El Albayzín de siempre


Somos lo que hemos vivido, identidad que se construye con nuestras vivencias. Mi barrio ha sido testigo de mi infancia y lienzo sobre el que se pintaron muchas escenas de mi vida. Nuestros orígenes nos confieren como somos. Y sobre los renglones de cada rincón del Albayzín se comenzó a escribir mi relato.
La farfolla de los colchones o jergones, y también de los montones de lana y de borra puestos a orear en verano con el objeto de mullirlos, las sillas de anea sobre las que se afanaban las gitanas del Sacromonte en arreglar los culos. Los follasas en las tabernas que se servían fríos gracias al faenar de Antonio el Fresco en su reparto de barras de hielo, y el resonar por doquier del “oja pelleja”, dicho que se usaba para constatar la trola que alguien quería colar, sin saber nunca si era con “h” o sin ella. Antonio el de los telares, creador de la expresión nunca lo aclaró. El chapuz y el chapucero, las trampas en el contador del agua, cuando llegó el agua potable al Albayzín, para aliviar la escasez en la economía de muchas familias y también las de la luz que con apuro y diligencia había que quitar cuando venía el operario de la Sevillana para hacer la lectura del contador. Los caracoles mozuelos y cabrillas de la taberna del Aliatar, que también las gitanas del Sacromonte pregonaban por el barrio con sus cestas de mimbre en ristre junto a su churumbel. Los ennortaos y ajumaos que deambulan a su ser por placetas, carriles, caminos, cuestas y adarves del barrio. Los aromas a geranios, cinamomos y claveles reventones que colgaban de rejas y balcones y de las gayumbas en el monte de San Miguel el Alto. Las vecinas que pegaban la hebra en los trancos de los portales. O cascaban de las cosas del barrio sentadas en las sillas de anea que sacaban a la calle una vez baldeada ésta. Los gorriones que se asomaban en el canalón. Los chamarines, colorines y verderones que trinaban al compás en sus jaulas enganchadas de su alcayata en las azoteas. La Chocholana que le espetaba a su comae, la Maria la alumbraora, de la casa de la Lona y que está le respondía voy “allabajos” a por los mandaos. El falfullar ininteligible de los arrieros con sus burros colmados de cascajo o de leña para las tahonas o de arena del arenal del cauce del Darro. Los chaveas explotando en zaguanes y portales los mixtos de crujió comprados en el puesto de la Dolorcicas en la placeta de Nevot o en el de la Gorda en la plaza de San Miguel Bajo. La fragancia de los dompedros, madreselva y jazmines, y el aroma freso a tierra mojada recién baldeada en la entrada de los cines de verano, el Pagés, el Bellavista, y el Alcazaba en la Cuesta Marañas. Los “partios” en el huerto del Carlos que con frecuencia acababan a pedrá limpia y en Pepico el de las “inderciones” o el la Casa Socorro, según la gravedad de las escalabrauras, piquetes, porcinos y tolanos. El deambular pertinaz de los semaneros sudando la gota gorda para cobrar lo fiao y el de los chatarreros, afilaores, traperos, mieleros, lecheros y panaeros, pregonando sus oficios y mercaderías. Y la campana en su tañido pausado y sereno de madrugada que se dispersaba por todo el barrio penetrando en cada rincón. La campana de la torre de la Vela, su toque servía como reloj nocturno a los agricultores de la Vega para regar sus campos. Y también los sones de repiqueteo alegre de las campanas y campanil del antiguo minarete campanario de la Iglesia de San José, o el tañer triste a duelo del campanario del monasterio de Santa Isabel. Este era mi barrio, así lo viví y aún reverberan en mi los ecos del habla albayzinera, de sus sonidos, de sus vecinos y de sus costumbres. Recuerdos que atesoro como oro en paño y que comparto con el único empeño de que ese Albayzín de ayer permanezca en la memoria colectiva de los albayzineros.

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Mi Carmen Albayzinero


La piedra liberadora

Piedras que manan agua,

agua mansa y serena,

serenidad que se abre a la eternidad

en un legado que tornó a envenenado

y que hoy es remanso de unidad.

Envuelto en susurro de alegría lisonjero,

que trasciende lo material por mor de un lucero

y de su fiel compañero,

que supieron atrapar su Amor en hiedra

y darlo sin condiciones

a sus futuras generaciones.

Legado de fortaleza como el que sumisamente

trasladaron a este lugar con la humilladora piedra.

 

(A mis padres, Manuel y Cándida)

 

 

 

In memoriam

 

Acantos y arrayanes que

dan forma y definen venturosos planes.

Celindas y rosales,

aromas y fragancias embriagadoras

sólo para espíritus superiores

que plasmaron en este lugar

sus obras mejores.

Madreselva e higuera

que tantas veces sirvió a nuestra madre

de socorrida plañidera.

Yedra y glicinia como enredadera

que aleja de este paraje

la torcida sombra comunera.

Cipreses en caprichosas ligaduras

que triunfales se erigen

ante las malas hierbas y sus junturas.

Borrachera de aromas y fragancias

que envuelven a las almas cándidas

que por estos lugares se recrean

y dan oportunidad a la materna voluntad.

 

(A mis padres, Manuel y Cándida)

 

 

Y creció la Cizaña

Las palabras dan forma al pensamiento. Pensar solo es posible gracias al lenguaje, por eso los relatos que hacemos de la realidad, solo son eso, relatos interesados que nos afirman en nuestras creencias y nos exoneran de toda responsabilidad en nuestras cuitas y pendencias. El lenguaje tiene ese poder, hacer la mentira nuestra verdad. Y hacer mentira la verdad de otro.

Podemos acallar nuestra conciencia, cuando ésta nos duele, construyendo el relato que así lo permite, y creerlo a pié juntillas, aunque nada tenga que ver con la verdad. Así pasó con mi Carmen Albayzinero, cuando dejó de ser un vergel y se convirtió en lo que ahora es. Y la única verdad queda reflejada en la realidad, ningún relato puede cuestionar a la realidad.

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Días de Navidad (Inocentada)


Días de Navidad (Inocentada)
Sobre las latas en las que se horneaban las tortas de manteca en el horno de mi tía Paquita, junto al pilarejo de las Angustias de la calle Elvira, mi abuela Mercedes y mi madre colocaban con mimo los mantecados de almendra y manteca y los manchegos, aún sin hornear.

Mientras que yo apuraba las postreras horas del trimestre antes de las pascuas en la última planta, el palomar, del instituto Padre Suárez. Doña Cloti, se dejaba la garganta en el vano intento de meter en la sesera de una cuarentena de infantes de diez años, las declinaciones latinas con el sustantivo “Rosā Rosae”. Frente al aula de Latín, en el palomar, también estaba el aula de Dibujo, en ella la Señorita, que lo era pues permanecía soltera, ejercía de profesora de dibujo artístico y lineal. Eran un estímulo visual los voluptuosos volúmenes de los bustos y torsos, de Venus y cariatides de escayola que por doquier de aquella aula servían como modelo. Mientras que nosotros con el tiralíneas y la tinta solo nos devanábamos la sesera con la perspectiva caballera. Se comentaba que la Señorita de dibujo andaba en fase de devaneo con Don Rafael Aguilera, el Director del instituto, que recién había enviudado de doña Pilar, la profesora de Griego. El Tejedor y el Velázquez, repetidores ya picardeados, actuaban a la par para verle las bragas a la Señorita de dibujo, uno iba con su lámina de dibujo con el pretexto de plantearle alguna cuita sobre la perspectiva caballera, mientras el otro se situaba a la retaguardia de la profesora, y cuando ésta se levantaba de la silla y se apoyaba sobre la mesa, el otro aprovechaba para inclinarse súbitamente con tan torcido propósito. Cuando volvían a sus respectivos lugares, surgía un cuchicheo de unos a otros informando sobre el color que las tenía. Antes de terminar la jornada y enfilar por la Tinajilla en dirección al horno de mi tía, quedaba la clase de Geografía e Historia, que nos impartía sobre su púlpito en la tarima del enserado Don José María Sánchez Diana, quien fuera brigadista por la Falange en la División Azul en el frente Ruso, donde precisamente perdió varias falanges de su mano izquierda, y que cuando pasaba lista no consentía otro asentimiento que no fuera levantarse y brazo en alto marcialmente, proclamar, Servidor. Cuando tocaba preguntar la lección, los nervios afloraban por doquier, suerte la mía, pues como lo hacía por orden alfabético, el Vicente de mi primer apellido, al tocar el timbre, me exoneraba salvándome, nunca mejor dicho, por la campana. Mi amigo Miguel Quirantes y yo emprendimos camino a nuestro barrio, él a casa de su tía al comienzo en la Cuesta de la Alhacaba, y yo ese día al horno de mi tía.

