Vendo cobre viejo


4285b2da4a13d2eb0b351445665e537fSin duda la infancia es el tiempo de las edades de la persona que deja más profundas huellas sobre nosotros. Es un tiempo que reposa sobre una superficie suave y tremendamente blanda, es por ello que toda experiencia vivida en el territorio de la infancia queda grabada dejando marcas indelebles en nuestra vida. Profundas huellas ávidas de salir a nuestro encuentro a la menor oportunidad. Recuerdos que cimientan lo que somos y que sin ellos nada en nosotros tendría sentido. El paso del tiempo endurece la superficie y el material que construye nuestra existencia y de ahí que las huellas que dejan en nuestro devenir sean superficiales, casi imperceptibles. Con frecuencia cruzo la frontera que separa mi realidad actual, mi ahora, de aquel tiempo de infancia y me sumerjo en él remembrando como si de ayer se tratara cada vivencia. Evoco recuerdos de mis sitios preferidos de mi infancia.
Sin gran esfuerzo me veo con un cacho de pan en la mano y una onza de chocolate, paladeando cada sabor que almacené en mi memoria gustativa y que aun hoy recuerdo, ese sabor tan entrañable a pan cocido en horno de leña de las muchas tahonas habidas en el Albayzín de mi infancia. Las recuas de burros llevaban colmados de ramas de pinos carrascos los serones de esparto y pleita con los que se enjaezaban los burros de carga por las calles de mi barrio y que a la puerta del horno de San Miguel Bajo tantas veces vi descargar, equinos venidos a menos por su condición de burros que apenas sefarola-callejon-gallo-20150911 divisaban entre el abusivo volumen de su carga. Con presteza el arriero desanudaba la soga que de serón a serón pasaba bajo el vientre del burro y así éste quedaba liberado de su pesada carga. Qué agradables matices dejaba en mi paladar aquel pan de hogaza o bollo que Pepe pala en ristre sacaba recién horneado y que por un duro vendía directamente de las banastas en la puerta del horno. En aquellos días en mi barrio los empleados de la Sevillana procedían a la instalación del nuevo alumbrado público, nuevas farolas que debían sustituir a las existentes, desvencijadas y ajadas por el tiempo y sobre todo dianas de las furtivas pedradas de los chaveas del barrio. Alguna de ellas también fue apedreada por mozos y mozuelas que necesitaban intimidad para sus amoríos, besos clandestinos, esquivos a las miradas ajenas. Jamás vi lucir la farola del Callejón de la Monjas, siniestro paraje al anochecer propicio para los amores furtivos.
Entre bocado y bocado de pan con chocolate me dirijo a la Cuesta María de la Miel en dirección a la calle Aljibe de Trillo, para rebuscar los restos de cable viejo y nuevo que los operarios de Sevillana han despreciado para mi suerte sobre las empedradas calles del Albayzín, iban a tajo, calle a calle sustituían la instalación eléctrica y las viejas farolas, y dejaban un reguero de cables repelados procedentes de empalmes y conexiones. Donde daban por conclui14581480_1083613011686672_7958202214529753466_nda la jornada solían dejar más abundancia de restos de material eléctrico, de ahí la importancia de intuir dónde lo hacían. Aquel día fue en la calle Atarazana Vieja, justo a la puerta del parvulario de Doña Berta, que también llamaban escuela de los cagones. Era importante localizar el lugar donde daban de mano y conseguirlo antes de que lo hicieran otros chaveas, y de que los barrenderos con su manejo acompasado de los escobones de rama borraran el rastro de tan preciado material. El día se dio bien, una vez aquilatado el resultado de la rebusca, ebarrenderora menester dejar al desnudo los filamentos de cobre separándolos del plástico donde estaban envainados, esta cuestión no era baladí, pues el precio del cobre en la chatarrería sufría una importante oscilación según su estado.
Se afanan, embutidos en sus respectivos monos azules el Goro padre y sus dos hijos a machotazo limpio, en sacar los bobinados de lavadoras y motores eléctricos que destripaban literalmente para obtener el cobre que contenían. Sobre un tocón de madera a golpe limpio en la Calle Horno de la Merced, bregaba este clan de chatarreros con todo tipo de artefacto achatarrado, todo ello envuelto en una atmósfera de fuerte olor a humo negro fruto de la combustión de los materiales inflamables de la chatarra en el bidón de latón. Me sorprendía ver cómo con las manos negras y llenas de grasa se disponían a media mañana a dar buena cuenta de la media hogaza preñada de chicharrones.alternators-and-starters-scrap
El Goro padre abandona la machota y se dirige a por la romana para pesar el cobre que durante el tiempo que duraron las tareas de sustitución de las farolas en el barrio, acumulé y que pretendía convertir en dinero mondo y lirondo. No me fiaba, siendo yo un niño, de que el fiel de la romana recogiera el valor cobreexacto del cobre que llevaba y de que fuera pagado al precio fijado, por ello mi madre me acompañaba para hacer un trato justo. El Goro colgó en el gancho la talega con el cobre y redondeaba a la baja su peso, a lo que mi madre respondía redondeando al alza, y la discusión con el ni pa usted ni pa mi quedó zanjada. Mi madre me compró en el horno del Correas y la Nena, junto al pilarejo de las Angustias de la Calle Elvira, una torta de manteca y por la Cuesta de Abarqueros ufano subía junto a mi madre con el dinero recaudado. Fueron tiempos difíciles donde nada sobraba y muchas cosas escaseaban, de ahí qaac6c06d7c6f3fdf2286c803afb557f5ue las economías familiares salían adelante con muchas faenas y tareas que se hacían a domicilio, se envasaban especies en carterillas, se pintaban figuritas de vírgenes, niños Jesús, tunos y tunantes, eran otros tiempos. Fueron los tiempos de antes.
Eran tiempos de escasez los que envolvían con el manto de la necesidad a muchos de los moradores del Albayzín de mi infancia, se imponía la economía de subsistencia, hojalateros que arreglaban ollas y peroles, chatarreros, traperos, afiladores, semaneros, etc., fueron personajes principales de aquel Albayzín que ahora recuerdo y que desde la huella profunda que dejaron en mi recuerdo ahora convoco.

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Una respuesta a Vendo cobre viejo

  1. Nicolás Palma dijo:

    “El tiempo reposaba sobre una superficie suave y tremendamente blanda…” Frases geniales, emotividad, recuperación -con cariño y respeto inmensos- de mis recuerdos de niño albaicinero… Me supo a poco. Gracias.

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