TRIUNFADORES ANTE LA ADVERSIDAD; FUISTEIS UN EJEMPLO PARA LA VECINDAD


En un mundo que nos globaliza y aliena, tratamos de ser  diferentes, buscamos ese marchamo o singularidad que nos distinga de la simple muchedumbre. Esa marca que todos no pueden adquirir, el vestido exclusivo, el coche tuneado, e incluso somos capaces de tatuar nuestra piel para ser diferentes al resto de los  mortales. Algunos tienen la fortuna o la desgracia de ser diferentes desde su nacimiento. Pero a veces esa distinción nos amarga la vida, una dificultad sobreañadida que sin saber por qué, y sin pedirla se nos regala.

A mi mente llega una insólita historia que un día me relató un padre Franciscano. Fue durante la Semana Santa granadina,  la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno disponía los últimos preparativos para procesionar sus imágenes. Al fondo, en la nave central, el hermano mayor iba entregando a los penitentes, según llegaban las cruces para desfilar, llamaba la atención que no hubieran dos cruces iguales, unas eran pequeñas, otras  largas y también las había más pesadas. Con decisión cada nazareno cogía su cruz. Pero cuando llegó el último cofrade solo quedaba una maciza y pesada cruz. Hermano mayor, no voy a poder arrastrar esta pesada cruz, no podré procesionar con ese gran peso. El hermano mayor lo animaba diciéndole que él sería capaz. A la mitad del desfile, más de uno abandonó su cruz. El regio hermano llamó a nuestro esforzado nazareno, invitándole a que cambiara su pesada cruz por una más liviana, primero sopesó una cruz  muy ligera, pero era muy larga y aparatosa,  pensó que seguro tropezaría;  después cargó otra más corta, pero el brazo horizontal lo desnivelaba. Y tras probar otras le dijo a su hermano mayor, sabes que estoy pensando quedarme con la cruz que llevo, aunque pesa un quintal yo con maña la voy arrastrando y seguro que llegaré hasta el final. Dios es sabio y nos da a cada uno la cruz que somos capaces de soportar.

El tiempo va borrando todo aquello que no fue importante en nuestra vida, pero el recuerdo de aquellos albazineros desfavorecidos no han caído en el olvido. Singulares  fueron sus vidas, obstáculos y circunstancias adversas no le faltaron; con esfuerzo pasaron de lo cotidiano a lo trascendental y como una estrella en el firmamento no dejan de brillar. Miguel Vicente Prados, infatigable luchador por la justicia social, no podía dejar pasar esta ocasión, para ponerse al lado de “los otros”, de aquellos parias que un día y de hurtadillas pasaron por su sorprendente mundo infantil.

Manuel Vicente Prados.

En estos lares vivieron albayzineros singulares

Es fácil recoger las andanzas y avatares de aquellos personajes estelares, casi siempre la retina se fija en aquellos que por su lucidez a ello conmina. En nuestro barrio hay un buen ramillete que en el cante, baile, pintura y literatura supieron la mediocridad poner en un brete. El Albayzín fue siempre un buen caldo de cultivo que propició celebres personalidades en lo creativo, el Albayzín fue, es y será cuna de personas con méritos sobrados para ser glosados y recordados. Pero hoy no me trae este motivo en mi tránsito narrativo, es más, son los parias los que no quiero dejar en el olvido. En nuestro barrio han existido personas que no tuvieron fácil su devenir en este valle de lágrimas que a veces plantea el porvenir. Personas que también fueron ejemplares aunque tuvieron su tránsito complicado en estos lares. Fueron con su presencia los que fijaron en recuerdos mi albayzinera infancia en su vital apariencia. Fueron ellos los que al barrio en su diversidad le plasmaron su impronta de humanidad.

Nadie recordar pudiera, que destacaran por su abolengo y solera, como también nadie puede negar que ellos le dieron lustre a mi infancia en este lar. Anidó a lo largo de su vida en ellos la rareza, y fue lo que los hizo singulares sin que tuvieran que consumar en sus vidas ninguna proeza. Hoy hablamos del respeto a la diversidad, pero por aquellos años el diferente no contaba fácilmente con esta complicidad. El cojo en su cojera, el loco en su locura, el estulto en su estulticia, el borrachín en su perpetua borrachera, el mariquita en su libérrima condición, la demente en su demencia, se dieron en corpórea personalidad en el Abayzín que de niño viví sin que ninguno perdiera para mí un ápice de dignidad. La vida y sus avatares hicieron que en el barrio fueran muy populares.

