En recuerdo a nuestro amigo, MARIANO ANTEQUERA LEIVA


MARIANO ANTEQUERA LEIVA

MARIANO ANTEQUERA LEIVA

Este 20 de septiembre  de 2015, quedará  grabado en mi memoria como un día muy triste. Me acaban de arrebatar un trozo de mi infancia  y adolescencia. -Amigo Mariano, por qué te has ido para nunca volver, no es lógico, si tu eras el más joven de la pandilla, el más fuerte, el más grande en estatura y sobre todo en corazón. Admirábamos tu porte, tu valor al enfrentarte con los  problemas, siempre con sencillez y sin complejos, alegría nunca te faltó, fuiste el amigo de todos nuestros amigos, y la persona generosa y bondadosa que siempre nos ayudó.

Esta misma mañana me decía mi hermano Miguel: “Tienes que publicar el escrito que le he dedicado a Mariano, está pasando una mala racha y seguro que le hará feliz”. Pero esta vida frenética que me ha tocada vivir, nunca te deja ni un minuto para respirar. Y ahora  lamento  haber llegado tarde, cómo fui incapaz de  sacar un rato libre. Lo siento mi querido Mariano, sé que tu bondad me sabrá perdonar. Tengo la certeza que desde el cielo, liberado del yugo del espacio y del tiempo, te reirás al leer esta peculiar historia. Seguro que nos estarás esperando para retomar aquella inacabada partida de canicas, para  volver a volar detrás  de los aros, para salir a piropear a las niñas albaicineras y para volver a reencontrar esa amistad que un día cambio nuestras vidas.

Nunca te podré decir adiós, solo sabré decirte, hasta siempre Mariano.

Tu amigo Manolo.

En San Miguel un membrillo hace justicia

Cuando solo hay un pensamiento y una única verdad, la oficial, se transita por el tiempo con la impresión de que nada cambia, de que todo sigue igual. Así recuerdo yo el Albayzín de mi infancia, en lo cotidiano estable y previsible,veranos tórridos y gélidos inviernos, sin tránsitos intermedios, las tiendas y puestos de siempre y los vecinos de toda la vida acompañaban cada día de mi existencia. Poca opinión y manifestación del libre pensamiento entre los vecinos del barrio. El diario Patria y el Ideal trasladaban el acontecer en su versión oficial y salvo algún hecho o acontecimiento extraordinario la rutina, el tedio y el hastío se apropiaba de lo diario. El Lute, delincuente y fugitivo con frecuencia aparecía en el parte de Radio Nacional de España o en el Telediario de la época, para romper la monotonía, le cayeron dos años y tres días por el robo de tres gallinas que hizo por necesidad. A las páginas de deportes se asoman los dueños del cuadrilátero del momento, de allende de los mares con su boxeo ágil y elegante vino Pepe Legrá y cautivó a un público ávido de triunfos patrios, con la nacionalidad española llegó a ser campeón mundial del peso pluma enardeciendo al gentío huérfano de reconocimiento fuera de nuestras fronteras. Pero fue el onubense Pedro Carrasco con su pundonor en aquellos combates con Nando Ramos el que mejor sirvió al régimen de la época para vender la apertura del país tras su secular aislamiento internacional, consiguió la gran gesta de ser por méritos propios campeón mundial del peso ligero. El morrosco de Cestona, José Manuel Urtaín, tuvo una carrera meteórica en los pesos pesados, pero con las dudas que nunca afectaban a Pedro Carrasco, llegó a conquistar el cetro europeo y ligó una racha impresionante de victorias consecutivas por KO, aunque siempre sujetas a la sospecha por la debilidad de los púgiles contrincantes. Las copas de Europa del Madrid, Eurovisión y las veladas boxísticas eran los blasones que se exhibían en busca del sentimiento patrio y reconocimiento exterior. En la televisión Española, la única que existía en aquel entonces, eran frecuentes las retrasmisiones de veladas pugilísticas que nos convocaban delante del televisor.