Mi abuela Mercedes y sus yernos. El de detrás de mi abuela es mi Padre, Manuel Vicente,

Ya en el horno, me ponía junto a Camilo, el maestro hornero, quien me advertía del cuidado que debía tener con la pala, ya que una vez que con ella cogía la lata de mantecados, si me ponía detrás el palo de la pala de madera me podía impactar en su retroceso. Con manoplas de tela mi madre cogía las latas con los mantecados recién horneados y mi abuela con el cedazo tamizaba azúcar en polvo para recubrir los mantecados. Finalizado este proceso y con los mantecados convenientemente enfriados, cogíamos pliego a pliego, separándolos bien el papel, para envolverlos y echarlos a la banasta de caña que serviría para transportarlos del horno a la Mancha Chica, donde sobre los poyetes de los alféizar de las ventanas del gabinete y el dormitorio de mis padres tendrían su destino. Fugaz destino, pues las visitas reiteradas de mi hermana, mi hermano y yo mismo iban dando cuenta de mantecados y manchegos y su merma vaticinaba, según mi madre, que no llegarían ni a Reyes.
Los días de pascuas escapaban al control y la rutina de los días de instituto. No faltaban los villancicos acompañados por el compás de nuestra zambomba de barro, pellejo de conejo, cañizo, y el salibazo para sacar los sones navideños. Nos la compró mi madre en un puesto ambulante en la Plaza Larga. Por ello, distraídos del día en que vivíamos, cuando mi madre aparecía por el dormitorio donde dormíamos los tres hermanos con una bandeja de mantecados no reparábamos en qué día estábamos. Y nos disponíamos a dar cuenta de ellos, cuando una vez desliados nos encontrábamos con trozos de migajón de pan y la risa socarrona de mi madre y la desternillante de mi abuela dejando ver con nitidez los únicos cuatro dientes que le quedaban en su dentadura. A la par que al unísono esgrimían la cantinela, inocentes, inocentes… El episodio tendría continuidad por la tarde, siendo la víctima de la chanza mi padre una vez que regresaba de la fábrica. Nos uníamos a la inocentada mis hermanos y yo. Y agasajábamos a nuestro padre con una copita de coñac y unos mantecados. Mi padre para paliar el frío de diciembre de un sorbo engullía el contenido de la copa, el mismo que espurreaba al percatarse del avinagrado elixir que había bebido, al tiempo que acudía al mantecado para encontrar consuelo, lo que aumentaba su decepción al encontrarse con el fraudulento migajón. Autores y cómplices de la inocentada reímos de forma coral, y nunca supe si de un año a otro mi padre no recordaba, o es que simplemente fingía y consentía la celada.
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El miedo


El miedo
Había lugares en mi barrio que yo no transitaba por razones obvias. Mi abuela me advertía de peligros en los que debía reparar. Era malo encender un mixto o hacer fuego, porque según mi abuela te meabas en la cama. Darle vueltas, sobretodo a la sombrilla abierta, traía la rara o el mal agüero. Había que tener temor de Dios y no decir picardías. Escupir era de judios, y te volvías tísico. Y si se caía el pan al suelo había que darle un beso, si no lo hacías, caías en un pecado mortal. Los pecados mortales estaban en aquel entonces al orden del día, si te agachabas para verle las bragas a una niña era pecado mortal, si hacías rabona a la escuela no tenías perdón de Dios, y si veías una película de amores con dos rombos, te condenabas al fuego eterno de las Calderas de Pero Botero. Los dos confesionarios de la parroquia de San José se ocupaban a diario por la feligresía pecadora. Con velo negro y por las celosías laterales espiaban sus culpas las pecadoras, y de frente a don Antonio, el cura párroco, reclinado esperaba yo la penitencia por haberme escapado de la escuela del Gómez Moreno. Diez Padres Nuestros y cuatro Ave Marías fue mi penitencia por tamaño pecado Mortal, apedrear gatos y perros con mis amigos Ángel el de la Rizaica, Eugenio Santaella el nieto de la Marranica y el Chiquitana, y explotar mixtos de crujio en zaguanes y portales, solo eran pecados veniales, que don Antonio saldaba con la señal de la Santa Cruz absolutoria sobre mi cabeza y un generoso pescozón también sobre la misma. La penitencia al llegar al alminar o torre de la antigua mezquita de los Morabitos y ahora campanario de la parroquia, ya se me había olvidado.
Pero miedo, lo que se dice miedo, me tenía que dar, según mi abuela, el sacamantecas que andaba merodeando por el barrio, o el tío del saco, ayer se llevó a un niño del Aljibetrillo me decía. Las pretensiones de mi abuela, no eran otras que limitar mi espíritu aventurero, y que no me alejara en demasía de mi casa.
Aunque el miedo actuaba como un sentimiento ambivalente, atenazaba, de un lado, y de otro, me hacía propender a hurgar y curiosear en lo desconocido y prohibido. En el enclave entre el Callejón de las Monjas y el callejón del Gallo, estaba la Mano Negra. Justo en un arco ciego integrado en el tapial trasero del palacio de Dar al-Horra o casa de Aixa, madre del Rey Boabdil. Allí estaba la Mano Negra dispuesta al anochecer a atrapar a todo aquel que se dispusiera a transitar por este enclave. Solo la luz tenue y lúgubre de la perilla de la única farola iluminaba aquel paraje en el que el miedo impregnaba la atmósfera de oscuridad.
Pero sin lugar a duda, en el Albayzín de mi infancia había un paraje inspirador del miedo. Al final de la Cuesta del Chapiz en su bajada se encontraba el Aljibillo. Era, y sigue siendo, un lugar de encanto, cualquiera que fuese el destino al que nos dirigiésemos. Al sur quedaba la cuesta de los Chinos o de los Muertos, que te conducía a la Alhambra y al cementerio. Y a la izquierda quedaba el camino del Avellano, donde se ubicaba la famosa fuente de las Lágrimas de los poetas árabes. El nacimiento brota en la ladera de la Silla del Moro y en ese lugar se labró una fuente de piedra. En la ruta del Aljibillo al Avellano hay tres fuentes: la de la Salud, la Agrilla y la del Avellano. En un azulejo del frontal de la fuente del Avellano se lee: «en recuerdo de Ángel Ganivet, genuino escritor granadino fundador de la Cofradìa del Avellano que enalteció en sus obras la belleza del paraje”. Al final de la empinada cuesta del Avellano, en su margen izquierda, según se subía, estaba la casa del Miedo. Una casa abandonada, morada de presencias espectrales, almas en pena y todo tipo de butes y espíritus de sus antiguos moradores. Se accedía a ella a través de un pasillo apergolado cubierto de vegetación selvática y dejada a su humor, lo que le confería un aspecto más espantoso a aquel paraje. Abajo se oía el rumor del fluir de las aguas del Darro y también se oía el silbido del viento encañonado por el cauce desde Jesús Del Valle.
Los hermanos mayores protegían en mi barrio a los menores, así era la costumbre y el proceder. Pero no debió entenderlo de este modo mi hermano, dos años mayor que yo. Y así, me conminó, para atravesar esté lúgubre paraje al anochecer, y recoger una piedra que durante el día había colocado bajo el azulejo del frontal de la Fuente del Avellano, como muestra de mi valor y osadía, para así poder pertenecer a la banda de amigos. Que él mismo lideraba y que incluía al Mariano, el hijo de la Fresca y al Jesús el de la Conchitina. Siempre fui arriesgado y atrevido. Siendo más pequeño, tenía que demostrar más para poder ser considerado por los demás. Pero no al punto de jugarme el pellejo por coger una piedra, que a día de hoy, aún debe de permanecer a mi espera.
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A hurtadillas y con regomello


Dicen que en la calle San Juan de los Reyes hay mujeres de moral distraída, que llevan poca ropa y se les puede ver las piernas y el canalillo entre sus generosos senos. Como niños que éramos, recién apuntados a la adolescencia y principiada la primavera nos sacudía la curiosidad hacía algo que hasta ahora fue territorio inexplorado y reservado para los mayores y de lo que no se podía hablar. Mi amigo Mariano el hijo de la Fresca y Jesús el de la Conchita están a la puerta de mi casa bajo el balcón, Jesús tiene una manera muy peculiar de llamar la atención de mi hermano y mía, instalado sobre el marmolillo que impide el tránsito rodado al comienzo de la calle Pilar Seco, ahueca las manos al tiempo que las entrelaza y sobre la abertura hueca que dejan sus pulgares insufla aire resultando de esta maniobra avisadora un sonido aflautado y parecido al del abejorro en su vuelo. Mi madre nos advierte de su presencia, niños ya tenéis ahí al Jesús y al Mariano. Rápido me disponía a responder por el balcón de que íbamos a su encuentro, pero era mi hermano el que decidía, a veces era que sí y otras tenía a nuestra pareja de amigos en desesperada espera amenizada por el sonido del abejorro que poco a poco, por su pesadez, se transformaba en moscardón. Ese día mi hermano tuvo a bien salir y reunirnos con nuestros amigos junto a las ruinas de la caseta del agua que hay en la esquina del Huerto del Carlos con Pilar Seco y Santa Isabel. El agua al Albayzín le imprimió parte de su carácter, no sólo por los numerosos aljibes que se disponían en su trama urbana, sino por los cañeros y regaores que bregaban con ella. En esta época del año, una vez superados los días de frío y lluvia las empedradas calles eran sometidas por el regaor a su matutino baldeo, éste abría el cauchil y conectaba la boca de la manguera para con un generoso chorro baldear la calle entera barriendo al tiempo cascaras de pipas, cacahuetes y altramuces incrustados en el empedrado suelo. Pepe el cañero, era quién bregaba en la caseta del agua dando agua en riguroso orden a las casas albaycineras cumpliendo con las ordenanzas municipales. Y ello todos los días hasta que las obras de canalización y potabilización del agua a mediados de la década de los sesenta concluyeron en el Albayzín.

