La infancia, mi patria. Recuerdo en blanco y negro


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Lechero de los años sesenta

Temprano, de buena mañana, mi madre me prepara en un cacico de porcelana la leche caliente que trajo ayer el lecherillo de la calle del Agua, Juan era su nombre y tenía la vaquería en la calle Larga de San Cristobal, venía al anochecer con dos cántaras de leche en su bicicleta Orbea. Mi madre solía comprarle medio litro, Juan la dispensaba con su jarrillo de esa medida, tenía también la medida del litro y el cuartillo. Juan ¿no estará aguada? ayer poco sabor tenía, le espetaba mi madre, a lo que Juan el lecherillo respondía, qué cosas tiene Cándida, si es leche recién ordeñada, con sus calostros y nata. A mi madre siempre le gustó la nata. Juan vertía la leche en el cazo que mi madre le acercaba y echaba un generoso chorreón más por el agravio relatado.

Desde arriba de las escaleras sabíamos que quién venía era el lechero, desprendía un aroma característico, sus botas, su zariana (siempre la misma) y su gabardina impermeable de los día de lluvia, olían a vaca y a cabra a partes iguales y ello delataba su presencia. Mi barrio en mi infancia olía a cabra, eran muchas las que al clarear el día partían junto al pastor de camino a la Golilla, a San Miguel el Alto o al camino del Monte, para pastar y al atardecer ser devueltas por el mismo a su dueño en su domicilio. A cambio de dos reales o por un litro de leche en el ordeño llevaba el pastor las cabras a pastorear. Mi madre la hierbe dos veces, porque parece que las fiebres maltas andan por ahí, según mi madre la hija chica de la Chocholana tiene unos calenturones por mor de la fiebres maltas y el niño pequeño del tinte, de la Tontopeos, también está apuntado a la calentura.11705232_1616188031991984_6506859672282356377_n

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Plaza de San Miguel años sesenta

De buena mañana en mi casa olía a café de cebá hecho a pucherete, con sus correspondientes granzas en el colador abollado de aluminio, mi madre me servía la leche sola con azúcar en un tazón desportillado por el uso y con las mismas me daba seis reales para comprarme, de camino al instituto Padre Suarez, una cuña de chocolate en el despacho de pan de la Carmela en San Miguel bajo, junto al horno de San Miguel. Me la envolvía en papel y yo le buscaba un hueco en la bolsa de deporte junto a los libros de latín, lengua, matemáticas y política o FEN (Formación del Espíritu Nacional) y el pantalón corto azul y la camiseta verde de tirantas. Las zapatillas de la Perdiz ya las llevaba calzadas, todo ello para la hora de la gimnasia. Echaba por el carril de la Lona, en aquella época su piso era de tierra y trochaba por los terraplenes que unían este carril con el del Zenete para desembocar en la cuesta de la Alhacaba. Recuerdo que mi padre me decía que en estos terraplenes, tiempo ha, había un huerto y que en tiempos de la guerra cayó una bomba quedando destruido, justo al lado del Carmen de las Maravillas. En diez minutos, no más, trasponía desde el despacho de pan y lechería a la puerta del instituto, a mis once años mis talones daban en mi trasero cuando de correr se trataba. Acabada mi jornada escolar, regresaba a mi casa siguiendo otro itinerario, no me gustaba pasar por las mismas calles transitadas a la ida, así cruzando el Arco de Elvira, embocaba por la calle Elvira para subir por la cuesta de Abarqueros. Antes bebía agua en el singular Pilarejo de las Angustias que en dicha calle se ubica. En el arranque de la cuesta los borrachos se oreaban al sol en la puerta de la tasca que allí se ubicaba, junto a ellos las sábanas blancas lavadas con añil en los tendederos en bolaera y también tendidas directamente en el suelo. No sé por qué, pero me imponían los borrachines, alguno incluso yacía a todo lo largo sobre el empedrado suelo, durmiendo la pea que con tanta tenacidad y empeño había pillado.

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Cabras en la plaza del Cristo de las Azucenas

Gente tremendamente humilde habitaba las casas que se alineaban en su margen izquierda según se subía por la escalonada y empinada cuesta, mi afán de contarlo todo me llevaba a terminar en lo alto de ésta con la cifra nada desdeñable de cincuenta y cuatro escalones, la mayoría de ellos se agolpaban al final. Numerosos perros intimidan con sus ladridos mi marcha hasta el punto de abalanzarse hacía mi oliendo mi miedo, niños llenos de churretes y con la cola al aire se entregan a la lúdica faena, mientras que uno de ellos es aupado por su madre sentada en una silla de anea al tiempo que se sube el saquito dejando al aire libre su pecho al que se aferra vorazmente el párvulo chavea. Esta escena era muy común en un Albayzín plagado de niños y madres lactantes.

