Escalera y madero en el calvario albayzinero


El albayzín por primavera los sentidos altera, qué embriaguez para los sentidos, todos los estímulos sonoros, olfativos, visuales y gustativos unidos. El perfume al cinamomo era de la primavera su mejor pródromo.Los niños comíamos los gallicos que se deslizaban por las paredes de los cármenes albayzineros y con ello degustábamos la primavera en sus sabores más auténticos y sinceros. Los sones y redobles de los tambores se armonizaban con las cornetas dejando en el barrio el halo de sus clamores. De los hogares salían aromas de canela en el ejercicio de la repostería de la mejor escuela. Y quebrantos y quijios por peteneras y carceleras que salían de la colina albayzinera por todas sus laderas. Todos estos avisos nos hacían ver que el Albayzín iría allá abajos a procesionar a sus advocaciones en un río de cofrade complicidad y humanas devociones. Humildes cortejos nazarenos, Auroras de claridad, Silencios de contrición, piedad y Perdón y Gitanos cristos Morenos, que a los albayzineros, más o menos creyentes, por estos lares no dejaban indiferentes. Dejo relatado todo lo que la Semana Santa en mi memoria dejó grabado.

En la infancia dos años era una enorme distancia, puede ser el límite entre pertenecer o tener que merecerlo para que así pudiera ser. Con los años y llegada la madurez esta diferencia en lo temporal es una menudencia. Pero en mi infancia debía arriesgar para que mi hermano y sus amigos me llegaran a aceptar como un miembro más. Llegaron a plantearme pruebas iniciáticas para cerrar la admisión y ser aceptado en su círculo de amistad por valor, mérito y convicción. Siendo menos tenía que demostrar más en aquellos amistosos terrenos. Recuerdo como me dejaron un testigo en la fuente del Avellano para que por la noche yo lo recogiera como prueba de valor con mi propia mano. Tal como lo recuerdo lo digo, más aun estará hoy esperando el mencionado testigo, pues aunque algo de valor me dio la vida, no era tanto como para que adoptara aquella actitud temeraria y suicida. No obstante a fe de ser un pesado por el grupo de amigos de mi hermano terminé siendo aceptado. Muchas fueron las actividades que desarrollamos en este círculo de amistad con sus lúdicas oportunidades. En cualquier ocasión y en cada rincón aparecía la oportunidad de asegurarnos la diversión. Ahora que transitamos por tiempos cuaresmales quisiera evocar nuestras experiencias penitenciales.

Se me remembran en mi memoria aquellas abrileñas primaveras en las que en mi barrio para subir al madero se buscaban escaleras. El Albayzín una vez reconquistado fue profusamente cristianizado, de ahí que fueran muchas las parroquias y beaterios que se fundaron es estos hemisferios. Santos, Cristos y Vírgenes en sus distintas advocaciones aglutinaban de muchos albayzineros sus devociones. Más se acentúo esta tesitura en la época de la dictadura. Pues en tiempos semanasanteros solo cabía la penitencia y el recogimiento de los albayzineros. Las tabernas y lugares de distracción permanecían cerrados en espera del Domingo de Resurrección, era tiempo para ejercicios espirituales, penitencia y contrición.

Ya con seis primaveras tenía ricas y prolíficas experiencias semanasanteras, mi madre en la Mancha Chica reclutaba entre la chiquellería a todos los niños que había y nos dirigía en solemne procesión desfilando por la Calderería. Con aquella caterva infantil mi madre disfrutaba de la algarabía y a la tribuna del pobre en la calle San Matías nos disponía para ver el paso de todas las cofradías. Entre cortejo y cortejo penitencial jugábamos con nuestros modestos tambores a desfilar, sin duda fue mi madre con su infinito amor y paciencia la que hizo de mí un cofrade que espera cada primavera la Semana de Pasión con impaciencia. Con sus manos y su generosidad amenizaba la espera de las estaciones penitenciales con ricos y sabrosos dulces cuaresmales, pestiños con rica miel, roscos fritos, leche frita, torrijas de pan emborrachadas en vino, canela y azúcar, y sobre todos las croquetas de chocolate, hacían que mis sentidos en aquella espera se sumieran en una venial borrachera. Olores de incienso y flores, sones de marchas procesionales, los mencionados sabores y las miradas a los sagrados titulares convergían en una borrachera de estímulos sensoriales que me cautivaron para siempre gracias a estas vivencias pasionistas y pasionales.