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Intersección Cuesta de San Gregorio con la Plaza de la Cruz Verde

Enfilamos la calle Gumiel de San José, paramos en la carbonera para avituallarnos, yo compro una peseta de caramelos de a gorda, salimos a la calle Almirante, dejando a nuestra izquierda la Aljibe del Gato donde saludamos a la Marina en el tranco de su tienda, mi barrio es así de coloquial, sus gentes tienen por costumbre saludarse. En el número uno de la calle Almirante, desde el balcón, nos observa la Conchitina, la madre de mi amigo Jesús, espetando ¿a dónde irán este par de cuatro? también asoma la cabeza su gata recién paria, sabemos que el padre de Jesús a estas horas estará durmiendo, una vez que a las claras del día terminó con su reparto de periódicos. Al fondo de la calle está la hornacina de la virgen de las Angustias, al paso ante ésta, nos persignamos y santiguamos como es menester y como hace todo morador del barrio que transita por este lar, vemos que esparcidas por el suelo de la hornacina se encuentran las donaciones de la feligresía, gordas, perras gordas, dos reales y alguna de peseta introducidas por la ranura de la reja que para dicho propósito se halla. Algún acto vandálico dirigido al siseo de la calderilla de la mariana hornacina deja de vez en vez destrozada la luna que la protege. Mariano, que es el más espigado y recio de nosotros, ofrece sus espaldas para que me encarame en ellas y recoja de los tapiales del Carmen de las Angustias que dan a la calle Almirante y a la placeta Nevot las eflorescencias arracimadas de las glicinias que los jalonan y que por ellos se desbordan asomándose a dichos viales. Los gallicos, que así los llamamos, dejan en nuestros paladares un agradable dulzor. Seguimos nuestro peregrinar en pos del afán que nos hemos encomendado, dejamos la placeta de Nevot, donde también se encuentra el Carmen de la Media Luna y nos dirigimos al callejón de Nevot, en cuya embocadura a la derecha, según el sentido de nuestra marcha, nos damos de frente con una casa de la que habla la vecindad, y no muy bien, ha sido remozada recientemente y no concita el beneplácito de los parroquianos, el color lila que tiñe los moldurones de ventanas y balcones, así como el remate de la fachada bajo el alero del tejado va más allá del canon albayzinero rayano en la estridencia. En dicha casa, número uno del Callejón de Nevot, se ha instalado el consulado de Bélgica en nuestro barrio y a fe que han dejado constancia de ello. Proseguimos la marcha revolviendo a la derecha por el Aljibe Trillo, donde nos cae una reprimenda inmerecida, justo al final de la calle en su confluencia con San Gregorio está la tienda de María, su dueña muy acalorada nos acusa de haber echado un escupitinajo por la ventana en la olla que hervía en la hornilla en la habitación contigua a la entrada de su tienda. La mayoría de tiendas en el Albayzín se radicaban en las viviendas propias de los tenderos, y éste era el caso, de modo que por pasar por allí nos cayó la soflama malhumorada de la irritada señora y digo inmerecida pues nosotros no habíamos sido.

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Plaza de la Cruz Verde

Por San Gregorio aligeramos el paso hacia la placeta de la Cruz Verde, dejando atrás el envido de la tendera al que ni tan siquiera respondimos, quizás afligidos por la culpa anticipada de nuestro licencioso destino. En la esquina de esta placeta con San Gregorio, está el puesto ambulante de la Dolorcicas con su cartuchos de pipas, cucuruchos de chochos (así llamábamos a los altramuces). El puesto de la Dolorcicas era de los humildes, una cesta de buen porte que sobre un caballete plegable descansa. La Dolorcicas se traslada de esquina en esquina de la plaza según se lo aconseja el rigor de la climatología, busca las recachas al sol cuando hace frío y la sombra cuando hace calor. En muchas plazas y placetas del barrio, señoras, normalmente mayores, viven de la venta ambulante de chucherías, clientes nunca les faltan, el Albayzín de la década de los sesenta era populoso y mucha era la chavalería que bullía sin peligro alguno por sus calles.

Nos encontramos con la Paquita que con su cesto en el antebrazo sale de su portal. La Paquita es una mujer y así actúa, pero presa en un cuerpo de hombre, a los ojos de los niños, y a los nuestros propios, su diferencia no pasa desapercibida, y provocamos su hilaridad. Con frecuencia saca su vena más ordinaria al ser interpelada con el malintencionado estigma de mariquita. Por lo demás la Paquita es una mujer más en el barrio al tiempo que buena persona, vive en la Cruz Verde en la misma casa de Pepa la tejedora, a la que mi madre le compra por encargo nuestros saquitos, las dos son familia aunque no sé su consanguínea relación. Le espetamos ¿Paquita a dónde vas? a lo que responde, con su manifiesta pluma, a Plaza Larga a comprar y a vosotros que coño os importa donde yo vaya. Mi barrio tenía de todo, puestos, tiendas, tabernas, cines, lecherías, tahonas, ir allabajos no era una necesidad, solo por el día de la Patrona y por devoción llegado el caso había que salir de él.

Con sigilo enfilamos por la calle Capellanes hasta la Plaza de Carvajales, en ésta vive nuestra la tía Joaquina y su hija la prima Pepica la matrona, y es menester que no adviertan de nuestra presencia debido al libidinoso propósito que tenemos en mente. Desde esta Plaza albayzinera la Alhambra se coge con las manos, bebemos agua en el pilar que en su parte postrera se haya, bajando para ello una empinada escalinata y con las mismas nos encontramos en la calle Clavel de San Pedro en cuyo ensanche se huele a azahar proveniente de la floración de las naranjas bravías que allí se ubican. El deseo de lo prohibido y hasta este momento desconocido, excita nuestro ánimo ya de por si excitado, Sin aún verlo, sin embargo vemos la turgencia de los senos femeninos y sus interminables piernas desnudas en el ya cercano lupanar, imaginación no nos falta. Me retraso en la marcha al tiempo que la compaña me interpela en la distancia, no seas cobarde y vamos a lo que vamos, tras la revuelta de la empinada y escalonada cuesta del Granadillo desembocamos en su número uno, la nombrada casa de trato del Ladrillo, que así se la nombra en el barrio, justo en la misma revuelta y antes de desembocar en la calle San Juan de los Reyes se ubica, aunque su paño mayor de fachada da a esta última calle. El aforismo popular que mi madre tanto explicitaba de pasas más hambre que la putas en cuaresma, en este asunto de lo carnal por estos lares poco o nada se cumplía, pues estando en los postreros días de ésta, justo a las puertas de la semana de pasión, las mujeres de vida licenciosa exhiben su carnal mercancía a la puerta de la mancebía. Había idealizado el momento, esperaba encontrar a la Venus romana del amor que en el libro de latín había estudiado, más nos dimos de bruces con la Maruja que poco de Venus tenía, se exhibe junto al quicio de la puerta de la mancebía sentada en una silla de anea, mayor que mi madre, con más manos de pintura que una puerta albayzinera, con voluptuosos volúmenes pero a la vez exagerados, con poca ropa y mucha carne que no se contiene y se desparrama, nos espeta ¿y estos chaveas quieren algo de la Maruja? No, nada señora, respondimos al unísono temblorosos por el miedo. Miedo o vergüenza, o ambos a la vez, ruborizados nos dejamos caer a la revuelta en San Juan de los Reyes, observando que en su número dos, cuatro y seis las puertas tenían argollas para candados, pues eran puertas que se cerraban desde fuera, signo evidente de la profesión que allí se ejercía, y tenían grandes mirillas a modo de ventana en la puerta que dejaba ver mesas camillas en las que las fulanas quedaban a la esperan de los clientes o puteros que así se les llamaba. Tras nuestras miradas fugaces a dichos domicilios nos dirigimos a la Calderería Vieja para comprar en el Vesubio estampas del albúm de Vida y Color a ver si teníamos más suerte que la tenida con las mujeres de moral distraída y nos salía la número uno que era la más preciada de la colección. Por aquellos entonces en Granada, además del burdel público mencionado en mi barrio, existían otros sitos en la calle Jazmín, bocacalle de San Matías. Ultimo reducto del otrora céntrico barrio de la Manigua, barrio de fulanas en Granada que tras la intervención remodeladora del Alcalde Gallego Burín dejó de serlo y se transformó en el barrio de fulano de tal, por la alcurnia, pedigrí y abolengo de sus nuevos residentes. Y al aire libre también se ejercía la prostitución en los campos que quedaban a las espaldas de la estación de la Renfe y cerca del Mercado de abastos de Granada. Cierto es que el oficio más antiguo también se ejercía de modo particular y clandestino en mi barrio en algún domicilio en las proximidades de San Nicolás, en los alrededores de Marañas, la Tiña, etc., omito los detalles pues la escasez y porque no decirlo, el hambre, condujeron a algunas albayzineras a ello no por vocación sino por la necesidad. Si bien entiendo que esa siempre fue la razón del ejercicio de esta profesión.

