El Huerto del Carlos, nacimiento, vida y muerte de un rincón albaicinero.


Ubicación

Acotado  por las calles Santa Isabel la Real al sur, callejón de las monjas al norte , el Pilar Seco al este y el convento de Santa Isabel al oeste ,el huerto del Carlos se le puede considerar como un auténtico solar de reyes. Formó parte del foro romano en  la antigua provincia romana del municipium florentinum Iliberitanum, de sus entrañas emergieron los  grandioso cimientos del palacio de rey Badis,  también  fue parte de la rica hacienda nazarí y por últimos fue la verde huerta del convento que fundó la mismísima  Isabel la Católica.

 

En este barrio milenario cada piedra tiene un pasado y el del Huerto del Carlos es inmemorial. Sus orígenes se remonta al siglos XIII, sobre las ruinas del fausto palacio del rey zirí  se fue asentado la huerta alta de la Alcazaba Cadima. Mohhamed “el cojo” de la dinastía nazarí vendió el año 1478 estos terrenos a su hija Aixa ( la que seria esposa de Muley Hacen y madre del ultimo rey de Granada). En estos estratégicos terrenos  se levantó en el siglo XV el palacio Dar-al-Horra ( de la Señora o de la Sultana), quizás este recoleto palacio fue la ultima construcción de la dinastía nazarí en Granada, de reducidas dimensiones nos recuerda a una pequeña Alhambra. En comunicación visual directa con los palacios  Alhambreños, fue la residencia, en diferentes tiempos,  de las dos mujeres que tuvieron en sus manos el destino de la Granada árabe. Aixa y Zoraida de físico y  carácter  muy diferentes fueron las eternas rivales .El palacio Dar-al-Horra se convirtió un autentico avispero donde los celos, el orgullo, la envidia y los intereses maternales fueron envenenando la sangre de un pueblo que no dudó en tomar parte en una guerra fratricida y suicida.

Palacio Dalhaorra el primer emplazmiento del convento de Santa Isabel la Reaql

Palacio Dar-Al-Horra,

Las secretas capitulaciones supuso el  punto final  de la aventura musulmán en la península. Una cláusula de este documento recoge explícitamente la venta del Palacio Dar-al-Horra,( propiedad de Boadil ) a los Reyes Católicos.  Fernando  de Aragón como pago a  los servicios prestados por Hernando de Zafra  en la culminación de la empresa granadina  le cedió este palacio y huertas anejas. El liderazgo del siniestro caballero Zafra fue decisivo en las negociaciones de la torre de Comares, lugar donde se gestaron las envenenadas capitulaciones. Tanto honor  y dinero le reporto a Zafra la rendición que no dudo en incorporar la torre de Comares a su escudo mobiliario. Hernando de Zafra tomó posesión de su regalo, iniciando una serie reforma que tenia como fin adecentar al gusto castellano el sugestivo palacio.

Escudo nobiliario de los Zafra

Durante siglo XV la orden franciscana era uno de los movimientos mendicantes mas influyente de la vieja Europa, incluso se pensó en crear una nueva provincia franciscana para evangelizar los territorios reconquistados. La reina Isabel la Católica  muy influenciada por la orden del Santo de Asís, decide fundar por cédula Real de 1501 en el mismo recinto de la Alambra un convento de clarisas franciscanas, pero  al estar la fortaleza ocupada por soldado hace que su propósito resulte inviable.

Contratiempo que le lleva a poner sus  ojos en alto Albaicin, y concretamente en el palacio nazarí de Dela – horra. Para ello le exige al secretario Zafra la permuta de esta hacienda por otra que la corona le cede en el entorno del río Darro. La reina dotara con generosidad al Monasterio de santa Isabel la Real  La fundación  efectiva se realizará en 1504. Desde Córdoba   un grupo de 20 monjas al mando de doña Luisa de Torres, viuda del condestable de Castilla D. Miguel Lucas de Aranzo, llegaran para tomara posesión del palacio árabe. Lo primero que hicieron fue soterrar los baños y  tratar de adaptar el recito a la vida monacal.