Admitido como he relatado en el círculo de amistad y habiendo asistido a la escuela semanasantera de mi madre, a no mucho tardar en un cortejo nazareno tenía que debutar. No fue fácil y hacedero que pudiera tener presencia en un cortejo nazareno, mi hermano y mis amigos Jesús y Mariano, el hábito penitencial pronto lo tuvieron en la mano, sus nueve años fueron poderosas razones para que sus cuerpos se adaptaran a las túnicas y las medidas de sus patrones. Sin embargo para mí en mi séptima primavera no encontraba el hábito que a mi cuerpo le viniera, me pasé la cuaresma en diaria procesión hacia el comienzo de la calle de los Cuchilleros en busca del hábito de mi ambición, en un húmedo bajo se entregaban los hábitos penitenciales, y ahí acudía con mis anhelos y deseos reverenciales. Tenía que ser el último día cuando apareció una señora con la túnica que a mi cuerpo se ceñía, la buena señora me salvó a última hora, y por la Calderería en busca de mi madre iba repleto de alegría. Con un papel de estraza y una plancha de carbón mi madre sacó la cera del hábito, capillo y cíngulo de la nazarena corporación. Ya era cierto y verdadero que el jueves Santo junto a la Aurora y al Perdón bajaría por los grifos de San José y San Gregorio el Bético en albayzinera procesión. Viví con intensidad cada instante que me ofreció la buscada oportunidad, quizás allí nació la costumbre que en cada Semana Santa me hace mirar al cielo, como lo hace todo cofrade, ya que la inestabilidad primaveral  propicia la incertidumbre. En la Calle San Gregorio las primeras gotas de lluvia sembraron las dudas en el gentío y de mi alma infantil se adueñó un sentido escalofrío. Más aún cuando los costaleros de la Aurora abandonan la parihuela pues como profesionales querían un incremento en sus emolumentos dinerales. Con qué pesadumbre asistí a este lapso de manifiesta incertidumbre. El viento se llevó la lluvia, al momento que para los costaleros hubo promesa de mejorar el peculio emolumento, Manolo el Barandas en el balcón sobre la taberna donde se servían vinos de la costa, se arranca por soleares y así rezó a los sagrados titulares. Ya nada pararía el transitar de esta cofradía y mi exultante alegría.  De madrugada el Perdón aguardó en la Plaza de San Miguel la anhelada llegada de la Aurora que acudía a su encuentro, hoy algunos tildarían de inmadurez estos alardes que quedaron guardados en el baúl de la sensatez. Mi madre esperaba impaciente y mi hermano y yo nos comimos el arroz con leche en un periquete que a mi madre le salía de rechupete, también caía algún que otro rosco frito y varias croquetas de chocolate en este semanasantero embate.

En esta remembranza acude otro recuerdo en forma de añoranza, fue aquella Semana Santa en la que salimos en la procesión del Cristo de los Gitanos con esas túnicas que tenían grandes bocamangas en las manos. Fuimos reclutados para portar determinados enseres ya que se pagaban dichos menesteres, llevábamos los faroles de artesanía albayzinera que a la Cruz Guía le servía de acompañamiento y otros que escoltaban a otras insignias penitenciales con litúrgico fundamento. Un tambor ronco y destemplando acompañaba al Cristo del Consuelo en un sentido y manifiesto duelo, se disponían aulagas por el sendero por el que procesionaba el Cristo del Consuelo, sendero que primero era albayzinero como antesala del tránsito gitano por el barrio sacromontano, hogueras que arderían mientras que aquel jueves Santo el Cristo de los Gitanos regresaba a la Abadía. Éramos niños todavía y nuestro paso al Sacromonte se nos prohibía. El Sacromonte se nos advertía como peligroso, de ahí que nuestra estación de penitencia debía finalizar en las inmediaciones de este barrio que por aquel entonces se nos dibujaba muy proceloso.  En el paseo de los Tristes con el dinero en los bolsillos abandonamos los enseres que portábamos como penitenciales chiquillos, más no fuimos los únicos y primeros en desertar y dejar a su suerte los enseres cofradieros. Y qué bien nos vinieron los dinerillos que sacamos por portar aquellos farolillos. Más tarde esta práctica de la deserción de convirtió en tradición y por ello al paraje sacromontano sólo llega la Madre y el Cristo Gitano.

De aquella infancia de cofrade albayzinero aun me queda un recuerdo que remembrar quiero. Mi hermano y mis amigos Jesús y Mariano, nos habíamos aficionado a penitenciar con el aliciente de que algo nos reportara de peculio para la mano. Teníamos al Cristo de la Misericordia una enorme devoción y para salir en su cortejo dispusimos de una ocasión. Por portar faroles de hierro forjado doscientas cincuenta pesetas nos hubimos embolsado. Teníamos ante nosotros un paisaje nazareno parecido al que con los Gitanos había acaecido, portábamos faroles y un tambor destemplado era el acompañamiento del Cristo agonizado. Con mucho sentimiento iniciamos cual cirineos nuestro penitencial acompañamiento. Durante nuestro tránsito de penitencia por las calles del nuestro barrio albayzinero, las cadenas y la cola de la túnica permanecían recogidas pero al llegar allá abajos en su plenitud eran extendidas, silencio y seriedad acompañaba el transitar de esta hermandad. Penitencia, silencio y contrición expresaba al Cristo del Silencio la más fervorosa devoción.  Así transitaba el cortejo penitencial hasta que al comienzo de la calle San Matías el silencio evanece en su peregrinar, mi amigo Mariano pisa la cola de la túnica de Jesús y el farol se desprende de su mano, calle abajo rueda el farol sin control y sin que nadie lo pueda remediar en su rotario fragor. Mi amigo Jesús siguió del farol su estampida y desde entonces del suceso ya no se olvida.

Nunca olvidaré aquellos jueves santos albayzineros que dejaron en mi infancia aquella cofrade fragancia, que aun hoy perdura a pesar de la distancia. Plaza Nueva fue en mi infancia confluencia de Vírgenes y Cristos en sus distintas advocaciones que tras los muchos años pasados, a mi me reafirman en mis devociones. Confluencia que se dirigía siempre hacia el Albayzín menos Santa María de la Alhambra que por Gomérez buscaba el alhambreño confín.

 

MIGUEL VICENTE PRADOS

 

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3 respuestas a Escalera y madero en el calvario albayzinero

  1. Conchi Rodriguez dijo:

    Me encanta Miguel y admiro tu valentía,yo con esos años a los nazarenos mucho temía….

  2. Miguel, que duda cabe que la Semana Santa albayzinera a todos en nuestra infancia nos dejó huella y nunca dejaremos atrás por muy lejos que estemos. Es imposible de olvidar algo con tanto fervor y calor humano.
    Un abrazo albayzinero.

  3. Mariangeles dijo:

    Que buenos recuerdos de una semana especial en todas las casas y que mente mas priviligiada para recordar y plasmar tan buenos recuerdos albayzineros!!!! Un saludo Miguel

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