EL BESO


FOTO PARA LA LEYENDA EL BESO

Albayzín, ¡albayzín qué hermoso eres! -Cuando oigo estos elogios, agacho la mirada y sonrío,..-no lo hago por envanecimiento sino con una profunda tristeza. Si me hubieras conocido hace setecientos años,-cuando desde mis entrañas más de cien torres emergían alabando al Dios todo poderoso, -cuando en la maraña de mis callejuelas cientos de vecinos encontraban seguridad y sosiego,- cuando poderosas murallas tachonadas de férreas puertas guardaban los sueños de mis albayzineros, -cuando al cobijo de mi cerca los arrabales como yemas primaverales no dejaban de florecer para hacerme cada día más grande.-Cuando abrí mi corazón a miles de creyentes que huyendo del yugo cristiano me hicieron cada día más sabio y rico. -Cuando fui el último depositario del legado andalusí en esta península,… ¿Dónde fue a parar tanto esplendor y tronío?

De aquellos soberbios edificios poco me queda, solamente viejos paños de una ocre cerca, donde anidan las alimañas y pinta de verde las ruinosas hiedras… Unos carcomidos muros torpemente restaurados que siguen llorando mi infortunio… …

-Por fortuna mi corazón palpita cuando a mis oídos llegan aquellas leyendas e historias costumbristas, que a pesar de los años mantienen su lozanía. Frágil arquitectura de palabras, que de boca en boca desafían el espacio y el tiempo, enriqueciéndose de generaciones en generaciones para llegar hasta nosotros en su máxima plenitud.

Jesús Expósito Marín, ha tenido el acierto de abrir el precioso cofre donde guardó celosamente mis añoradas leyendas, para desempolvar una de las páginas más bellas de mi anhelado albayzín

Manuel Vicente Prados

La leyenda del beso

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Los hechos que hoy les narro debieron ocurrir en la primera mitad del siglo XVI pues ya en el siglo XVII contaban las gentes más viejas del lugar haber oído a sus abuelos relatar este suceso ocurrido en la calle del Conde de Cabra, hoy del Beso en plena cuesta de San Gregorio en la Calderería granadina, esta es la historia: Vivían en una pequeña casita de dicha calle, una pareja de recién casados, sus días transcurrían en una perpetua luna de miel. Él, calderero de profesión, ella dedicada por completo a sus labores hogareñas, su situación económica no era muy boyante más no obstante les daba para algún que otro capricho, y el señor de la casa solía sorprender a su esposa todos los fines de semana con algún improvisado regalo. A los dos les encantaban los niños y estaban impacientes por ver llegar el día en que ella se quedara embarazada pero pasaba el tiempo y los años y no había ni el más mínimo atisbo de embarazo.

Calle San Gregorio

Calle San Gregorio

 

El cabeza de familia empezó a inquietarse al cumplir treinta años, visitaron médicos y curanderos y todos llegaron a la conclusión de que nada había que impidiese concebir a la señora. De improviso por fin un día la señora quedó encinta y el alborozo y la algarabía se adueñaron de la casa, se llenaron de macetas con geranios los dos balcones exteriores y en la mesa de comedor familiar siempre había flores frescas para alegrar los días del matrimonio. Todo era felicidad y armonía mientras esperaban impacientes la llegada de la criatura el hecho de que fuese niño o niña no tenía importancia.

Llegó la hora esperada y vino al mundo una niña, ella estaba como loca con su hija, él, aunque últimamente hubiera deseado un niño después de ver a su pequeña, quedó como hechizado y no pudo contener las lágrimas que abundantemente surcaron sus mejillas. La pequeña creció feliz aprendiendo de su madre todo lo que habría de saber para cuando llegase el momento de convertirse en esposa, su buen carácter y disposición para con los vecinos la hicieron una chiquilla muy popular en el barrio.