Al convento nunca la le falto los favores reales, la reina dos meses antes de morir quiso amplia la renta asignada  y que el  monasterio pudiera acoger a veinte nuevas vocaciones.También por decisión de la católica reina se adquiere usas casas lindantes propiedad del morisco Fernando de Santafé

Claustro del monasterio de Santa Isabel la Real

 

Fue un convento de gran prestigio  y realengo, el preferido de la nobleza granadina, fueron las  mojas  de la Reina y llegaron ser más de cien.

Con las dotes reales y   herencias de las novicias  en 1510 comienzan las primeras obras del monasterio,  la iglesia se culmina en 1522 siendo una de las primeras  que se erigen en Granada después de la conquista.

Compás del Monasterio de Santa Isabel la Real

Entre 1574 y 1592 se construye el magnífico claustro de cenobio que será  capaz de albergas a más de cien religiosas. El monasterio siempre disfrutó de una extensa huerta, donde unas humildes casillas y una espléndida  alberca árabe que reluce  entre las verdes paratas.

Con el siglo XVII llegó el ocaso del monasterio de Santa Isabel la Real, una serie de graves problemas afectaron al convento  real. La corona tenia derecho a nombras religiosas sin dote, las relaciones con el estado dejaron de ser tan ventajosas y junto con las frecuentes obras de restauración hizo su mantenimiento  insostenible.

Los nuevos movimientos anticlericales  dieron sus frutos y en 1798  se le obligó al convento realizar la declaración de bienes inmuebles y por lo tanto se vio  obligado a pagar a la corona una gran suma .

Compás del Monasterio de Santa Isabel la Real. A la izquierda la casa de los porteros, donde años atrás nacería Carlos...

La desamortización de Mendizábal de 1835 consigue que todos los conventos masculinos de Granada se cierre. También sucumbe la gran mayoría de  cenobios femeninos. El convento de Santa Isabel la real es unos de los pocos que se respetaron, pero tuvo que acoger a otras comunidades religiosas que había sido desposeídas.

 

Esta desamortización también supuso la expropiación de del palacio de Dela- horra y la gran huerta anexa. Las monjitas no lloraron la pérdida de un palacio en ruinas que a penas utilizaban , lo que realmente le afectó fue el verse privadas de esa inmensa y fructífera huerta

Claustro del monasterio de Santa Isabel la Real

Fueron tiempos de penuria para en monasterio real , en mas de una ocasión se recurrió a la socorrida rifa de un nacimiento para poder costear la dote una nueva novicia.

La suerte le cambio  en 1922 ,el monasterio es declarado monumento Nacional, y obtiene en el año 1928 el permiso pertinente para poder vender al estado el palacio  que fue primera vivienda de la orden en Granada.

 

En la actualidad una docena de monjas conviven en el monasterio, que desde su cuestionada clausura se consagran a la oración y a la  meditación.  Para poder mantenerse económicamente se dedican a la fabricación de formas para la consagración y deliciosas magdalenas. En estos  últimos años han tratado de subir sus rentas enseñando al público su rico patrimonio,

Calle de Santa Isabel las Real

 

A principios del siglo XX los porteros del convento recibían con alegría la llegada de un nuevo vástago. Lo llamarán Carlos y sin saberlo llegará a ser  muy popular en  mi  barrio. Su nombre reverberando de boca en boca   volverá a bautizar ese enclave que tanta historia atesora. El sabio  pueblo  siempre banaliza lo solemne y trata  de simplificar complejo. Y que cosa más  simple que llamar el huerto donde vive Carlos “ El Huerto de Carló”

 

Panorámica del huerto del Carlos.