El televisor Iberia y su correspondiente estabilizador de tensión, situado en la torreta metálica que le daba altura y que servía para facilitar su visión en tabernas y bares del Albayzín, congregaba a los albayzineros deseosos de triunfos y victorias que nos sacaran del ostracismo y la rutina que presidía del devenir del día a día.

Los niños de aquellas época y de aquel albayzín al que me refiero, éramos inmunes a la rutina y al desaliento y buscábamos en cada día su afán, nuestro requiebro a la monotonía llenaba de aventura los sórdidos días de dictadura.

La afición por el deporte de las doce cuerdas también colonizó nuestro barrio. Nuevamente al amparo de la asociación de padres de alumnos “Amigos para un escuela mejor” y del Teleclub, dos iniciativas culturales que partieron del Colegio Nacional Mixto “Gómez Moreno” y que supusieron un gran revulsivo para el barrio dinamizando la vida sociocultural del mismo. Darían amparo a los púgiles que surgieron en el Albayzín.

El propósito de estas iniciativas no era otro que ofrecer a los alumnos egresados de la escuela alternativas al peligroso vagabundeo por bares y plazas. En aquella época pocos eran los alumnos que seguían estudios terminado su periodo escolar. Para muchos era la calle el futuro que les esperaba. Una oferta sociocultural amplia y diversa se puso a disposición de los adolescentes del barrio, cultura general, francés e inglés, dibujo y mecanografía, conferencias y tertulias sobre temas de actualidad, cursos de formación dentro de la escuela de padres, viajes y excursiones, colonias veraniegas, visitas a monumentos histórico-artísticos, concursos infantiles y juveniles de arte, festivales folklóricos, representaciones teatrales y deporte.

Muy recordadas fueron las excursiones al Charcón utilizando el añorado tranvía de la Sierra, me veo en una de ellas trepando por la lajas de pizarra junto a la estación de Maitena y con tan mala fortuna que en uno de mis apoyos se desprendió una piedra que fue a impactar en la persona del padre de don Miguel Carrascosa, mi inocencia me hizo reconocer el fortuito incidente que se saldó con su correspondiente pescozón. Igualmente recuerdo las excursiones a la sierra de la Alfaguara con su correspondiente parada y contemplación del nacimiento de agua de la fuente de las Lágrimas en el paraje de fuente Grande en Alfacar, para luego saciar la sed en la próxima fuente del Morquil. La excursión al río en el paraje del Molinillo sin duda fue una de las más recordadas, todo el cuerpo actoral del grupo de teatro de la Asociación de Padres “Amigos para una escuela mejor” celebraba el reciente éxito del primer premio en el certamen de teatro que se celebró en 1966 en el Seminario Menor con la aplaudida obra de los hermanos Álvarez Quintero titulada “Los Mosquitos”. Las labores para hacer con piedras una poza en el río que sirviera para el baño de todos los allí congregados en una jornada de calor propia de la canícula estival. Y la colocación de las botellas de Sanitex, junto con las cajas de madera repletas de quintos de cerveza Alhambra y las sandias y melones, bien afianzadas con piedras en las zonas del río en las que el agua seguía la corriente buscando el mayor frescor, sin duda fueron vividas por el que suscribe con la pasión propia de la más intrépida aventura.

Las colonias veraniegas organizadas en el Colegio Gómez Moreno fueron también otra iniciativa interesante en el barrio. Ningún paraje serrano ni costero fue el escenario donde éstas se celebraron, aunque en ellas no faltó el típico chiringuito playero. En el centro del patio, superando el muro que separaba el patio de los niños del de la niñas, del colegio se enclavó un chiringuito con puntales de chopo y cubierta de cañizo, que se usaba para servir los desayunos, almuerzos y meriendas. Y cómo no, para ubicar las hamacas de madera y lona que se utilizaban en las obligadas siestas coloniales ¡con qué fastidio vivía esas interminables siestas caniculares! Los baños no podían faltar en una colonia veraniega, en fila de a uno, los Frías, los Campos, los Plata, los Ibáñez, los Quirantes, los Yudes, los Rodríguez, los Sola, y cómo no los Vicente, entre otros muchos, pues acudíamos a la colonia todos los hermanos de cada familia, nos dirigíamos por el callejón de San Cecilio en dirección al albercón de la huerta adenda al Colegio del Ave María de San Cristobal, no albergo de aquella experiencia buen recuerdo pues a pesar de estar medio llena, en consecuencia medio vacía,por poco en ella me ahogo. Mi experiencia en aquellas colonias veraniegas en mi barrio no estuvieron a la altura de las expectativa que éstas despertaron en mi, pues al horario rígido, orden y disciplina de su funcionamiento se unía el paso por las aulas para hacer tareas escolares, y claro está, era más de lo mismo, cuando el verano lo entendía yo como un tiempo de asueto, holganza, y sobre todo de juego sin horario.