Las tascas y las tabernas en el albayzín que yo recuerdo, cuando era un alevín, se distribuían por doquier y eran punto de referencia para el parroquiano una vez acabado su cotidiano menester. Ya de madrugada se buscaba mitigar el frío mañanero con un buen lingotazo de aguardiente que removía las tripas del madrugador cliente, servido en copas con su línea roja que servía al tabernero de referencia para enrazar el aguardiente, estos clientes mañaneros el café con sopas lo traían puesto de su hogares y sólo acudían en busca del etílico elemento que servían a granel en las tascas más populares. El chato de vino ayudaba en la vuelta de la interminable jornada laboral a mitigar el camino. A veces sin compañía el vino peleón se bebía y otras con altramuces, aceitunas aliñas o cebollas en vinagre encurtidas se maridaba el vino que se bebía. Esto era lo habitual, hasta que aparecía en escena el borrachín sin jornada laboral, al tabernero le hacía compañía durante todo el día, y sólo cuando se agotaba, en éste, el paciente talante, y como estaba prohibido el cante, los ponían de patitas en la calle para que ejercieran a dos o cuatro patas de caminante. El transitar del borracho era bastante peculiar, de un lado a otro de la calle intentaba mantener erguido el talle, cosa que observábamos la chiquillería y que no entendíamos cómo conseguía. Era el momento que alrededor del beodo, borracho tú, con la botella llena y el chapuz, le cantábamos a coro. Hubo durante mi infancia en el barrio, borrachos habituales que pillaban día a día cogorzas descomunales, pero del que mantengo un recuerdo especial por sus borracheras estelares, fue Antonio el de los telares. Salía de buena mañana de su casa hecho un pincel, y zigzagueando los chiquillos lo encontrábamos al atardecer. Por la lontananza se escuchaba oja, oja pelleja, oja coneja, se trataba del Antonio el Oja que venía con una borrachera descomunal desinhibido y sin congoja. La chiquillería detrás de Antonio el Oja se arremolina y se armaba la tremolina, se agachaba para coger una piedra como munición saliendo el tropel infantil en estampida y desaliñado pelotón. Antonio el Oja acababa por el suelo esturreado y los niños con malicia pero sin maldad con el pobre beodo habíamos jugado.

Esta historia se repetía con otro Antonio que en el barrio también vivía. Lisiado y con cojera, Antoñico el Tonto por el barrio acompañado con su bastón hacía su inesperada aparición. La chiquillería después de salir del Goméz Moreno tras de Antoñico el tonto formábamos una procesión, menudo cortejo que a Antoñico no le hacía ningún gracejo, con sonidos guturales intentaba ahuyentar a los chavales, y si no lo conseguía el bastón como buen argumento esgrimía. No éramos malos los niños sólo es que atraía nuestra curiosidad todo aquello que se separaba de la normalidad, la diferencia hacía que nuestro comportamiento no expresara clemencia hacia aquel vecino albayzinero que la vida le guardó un destino ingrato a la par que poco lisonjero. La chavalería nunca se caracterizó en su inocencia por tener mesura y por su prudencia.

Sin dudar Doña Berta fue en mi infancia otro personaje singular. A buscar amparo al animal gatuno desamparado siempre estuvo dispuesta, los gatos albayzineros encontraron en las manos de doña Berta cariños verdaderos, sus mimos y dedicación eran de su demencia la más evidente manifestación.  Vivía en la calle de la Tiña y sé también que procedía de una familia de bien, su mente en la senectud la llevó de vuelta a la niñez, a su estado le llamaban chochez y habitando en ella adquirió la manía de alojar en su casa en régimen de acogida a todo felino que como derrelicto quedaba a la deriva en el mar de la vida. Decenas y decenas de gatos buscaban en la casa de doña Berta sus adecuados parapetos y campaban en su casa al antojo por sus respectos.  El olor gatuno hacía asomar la nariz por la casa muy inoportuno,  era verdadero hedor lo que regurgitaba aquella casa en su rededor. Sin embargo cuando la anciana a pasear salía como una reina lo hacía, qué ternura desprendía en su poca lucidez y que bondad expresaba en su candidez. También fue presa fácil de la niñería cuando un gato en su regazo tenía. Los niños hablamos en su presencia del gatuno maltrato y ella se encendía esgrimiendo un duro alegato. Como siempre la diferencia atraía en la niñería la maledicencia, quizás solo fueron juegos de infancia ahora que lo veo desde la distancia.