El huerto del Carlos que mi generación conoció fue un verdadero paraíso terrenal. A la  sombra de  altos cipreses y grandiosas magnolias  florecían toda clase de árboles frutales: perales, manzanos, membrilleros y todas las variedades de higueras; también hubo caquis, ciruelos y uvas de múltiples los colores. Nunca faltaron los floridos e inmaculados almendros   los rojos granados y los dorados membrilleros. Con las  fragancias de naranjos y limoneros cada año estallaba una nueva  primavera.  Aún recuerdo con asombro como la encrespada  zarzamora  no dejaba de trepar tratando de tapar cualquier brecha abierta en sus altos tapiales

Calle de Santa Isabel la Real al izquierda el gran muro del Huerto del Carlos. Finales de Siglo XIX.

En el ángulo noroeste, muy cerca del aljibe del rey , una gran alberca, de profunda y verdes aguas daba frescura y vida al magnífico vergel. Un caprichoso  entramado de acequias y canalillos  repartía con generosidad por doquier el liquido elemento. Siempre nos impresionó el profundo y caudaloso cauce  que a manera de río principal cruzaba el huerto de parte a parte, por donde  navegaban  nuestros inquietos  barquitos de papel , que tras  singladura incierta  los veíamos  desparecer por la secreta escotadura abierta en las recia tapia conventual.

Carlos que desde el anonimato nunca sospecho que su nombre perduraría en nuestra memoria colectiva. A este emblemático rincón  se le ha conocido con múltiples nombres, huerta real , huerta de Santa Isabel Real, plaza de Cristo de la azucena, pero fue aquella generación  de  posguerra la que le puso el nombre que se han mantenido en el tiempo” El  Huerto del Carlos”.

Entrada al convento de Santa Isabela la Real.

Carlos labriego de larga tradición  supo decorar con repetitivos surcos su fértil campo , salvar  desniveles con primorosas paratas, acarrear aguas y con sus manos acariciar un una oscura tierra que lo supo compensar. Tanto esfuerzo siempre le valió la pena, exuberantes verduras y hortalizas alegraron sus ojos. Apreciados fueron sus pimientos verdes, sus tomates reventones, y sus tiernas habas, tampoco faltaron ajos, cebollas, pepinos, sandía y esas grandes calabazas que  devotamente  Carlos regalaba a las monjitas, que con paciencia y no poco amor transforman en meloso cabello de ángel.

Calle Santa Isabel la Real, casa del Luna e inicio del Huerto del Carlos, con su gran muro desconchado (años cincuenta)

Un grueso y alto tapial separa el huerto de la calle Santa Isabel  la Real, debido al gran desnivel más de una vez  se vio la silueta de Carlos asomarse a la corta tapia interior y saludar a sus vecinos  que caminaba bajo ese  alto y vertiginoso tapial exterior

Al fondo el principio de la calle Pilar Seco y en la esquina la casilla del agua año 1959 (foto propiedad de Jesús Expósito Marín)

En la esquina donde confluye la calle Pilar Seco con  el carril de Santa Isabel  la Real, se localizaba la “casilla del agua” un registro árabe  donde  un gran  ramal del aljibe del rey se bifurcaba para dar riego a las zona más baja de la alcazaba Cadima” .Con solo una puerta y de escasa dimensiones era capaz de dar agua a diestro y siniestro. Quizás la tapia de menor solidez fue la situada al principio de la calle Pilar Seco, acompañado a la inclinación de la calle siempre supo mantener la misma altura, con una clausurada puerta verde y coronada por cortantes cristales, fue la más querida por mi. La calle era mucho mas estrecha que ahora, y cuando nos asomábamos  al volado balcón familiar parecía como si estuviéramos dentro del fabuloso huerto.

 

La calle Pilar Seco y sus vecinos se llenan de alegría, una guapa pareja que se unirán para siempre.(Foto propiedad de la familia Maturana)

A la altura de actual numero 6,  la desconchada tapia daba paso a una formidables inmueble de dos pisos de altura,  rematado con airoso torreón, azoteas de blancas ropas y los ajetreados palomares. Con dos puerta de acceso y  muchas escaleras allí vivieron más de una decenas de familiar. Su fachada  llegaba casi  a la placeta del Cristo de la Azucenas.