Pero sin lugar a duda, fue el deporte la pieza clave en esta labor de búsqueda de alternativas a la calle y sus peligros. Así surge el equipo de baloncesto del Teleclub Albayzín, cuyo delegado fue Gómez y uno de sus jugadores franquicia el tristemente fallecido Antonio Franco, quien otrora sería jugador de la actual ACB, no el balde este modesto equipo de nuestro barrio fue el germen del C.B. Oximesa, que posteriormente sería el C.B. Granada. También estaba presente el balompié, con partidos memorables en los campos de los curas en las huertas del Seminario Mayor de la Cartuja y en el Pinar de San Miguel el Alto.

Y ¡cómo no! el boxeo, que tanta difusión tuvo en nuestro país en aquella época, buscó su acomodo en nuestro barrio. Así junto a la cochera de la vivienda aneja al colegio que tenía Miguel Carrascosa, Director del centro escolar, una luminaria permanecía encendida mientras que los pupilos de David Sola se ejercitaban en el noble arte del boxeo, con las manos vendadas daban sus golpes directos y crochet al saco de arena, mientras otros redoblaban el punching y los demás hacían carrera continua en el patio de recreo del Gómez Moreno. Era el entrenamiento después de la jornada laboral de cada día, que duraba hasta que Dueñas, el conserje del colegio, apagaba la luz y las mujeres de la familia Fandilas terminaban la limpieza del grupo escolar.

El entrenamiento se intensificaba en los periodos previos a la fecha fijada para el combate, y próximo estaba en aquel septiembre de 1966, ya que para las fiestas de San Miguel se celebraría en la plaza de San Miguel Bajo una interesante jornada de boxeo. En ella se convocaban dos combates estelares en los que intervenían dos púgiles del barrio. Los hermanos Antequera Leiva serían el mejor reclamo para el barrio. Antonio en la categoría del peso pesado y Paco en el peso medio. Ambos nacieron en la casa que se ubica en el número 28 del Camino Nuevo de San Nicolás, en la placetilla sin nombre que allí se ubica, junto a una carbonería (hoy, justo en el enclave referido, se localiza la afamada heladería San Nicolás-Mirador de San Nicolás), más tarde la familia se trasladó al número 26 de la misma calle, donde nacería el menor de la saga Antequera-Leiva, acristianado con el nombre de pila de Mariano, amigo de infancia y para siempre del que suscribe. Estos apellidos no eran muy comunes en el Albayzín y así era debido a que el padre de la saga remanecía de la calle Carnicería en el cercano barrio del Realejo y su madre, Carmen Leiva, de la localidad de Guadix. Los avatares de la Guerra Civil la trajeron al Albayzín y otros menesteres que tenían que ver con su talle y belleza dieron certeros argumentos para que Antonio matrimoniara con ella. Junto a los tres referidos, Carmen, la niña de la casa, conformaba la prole del bien avenido matrimonio y muy querido en el barrio.

