EL ALBAYZIN FALSEADO; HISTORIA DE UN GRAN FRAUDE.


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En este mágico Albayzín, donde lo real y lo irreal se funde en una inverosímil ensoñación, no es de extrañar que uno de sus vecinos aquejado de un lucrativo protagonismo fuera incapaz de distinguir lo falso de lo verdadero.

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Aquel principal canónico que un día creyó descubrir los cimientos romanos y cristianos de nuestra Granada. Pronto cayó en la frustración y obcecación al no poder desenterrar las anheladas reliquias.

 

Nuestro amigo y colaborador Jesús Expósito Marín, retrocede hasta finales del siglo XVIII para relatarnos aquella media verdad que con el tiempo se convertiría en una gran mentira.  Manuel Vicente Prados

 

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El 19 de agosto de 1789 fallecía en Granada Don Juan de Flores beneficiado de la catedral de Granada. Durante su vida llegó a alcanzar gran popularidad entre sus conciudadanos e incluso entre los españoles de su época, en parte por la veracidad de sus hechos y en la inmensa mayoría de las veces, debido  a sus falsificaciones, inventivas y patrañas por las cuales fue denostado y condenado al ostracismo a pesar de sus méritos iniciales.

Flores no era su verdadero apellido, su padre era un capitán francés venido a España para combatir a favor de Felipe V, ni siquiera en la familia se sabía si se llamaba originariamente Odduz, Fleur o Fleury, una vez establecido en Granada como un granadino más se hizo llamar Flores apellido que heredaron sus hijos. Por las venas de Juan de Flores corría sangre gala, también su madre era hija de otro francés, Domingo de Flecheet, así que el verdadero nombre de Don Juan de Flores debería haber sido Juan Fleur Flecheet.

Tanto él como su hermano Antonio eligieron desde muy jóvenes el camino eclesiástico, Antonio lo abandonó muy pronto, pero él seguiría de por vida. Más que por el mundo del clero y las actividades que lo rodeaban, Flores se sentía atraído por el campo de la jurisprudencia y las letras. En el campo de la jurisprudencia lo introdujo un célebre abogado de reconocido prestigio en la ciudad, alumno muy aplicado consiguió pronto los títulos de graduado en Filosofía y Cánones. Fue nombrado académico honorario de la Real Academia de las Bellas Letras de Sevilla, antes de ser ordenado presbítero, pertenecía ya al claustro de la Universidad granadina, pero su gran pasión fue siempre la valoración y colección de antigüedades.

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También en este campo contó con buenos maestros, dos prestigiosos y afamados anticuarios extranjeros residentes en Granada, cualquier testimonio del pasado desde camafeos a inscripciones funerarias en piedra eran perseguidas por él, hasta hacerlas parte de su patrimonio y llegó a tener en su casa un auténtico museo, por tanto era conocedor de los lugares en los que desde tiempos remotos habían aparecido restos y objetos antiguos.

500 años antes de Cristo la tribu de los Túrdulos, los más civilizados entre los Íberos se habían establecido en la parte más alta de lo que es hoy la colina de San Nicolás, pues estos pueblos hacían sus asentamientos en zonas de muy difícil acceso, así nació Ilíberis o Elíberis. Con la conquista romana aquel poblado en un principio adquirió el estatus de municipio (municipio Florentino Iliberitano), el recinto no cambio con los siglos y así cuando los monarcas ziríes decidieron establecerse en este lugar el perímetro de la ciudad no cambió ostensiblemente. Por tanto sabía muy bien de donde procedían los hallazgos de la parte más alta del Albayzín en la antigua alcazaba Cadima, más en concreto en las zonas de Aljibe del Rey, la calle del Tesoro, y sus aledaños, calle María de la Miel y lo que es hoy placeta de las Minas (llamada así por las minas que se practicaron en las excavaciones).

Excavaciones del Reverendo Padre Juan Flores

Excavaciones del Reverendo Padre Juan Flores

Como la inmensa mayoría de las antigüedades procedían de esta zona era una obsesión poder buscarlas por él mismo. Fue una real orden por la que se mandaba comunicar los hallazgos arqueológicos a la casa de Geografía de Madrid y remitir a ella las piezas de más fácil conducción y que las pesadas y de difícil transporte se pusieran en depósito bien seguro, lo que propició la ocasión tan anhelada por Flores, ya que el erudito local en esta materia era indudablemente de Flores y las autoridades locales se pusieron en sus manos.

Al poco tiempo entregó al corregidor Marqués de Campo Verde una relación de objetos ilustrada con dibujos y anotaciones sobre los sitios donde se habían hallado y no dejó pasar la oportunidad, para muy sutilmente pedir permiso para hacer excavaciones en lo más profundo de la Alcazaba, naturalmente el permiso fue concedido.

El jueves 24 de Enero de 1752 se iniciaban las excavaciones, iniciada la primera campaña se derribó una casa en la calle del Tesoro y pasaron tres días sacando escombros, a una profundidad de 4,60 metros apareció la primera inscripción romana dedicada a Publio Manilio, en el mismo nivel se halló otra dedicada a Publio Cornelio y otra fragmentada dedicada a Silvino, extendida la excavación hacia el Norte y Este salió parte de una solería fragmentada en grandes losas.