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El Carril de la Lona

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El pilar de la calle Elvira

En la década de los cincuenta el barrio alcanzó su cenit poblacional, cerca de veintiocho mil almas moraban en estos lares, que insuflan por calles, callejuelas, callejones, cuestas, adarves, plazas, placetas, bullicio y gentío desde las claras del día hasta la noche cerrada. La verdad es que no sé que me hacía transitar por esta cuesta tan poco hospitalaria. Tal vez mi afán aventurero, ya que con mi edad, poco me había adentrado en la trama urbana del barrio y mucho menos de allá abajos, el entorno de la Mancha Chica era mi mundo conocido, los demás territorios eran peligrosos, de ello se ocupaban nuestras madres con historias y leyendas de casas del miedo, manos negras, moros bereberes, tíos del saco, traperos y espectros ultramundanos varios. El miedo siempre actúa como remedio al atrevimiento y la osadía propia de la infancia.

En ese afán aventurero, en vez de llegar directamente a la placeta de San Miguel, en un requiebro en la marcha desembocaba en el Zenete y de ahí hasta llegar al cruce con la calle Beteta, que dejaba expedito el paso por Marañas hasta la calle Cruz de Quirós cuya primera bocacalle a la derecha me deja en Bocanegra y de ésta a la calle Cascajal donde está el obrador del mejor de los pasteleros del Albayzín, me refiero al del Coronel, nunca supe por qué todo la gente en el Albayzín se refería a él con este apelativo, se barruntaba que en la Guerra tuvo ese rango. Ahora bien, si lo fue en el bando Nacional o en el Republicano tampoco lo supe, la Guerra Civil no era tema de conversación en le barrio, cada cual sabía del pié que cojeaba su vecino, y simplemente en lo referente a este tema callar era lo más prudente, no fuera que el tiro te saliera por la culata.

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Cuesta Marañas

Lo que no admite discusión es su fama en el barrio como buen confitero, sus tartas y pasteles son reconocidos en todo el barrio y allá abajos también, eso es lo que me convoca a pasar por el tapial de su obrador, traspaso bajo la higuera que se ubica a la entrada del obrador, que actúa como panal de rica miel a los ojos de la mosca, le imploro el rico manjar y el Coronel, con sus calzones con tirantes y su escueta camiseta de tirantes que a duras penas cubre su generosa tripa, un azafate colmado de recortes pone a mi disposición. Ya tenía la merienda para mi y mis hermanos. Una recua de burros enjaezados a la arriera y en hilera embocan desde la placeta de San Miguel Bajo, la calle Cascajal, vienen cargados de ramas de pino con sus piñas para la tahona que allí se ubica.

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Cuesta de los Abarqueros

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Calle Santa Isabel la Real

Toda reata que se precie tiene su arriero y su perro custodio ¡¡¡maldita sea!!! del gruñido ha pasado al ladrido y de ahí se arranca a por mi, sobre mis maltrechas tórtolas inicio una huida que me deja junto a la hiniesta torre campanario de la Iglesia de San Miguel.

A su izquierda, en la recacha que se ubica en la zona de la plaza delimitada por el aljibe, la tasca del Lara y el Cristo de Piedra, los soleados domingos, Juan Granizo, el guacho, pone el bombo de su lotería a rular y canta con arte los números, la alcayata, la casa de los locos, los dos civiles, el abuelo, … mientras los vecinos sentados en trancos y sillas de anea van poniendo chinos y huesos de aceituna sobre los ajados cartones al tiempo que apuran un chato de vino, Carmencita y Angelitas las hijas del guacho y Rafaela reparten y recogen los cartones.

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Procesiòn de la Aurora

Sobre la escalinata que da acceso a la entrada lateral de dicho templo se afanan miembros del cuerpo de zapadores de la brigada del infantería del Córdoba Diez en la construcción de la rampa que permitirá el Jueves Santo al Cristo del Perdón y a la Virgen de la Aurora bajar a Granada en su Estación de Penitencia a la Santa Iglesia Catedral. Disponen los sacos terreros que permiten equilibrar y nivelar la tablazón que a modo de celestial pasarela permitirá a los titulares de la Ilustre y Venerable cofradía procesionar sus pasos en penitencia a allá abajos. Quedó extasiado y absorto ante la brega de los zapadores, este Jueves Santo portando un cirio en la mano pasaré por esa rampa, conseguí las diez pesetas que me permitieron pagar la papeleta de sitio. José Pedro, el hijo de Pepe y la Carmela, los del horno de San Miguel, me dio la túnica de sarga blanca, el cíngulo rojo y el capillo que conforman la uniformidad de penitencia de mi corporación nazarena.