A continuación una escueta tapia  sirve para encajar un gran portón de agrietada madera. Anchurosa y con recio tranco de piedra fue la puerta principal , por ella acceden los vecinos que tienen sus viviendas  dentro del recinto,  también  la atraviesan los burros de  serones cargados, los vendedores  ambulantes con cestas rebosantes de frescas verduras. Con frecuencia veremos las alocadas cabras dispuestas a rumiar los últimos resto de hierba y de paso fertilizar el terreno, igualmente cruza el dintel la revoltosa chiquillería, y  los bañistas que todos los veranos se refrescan por un par de pesetas.

La alberca del Huerto del Carlos

Asiduo visitantes son  el trapero que te cambia kilos de ropa vieja por un tazón de loza, el guardia que pregunta por algún vecino, el chavalín de la telefónica que porta un  urgente telegrama. El cañero con su acetre y caña al ristre que busca el dichoso atranque, y el lechero con sus cantaros bamboleándose en oxidada bicicleta. Todos esperan  a que aparezca el panadero  de Alfacar con  su portentosa jaca, en ocasiones se deja ver el afilador con su flauta entre dientes, el hojalatero con su socorridos remaches, el  chatarrero con su sucia apariencia y de tarde en tarde al párroco con su monaguillos prestos para  acompañar  algún vecino en su último viaje

 

Un emparrado cubre su entrada al aire libre, dando paso a un extraño laberinto de poyetes y muretes  que termina en una larga fila de pilas lavanderas de dos cuerpos, retretes, tendederos, cachivaches, pilares y tinajas intentan de facilitar la vida del concurrido vecindario.

Una simpática y entrañable pareja aprovecha el huerto nevado para hacerse una foto (años cincuenta)

Dando al callejón de las monjas  también se levanta otro inmueble pero de menos entidad que el descrito anteriormente, es una zona mas sombría y siniestra, será que muy cerca esta el lúgubre arco de las monjas. En el callejón de las monjas existía una serie de registros y cauchiles que los vecinos lindantes manipulaban para sustraerle agua a las monjas. Esta practica era tan frecuente que al primer tramo de la calle siempre se le conoció como el Ladrón del Agua. La mala práctica ya era vieja y conocida, en una cédula real de Felipe IV además de ratificar  la concesión  que su tiempo le hicieron  los Reyes Católicos, por la que el convento podía disponer de abundante agua de Alfacar todos los lunes, desde primera hora de la madrugada hasta el medio día, castigaba con severidad a todo aquel que le quitase agua a las monjas imponiéndole el castigo de verse privado del agua que le correspondiera durante 12 días, castigo que se verían ampliados en caso de reincidencia.

 

Al Oeste unas altas y pardas tapias lo separa del campo santo de las monjas de clausura, sus altas higueras han sido taladas para que nadie se pueda asomar al misterioso cementerio. Bruscamente al llegar a la vivienda de los porteros del convento la tapia pierde altura, ”cosa que sabíamos los que jugábamos cerca , era el sitio donde siempre perdíamos la pelota”, hasta llegar a la fachada norte de la casa del Luna “ hoy hotel Santa Isabel La Real” donde cuatro irregulares huecos y un blanco torreón destacaba sobre una maraña de permanente verde

A finales de los  sesenta el huerto del Carlos pierde su esplendor,  entrando   en una lánguida y larga agonía. El ayuntamiento como mayor propietario del solar, enajena las humildes construcciones perimetrales del noroeste donde se hacina gran número de familias

El primer muro en caer fue el que daba a la calle Santa Isabel La Real, un día su zona central se reventó convirtiéndose en una escombrera donde los vecinos estuvieron depositado sus basura durante mucho tiempo.