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Infancia robada


Situaciones familiares desesperadas, separaciones forzadas, padres desaparecidos y represaliados y también desencuentros no deseados fueron muchas de las consecuencias y heridas abiertas que dejó la Guerra Civil, y que se agudizaron en los tiempos de posguerra. Muchos niños y niñas fueron arrancados de sus entornos familiares y de sus claustros maternos para ser depositados en casas cunas, en asilos, hospicios y orfanatos. Perdieron su identidad y pasaron a ser tratados como números en estas instituciones con fines más o menos piadosos y con idearios propios del Nacional Catolicismo triunfante. Internados que se replegaban hacia adentro de los tapiales que los delimitaban y que solo dejaban entrar los sones de un barrio al que por lo demás permanecían ajenos. Salvo en raras ocasiones la vida transcurría siempre hacia dentro, y era dentro donde ésta devenía. El hospicio de la Tiña o de la Virgen del Pilar ubicado en la calle de la Tiña fue un buen ejemplo de lo relatado, que después de su originaria función hospitalaria para atender a los tiñosos pasó a ser destinado a orfelinato de niñas y gestionado por la orden de las Madres Mercedarias. En el Albayzín hubieron más, casas cunas o inclusas para todos los niños expósitos del barrio y también de los pueblos de Granada. Y así, de esta guisa, fue como un párvulo de apenas tres años, de nombre José y de primer apellido Fernández perdió su identidad aquella mañana que acompañado de su padre atravesó el atrio del Asilo de Huérfanos de San José, antigua casa palacio del Almirante de Aragón que data del siglo XVI. Fue dejado en depósito a las monjas de la Caridad que regían el establecimiento, pasando por el dintel de la puerta principal quedó fuera su identidad y lo que había sido durante su escasa existencia, para pasar a ser el número cuarenta y dos de los huérfanos del referido asilo. Se dio de esta forma tan cruenta un duro golpe de realidad por el que perdió durante ocho años todos sus vínculos familiares, su madre y su padre, y su hermana y hermano, vínculos de afecto y cariño que siguieron otros derroteros ya sin puntos de encuentro durante el tiempo que quedó confinado en el asilo. todo su tiempo de infancia.
De un espacio conocido, el del entorno de la Iglesia de San Ildefonso, donde fue acristianado pasó a los enormes, gélidos y desconocidos espacios del hospicio, el patio de juego para los más de setenta huérfanos de edades comprendidas entre los dos años y hasta los catorce, con columnas de mármol blanco y capiteles corintios y toscanos. En otro ala del edificio estaban otras tantas niñas en el mismo régimen de asilo, cuido y casi clausura. Patio en el que había una carpintería y una herrería que eran propias del Asilo aunque el carpintero y herrero hacía trabajos para afuera, también había un lavadero en el que algunas mujeres del barrio lavaban la ropa de las casi doscientas almas que en la casa palacio del Asilo se concitaban. Todo ello rodeado de una galería donde estaban las celdas de las monjas y también el comedor comunitario de los huérfanos. Inmenso comedor presidido por un cuadro de la Virgen Inmaculada y otro del Sagrado Corazón de Jesús, colocados por encima de un enorme aparador que ocupaba ese lienzo frontal del referido comedor. Había otros cuadros de santas y santos propios de la Orden de la Virgen de la Caridad que regían el Asilo. Los niños se alineaban tras las mesas dispuestas en hilera circundando el rectángulo que conformaba el comedor menos por la parte frontal donde se ubicaba el mencionado aparador repostero. Y en el centro Sor Gloria que en tono vigilante dispensaba el orden y disciplina que debía presidir la quietud en cada comida, al tiempo que dirigía el rezo de las oraciones previas y postreras de cada comida. Con su indumentaria propia de la Orden, sobre el hábito llevaba una túnica ambas de un color negro, contrastado con la toca, de lienzo blanca y fina, que le cubría la cabeza y le recogía el pelo. Y sin olvidar el cordón ceñido a la cintura con tres nudos, representando los votos de pobreza, castidad y obediencia. El infante José era encomendado junto a otro alevín asilado para dirigirse hacia plaza Nueva portando entre los dos un acetre con tapa de madera y hacer parada en el Café España. Allí todas las granzas de café se vertían en el referido acetre para ser acarreadas cuesta arriba y cómo podían hasta el asilo. Su uso era darle algo de color y casi ningún sabor al agua hervida en pucherete con las granzas que era la base del desayuno que recibían los huérfanos y desamparados, aguachirri que al menos calentaba el cuerpo. Mientras las monjas en su refectorio consumían café del bueno. En el patio del orfanato también existían unas porquerizas donde se criaban cerdos para su matanza con los fríos de enero. En las galerías de dicho patio se oreaban los distintos despieces de las carnes de los marranos y entre ellas destacaban los jamones que una vez salados debían ser protegidos de la cagada de la mosca. Por turno y por orden eran los propios niños que armados de unos vendos espantaban en los días de calor a todas las moscas que allí se concitaban. Solo algunas viseras y despojos llegaban a los guisos que se servían a los huérfanos en el comedor, el resto de la matanza se reservaba para el refectorio de las monjas de la Caridad.
Después de hacer la Primera Comunión José pasó a desempeñar la función de acólito o monaguillo en la parroquia de San José convocando también a la Santa Misa a los parroquianos con los distintos toques de campana en el campanario del alminar y minarete. Eran momentos especiales aquellos en los que ejercía de acólito en los bautizos. En ellos el padrino pagaba el convite y además debía satisfacer las peticiones de toda la chavalería que se agolpaba en la puerta de la iglesia vociferando: “Eche usted padrino no se lo gaste en vino. Eche, eche, eche, no se lo gaste en leche”, “Padrino roñoso, sea más rumboso”. Y otras por el estilo.
El padrino, previsor, arrojaba a la chiquillería un puñado de monedas que ésta se afanaba en recoger urgentemente para continuar su cantinela antes de que la comitiva penetrara en la parroquia de San José. En una de aquellas ceremonias de acristianar, un generoso padrino obsequió por su labor de acólito a José con una moneda de diez reales. No duró mucho su alegría, don Antonio, el cura párroco le arreó un pescozón por haberse metido en su bolsillo la moneda que le dio el padrino impeliéndole a entregársela a él. Este recuerdo ingrato le acompañó durante toda su vida y a día de hoy la mantiene aún fresca en su memoria. Su labor de acolitado también fue ejercida en distintas casas nobiliarias de Granada con las que las monjas mantenían una relación subsidiaría de agradecimiento por ser benefactores del asilo. Así José con su pantalón corto y su abrigo de paño que las monjas compraron en los almacenes Olmedo, emprendía su marcha los domingos y fiestas de guardar en dirección del noble domicilio y lo hacía partiendo de Cementerio de San José discurriendo por la Cuesta del Perro Alta para así llegar a la calle Cárcel Alta dejando atrás la calle Calderería Nueva. En una capilla de la casa de abolengo José ejercía de monaguillo y con un tazón de leche migado con galletas era compensado por su labor, ese día no echaba de menos el aguachirri del desayuno del orfanato. Los días se sucedían entre rezos y tareas escolares, sor Gloria ejercía su magisterio con los más pequeños entre los que se encontraba José y don Francisco era el maestro de los más zagalones. Las letras en las paredes del aulario y los números eran el único arsenal didáctico para favorecer la instrucción, poco era lo que se aprendía pues todo hacia la oración propendía. La quietud diaria solo era quebrada por los ruidos de disparos procedentes de la Conejeras, el repiqueteo de las campanas de la Catedral y el acompasado de la Torre de la Vela que regía el horario de riego de la Vega granadina. Y la intimidación de un tal Domingo Sabio que inquietaba y acosaba a los más pequeños del orfanato. En dos dormitorios del torreón dormían todos los huérfanos. En uno los más pequeños y en otro los mayores. En el primero había un pequeño reservado para aquellos niños aquejados de alguna enfermedad, fiebres, escarlatina y demás males infectocontagiosos.
A aquel niño y tantos otros de aquella época se les robó su infancia, se vieron privados del cariño y amor de sus seres queridos. José hoy tiene casi setenta años, e intenta encontrarse con aquella infancia pérdida que sin rencor a nadie hoy quisiera si no recuperar, sabedor de que ello es imposible, al menos reconciliarse con aquel niño que fue. He podido compartir con él y su mujer unas horas que para mí han tenido un valor incalculable. En la foto que acompaña este relato, José es el segundo niño que aparece a la izquierda de la foto. Un cariñoso beso para el niño que fue y fuerte abrazo para el hombre que hoy es.
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PLAZA DE LA CRUZ VERDE


Grandes palacios se perdieron en el Albayzín, altas torres cayeron, y más de un rey fue derrocado. Importantes señores hicieron fortunas y no pocos las perdieron. Muchas generaciones se sucedieron, herencias secretas y olvidos pasaron de padres a hijos. Cientos de vecinos pasearon sus calles, unos llegaron y muchos se fueron. Casas que cambiaron de dueño y plazas que tuvieron varios usos. Aljibes sedientos, golondrinas que no vuelven y cipreses que se mueren, y en medio de esta revolera aún perdura ese par de palabras que pintadas de azul cuelgan de cualquier esquina. Testigo mudo de algo grande, hermoso o siniestro que ya nadie recuerda.

Jesús Expósito Marín, eterno paseante de calles, plazas y caminos albayzineros, nos  acerca a una de esas  cartela, que olvidada en la altura de una  ruinosa tapia todavía  tiene muchos secretor que revelar.

Manuel Vicente Prados.

Escudo de la Santa Inquisición

LA CRUZ VERDE
La inquisición existía desde el siglo XII si bien
espiscopalmente para combatir la herejía cátara en el
sur de Francia, sería en el siglo XIII cuando pasaría a
depender directamente del papa de turno.
En 1478 Isabel I de Castilla y Fernado II de Aragón
plantearon al Papa la conveniencia de crear un santo
tribunal dependiente directamente de la corona de
Castilla pues en Aragón hacía tiempo que ya existía.
En Granada la Inquisición demoró bastante su
presencia primero por su sede en Córdoba y para evitar
una supuesta sublevación morisca cosa que finalmente
ocurrió, aunque sus tentáculos acabarían alcanzando a
ilustres granadinos de la época, como los familiares y
el propio Hernando de Talavera, así como la cúpula de
la capitanía general administrada por judeoconversos
con el Conde de Tendilla a la cabeza.


No sería hasta 1526 cuando coincidiendo con la luna de
miel del emperador Carlos V e Isabel de Portugal en la
Alhambra los moriscos de esta ciudad hicieron llegar al
soberano quejas sobre el acoso que venían sufriendo,
acoso que mitigó una elevada cantidad de oro, esto les
concedió cierta tranquilidad.
La inquisición se asentó en Granada este mismo año de
1526 en unas modestas casas junto al convento de
Santo Domingo, demolido al hacer la Gran Vía, en los
tres años que pasó allí pasaría casi inadvertido. No
sería hasta trasladarse al entorno de la calle Elvira
cuando el tribunal adquiriría renovado vigor, estaba
frente por frente a la iglesia de Santiago, tenía su
entrada por la calle Elvira “como nos dice Henríquez de
Jorquera”, en el dintel de la puerta de entrada al
complejo de piedra alabastrina, parda y blanca, se
podían ver el escudo pontificio, el del rey católico y el
de la propia inquisición. El complejo disponía de casa
del inquisidor general, de sus 29 inquisidores, sala de
ceremonias, mazmorras, cárceles secretas y sala de
torturas.

Calle Elvira

En el Albayzín de hoy día nos resultan extrañas las
imágenes del santo oficio recorriendo sus calles pero
hubo un tiempo en que así fue.
La placeta de la Cruz Verde es un lugar secreto por
donde todo el mundo pasa, sin que nadie reflexione
sobre este topónimo.

Habremos de viajar al pasado hasta llegar al siglo XVI.
Todo empezaba un mes antes cuando la Inquisición
anunciaba mediante procesión pública sus intenciones
y el lugar elegido para el auto de fe, tiempo justo para
montar su estructura, gradas y cadalso .
Hasta esta placeta llegó la procesión de la cruz verde
que comenzaba sobre las 2 de la tarde del día anterior
al auto de fe, entorno a una enorme cruz de madera
pintada de color verde símbolo de misericordia y
esperanza del perdón inquisitorial.