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Plaza de San Miguel

Mi madre tuvo que afanarse con el papel de estraza y la plancha de hierro macizo recién sacada de la lumbre para quitarle las manchas de cera y dejarlo limpio como la patena. Ayer comenzó la primavera y estamos a las puertas de la Semana de Pasión, el Albayzín es muy pasionista, pero sobre todo es de la Aurora.

Es la hora de comer, enfilo Santa Isabel y me hallo en el caminillo de San Nicolás frente a la puerta de mi casa, al pasar por la casa del Luna, veo que las vecinas, una de ellas la Malagueña, están quitando la lata que utilizan de chimenea para la buena combustión del carbón y circo de sus braceros y con la rasera y un cartón lo cogen para llevarlo a la mesa camilla de sus hogares. La primavera se nos presenta fría en el barrio, el bracero sigue teniendo uso y los cinamomos en el tapial del Huerto del Carlos apenas dejan ver las primeras yemas.

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Papas al ajo pollo

Mi madre viene de la tienda de la carbonera de la calle Gumiel de San José, trae un litro de aceite a granel y media docena de arencas para acompañar las papas en ajopollo que tenemos para el almuerzo. Nunca supe el por qué del nombre de esta comida, pues por mucho que movía y removía las papas el pollo por ningún sitio aparecía.

Miguel Vicente Prados.

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2 respuestas a La infancia, mi patria. Recuerdo en blanco y negro

  1. Francisca dijo:

    Hola Miguel
    De nuevo aquí contigo para de nuevo , y valga la redundancia, decirte y congratularte por tus frases llenas de recuerdos y de genialidad, cada frase es una carcajada espontanea e inesperada, llena de plena identificación con los caracteres que tan zalamera y tan acertadamente mencionas, y sorprendentemente me he podido identificar con tus deseos de tomar otros caminos para ir o volver, para descubrir nuevas calles ( como recuerdo de decirme a mi misma y a mi madre aun siendo yo bastante chiquitita :”Mamaaaaa me voy a descubrir calles nuevaaaaassss!!!!!) o simplemente romper el camino rutinario, en verdad el Albayzin y cada zona concreta donde cada niño se movía, nos ofreció un verdadero sentimiento de libertad y seguridad, que puedo decir, al menos en mi caso, han sido, y siguen siendo un cimiento fundamental en el esquema que soy como ser humano.
    Gracias Miguel siempre por tus recuerdos y por tus deseos de compartirlos, en mis ojos eres el Libro de Historia de San Miguel Bajo, y por ello te mereces un millón de gracias.
    Soy la hija del pastelero que mencionas, mi padre El Coronel, y tus comentarios siempre me llenan de nostalgia y similarmente de felicidad.
    A mi padre le llamaban el Coronel no porque hubiese alcanzado ese grado en la mili, según el nunca paso de cabo, a el simplemente lo ascendieron los compañeros de la mili por sabe Dios que capricho, también te aclaro que mi padre nunca fue Nacional o de derechas, era comunista de pura cepa, pero un comunista de ideales mas que de realidades, aun recuerdo sus charlas y comentarios acerca de la “utopía” que supuestamente Rusia era, donde se ejercitaba plena igualdad entre sus camaradas, tristemente irreal como ya bien sabemos, pero aun tengo tremendo respeto por su erróneos ideales pues en cierta forma y de su forma trató de vivir hasta cierto punto y en la comunidad que le rodeaba, si no con un sentido comunista si con un sentido de comunidad.
    Miguel te escribo desde Londres, donde resido desde hace un gran numero de años, me encantaría conocerte o reconocerte y quizás pueda añadir algunas nuevas anécdotas a tu Libro, andaré por Granada a finales de Agosto, y ya creo recordar que nos prometimos unas cervecillas en San miguel Bajo en comentarios anteriores, si piensas que seria posible déjame saber, mientras tanto recibe un saludo desde Londres.
    Y desde aquí a todos esos caracteres que marcaron nuestra niñez y dejaron huellas tan profundas en nuestros recuerdos y nuestra propia Historia, un tremendo sentimiento de respeto y agradecimiento por ser aun parte de nuestras vidas.

    • mivipra dijo:

      Hola Francisca, perdona el no haber respondido con la gratitud que requiere el comentario que haces a la entrada que vincula nuestra infancia con parajes y escenarios que en absoluto nos son indiferentes. Te agradezco igualmente la información que me trasladas sobre aquellas personas que dejaron su huella en mi vida y que yo en mis elucubraciones infantiles no atinaba a desentrañar la realidad en su estricto sentido que las envolvía, me refiero a todo lo que comentas sobre tu padre. Sería para mi sumamente interesante poder contar con alguna fotografía de tu padre, a ser posible de aquella época y de aquellos lares, para dejar testimonio de su persona en este humilde Blog. Y por supuesto, que una cerveza si te apetece queda pendiente en el lugar común de la infancia.

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