A los vecinos del huerto del Carlos no los desalojaron de la noche a la mañana como ocurre hoy en día. En  los sesenta el Albayzin era un barrio densamente poblado y con pocas viviendas para arrendar. A los inquilinos  no se le permitía adecentar sus viviendas, con estupor veían como sus casas se desmonoraban con el paso del tiempo. Algunas familias encontraron acomodo en casas cercanas, otros no tuvieron problema en marcharse  para siempre, y no pocos, los que contaban con menos recursos quedaron atrapados entre sus ruinosos muros.

Apunte del huerto del Carlos años sesenta

En  la desconchada tapia que daba al Pilar Seco,  con la ayuda de nuestras infantiles manos, fueron apareciendo los primeros  agujeros, con el tiempo se convirtieron en  boquetes por donde entraban nuestros menudos cuerpos. Dentro vivimos aventuras de cine, sus altos matojos y frondosos árboles fueron la selva de Tarzán y la verdes praderas de la Ponderosa.

Cuando apenas  llevabamos  diez minutos dentro del huerto del Carlos siempre pasaba lo mismo , aparecía por la ventana de la única casa habitada la figura de una señora mayor de cara mofletuda, de moño blanco y siempre vestida de negro, y  que con voz gritona nos decía,” niños, niños iros de aquí , fuera de mi casa, si no os vais llamo al Guardia. Al principio nos asustaba pero con el tiempo no le hacíamos ni caso y con descaro le  llamábamos “vieja,  vieja pelleja”.

Abuela Mercedes

Un día pasó algo inaudito,  en toda la mañana no apareció  nuestra vieja aguafiestas. A la mañana siguiente nos enteramos que  también ella  se marcho, pero no por orden del ayuntamiento sino por mandato divino. Cumplió con su palabra “nunca me iré de mi casa” y una triste tarde en  oscura caja de pino se la llevaron.

Las casas abandonadas de  huerto del Carlos junto a los tapiales que lo cercaba se fueron deteriorando, pronto amenazaron  ruina y derrumbe. Un buen día apareció por allí una cuadrilla de bomberos, que con picos y palas fueron abatiendo al decrepito huerto del Carlos, que herido de muerte se desplomaba para convertirse en un cascajar. Para nosotros supuso el no tener que colarnos por los agujeros de sus tapias y además un gran trabajo. Mi abuela, mujer previsora y ocurrente, nos invitó a rebuscar entre los escombros del huerto y rescatar aquellos ladrillos en buen estado que se pudieran utilizar en las frecuentes obras de nuestras casas. Fueron semanas de acarrear polvorientos ladrillos  y de terminar más sucios que unos mineros.

Fue como la caída de una gran muralla, en poco tiempo allí   llegaron niños de otras calles más lejanas, e inclusos de sitios apartados que no conocíamos.

Muchos de los árboles se secaron, otros fueron destrozados y no pocos ardieron pastos de las frecuentes lumbres.

El muro sur del Huerto del Carlos se acaba de desplomar. (fotografia propiedad de la familia Maturana)

La zona sur  era la más plana y  concurrida, con el tiempo los irregulares surcos de labranza se allanaron, se arrancaron los tocones de cuajo, se apartaron las  piedras y después de mucho tiempo, aquel accidentado lugar se convirtió en un anchuroso y liso campo de fútbol. Esta espontánea transformación hizo que el huerto del Carlos se convrtiera durante los años sesenta en el polideportivo de los niños albaicineros. Se hicieron liguillas entre calles y barrios, fue un sitio  concurrido por niños y adolescente. Difícil resultaba  coger la vez para jugar al fútbol. También disponía de múltiples rincones donde jugar a la lima, al trompo, a las canicas, al palito inglés y a lo que se nos ocurriera.

En el huerto de Carlos se hacían amigos. Al fondo la calle Pilar Seco. El del centro se llama Ceballos y era el mejor futbolista de los alrededores.