Los autos de fe se celebraban siempre en días festivos
o domingos a fin de que asistiera el mayor gentío
posible. Llegada la noche la cruz verde se cubría con
un velo negro, se rezaba continuamente quedando
escoltada por un escuadrón de la milicia inquisitorial,
a la mañana siguiente después de oír  misa los
inquisidores y sus ministros conducían a los reos
vestidos con sambenitos y corozas desde las cárceles
secretas que como ya hemos dicho la inquisición tenía
en el entorno de la iglesia de Santiago, hasta la tribuna
pública en solemne procesión .

 

Ya en la plaza los reos
eran llamados uno por uno en voz alta y conforme se
leía la pena eran metidos en jaulas pequeñas, así hasta
el final de la ceremonia, una vez acabado todo se
devolvía la cruz verde a su lugar de origen, también en
solemne procesión al quemadero del Beiro en el Campo
de San Lázaro, eran destinados aquellos reincidentes
que no se habían reconciliado con la ortodoxia católica,
estos eran relapsos o relajados del brazo secular,
condenados a muerte en la hoguera. Cabía la
posibilidad de que estos se arrepintieran en el último
momento, en estos casos la justicia real que era la
encargada de ejecutar, sería benevolente y primero
aplicaría al reo garrote vil y después ya muerto, se le
quemaría en la hoguera.

Los sambenitos de los demás condenados eran
expuestos en la iglesia de Santiago, estos habían sido
hallados culpables, pero se habían reconciliado con la
iglesia y su pena no conllevaba la muerte.
El tribunal cabalgó a sus anchas durante tres siglos
hasta la invasión napoleónica que lo abolió. También
fue abolido por las Cortes de Cádiz en 1812 pero la
vuelta del rey felón Fernando VII en 1814 lo volvería a
restaurar hasta el levantamiento de Riego en 1820 que
daría paso al trienio liberal hasta 1823 con la llegada de
los 100,000 hijos de San Luis que repusieron en el trono
a Fernando VII. El tribunal ya reducido a su mínima
expresión volvería a la carga, por fin sería con la
regencia de María Cristina de Borbón y con un
gobierno liberal moderado del granadino Martínez de
la Rosa cuando el tribunal pasaría a formar parte de la
historia.

Hoy han pasado los años y ha cambiado mucho este
lugar de destino en otro tiempo de tan macabro cortejo .
La placeta de la Cruz Verde ve pasar a sus vecinos
albaicineros y visitantes con aire renovado y el orgullo
de saber que ella también es patrimonio de la
humanidad.

Plaza de la Cruz Verde

 

JESÚS EXPÓSITO MARÍN

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El Huerto del Carlos, nacimiento, vida y muerte de un rincón albaicinero.


Ubicación

Acotado  por las calles Santa Isabel la Real al sur, callejón de las monjas al norte , el Pilar Seco al este y el convento de Santa Isabel al oeste ,el huerto del Carlos se le puede considerar como un auténtico solar de reyes. Formó parte del foro romano en  la antigua provincia romana del municipium florentinum Iliberitanum, de sus entrañas emergieron los  grandioso cimientos del palacio de rey Badis,  también  fue parte de la rica hacienda nazarí y por últimos fue la verde huerta del convento que fundó la mismísima  Isabel la Católica.

 

En este barrio milenario cada piedra tiene un pasado y el del Huerto del Carlos es inmemorial. Sus orígenes se remonta al siglos XIII, sobre las ruinas del fausto palacio del rey zirí  se fue asentado la huerta alta de la Alcazaba Cadima. Mohhamed “el cojo” de la dinastía nazarí vendió el año 1478 estos terrenos a su hija Aixa ( la que seria esposa de Muley Hacen y madre del ultimo rey de Granada). En estos estratégicos terrenos  se levantó en el siglo XV el palacio Dar-al-Horra ( de la Señora o de la Sultana), quizás este recoleto palacio fue la ultima construcción de la dinastía nazarí en Granada, de reducidas dimensiones nos recuerda a una pequeña Alhambra. En comunicación visual directa con los palacios  Alhambreños, fue la residencia, en diferentes tiempos,  de las dos mujeres que tuvieron en sus manos el destino de la Granada árabe. Aixa y Zoraida de físico y  carácter  muy diferentes fueron las eternas rivales .El palacio Dar-al-Horra se convirtió un autentico avispero donde los celos, el orgullo, la envidia y los intereses maternales fueron envenenando la sangre de un pueblo que no dudó en tomar parte en una guerra fratricida y suicida.

Palacio Dalhaorra el primer emplazmiento del convento de Santa Isabel la Reaql

Palacio Dar-Al-Horra,

Las secretas capitulaciones supuso el  punto final  de la aventura musulmán en la península. Una cláusula de este documento recoge explícitamente la venta del Palacio Dar-al-Horra,( propiedad de Boadil ) a los Reyes Católicos.  Fernando  de Aragón como pago a  los servicios prestados por Hernando de Zafra  en la culminación de la empresa granadina  le cedió este palacio y huertas anejas. El liderazgo del siniestro caballero Zafra fue decisivo en las negociaciones de la torre de Comares, lugar donde se gestaron las envenenadas capitulaciones. Tanto honor  y dinero le reporto a Zafra la rendición que no dudo en incorporar la torre de Comares a su escudo mobiliario. Hernando de Zafra tomó posesión de su regalo, iniciando una serie reforma que tenia como fin adecentar al gusto castellano el sugestivo palacio.

Escudo nobiliario de los Zafra

Durante siglo XV la orden franciscana era uno de los movimientos mendicantes mas influyente de la vieja Europa, incluso se pensó en crear una nueva provincia franciscana para evangelizar los territorios reconquistados. La reina Isabel la Católica  muy influenciada por la orden del Santo de Asís, decide fundar por cédula Real de 1501 en el mismo recinto de la Alambra un convento de clarisas franciscanas, pero  al estar la fortaleza ocupada por soldado hace que su propósito resulte inviable.

Contratiempo que le lleva a poner sus  ojos en alto Albaicin, y concretamente en el palacio nazarí de Dela – horra. Para ello le exige al secretario Zafra la permuta de esta hacienda por otra que la corona le cede en el entorno del río Darro. La reina dotara con generosidad al Monasterio de santa Isabel la Real  La fundación  efectiva se realizará en 1504. Desde Córdoba   un grupo de 20 monjas al mando de doña Luisa de Torres, viuda del condestable de Castilla D. Miguel Lucas de Aranzo, llegaran para tomara posesión del palacio árabe. Lo primero que hicieron fue soterrar los baños y  tratar de adaptar el recito a la vida monacal.

Al convento nunca la le falto los favores reales, la reina dos meses antes de morir quiso amplia la renta asignada  y que el  monasterio pudiera acoger a veinte nuevas vocaciones.También por decisión de la católica reina se adquiere usas casas lindantes propiedad del morisco Fernando de Santafé

Claustro del monasterio de Santa Isabel la Real

 

Fue un convento de gran prestigio  y realengo, el preferido de la nobleza granadina, fueron las  mojas  de la Reina y llegaron ser más de cien.

Con las dotes reales y   herencias de las novicias  en 1510 comienzan las primeras obras del monasterio,  la iglesia se culmina en 1522 siendo una de las primeras  que se erigen en Granada después de la conquista.

Compás del Monasterio de Santa Isabel la Real

Entre 1574 y 1592 se construye el magnífico claustro de cenobio que será  capaz de albergas a más de cien religiosas. El monasterio siempre disfrutó de una extensa huerta, donde unas humildes casillas y una espléndida  alberca árabe que reluce  entre las verdes paratas.

Con el siglo XVII llegó el ocaso del monasterio de Santa Isabel la Real, una serie de graves problemas afectaron al convento  real. La corona tenia derecho a nombras religiosas sin dote, las relaciones con el estado dejaron de ser tan ventajosas y junto con las frecuentes obras de restauración hizo su mantenimiento  insostenible.

Los nuevos movimientos anticlericales  dieron sus frutos y en 1798  se le obligó al convento realizar la declaración de bienes inmuebles y por lo tanto se vio  obligado a pagar a la corona una gran suma .

Compás del Monasterio de Santa Isabel la Real. A la izquierda la casa de los porteros, donde años atrás nacería Carlos...

La desamortización de Mendizábal de 1835 consigue que todos los conventos masculinos de Granada se cierre. También sucumbe la gran mayoría de  cenobios femeninos. El convento de Santa Isabel la real es unos de los pocos que se respetaron, pero tuvo que acoger a otras comunidades religiosas que había sido desposeídas.

 

Esta desamortización también supuso la expropiación de del palacio de Dela- horra y la gran huerta anexa. Las monjitas no lloraron la pérdida de un palacio en ruinas que a penas utilizaban , lo que realmente le afectó fue el verse privadas de esa inmensa y fructífera huerta

Claustro del monasterio de Santa Isabel la Real

Fueron tiempos de penuria para en monasterio real , en mas de una ocasión se recurrió a la socorrida rifa de un nacimiento para poder costear la dote una nueva novicia.

La suerte le cambio  en 1922 ,el monasterio es declarado monumento Nacional, y obtiene en el año 1928 el permiso pertinente para poder vender al estado el palacio  que fue primera vivienda de la orden en Granada.

 

En la actualidad una docena de monjas conviven en el monasterio, que desde su cuestionada clausura se consagran a la oración y a la  meditación.  Para poder mantenerse económicamente se dedican a la fabricación de formas para la consagración y deliciosas magdalenas. En estos  últimos años han tratado de subir sus rentas enseñando al público su rico patrimonio,

Calle de Santa Isabel las Real

 

A principios del siglo XX los porteros del convento recibían con alegría la llegada de un nuevo vástago. Lo llamarán Carlos y sin saberlo llegará a ser  muy popular en  mi  barrio. Su nombre reverberando de boca en boca   volverá a bautizar ese enclave que tanta historia atesora. El sabio  pueblo  siempre banaliza lo solemne y trata  de simplificar complejo. Y que cosa más  simple que llamar el huerto donde vive Carlos “ El Huerto de Carló”

 

Panorámica del huerto del Carlos.