Cual Quijote y Sancho se relacionaban los dos hermanos con el boxeo, Antonio más prosaico albergaba en el boxeo una forma de obtener algún dinerillo proveniente de la bolsa de cada peleay de paso salir del anonimato que la cotidianeidad de la vida le reservaba. Mientras que Paco, más idealista, observaba el boxeo como un deporte espectacular, real, autentico, emotivo, épico, poético, duro y sensible al mismo tiempo, repleto de biografías de personajes únicos en su especie, el boxeo para él era un deporte sincero y noble. Dos personalidades distintas que se corporeizaban en dos físicos y dos maneras de boxear que también lo eran. El boxeo tosco y contundente de Antonio nada tenía que ver con el más ortodoxo, académico y estilista de Paco, el primero buscaba la vía rápida para poner lo antes posible fin a la pelea, mientras que Paco más estratégico adolecía de ese instinto vehemente que pusiera pronto el punto y final a la pendencia. Con estás credenciales se presentarían el 29 de septiembre ante sus vecinos en la recoleta plaza de San Miguel Bajo. Paco con serías posibilidades de luchar por el entorchado regional y de éste poco trecho quedaba para el nacional.

Por San Miguel el Albayzín adquiere una impronta especial, se viste de fiesta en honor a su patrón y los albayzineros miran al cerro del aceituno al que acudirán en romería en su condición de romeros. Recién estrenado el otoño, cuando septiembre llena las plazas de puestos de membrillos, acerolas, almecinas y majoletas y de niños afanados con sus canutos de caña en dirimir sus hostilidades con los huesos de almecina que a modo de proyectiles usan para zanjar todo tipo de rivalidades.

Al alba, al clarear el día, la diana floreada de la banda de cornetas y tambores anuncia al barrio que ha llegado el día del patrón. Antonio Pintor la dirige con maestría, reclutando chaveas del Gómez Moreno, del Ave María y Salvador y entre ellos su hijo Emilín. Ante las tascas y tabernas hay parada obligatoria y una vez interpretada la pieza pertinente, ésta se adereza con un higo chumbo y una copilla de aguardiente. El veranillo de San Miguel acude fiel a su cita y provoca el sofoco de los montadores del ring o cuadrilátero, término más castizo, que en la plaza de San Miguel para ese menester se concitan. Doce cuerdas y un suelo de lona son los elementos esenciales, así pensábamos todos los niños que presenciábamos el montaje para los vespertinos combates estelares, la entrada sería libre, por ello las sillas de tijera se amontonan en espera del acontecimiento.

Había en el Albayzín otras plazas con vistas espectaculares, San Nicolás o la de Carvajales, otras para aprovisionar de vituallas y todo tipo de víveres, como la Plaza Larga, otras para la distracción como la de Aliatar con su cine que cubría esa función, y otras para la comunicación y el transporte, como la de las Cuatro Esquinas que para bajar a Graná el siete así lo hacía posible a todas las vecinas. Pero la más festera y recoleta era la de San Miguel como placeta, no cabe duda que a ello contribuía toda la vecindad que se nucleaba en la casa de la Lona, en la Corrala, casa del Luna, etc. donde muchas familias vivían en comunidad. Tres elementos le daban su personalidad singular a esta plaza albayzinera, su Iglesia, su aljibe y cómo no, su errante Cristo de Piedra. Siete calles confluyen en la plaza, rara singularidad, Oidores, Cauchiles de San Miguel, Cascajal, Carril de la Lona, Callejón del Gallo, Callejón del Aljibe y la principal de Santa Isabel que le daban su carácter social, plaza abierta a la vecindad y a las relaciones vecinales, que le confieren su carácter y uso festero.

Erigida sobre una antigua mezquita la omnipresencia de la iglesia de San Miguel contempla la Plaza de su nombre y a su vez se constituye con su torre campanario en vigía para señalizar su ubicación en el Albayzín cuando es contemplada desde cualquier punto de la ciudad. (Es una de las parroquias albayzineras proclamadas por los Reyes Católicos gracias a la Bula obtenida del Papa Inocencio VIII para aquellos territorios ganados a los musulmanes que databa del15 de Octubre de 1501.Las dos fases de su construcción extienden su ejecución de 1528 a 1556 año de su finalización. Fue atendida en su inicio por los Hermanos Trinitarios y muy concurrida por la feligresía, no en balde fue muy poblada esta zona del barrio debido a su proximidad de la Audiencia, como así lo atestigua la calle Oidores que fue la calle que albergaba las viviendas de estos servidores de la justicia en la Real Chancillería. Su valor arquitectónico es innegable uniéndose de modo muy armónico dos estilos, el mudéjar que queda patente en los dos tramos de la cubierta de su única nave y el renacentista de sus portadas. Sobresale por su valor artístico su artesonado ochavado, con pinturas renacentistas de temas vegetales, que cubre la capilla mayor. El conjunto se completa con las capillas góticas laterales que conservan valiosas y singulares pinturas murales.

