preparaba la zarpa dispuesto acometer al primer mortal que se le acercara. El sinvergüenza pasaba las horas mosconeando a la espera que se durmiera su dueña, para dar un salto a la despensa y recorrer con calma el plano de la mesa del comedor, donde  solían quedar los restos de la cena.

Un día claro de primavera Maritrini, la hermana mayor de los Vicentes, recibió un regalo muy amoroso; Fernando la obsequió con un precioso gatito rubio de coqueto lacito rojo en el cuello. No fue bien recibido por nuestros padres, sabían bastante de la tiranía que se gasta la raza felina. Pero la niña de sus ojos, se encapricho del recién llegado. Para nosotros, como hermanos pequeños se convirtió en el juguete más preciado, y nuestro más fiel acompañante. La gatita era muy casera, siempre prefirió el cobijo y la seguridad del hogar a la libertad y el riesgo de las altas tapias de casa morisca. Ingenua gata, no sabía que su peor enemigo lo tuvo siempre dentro y no fuera de casa solariega.

Por aquel tiempo nuestro consanguíneo primo de ancha frente, aunque por aquellas fechas luciera algo más de pelo, recibió otro singular regalo, un rechoncho y blanco perrito que bautizó con el nombre de “Bolín”. El afortunado canino, cayó en una acomodada casa, que le brindó todas las comodidades que un animal de compañía puede imaginar. El perro pronto creció lo que podía, era finucho, inquieto, escandaloso, pendenciero, egoísta y rencoroso, sin duda había bebido de aquellas virtudes que tanto atesoraba el clan de los Vernisers. Los primeros encuentros entre perro y gata fueron gratos y cordiales, el ladino sabueso fue granjeándose el cariño de la confiada gatita. Paseos y corridas por el patio del carmen compartían, lo mismo perseguían a un ratón que cazaban un pajarillo. Todo era compartido, como buenos hermanos disfrutan de una misma herencia familiar. Mas el canino contrajo un grave padecer, sin saber como fue, se contagió de una terrible enfermedad que también sufrían sus adorados dueños. Una dolencia que te domina y aniquila, convirtiéndose en una piltrafa humana. Soberbia se llama este terrible padecer, en el que con egoísmo, envidia y tiranía, siempre te quiere imponer a tus semejantes. De manera irremediable el perro se convirtió en la voz de su amo. Con  premeditación, alevosía y sordina, fue poco a poco adueñándose de patio comunero. La gatita poco a poco se encontró acorralada y amenazada, antes de bajar se aseguraba que el terrible “Bolín” no estuviera cerca de allí, con el tiempo no podía salir de los pasillos del carmen. El perro de los Vernisers era un auténtico fascista, colocándose en el centro del patio no dejaba acercarse a la gatita. Un desafortunado día, a la gata se le hinchó el hocico y le plantó cara al canido. La lucha fue fraticida, el perro sufrió arañazos y mordeduras varias, pero la gatita fue la peor parada, el canino con perversa intención, lanzó con fuerza su zarpa hacia la cara de la gata, vaciándole el ojo derecho por completo. Con el tiempo la gatita se recuperó, la felina sin duda la batalla perdió, arrinconada fuera del patio supo aguardar y dejar el tiempo pasar. Y una inesperada mañana vió que como se levantaba esa espesa niebla de la tiranía y opresión. El alarido de un angustioso ladrido, junto a un frenazo en seco de un coche, fue el final de su pesadilla y el anuncio de una guerra ganada por la Cándida gatita.

MANUEL VICENTE PRADOS

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3 respuestas a LOS GATOS DE LA CASA MORISCA

  1. Conchi Rodriguez Jimenez dijo:

    Genial,la historía y la analogía,hermanos Vicente os superais cada dia¡¡¡

  2. Llega a mi este interesante y magnífico relato hoy, justamente cuando mi hermoso Maní, gato tigre en tamaño y corazón, cumple sus 13 cumpleaños . Me ha hecho darme cuenta aún más si cabe, de la gran personalidad que poseen estos animales, de su maravillosa complexión, de su sabio instinto y amplia inteligencia. Mucha gracias por todo¡¡¡¡¡¡

  3. Luis dijo:

    Llegué a este relato son querer…pero lo he disfrutado mucho. Gracias por compartirlo. Estaba buscando alguna imagen e historia sobre El Rubio, el gato que duerme (dormía) en el patio de los leones de La Alhambra. Alguien me ayuda?

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