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En el mes de febrero se comprobó que el enlosado se extendía hacía el Norte, Sur y Este y en la antigüedad se extendió también hacia el Oeste, después se vio obligado a suspender la campaña a la espera de que Fernando VI, a quien había apelado, le diese permiso. Reanudó sus trabajos no a cielo abierto sino explorando unas minas que no dieron el resultado apetecido. La respuesta del rey llegó, Juan Flores tenía permiso para excavar convirtiéndolo en juez y director para la calificación e identificación de los monumentos descubiertos, señalando que no se le podía impedir cualquier actuación dentro del reino, concediéndole ayuda económica y mano de obra gratuita para continuar su labor.

Juan de Flores pues, siguió excavando y descubrió un enlosado y restos de edificios así como inscripciones honoríficas, también salieron a la luz cornisas, basas, capiteles y fustes de columnas, la importancia de estos restos hacían prever que estábamos ante el foro de Ilíberis. Hallazgos muy recientes dan fe de la autenticidad de aquellos restos que permitieron la localización del centro neurálgico de la Granada preislámica con mérito grande e indiscutible de Flores.

Aquel Juan de Flores lleno de intenciones loables cuando inició sus trabajos en la calle del Tesoro, pronto cambió y siguió el camino del fraude, no sabemos las razones aunque se suponen.

Excavacion del Carmen de la Muralla. Restos romanos.

Excavacion del Carmen de la Muralla. Restos romanos.

En el siglo XVII Y XVIII pululaban por España historias inventadas para ensalzar la alta alcurnia de la iglesia de España, así como de su iglesia local, los relatos de luces misteriosas y milagros estaban a la orden del día. En Granada los canónicos del Sacro Monte muy activos, mantenían viva la llama de las reliquias de los mártires y los libros de plomo, seguían con mucho interés sus trabajos en la Alcazaba y ardían en deseos de que esto sirviera para autentificar dichos restos.

Nuestro personaje se dedicó a mezclar los hallazgos verdaderos con falsos, se rodeó de un reducido grupo totalmente leal que se dedicó a falsear todo tipo de objetos e incluso inventó un alfabeto que sólo el podía descifrar. Juan de Flores estaba en la cresta de la ola e inventó una historia de ciencia ficción que naturalmente aumentaba su fama, el equipo de Flores operaba introduciendo los objetos falsos durante la noche para que por la mañana sus propios obreros, que no sabían nada, los pudieran encontrar con el entusiasmo general.

Calle Maria de la MielFoto de Manuel Garcia Marfil

Calle Maria de la Miel
Foto de Manuel Garcia Marfil

Sería casi infinita la enumeración patrañas y embustes, eran tan desproporcionados que su fama se fue deteriorando, entre sus más acérrimos defensores estaban el Abad del Sacro Monte y correligionarios, aunque crecieron las críticas de buena parte de la comunidad científica española.

A los diez años de su primera actuación en la Alcazaba, Flores se sintió cansado, desprestigiado y arrepentido de sus fechorías y dio por terminados sus actuaciones, pero se presentó otra ocasión para engañar y no desaprovechó la oportunidad. El tema fue el de la autenticidad del pergamino de Ramiro I, en el que se le concedían prebendas a Santiago de Compostela, en el cual Flores se dedicó a falsificar todo tipo de documentos y el de su supuesta nobleza, sustituyendo documentación verdadera por falsa. Ante tanta mentira alguien sintió escrúpulos y se fue de la lengua, el tema fue denunciado ante el rey y de Flores fue detenido, el juicio fue largo y tedioso, duró tres años, en el Flores reconoció todos sus delitos y artimañas y también que en un principio su intención era recta, distinguiendo entre objetos verdaderos y falsos.

Placeta de las Minas

Placeta de las Minas

La sentencia se firmó el 6 de marzo de 1777 en ella se ordenaba la destrucción de todo lo falseado en Plaza Nueva, se ordenaba también que se cerraran y se cegaran los sitios de la Alcazaba dejándolos impenetrables, a Juan de Flores se le imponían 5 años de reclusión en los Capuchinos de Antequera, además debía pagar el coste del proceso junto con otra persona. El rey finalmente reduciría a la mitad el tiempo de reclusión en sus respectivas iglesias, quedó suspendido “ad divinis” y tenía la obligación de presentarse cada mes ante su obispo y visitar cada semana a los enfermos. Fue la ruina moral y material de Flores y su familia de aquí hasta su muerte acaecida en 1789, pasó un auténtico calvario y aún así fue enterrado con todos los honores en la Catedral de Granada.

Calle Algibe de la Gitana

Calle Algibe de la Gitana

Si en vida su figura ha sido maltratada también su memoria lo fue después de su muerte, pero no todo lo que hizo Flores fue negativo, los tres lugares escogidos a cielo abierto para sus excavaciones no pudieron ser más acertados (cuesta de María la miel, Carmen de la Muralla y calle del Tesoro) contribuyen muchísimo al conocimiento de la Granada preislámica y puso su granito de arena sin ni siquiera imaginarlo para la declaración del Albayzín como patrimonio universal de la humanidad.

Fin

Firmado por: Jesús Expósito Marín

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