Y resta el tercer elemento del ajuar de la plaza que antes constaté como trilogía, me refiero al Cristo itinerante, al Cristo errante, que de la plaza ejerció de caminante, de esquina en esquina lo vi moverse como si el responsable del ramo le tuviera una especial inquina. Cristo de piedra y también de las grapas o de las lañas por mor de los tumultos propios, como diría el poeta, de las dos Españas, en la segunda República quedó hecho añicos. Y que para sus penas muy pocos lo reconocen como Cristo de las azucenas. Cristo anunciante del lugar sagrado que consagra a sus espaldas y que no supieron interpretar los urbanistas de nuestra ciudad por sus innumerables tumbos que ha dado en la singular plaza.

Quiso el azar que el Cristo pétreo fuera el juez, por su ubicación, del combate que tendría lugar al atardecer en la festividad de San Miguel. Quedaba así anunciado en toda la cartelería que en bares, tascas, tabernas puestos y tiendas se repartía. Pues el ring se montó en el centro de la plaza, escorado hacia la fachada principal de la iglesia dejando al crucificado en una posición central del graderío principal del espectáculo pugilístico.

Íbamos hacia San Miguel muy dirigentes, presumiendo de que nuestro amigo Mariano era el hermano chico de los combatientes. Con nuestros canutos de caña y cucuruchos del almecinas en la puerta del Carmen de Santa Marina estábamos convocados una hora antes del evento, no fuera que nos quedáramos sin asiento. Por la calle Gumiel asoma nuestro amigo Jesús con un descomunal membrillo que por su calibre muy bien pudiera ser una zamboa. Ya estábamos todos, mi hermano Manolo, Mariano, Jesús y yo mismo, dispuestos por la calle Santa Isabel a buscar el acomodo en el boxístico foro. Recalamos en la quinta fila de sillas, buscando que la distancia al cuadrilátero nos permitiera, por nuestra estatura, una visión segura para no perder detalle de lo que aconteciera sobre la lona en cada combate. Justo a nuestras espaldas quedaba el horno y la lechería pronto quedaba el aforo completo con todo el vecindario que allí concurría, era grande la expectación que el evento había suscitado en el barrio.

Y llegó el combate estelar, agitando los puños y enfundado en su bata blanca sube al ring Paco Antequera, el púgil local, que concita todo el ánimo vecinal. Paco, persona noble donde los haya, tanto en su vida personal, como en él boxeo,que concibe como un deporte noble en el que se compite no para humillar al contrincante, sino para estratégicamente medirse con él. Así lo dejó de manifiesto en este combate, iban pasando los asaltos mostrando su superioridad técnica y supremacía física, pero sin embargo no remataba la faena. Sus vecinos incondicionales gritaban ¡¡¡NOKEALO!!! Pero Paco, fiel a su estilo y condición, permitía que su adversario se rehiciera una y otra vez, refugiándose entre las cuerdas o permitiendo que se abrazara a él, buscando aíre y resuello. La pelea llegaba al final y Paco no terminaba de rematarla a su favor en forma definitiva a pesar de su superioridad. Jesús aplacaba sus nervios por el resultado incierto dándole mordiscos al membrillo, mientras los demás tirábamos de nuestro cucurucho de almecinas, guardando a buen recaudo los huesos.