El huerto del Carlos que mi generación conoció fue un verdadero paraíso terrenal. A la  sombra de  altos cipreses y grandiosas magnolias  florecían toda clase de árboles frutales: perales, manzanos, membrilleros y todas las variedades de higueras; también hubo caquis, ciruelos y uvas de múltiples los colores. Nunca faltaron los floridos e inmaculados almendros   los rojos granados y los dorados membrilleros. Con las  fragancias de naranjos y limoneros cada año estallaba una nueva  primavera.  Aún recuerdo con asombro como la encrespada  zarzamora  no dejaba de trepar tratando de tapar cualquier brecha abierta en sus altos tapiales

Calle de Santa Isabel la Real al izquierda el gran muro del Huerto del Carlos. Finales de Siglo XIX.

En el ángulo noroeste, muy cerca del aljibe del rey , una gran alberca, de profunda y verdes aguas daba frescura y vida al magnífico vergel. Un caprichoso  entramado de acequias y canalillos  repartía con generosidad por doquier el liquido elemento. Siempre nos impresionó el profundo y caudaloso cauce  que a manera de río principal cruzaba el huerto de parte a parte, por donde  navegaban  nuestros inquietos  barquitos de papel , que tras  singladura incierta  los veíamos  desparecer por la secreta escotadura abierta en las recia tapia conventual.

Carlos que desde el anonimato nunca sospecho que su nombre perduraría en nuestra memoria colectiva. A este emblemático rincón  se le ha conocido con múltiples nombres, huerta real , huerta de Santa Isabel Real, plaza de Cristo de la azucena, pero fue aquella generación  de  posguerra la que le puso el nombre que se han mantenido en el tiempo” El  Huerto del Carlos”.

Entrada al convento de Santa Isabela la Real.

Carlos labriego de larga tradición  supo decorar con repetitivos surcos su fértil campo , salvar  desniveles con primorosas paratas, acarrear aguas y con sus manos acariciar un una oscura tierra que lo supo compensar. Tanto esfuerzo siempre le valió la pena, exuberantes verduras y hortalizas alegraron sus ojos. Apreciados fueron sus pimientos verdes, sus tomates reventones, y sus tiernas habas, tampoco faltaron ajos, cebollas, pepinos, sandía y esas grandes calabazas que  devotamente  Carlos regalaba a las monjitas, que con paciencia y no poco amor transforman en meloso cabello de ángel.

Calle Santa Isabel la Real, casa del Luna e inicio del Huerto del Carlos, con su gran muro desconchado (años cincuenta)

Un grueso y alto tapial separa el huerto de la calle Santa Isabel  la Real, debido al gran desnivel más de una vez  se vio la silueta de Carlos asomarse a la corta tapia interior y saludar a sus vecinos  que caminaba bajo ese  alto y vertiginoso tapial exterior

Al fondo el principio de la calle Pilar Seco y en la esquina la casilla del agua año 1959 (foto propiedad de Jesús Expósito Marín)

En la esquina donde confluye la calle Pilar Seco con  el carril de Santa Isabel  la Real, se localizaba la “casilla del agua” un registro árabe  donde  un gran  ramal del aljibe del rey se bifurcaba para dar riego a las zona más baja de la alcazaba Cadima” .Con solo una puerta y de escasa dimensiones era capaz de dar agua a diestro y siniestro. Quizás la tapia de menor solidez fue la situada al principio de la calle Pilar Seco, acompañado a la inclinación de la calle siempre supo mantener la misma altura, con una clausurada puerta verde y coronada por cortantes cristales, fue la más querida por mi. La calle era mucho mas estrecha que ahora, y cuando nos asomábamos  al volado balcón familiar parecía como si estuviéramos dentro del fabuloso huerto.

 

La calle Pilar Seco y sus vecinos se llenan de alegría, una guapa pareja que se unirán para siempre.(Foto propiedad de la familia Maturana)

A la altura de actual numero 6,  la desconchada tapia daba paso a una formidables inmueble de dos pisos de altura,  rematado con airoso torreón, azoteas de blancas ropas y los ajetreados palomares. Con dos puerta de acceso y  muchas escaleras allí vivieron más de una decenas de familiar. Su fachada  llegaba casi  a la placeta del Cristo de la Azucenas.

A continuación una escueta tapia  sirve para encajar un gran portón de agrietada madera. Anchurosa y con recio tranco de piedra fue la puerta principal , por ella acceden los vecinos que tienen sus viviendas  dentro del recinto,  también  la atraviesan los burros de  serones cargados, los vendedores  ambulantes con cestas rebosantes de frescas verduras. Con frecuencia veremos las alocadas cabras dispuestas a rumiar los últimos resto de hierba y de paso fertilizar el terreno, igualmente cruza el dintel la revoltosa chiquillería, y  los bañistas que todos los veranos se refrescan por un par de pesetas.

La alberca del Huerto del Carlos

Asiduo visitantes son  el trapero que te cambia kilos de ropa vieja por un tazón de loza, el guardia que pregunta por algún vecino, el chavalín de la telefónica que porta un  urgente telegrama. El cañero con su acetre y caña al ristre que busca el dichoso atranque, y el lechero con sus cantaros bamboleándose en oxidada bicicleta. Todos esperan  a que aparezca el panadero  de Alfacar con  su portentosa jaca, en ocasiones se deja ver el afilador con su flauta entre dientes, el hojalatero con su socorridos remaches, el  chatarrero con su sucia apariencia y de tarde en tarde al párroco con su monaguillos prestos para  acompañar  algún vecino en su último viaje

 

Un emparrado cubre su entrada al aire libre, dando paso a un extraño laberinto de poyetes y muretes  que termina en una larga fila de pilas lavanderas de dos cuerpos, retretes, tendederos, cachivaches, pilares y tinajas intentan de facilitar la vida del concurrido vecindario.

Una simpática y entrañable pareja aprovecha el huerto nevado para hacerse una foto (años cincuenta)

Dando al callejón de las monjas  también se levanta otro inmueble pero de menos entidad que el descrito anteriormente, es una zona mas sombría y siniestra, será que muy cerca esta el lúgubre arco de las monjas. En el callejón de las monjas existía una serie de registros y cauchiles que los vecinos lindantes manipulaban para sustraerle agua a las monjas. Esta practica era tan frecuente que al primer tramo de la calle siempre se le conoció como el Ladrón del Agua. La mala práctica ya era vieja y conocida, en una cédula real de Felipe IV además de ratificar  la concesión  que su tiempo le hicieron  los Reyes Católicos, por la que el convento podía disponer de abundante agua de Alfacar todos los lunes, desde primera hora de la madrugada hasta el medio día, castigaba con severidad a todo aquel que le quitase agua a las monjas imponiéndole el castigo de verse privado del agua que le correspondiera durante 12 días, castigo que se verían ampliados en caso de reincidencia.

 

Al Oeste unas altas y pardas tapias lo separa del campo santo de las monjas de clausura, sus altas higueras han sido taladas para que nadie se pueda asomar al misterioso cementerio. Bruscamente al llegar a la vivienda de los porteros del convento la tapia pierde altura, ”cosa que sabíamos los que jugábamos cerca , era el sitio donde siempre perdíamos la pelota”, hasta llegar a la fachada norte de la casa del Luna “ hoy hotel Santa Isabel La Real” donde cuatro irregulares huecos y un blanco torreón destacaba sobre una maraña de permanente verde

A finales de los  sesenta el huerto del Carlos pierde su esplendor,  entrando   en una lánguida y larga agonía. El ayuntamiento como mayor propietario del solar, enajena las humildes construcciones perimetrales del noroeste donde se hacina gran número de familias

El primer muro en caer fue el que daba a la calle Santa Isabel La Real, un día su zona central se reventó convirtiéndose en una escombrera donde los vecinos estuvieron depositado sus basura durante mucho tiempo.

A los vecinos del huerto del Carlos no los desalojaron de la noche a la mañana como ocurre hoy en día. En  los sesenta el Albayzin era un barrio densamente poblado y con pocas viviendas para arrendar. A los inquilinos  no se le permitía adecentar sus viviendas, con estupor veían como sus casas se desmonoraban con el paso del tiempo. Algunas familias encontraron acomodo en casas cercanas, otros no tuvieron problema en marcharse  para siempre, y no pocos, los que contaban con menos recursos quedaron atrapados entre sus ruinosos muros.

Apunte del huerto del Carlos años sesenta

En  la desconchada tapia que daba al Pilar Seco,  con la ayuda de nuestras infantiles manos, fueron apareciendo los primeros  agujeros, con el tiempo se convirtieron en  boquetes por donde entraban nuestros menudos cuerpos. Dentro vivimos aventuras de cine, sus altos matojos y frondosos árboles fueron la selva de Tarzán y la verdes praderas de la Ponderosa.

Cuando apenas  llevabamos  diez minutos dentro del huerto del Carlos siempre pasaba lo mismo , aparecía por la ventana de la única casa habitada la figura de una señora mayor de cara mofletuda, de moño blanco y siempre vestida de negro, y  que con voz gritona nos decía,” niños, niños iros de aquí , fuera de mi casa, si no os vais llamo al Guardia. Al principio nos asustaba pero con el tiempo no le hacíamos ni caso y con descaro le  llamábamos “vieja,  vieja pelleja”.

Abuela Mercedes

Un día pasó algo inaudito,  en toda la mañana no apareció  nuestra vieja aguafiestas. A la mañana siguiente nos enteramos que  también ella  se marcho, pero no por orden del ayuntamiento sino por mandato divino. Cumplió con su palabra “nunca me iré de mi casa” y una triste tarde en  oscura caja de pino se la llevaron.

Las casas abandonadas de  huerto del Carlos junto a los tapiales que lo cercaba se fueron deteriorando, pronto amenazaron  ruina y derrumbe. Un buen día apareció por allí una cuadrilla de bomberos, que con picos y palas fueron abatiendo al decrepito huerto del Carlos, que herido de muerte se desplomaba para convertirse en un cascajar. Para nosotros supuso el no tener que colarnos por los agujeros de sus tapias y además un gran trabajo. Mi abuela, mujer previsora y ocurrente, nos invitó a rebuscar entre los escombros del huerto y rescatar aquellos ladrillos en buen estado que se pudieran utilizar en las frecuentes obras de nuestras casas. Fueron semanas de acarrear polvorientos ladrillos  y de terminar más sucios que unos mineros.

