El RAPTO DE LA DIFUNTA O DE LA NOVIA ” Leyenda Albaicinera”


Que  grises y tristes son esos primeros días de noviembre, tiempo de  trascendentales pensamientos. Sin pretenderlo nos invade la idea de que esta  incierta vida tiene un  infalible destino. Parece que en algún lugar imposible de precisar esta ella, la indeseada dama blanca, que espera sabiendo que algún día acudiremos a su cita, todo es simplemente cuestión de tiempo.

Al hilo de estos días sombríos nuestro colaborador Jesús Expósito Marín   desde la simpleza  que te regala le edad  nos recrea una  insólita leyenda albaicinera.

EL RAPTO DE LA DIFUNTA O DE LA NOVIA

D.Enrique de Samaniego

D.Enrique de Samaniego

 

Era don Enrique de Samaniego el paradigma de soldado curtido en los tercios de Flandes, seguro de sí mismo, mujeriego y egocéntrico, camorrista y pendenciero, la clase de hombre acostumbrado a estar siempre en primera línea en el campo de batalla donde el riesgo de perder la vida es mayor.

Había llegado a Granada para recuperarse de una herida de arcabuz que casi le cuesta el pellejo, venía a alojarse en casa de su tío. El como toda su familia procedían de Madrid desde donde un hermano menor que su padre llegara hace años para casarse con una dama granadina y fijar aquí su residencia.

Fue recibido con los brazos abiertos por el hermano menor de su padre que tenía todo dispuesto, para una confortable y feliz estancia de su sobrino en la capital. Su carácter alegre y resuelto le fueron muy útiles a la hora de hacer amigos y su apostura personal le ayudó hasta tal punto que le hizo muy popular entre las damas de su ámbito social. Tenía la bebida por afición y en una de aquellas juergas tabernarias escuchó a uno de sus contertulios hablar de una muchacha de belleza singular a la que adornaban virtudes extraordinarias. Vivía esta muchacha en una de las bocacalles que van a dar a la cuesta de San Gregorio cerca del templo del mismo nombre y de la Calderería granadina.

Calle de San Gregorio

Calle de San Gregorio

Fue entonces cuando su espíritu burlesco e irreverente, intrépido e irrespetuoso golpeó en la cara a los asistentes, antes de un mes aquella extraña flor sería suya.

Maquinó un plan para seducir, con el ánimo luego de repudiar tan eminente conquista y añadir una infamia más a su ya abultado historial. Según le contó este amigo, salía siempre acompañada de una señora ya metida en años, gorda y parlanchina que hacía las veces de ama de llaves. El primer problema que habría de resolver sería como deshacerse de tan voluminosa presencia y quedarse a solas con doña Isabel como se llamaba su supuesto amor.

Después de darle muchas vueltas y exprimir su cerebro optó por recurrir al vil metal; el soborno. El soldado contactó con el ama de llaves en una de las muchas salidas que solía hacer sola, y comenzó el pérfido juego.

Doña Isabel de Salvatierra

Doña Isabel de Salvatierra

El ama de llaves convenció a Doña Isabel de Salvatierra de las nobles y honestas razones e intenciones, además del genuino amor que sentía por ella don Enrique de Samaniego. En la puerta trasera del carmen granadino de los Salvatierra se concertó la primera cita en la que todo fue miel sobre hojuelas para don  Enrique. A estas siguieron otras llegando a nacer entre los dos jóvenes algo verdadero. Tan extrañado estaba don Enrique consigo mismo y tan confusa su mente que no encontraba explicación de porque aquellos primeros planes de burla y perfidia habían trocado en algo tan maravilloso, no era propio de él.

La casa Porras

La casa Porras

Todo esto ocurría mientras el padre de doña Isabel viendo llegar a su hija a la edad casadera la prometió en matrimonio con el hijo de un hidalgo viejo amigo suyo, llegado el momento así se lo hizo saber a su hija provocándole el desconcierto y el más absoluto abatimiento , hasta tal punto que cayó enferma . Los médicos afirmaron que en el cuerpo todo estaba bien que era cosa más bien de su estado de ánimo y en pocos días estaría bien como así ocurrió.

Calle Caldederia

Calle Caldederia

No había otro camino que la obediencia ciega al padre, ella se lo comentó a su enamorado galán y juntos vieron la forma de burlar el deseo paterno y así quedó el asunto: poco antes del anochecer del día siguiente se presentaría don Enrique a caballo en la puerta trasera de la residencia albaicinera de los Salvatierra que daba a la Casa de Porras, ella esperaría en el muro exterior semicubierto por la yedra y juntos simularían una huída que no tenía otro objeto que forzar al padre a un matrimonio al que en circunstancias normales nunca hubiera dado su consentimiento. Al día siguiente después de haber dedicado la mañana a dar un largo paseo por la ribera del Darro, don Enrique comió en casa de sus tíos y durmió una opulenta siesta, en cuanto se levanto se echó a la calle y se encontró con unos amigotes  ociosos igual que él, así comenzó una pequeña farra tabernaria, que terminaría cuando cayó en la cuenta de que ya empezaba el día a declinar lo que motivó una apresurada salida a caballo por las calles semidesiertas de la ciudad. Entre la larga cabalgada, el morapio ingerido y los nervios propios del lance, además del negro manto que empezaba a envolverlo todo , don Enrique al llegar al lugar acordado no logro divisar más que una figura apoyada en el muro impolutamente vestida de blanco , la tomó de la cintura y la aupó a la silla del caballo.

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La noche se había vuelto infernal , una tremenda tormenta iluminaba el camino , el fuerte viento doblaba las ramas de los árboles haciéndolos parecer figuras colosales, recorrieron la calle Elvira subiendo por la puerta del mismo nombre , internándose en el antiguo cementerio árabe en dirección al monasterio de monjes cartujos ya cerca del monasterio una gran ráfaga de viento y un inmenso rayo hicieron la noche día , el velo que cubría el rostro de la dama voló y quedaron al descubierto unos rasgos cadavéricos que horrorizaron a don Enrique ¡ había visto el rostro de la muerte ¡. Al instante el caballo relinchó y rampando sobre sus cuartos traseros pareció volverse loco y el caballero cayó inconsciente sobre la tierra empapada.

A la mañana siguiente los frailes lo hallaron delirando parecía un anciano la desdichada Isabel había fallecido la tarde anterior por causas no determinadas según los médicos y fue enterrada en una iglesia ya desaparecida de la ciudad. En cuanto a don Enrique el recuerdo de aquella noche le hizo pensar en Dios e ingresó en dicho monasterio hasta que al año dejó este mundo.

Estos hechos corrieron de boca en boca y de generación en generación durante siglos hasta que con el transcurso del tiempo desaparecieron en una densa e impenetrable niebla, pero en el pueblo quedó el recuerdo indeleble de este hecho que la gente llamó el rapto de la difunta o de la novia.

Basada esta vieja tradición en una obra de Francisco de Paula Villa–Real.

Féretro camino del cementerio. Cuesta de los chinos

Féretro camino del cementerio. Cuesta de los chinos

 

Jesús Expósito Marín.

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