El huerto del Carlos siempre gozo de expléndidas vista a la Alhambra y Sierra Nevada. Rodeado por históricas construcciones  fue escenario de no pocos rodajes cinematográfico, allí vimos a los amarillos San Benitos arder en las hogueras de la Santa Inquisición, triste escenas de la película  “El hombre que supo amar “ donde se nos relata la vida de un humano San Juan de Dios que  encarnaba magistralmente el actor   Timothy Dalton.

 

En los años sesenta el ayuntamiento proyecta en este espacio la construcción de un grupo escolar con casas para los maestros y un consultorio médico. Pero como las cosas de palacio van despacio, las primeras catas no llegaría hasta los años setenta.

Con el tiempo llegaron  las primeras excavaciones  y con ellas el desconcierto. Debajo había demasiada historia, restos valiosos que se perderían con los profundos cimientos que necesitaría la nueva edificación. Y como siempre pasa cuando surge un problema, todo se paro hasta nueva orden. Pero para nosotros aquellos profundos hoyos representaron el ocaso  de nuestro querido campo de fútbol. Fue el final de aquel lugar de juegos y diversión. Mas tarde se dio permiso para  que se pudiera arrojar escombros dentro de los peligrosos agujeros. Llego un día que los agujeros se cegaron, pero como no cesaron de tirar desechoss  en los años 80 el huerto del Carlos se convirtió en un auténtico vertedero donde se arrojaba  los escombros de cualquier obra que se hiciera en el Albaicin

Al principio de los 90 en la zona suroeste del Huerto del Carlos se retiró el escombro y con un ajustado presupuesto se levantaron parterres, se colocaron bancos y se plantaron algunos árboles. La pequeña intervención a causa de una deficiente ejecución y un pésimo mantenimiento a penas perduró unos años.

En 1994 el Albayzin esta de enhorabuena, acababa de recibir de la UNESCO el título de Patrimonio de la Humanidad. Fueron tiempos de esperanza  y proyectos para el barrio.

La primera remodelación del Huerto del Carlos

A nuestro  huerto del Carlos ya se le llamará plaza de Santa Isabel la Real.La fundación patrimonio del Albayzin proyectará su revitalización integral, se propone la construcción de: Un zoco con tiendas taller, de un recinto donde se exponga los hallazgo arqueológicos de la zona y la puesta en marcha de un parking subterráneo  con fines medioambientales y sociales.

El verano de 1998 antes de entrar a saco con excavadoras  y destrozar el importante yacimiento arqueológico, con muy buen criterio se decide la realización de excavaciones arqueológicas. Aunque ya se conocía por documentos históricos los entresijos del lugar, los resultado no se hicieron esperar, en aquellos 12 sondajes realizados afloraron 2500 años de historia de la ciudad de Granada. Allí cohabitaron en diferentes tiempos y con desigual intensidad prácticamente todos los pueblos que ha pasado por la península Ibérica.

Aparcamiento del huerto del Carlos

Con la ayuda de fondos europeos en poco tiempo se construyó un mamotrenco y destartalado parking subterráneo. Y sobre él se proyectó una zona verde y de esparcimiento. El resultado es una Plaza aterrazada, ramplona e impersonal que no gusta a nadie. Perimetrada con unos grandes muros disuasorios que limitan la accesibilidad desde las  calles colindantes, presenta en el centro una distribución y ajardinamiento simétrico que no coincide  con la  idiosincrasia del barrio.  A los albaicineros nos gusta lo irregular, lo irrepetible, la sorpresa , la improvisación y no la monotonía de lo previsible.

De todas manera la Plaza sigue contado con unas increíbles vistas. Pese a esos blancos y horribles duplex, fruto de una especulación  que ha  logrado obtener  una plusvalía visual en detrimento del beneficio común. Desde la  Plaza todavía se vislumbra a la derecha el antiguo baluarte de Torres Bermejas, y casi adosadas a ellas  emerge la Alcazaba de la colina roja, con su Torre de la Vela que a manera de proa enseña su rostro a la verde Granada, le sigue la dorada torre de Comares ejemplo de riqueza y esplendor de los palacios nazaries.