Fue como la caída de una gran muralla, en poco tiempo allí   llegaron niños de otras calles más lejanas, e inclusos de sitios apartados que no conocíamos.

Muchos de los árboles se secaron, otros fueron destrozados y no pocos ardieron pastos de las frecuentes lumbres.

El muro sur del Huerto del Carlos se acaba de desplomar. (fotografia propiedad de la familia Maturana)

La zona sur  era la más plana y  concurrida, con el tiempo los irregulares surcos de labranza se allanaron, se arrancaron los tocones de cuajo, se apartaron las  piedras y después de mucho tiempo, aquel accidentado lugar se convirtió en un anchuroso y liso campo de fútbol. Esta espontánea transformación hizo que el huerto del Carlos se convrtiera durante los años sesenta en el polideportivo de los niños albaicineros. Se hicieron liguillas entre calles y barrios, fue un sitio  concurrido por niños y adolescente. Difícil resultaba  coger la vez para jugar al fútbol. También disponía de múltiples rincones donde jugar a la lima, al trompo, a las canicas, al palito inglés y a lo que se nos ocurriera.

En el huerto de Carlos se hacían amigos. Al fondo la calle Pilar Seco. El del centro se llama Ceballos y era el mejor futbolista de los alrededores.

El huerto del Carlos siempre gozo de expléndidas vista a la Alhambra y Sierra Nevada. Rodeado por históricas construcciones  fue escenario de no pocos rodajes cinematográfico, allí vimos a los amarillos San Benitos arder en las hogueras de la Santa Inquisición, triste escenas de la película  “El hombre que supo amar “ donde se nos relata la vida de un humano San Juan de Dios que  encarnaba magistralmente el actor   Timothy Dalton.

 

En los años sesenta el ayuntamiento proyecta en este espacio la construcción de un grupo escolar con casas para los maestros y un consultorio médico. Pero como las cosas de palacio van despacio, las primeras catas no llegaría hasta los años setenta.

Con el tiempo llegaron  las primeras excavaciones  y con ellas el desconcierto. Debajo había demasiada historia, restos valiosos que se perderían con los profundos cimientos que necesitaría la nueva edificación. Y como siempre pasa cuando surge un problema, todo se paro hasta nueva orden. Pero para nosotros aquellos profundos hoyos representaron el ocaso  de nuestro querido campo de fútbol. Fue el final de aquel lugar de juegos y diversión. Mas tarde se dio permiso para  que se pudiera arrojar escombros dentro de los peligrosos agujeros. Llego un día que los agujeros se cegaron, pero como no cesaron de tirar desechoss  en los años 80 el huerto del Carlos se convirtió en un auténtico vertedero donde se arrojaba  los escombros de cualquier obra que se hiciera en el Albaicin

Al principio de los 90 en la zona suroeste del Huerto del Carlos se retiró el escombro y con un ajustado presupuesto se levantaron parterres, se colocaron bancos y se plantaron algunos árboles. La pequeña intervención a causa de una deficiente ejecución y un pésimo mantenimiento a penas perduró unos años.

En 1994 el Albayzin esta de enhorabuena, acababa de recibir de la UNESCO el título de Patrimonio de la Humanidad. Fueron tiempos de esperanza  y proyectos para el barrio.

La primera remodelación del Huerto del Carlos

A nuestro  huerto del Carlos ya se le llamará plaza de Santa Isabel la Real.La fundación patrimonio del Albayzin proyectará su revitalización integral, se propone la construcción de: Un zoco con tiendas taller, de un recinto donde se exponga los hallazgo arqueológicos de la zona y la puesta en marcha de un parking subterráneo  con fines medioambientales y sociales.

El verano de 1998 antes de entrar a saco con excavadoras  y destrozar el importante yacimiento arqueológico, con muy buen criterio se decide la realización de excavaciones arqueológicas. Aunque ya se conocía por documentos históricos los entresijos del lugar, los resultado no se hicieron esperar, en aquellos 12 sondajes realizados afloraron 2500 años de historia de la ciudad de Granada. Allí cohabitaron en diferentes tiempos y con desigual intensidad prácticamente todos los pueblos que ha pasado por la península Ibérica.

Aparcamiento del huerto del Carlos

Con la ayuda de fondos europeos en poco tiempo se construyó un mamotrenco y destartalado parking subterráneo. Y sobre él se proyectó una zona verde y de esparcimiento. El resultado es una Plaza aterrazada, ramplona e impersonal que no gusta a nadie. Perimetrada con unos grandes muros disuasorios que limitan la accesibilidad desde las  calles colindantes, presenta en el centro una distribución y ajardinamiento simétrico que no coincide  con la  idiosincrasia del barrio.  A los albaicineros nos gusta lo irregular, lo irrepetible, la sorpresa , la improvisación y no la monotonía de lo previsible.

De todas manera la Plaza sigue contado con unas increíbles vistas. Pese a esos blancos y horribles duplex, fruto de una especulación  que ha  logrado obtener  una plusvalía visual en detrimento del beneficio común. Desde la  Plaza todavía se vislumbra a la derecha el antiguo baluarte de Torres Bermejas, y casi adosadas a ellas  emerge la Alcazaba de la colina roja, con su Torre de la Vela que a manera de proa enseña su rostro a la verde Granada, le sigue la dorada torre de Comares ejemplo de riqueza y esplendor de los palacios nazaries.

Vista desde el huerto del Carlos

 

Y por detrás, la Sierra de blancura permanente que, después de enmarcar  a la Alhambra ,se eleva y se eleva para desgarrar el cielo azul.

Pero quizás lo que más nos puede llamar  la atención de esa Plaza , es su silencio, acunada por antiguas construcciones a ella no llegan el  ajetreado ruido del  barrio, por todos los rincones se percibe esa calma armoniosa donde el constante canturreo de los pájaros se mezcla con el puntual repiqueteo campanil del convento

Ultima rehabilitación del Huerto del Carlos

Hace pocos meses se inauguró la última remodelación de la Plaza, el vandalismo, el abandono y el desinterés de la administración ha hecho que esta sea la tercera remodelación emprendida por el ayuntamiento en los últimos diez años.

El destino de esta plaza sigue siendo incierto y no falto de polémica. Los restos de la magnifica muralla ibérica se han tenido que sepultar en arena para salvarla de la barbarie

Se pensó en vallar su perímetro para evitar el gamberrismo y su mal uso. Pero la falta de consenso entre los partidarios de “vallar” y” no vallar”, se opto por la salomónica decisión de que todo siguiera igual.

En la actualidad la Plaza es un auténtico cajón de sastre donde  se mezclan, turistas, vecinos, niños, perros, guitarras, antisistemas, botellones , tambores y sobre todo mucha basura.

Los estridentes voceríos junto a  los destemplados tambores , y escandalosas borracheras hacen que las tardes- noches estivales sean insoportables para las enclaustradas monjitas  y para todo bicho viviente.

 

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El RAPTO DE LA DIFUNTA O DE LA NOVIA ” Leyenda Albaicinera”


Que  grises y tristes son esos primeros días de noviembre, tiempo de  trascendentales pensamientos. Sin pretenderlo nos invade la idea de que esta  incierta vida tiene un  infalible destino. Parece que en algún lugar imposible de precisar esta ella, la indeseada dama blanca, que espera sabiendo que algún día acudiremos a su cita, todo es simplemente cuestión de tiempo.

Al hilo de estos días sombríos nuestro colaborador Jesús Expósito Marín   desde la simpleza  que te regala le edad  nos recrea una  insólita leyenda albaicinera.

EL RAPTO DE LA DIFUNTA O DE LA NOVIA

D.Enrique de Samaniego

D.Enrique de Samaniego

 

Era don Enrique de Samaniego el paradigma de soldado curtido en los tercios de Flandes, seguro de sí mismo, mujeriego y egocéntrico, camorrista y pendenciero, la clase de hombre acostumbrado a estar siempre en primera línea en el campo de batalla donde el riesgo de perder la vida es mayor.

Había llegado a Granada para recuperarse de una herida de arcabuz que casi le cuesta el pellejo, venía a alojarse en casa de su tío. El como toda su familia procedían de Madrid desde donde un hermano menor que su padre llegara hace años para casarse con una dama granadina y fijar aquí su residencia.

Fue recibido con los brazos abiertos por el hermano menor de su padre que tenía todo dispuesto, para una confortable y feliz estancia de su sobrino en la capital. Su carácter alegre y resuelto le fueron muy útiles a la hora de hacer amigos y su apostura personal le ayudó hasta tal punto que le hizo muy popular entre las damas de su ámbito social. Tenía la bebida por afición y en una de aquellas juergas tabernarias escuchó a uno de sus contertulios hablar de una muchacha de belleza singular a la que adornaban virtudes extraordinarias. Vivía esta muchacha en una de las bocacalles que van a dar a la cuesta de San Gregorio cerca del templo del mismo nombre y de la Calderería granadina.

Calle de San Gregorio

Calle de San Gregorio

Fue entonces cuando su espíritu burlesco e irreverente, intrépido e irrespetuoso golpeó en la cara a los asistentes, antes de un mes aquella extraña flor sería suya.

Maquinó un plan para seducir, con el ánimo luego de repudiar tan eminente conquista y añadir una infamia más a su ya abultado historial. Según le contó este amigo, salía siempre acompañada de una señora ya metida en años, gorda y parlanchina que hacía las veces de ama de llaves. El primer problema que habría de resolver sería como deshacerse de tan voluminosa presencia y quedarse a solas con doña Isabel como se llamaba su supuesto amor.

Después de darle muchas vueltas y exprimir su cerebro optó por recurrir al vil metal; el soborno. El soldado contactó con el ama de llaves en una de las muchas salidas que solía hacer sola, y comenzó el pérfido juego.