foto de Manuel Cascales Guimdos

foto de Manuel Cascales Guimdos

Con el tiempo las formas de chiquilla fueron adquiriendo las de una mujer muy agraciada y no faltaron pretendientes que bajo su balcón pescaron algún que otro catarro dadas las bajas temperaturas del invierno granadino. Entre los pretendientes se encontraba un joven oidor de la Real Chancillería que entonces estaba en lo que hoy es la calle Oidores que era muy de su agrado. En aquel siglo XVI en el que los padres tenían la última y decisiva palabra en cuanto al casorio de sus hijos, la posibilidad de que una mujer se casara con el hombre deseado era muy remota, más en este caso los padres vieron una oportunidad para ascender socialmente, asimismo pensaron que el muchacho daría a su hija todo aquello que a ellos por su pobreza les fue imposible, y que en definitiva era un buen partido y dieron su beneplácito. El noviazgo duró exactamente un año, tras el cual se fijó la fecha de la boda, pero cuando los preparativos estaban en su punto álgido tuvo lugar un hecho terrible que trastocaría todos los planes.

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El día amaneció radiante en Granada y el sol penetraba por los balcones de la casa familiar, cuando la madre extrañada por la tardanza de su hija en levantarse, pues ella solía hacerlo muy temprano, se dirigió a la puerta de su dormitorio, tras llamar y no obtener contestación inquieta e impaciente dio un violento empujón a una de las ojas que se abrió sin resistencia encontrando a su hija inerte en la cama. La madre gritó a su hija desesperada, la lividez de su rostro y la falta de cualquier signo respiratorio dejaban entrever que su hija había muerto mientras dormía, un grito terrible de dolor rasgó el aire limpio y claro de la mañana. Al punto vecinos y viandantes sobresaltados se arremolinaron en torno a la casa, hasta el párroco de San Gregorio que pasaba en esos instantes por allí hizo acto de presencia: no pudo más que bendecir el cadáver.

Se mandó recado al padre para que volviera al instante a casa ¡su adorada hija había muerto!

La escena que presenció el señor de la casa a su llegada al domicilio fue tremenda, su hija yacía inerte en la cama como una rosa cortada en plena primavera, también acudió el futuro marido que incrédulo se movía de una habitación a otra entre lágrimas moviendo negativamente la cabeza.

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En la habitación de la desdichada se instaló la capilla ardiente, el féretro jalonado por cuatro enormes cirios y un gran ramo de flores a sus pies, en la habitación contigua vecinos y familiares parloteaban en voz baja las causas del fallecimiento. Los padres sentados en sendas sillas al lado del ataúd no hacían más que mirar a su pequeña. Llegada la hora fijada para el entierro la atribulada madre quiso despedirse con un postrero beso de su querida hija, al acercar su rostro al de la fallecida observó un tenue rubor en sus mejillas y como su pecho se agitaba débilmente.

Llamaron  ¡inmediatamente el médico que vivía y tenía consulta en la cercana calle de San José un poco más arriba, mientras tanto la mozuela deba cada vez más señales de vida. Cuando llegó todos estaban sentados alrededor de la muchacha ante la incredulidad de propios y extraños. El galeno diagnosticó un episodio de catalepsia pero para la gente del barrio y para los granadinos fue aquel último beso de una madre desesperada lo que obró el milagro de su súbita vuelta a la vida.

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Deben saber que aquel matrimonio se celebró y aquel oidor y la muchacha vivieron muchos años y tuvieron muchos hijos, y seguro, seguro que sus descendientes aunque no sepamos sus identidades se mueven hoy día entre nosotros o por lo menos eso es lo que nos gustaría.

Así fue como aquella calle del Conde de Cabra, que tan activamente participó en la guerra de Granada, se convirtió años después en la calle del Beso en recuerdo de aquel luctuoso suceso que tuvo un final feliz.

Fin.

Firmado; Jesús Expósito Marín.

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3 respuestas a EL BESO

  1. Marisa Campanilla dijo:

    Que bonito relato. enhorabuena a los hermanos Vicente Prados y por supuesto a Jesús Exposito por este cuento precioso…

  2. Puri Nievas dijo:

    Una historia verdaderamente preciosa, solo decir que me ha encantado ¡ENHORABUENA!

  3. lola salido dijo:

    Que historia tan bonita!! y también narrada que nos transporta en el tiempo, enhorabuena

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