Vista desde el huerto del Carlos

 

Y por detrás, la Sierra de blancura permanente que, después de enmarcar  a la Alhambra ,se eleva y se eleva para desgarrar el cielo azul.

Pero quizás lo que más nos puede llamar  la atención de esa Plaza , es su silencio, acunada por antiguas construcciones a ella no llegan el  ajetreado ruido del  barrio, por todos los rincones se percibe esa calma armoniosa donde el constante canturreo de los pájaros se mezcla con el puntual repiqueteo campanil del convento

Ultima rehabilitación del Huerto del Carlos

Hace pocos meses se inauguró la última remodelación de la Plaza, el vandalismo, el abandono y el desinterés de la administración ha hecho que esta sea la tercera remodelación emprendida por el ayuntamiento en los últimos diez años.

El destino de esta plaza sigue siendo incierto y no falto de polémica. Los restos de la magnifica muralla ibérica se han tenido que sepultar en arena para salvarla de la barbarie

Se pensó en vallar su perímetro para evitar el gamberrismo y su mal uso. Pero la falta de consenso entre los partidarios de “vallar” y” no vallar”, se opto por la salomónica decisión de que todo siguiera igual.

En la actualidad la Plaza es un auténtico cajón de sastre donde  se mezclan, turistas, vecinos, niños, perros, guitarras, antisistemas, botellones , tambores y sobre todo mucha basura.

Los estridentes voceríos junto a  los destemplados tambores , y escandalosas borracheras hacen que las tardes- noches estivales sean insoportables para las enclaustradas monjitas  y para todo bicho viviente.

 

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El RAPTO DE LA DIFUNTA O DE LA NOVIA ” Leyenda Albaicinera”


Que  grises y tristes son esos primeros días de noviembre, tiempo de  trascendentales pensamientos. Sin pretenderlo nos invade la idea de que esta  incierta vida tiene un  infalible destino. Parece que en algún lugar imposible de precisar esta ella, la indeseada dama blanca, que espera sabiendo que algún día acudiremos a su cita, todo es simplemente cuestión de tiempo.

Al hilo de estos días sombríos nuestro colaborador Jesús Expósito Marín   desde la simpleza  que te regala le edad  nos recrea una  insólita leyenda albaicinera.

EL RAPTO DE LA DIFUNTA O DE LA NOVIA

D.Enrique de Samaniego

D.Enrique de Samaniego

 

Era don Enrique de Samaniego el paradigma de soldado curtido en los tercios de Flandes, seguro de sí mismo, mujeriego y egocéntrico, camorrista y pendenciero, la clase de hombre acostumbrado a estar siempre en primera línea en el campo de batalla donde el riesgo de perder la vida es mayor.

Había llegado a Granada para recuperarse de una herida de arcabuz que casi le cuesta el pellejo, venía a alojarse en casa de su tío. El como toda su familia procedían de Madrid desde donde un hermano menor que su padre llegara hace años para casarse con una dama granadina y fijar aquí su residencia.

Fue recibido con los brazos abiertos por el hermano menor de su padre que tenía todo dispuesto, para una confortable y feliz estancia de su sobrino en la capital. Su carácter alegre y resuelto le fueron muy útiles a la hora de hacer amigos y su apostura personal le ayudó hasta tal punto que le hizo muy popular entre las damas de su ámbito social. Tenía la bebida por afición y en una de aquellas juergas tabernarias escuchó a uno de sus contertulios hablar de una muchacha de belleza singular a la que adornaban virtudes extraordinarias. Vivía esta muchacha en una de las bocacalles que van a dar a la cuesta de San Gregorio cerca del templo del mismo nombre y de la Calderería granadina.

Calle de San Gregorio

Calle de San Gregorio

Fue entonces cuando su espíritu burlesco e irreverente, intrépido e irrespetuoso golpeó en la cara a los asistentes, antes de un mes aquella extraña flor sería suya.