Doña Isabel de Salvatierra

Doña Isabel de Salvatierra

El ama de llaves convenció a Doña Isabel de Salvatierra de las nobles y honestas razones e intenciones, además del genuino amor que sentía por ella don Enrique de Samaniego. En la puerta trasera del carmen granadino de los Salvatierra se concertó la primera cita en la que todo fue miel sobre hojuelas para don  Enrique. A estas siguieron otras llegando a nacer entre los dos jóvenes algo verdadero. Tan extrañado estaba don Enrique consigo mismo y tan confusa su mente que no encontraba explicación de porque aquellos primeros planes de burla y perfidia habían trocado en algo tan maravilloso, no era propio de él.

La casa Porras

La casa Porras

Todo esto ocurría mientras el padre de doña Isabel viendo llegar a su hija a la edad casadera la prometió en matrimonio con el hijo de un hidalgo viejo amigo suyo, llegado el momento así se lo hizo saber a su hija provocándole el desconcierto y el más absoluto abatimiento , hasta tal punto que cayó enferma . Los médicos afirmaron que en el cuerpo todo estaba bien que era cosa más bien de su estado de ánimo y en pocos días estaría bien como así ocurrió.

Calle Caldederia

Calle Caldederia

No había otro camino que la obediencia ciega al padre, ella se lo comentó a su enamorado galán y juntos vieron la forma de burlar el deseo paterno y así quedó el asunto: poco antes del anochecer del día siguiente se presentaría don Enrique a caballo en la puerta trasera de la residencia albaicinera de los Salvatierra que daba a la Casa de Porras, ella esperaría en el muro exterior semicubierto por la yedra y juntos simularían una huída que no tenía otro objeto que forzar al padre a un matrimonio al que en circunstancias normales nunca hubiera dado su consentimiento. Al día siguiente después de haber dedicado la mañana a dar un largo paseo por la ribera del Darro, don Enrique comió en casa de sus tíos y durmió una opulenta siesta, en cuanto se levanto se echó a la calle y se encontró con unos amigotes  ociosos igual que él, así comenzó una pequeña farra tabernaria, que terminaría cuando cayó en la cuenta de que ya empezaba el día a declinar lo que motivó una apresurada salida a caballo por las calles semidesiertas de la ciudad. Entre la larga cabalgada, el morapio ingerido y los nervios propios del lance, además del negro manto que empezaba a envolverlo todo , don Enrique al llegar al lugar acordado no logro divisar más que una figura apoyada en el muro impolutamente vestida de blanco , la tomó de la cintura y la aupó a la silla del caballo.

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La noche se había vuelto infernal , una tremenda tormenta iluminaba el camino , el fuerte viento doblaba las ramas de los árboles haciéndolos parecer figuras colosales, recorrieron la calle Elvira subiendo por la puerta del mismo nombre , internándose en el antiguo cementerio árabe en dirección al monasterio de monjes cartujos ya cerca del monasterio una gran ráfaga de viento y un inmenso rayo hicieron la noche día , el velo que cubría el rostro de la dama voló y quedaron al descubierto unos rasgos cadavéricos que horrorizaron a don Enrique ¡ había visto el rostro de la muerte ¡. Al instante el caballo relinchó y rampando sobre sus cuartos traseros pareció volverse loco y el caballero cayó inconsciente sobre la tierra empapada.

A la mañana siguiente los frailes lo hallaron delirando parecía un anciano la desdichada Isabel había fallecido la tarde anterior por causas no determinadas según los médicos y fue enterrada en una iglesia ya desaparecida de la ciudad. En cuanto a don Enrique el recuerdo de aquella noche le hizo pensar en Dios e ingresó en dicho monasterio hasta que al año dejó este mundo.

Estos hechos corrieron de boca en boca y de generación en generación durante siglos hasta que con el transcurso del tiempo desaparecieron en una densa e impenetrable niebla, pero en el pueblo quedó el recuerdo indeleble de este hecho que la gente llamó el rapto de la difunta o de la novia.

Basada esta vieja tradición en una obra de Francisco de Paula Villa–Real.

Féretro camino del cementerio. Cuesta de los chinos

Féretro camino del cementerio. Cuesta de los chinos

 

Jesús Expósito Marín.

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Vendo cobre viejo


4285b2da4a13d2eb0b351445665e537fSin duda la infancia es el tiempo de las edades de la persona que deja más profundas huellas sobre nosotros. Es un tiempo que reposa sobre una superficie suave y tremendamente blanda, es por ello que toda experiencia vivida en el territorio de la infancia queda grabada dejando marcas indelebles en nuestra vida. Profundas huellas ávidas de salir a nuestro encuentro a la menor oportunidad. Recuerdos que cimientan lo que somos y que sin ellos nada en nosotros tendría sentido. El paso del tiempo endurece la superficie y el material que construye nuestra existencia y de ahí que las huellas que dejan en nuestro devenir sean superficiales, casi imperceptibles. Con frecuencia cruzo la frontera que separa mi realidad actual, mi ahora, de aquel tiempo de infancia y me sumerjo en él remembrando como si de ayer se tratara cada vivencia. Evoco recuerdos de mis sitios preferidos de mi infancia.
Sin gran esfuerzo me veo con un cacho de pan en la mano y una onza de chocolate, paladeando cada sabor que almacené en mi memoria gustativa y que aun hoy recuerdo, ese sabor tan entrañable a pan cocido en horno de leña de las muchas tahonas habidas en el Albayzín de mi infancia. Las recuas de burros llevaban colmados de ramas de pinos carrascos los serones de esparto y pleita con los que se enjaezaban los burros de carga por las calles de mi barrio y que a la puerta del horno de San Miguel Bajo tantas veces vi descargar, equinos venidos a menos por su condición de burros que apenas sefarola-callejon-gallo-20150911 divisaban entre el abusivo volumen de su carga. Con presteza el arriero desanudaba la soga que de serón a serón pasaba bajo el vientre del burro y así éste quedaba liberado de su pesada carga. Qué agradables matices dejaba en mi paladar aquel pan de hogaza o bollo que Pepe pala en ristre sacaba recién horneado y que por un duro vendía directamente de las banastas en la puerta del horno. En aquellos días en mi barrio los empleados de la Sevillana procedían a la instalación del nuevo alumbrado público, nuevas farolas que debían sustituir a las existentes, desvencijadas y ajadas por el tiempo y sobre todo dianas de las furtivas pedradas de los chaveas del barrio. Alguna de ellas también fue apedreada por mozos y mozuelas que necesitaban intimidad para sus amoríos, besos clandestinos, esquivos a las miradas ajenas. Jamás vi lucir la farola del Callejón de la Monjas, siniestro paraje al anochecer propicio para los amores furtivos.
Entre bocado y bocado de pan con chocolate me dirijo a la Cuesta María de la Miel en dirección a la calle Aljibe de Trillo, para rebuscar los restos de cable viejo y nuevo que los operarios de Sevillana han despreciado para mi suerte sobre las empedradas calles del Albayzín, iban a tajo, calle a calle sustituían la instalación eléctrica y las viejas farolas, y dejaban un reguero de cables repelados procedentes de empalmes y conexiones. Donde daban por conclui14581480_1083613011686672_7958202214529753466_nda la jornada solían dejar más abundancia de restos de material eléctrico, de ahí la importancia de intuir dónde lo hacían. Aquel día fue en la calle Atarazana Vieja, justo a la puerta del parvulario de Doña Berta, que también llamaban escuela de los cagones. Era importante localizar el lugar donde daban de mano y conseguirlo antes de que lo hicieran otros chaveas, y de que los barrenderos con su manejo acompasado de los escobones de rama borraran el rastro de tan preciado material. El día se dio bien, una vez aquilatado el resultado de la rebusca, ebarrenderora menester dejar al desnudo los filamentos de cobre separándolos del plástico donde estaban envainados, esta cuestión no era baladí, pues el precio del cobre en la chatarrería sufría una importante oscilación según su estado.
Se afanan, embutidos en sus respectivos monos azules el Goro padre y sus dos hijos a machotazo limpio, en sacar los bobinados de lavadoras y motores eléctricos que destripaban literalmente para obtener el cobre que contenían. Sobre un tocón de madera a golpe limpio en la Calle Horno de la Merced, bregaba este clan de chatarreros con todo tipo de artefacto achatarrado, todo ello envuelto en una atmósfera de fuerte olor a humo negro fruto de la combustión de los materiales inflamables de la chatarra en el bidón de latón. Me sorprendía ver cómo con las manos negras y llenas de grasa se disponían a media mañana a dar buena cuenta de la media hogaza preñada de chicharrones.alternators-and-starters-scrap
El Goro padre abandona la machota y se dirige a por la romana para pesar el cobre que durante el tiempo que duraron las tareas de sustitución de las farolas en el barrio, acumulé y que pretendía convertir en dinero mondo y lirondo. No me fiaba, siendo yo un niño, de que el fiel de la romana recogiera el valor cobreexacto del cobre que llevaba y de que fuera pagado al precio fijado, por ello mi madre me acompañaba para hacer un trato justo. El Goro colgó en el gancho la talega con el cobre y redondeaba a la baja su peso, a lo que mi madre respondía redondeando al alza, y la discusión con el ni pa usted ni pa mi quedó zanjada. Mi madre me compró en el horno del Correas y la Nena, junto al pilarejo de las Angustias de la Calle Elvira, una torta de manteca y por la Cuesta de Abarqueros ufano subía junto a mi madre con el dinero recaudado. Fueron tiempos difíciles donde nada sobraba y muchas cosas escaseaban, de ahí qaac6c06d7c6f3fdf2286c803afb557f5ue las economías familiares salían adelante con muchas faenas y tareas que se hacían a domicilio, se envasaban especies en carterillas, se pintaban figuritas de vírgenes, niños Jesús, tunos y tunantes, eran otros tiempos. Fueron los tiempos de antes.
Eran tiempos de escasez los que envolvían con el manto de la necesidad a muchos de los moradores del Albayzín de mi infancia, se imponía la economía de subsistencia, hojalateros que arreglaban ollas y peroles, chatarreros, traperos, afiladores, semaneros, etc., fueron personajes principales de aquel Albayzín que ahora recuerdo y que desde la huella profunda que dejaron en mi recuerdo ahora convoco.

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