Persona con más dignidad en el paisaje albayzinero jamás encontré y la dejo en este relato como personaje postrero. En tiempos de dura dictadura y de moral pacata, estricta y estrecha, hicieron que su vida no fuera fácil dejando con frecuencia su dignidad maltrecha. Pero jamás encontré en nuestro barrio a una persona más digna y educada que la que aquí quiero dejar testimoniada. Y que tiene como las anteriores un común denominador, ya que de la chavalería también soportó  la mofa y la burla con entereza y torero valor. Les llamaban desviados y amanerados, en los chistes populares eran personajes estelares, qué poca gracia tiene reírse de la gente y más aún llamarles de la acera de enfrente. La dignidad es condición inherente a la persona y poco nos ha de importar la condición sexual que la blasona. El que es albayzinero sabe que a la Paquita me refiero, jamás vi una albayzinera con más arte y salero. Con qué porte se atufaba el exiguo flequillo en la frente y sin pretenderlo se congraciaba a toda la gente. Con su bolso de buena mañana iba a hacer a plaza Larga los mandaos y de camino de otras vecinas también hacia los recaos. Qué zalamera era esta albayzinera y sigue siéndolo pues aún sigue viva y venturera. Transitaba por el Arco de las Pesas la Paquita, cuando una marabunta de chiquillos a las doce y media salía de la escuela, ya sólo cabía decir probetica, mariquita era la palabra que le caía más bonica. Aunque la Paquita no se cortaba ni mijica y te soltaba la primera bordería que se le ocurría, para todos encontraba munición en la verbal batalla campal.

No quisiera terminar este relato testimonial, dejando en el olvido un ser en el barrio muy querido. Son datos empíricos y evidentes que al nacer todos nacemos diferentes, unos con los ojos azules, otros morenos, altos, gorditos, etc. Jose nació con un cromosoma de más en sus células y su diferencia en el barrio cobró más evidencia. Normalmente por esa humana tendencia de simplificarlo todo y huir de la complejidad, de lo diferente y diverso, se le pone nombre a la diferencia.

En mi barrio albayzinero no se cumplió con José este presagio agorero, con José en el Albayzín esto no sucedía pues desde que era niño ya se le quería.  Su ternura, su cálida y confiada mirada, su deseo de experimentar y descubrirlo todo, hizo que no se buscara la etiqueta de Down como apodo, nunca fue por ello en el barrio etiquetado ni clasificado. Jose siempre fue el que ejercía por sus méritos singulares de policía, no le cabían al chiquillo más carnet en su bolsillo. En un pis pas te procedía a detener sin que nada pudieras hacer. Mis padres le tenían mucho cariño y por su bar, Jose, todos los días aparecía y un café mi padre le servía a este ilustre policía.

Todas estas personas singulares y diversas a mi infancia le dieron sentido y no quisiera que mi barrio las dejara caer en el olvido, éstas y otras más que hubieron no fueron celebridades ni destacaron por sus obras creacionales, simplemente fueron, como los demás, buenos albayzineros que dejaron su huella en sus enraizados senderos.

 

MIGUEL VICENTE PRADOS

 

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3 respuestas a TRIUNFADORES ANTE LA ADVERSIDAD; FUISTEIS UN EJEMPLO PARA LA VECINDAD

  1. Conchi Rodriguez Jimenez dijo:

    Miguel genial,ellos también merecían estar aqui…..

  2. Qué serie de evocaciones tan humanas y tan tiernas…. Lo que no me gusta es esa rima forzada. Creo, modestamente, que le quita sinceridad y ligereza a un texto tan hermoso, tan sencillo y tan directo.
    En realidad, no pasa de ser una apreciación mía que no le resta un ápice de valor al blog. Es mera cuestión de estilo y yo tal vez sea un “revientacauchiles” al mencionarlo.

    Un saludo
    AG

  3. Olvidaba mencionar el respeto con que se trataba a un chico con síndrome de Down que se subía al esceanrio de Paquito Rodrígeuz con un micrófono y hacía toda la gesticulación de la canción, como si el cantante fuera él. La gente lo respetaba a tope, y eso que la masa suele ser canalla.

    AG

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