Una vez terminado el combate, el aforo de la plaza quedó en suspense en espera de la determinación de los jueces, que no podía ser otra que dar a nuestro vecino Paco Antequera como ganador a los puntos. Mucho tardaron en dar el veredicto y éste cuandopor fin se produjo sembró el descontento y la desaprobación manifestada con una soberana pitada y el grito unánime de ¡¡¡tongo, tongo!!! No daban crédito, habían decretado combate nulo. En esta tesitura se estaba, hasta que desde el graderío surge un objeto que con tino, buscado o no, impacta directamente en la cabeza del árbitro del combate. Al tiempo que todos los allí presentes dirigen su mirada acusadora hacia nuestra ubicación, de la que nuestro amigo Jesús había desaparecido por arte de birlibirloque al igual que su membrillo que descansaba sobre la lona del ring. Antes de que cayera sobre nosotros el peso de una acusación popular, a todas luces no merecida, y se echaran sobre nuestras personas, Mariano dijo, vámonos que aquí no pintamos na, salimos a escape como alma que lleva el diablo, por Cauchiles, Oidores y Santa Isabel, cada uno en una dirección, no en balde éramos avezados en esta cuestión. Aquel membrillo de gran calibre que salió inocente de la calle Gumiel, terminó por San Miguel erigiéndose en la mano de nuestro amigo Jesús, en el membrillo justiciero, que dejó KO al árbitro del combate.

El Cristo pétreo de las Azucenas fue testigo de este acontecer que relato y el membrillazo cosas de niños le debió parecer.

Este sucedido que traigo a colación en su remembranza pudiera haber acontecido en otros barrios y otros lares y cabría preguntarse qué es lo que lo hace singular. Así me lo plantea mi cuñada Manuela, y la respuesta tal vez sea el patrioterismo albayzinero que hace de lo propio lo mejor del mundo entero, o tal vez sea el rico legado histórico de un barrio que torna vivencias banales en historias singulares. Y puede que haya algo de las dos posibilidades y que nuestras vivencias de infancia pudieron ser similares a las infancias de otros barrios y lugares, aunque lo que le dio la idiosincrasia a nuestra infancia y su acontecer son los siglos de historia que envuelven los escenarios donde éstas sucedieron. Pasar junto a la calle Oidores nos retrotrae cinco siglos atrás pues sus moradores fueron algunos de los dieciséis Oidores de plantilla que desde 1587 desarrollaban en la Real Chancillería de Granada su función de oír a las partes durante la fase de alegatos de los procesos judiciales. O en el mismo enclave de la Plaza de San Miguel embocar por el callejón del Gallo en el que se ubicaba la casa del Gallo del Viento en cuyo tejado hubo una veleta singular, según la Leyenda de Washington Irving, sobre la cual una figurilla de bronce que representaba a un caballero con lanza, giraba no hacia donde soplara el viento, sino, “mágicamente”, hacia el lugar de donde venía el enemigo, señalando y previniendo cualquier amenaza que se cerniera sobre Granada. Y cómo no, la Casa de la Lona que el mismo enclave de la plaza evoca aquella antigua fábrica de velas de lona para la Marina del siglo XVI, y que pasó a ser casa cristiana de vecinos.

Y por todo ello será que el acontecimiento del membrillo justiciero que guardo en mi memoria, con el devenir del tiempo será del Albayzín parte menor, pero al fin y al cabo, parte de su historia.

El epílogo, que nunca hubiera querido escribir, va dedicado a mi amigo Mariano, en su memoria, que es la mía, ya que compartimos juntos la mayor parte de nuestra historia. Pronto madrugaste para emprender tu despedida, pronto nos dejas huérfanos de tu presencia. Se nos han quedado tantas tareas pendientes que ahora solo me queda aferrarme a todo lo que juntos vivimos. Has sido en el buen sentido de la palabra bueno, como dijo un día el poeta. Tu alegría, tu fuerza, tu bondad y buen talante me las quedo, no habrá ninguna parca que me la arrebate. Y por eso, ahora que regreso de visitarte en el cementerio, te añoro tanto que no encuentro consuelo. Sólo me queda la esperanza de que en el cielo Albayzinero vayas ideando en nuestro Huerto del Carlos todo tipo de travesuras para que cuando allí nos reencontremos nada se nos quede pendiente, puesto que juntos estaremos con el único límite de la eternidad. Hasta siempre y por siempre amigo del alma. El mundo en el que habito tras tu ausencia queda menoscabado en humanidad.

Miguel Vicente Prados

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