Maquinó un plan para seducir, con el ánimo luego de repudiar tan eminente conquista y añadir una infamia más a su ya abultado historial. Según le contó este amigo, salía siempre acompañada de una señora ya metida en años, gorda y parlanchina que hacía las veces de ama de llaves. El primer problema que habría de resolver sería como deshacerse de tan voluminosa presencia y quedarse a solas con doña Isabel como se llamaba su supuesto amor.

Después de darle muchas vueltas y exprimir su cerebro optó por recurrir al vil metal; el soborno. El soldado contactó con el ama de llaves en una de las muchas salidas que solía hacer sola, y comenzó el pérfido juego.

Doña Isabel de Salvatierra

Doña Isabel de Salvatierra

El ama de llaves convenció a Doña Isabel de Salvatierra de las nobles y honestas razones e intenciones, además del genuino amor que sentía por ella don Enrique de Samaniego. En la puerta trasera del carmen granadino de los Salvatierra se concertó la primera cita en la que todo fue miel sobre hojuelas para don  Enrique. A estas siguieron otras llegando a nacer entre los dos jóvenes algo verdadero. Tan extrañado estaba don Enrique consigo mismo y tan confusa su mente que no encontraba explicación de porque aquellos primeros planes de burla y perfidia habían trocado en algo tan maravilloso, no era propio de él.

La casa Porras

La casa Porras

Todo esto ocurría mientras el padre de doña Isabel viendo llegar a su hija a la edad casadera la prometió en matrimonio con el hijo de un hidalgo viejo amigo suyo, llegado el momento así se lo hizo saber a su hija provocándole el desconcierto y el más absoluto abatimiento , hasta tal punto que cayó enferma . Los médicos afirmaron que en el cuerpo todo estaba bien que era cosa más bien de su estado de ánimo y en pocos días estaría bien como así ocurrió.

Calle Caldederia

Calle Caldederia

No había otro camino que la obediencia ciega al padre, ella se lo comentó a su enamorado galán y juntos vieron la forma de burlar el deseo paterno y así quedó el asunto: poco antes del anochecer del día siguiente se presentaría don Enrique a caballo en la puerta trasera de la residencia albaicinera de los Salvatierra que daba a la Casa de Porras, ella esperaría en el muro exterior semicubierto por la yedra y juntos simularían una huída que no tenía otro objeto que forzar al padre a un matrimonio al que en circunstancias normales nunca hubiera dado su consentimiento. Al día siguiente después de haber dedicado la mañana a dar un largo paseo por la ribera del Darro, don Enrique comió en casa de sus tíos y durmió una opulenta siesta, en cuanto se levanto se echó a la calle y se encontró con unos amigotes  ociosos igual que él, así comenzó una pequeña farra tabernaria, que terminaría cuando cayó en la cuenta de que ya empezaba el día a declinar lo que motivó una apresurada salida a caballo por las calles semidesiertas de la ciudad. Entre la larga cabalgada, el morapio ingerido y los nervios propios del lance, además del negro manto que empezaba a envolverlo todo , don Enrique al llegar al lugar acordado no logro divisar más que una figura apoyada en el muro impolutamente vestida de blanco , la tomó de la cintura y la aupó a la silla del caballo.

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La noche se había vuelto infernal , una tremenda tormenta iluminaba el camino , el fuerte viento doblaba las ramas de los árboles haciéndolos parecer figuras colosales, recorrieron la calle Elvira subiendo por la puerta del mismo nombre , internándose en el antiguo cementerio árabe en dirección al monasterio de monjes cartujos ya cerca del monasterio una gran ráfaga de viento y un inmenso rayo hicieron la noche día , el velo que cubría el rostro de la dama voló y quedaron al descubierto unos rasgos cadavéricos que horrorizaron a don Enrique ¡ había visto el rostro de la muerte ¡. Al instante el caballo relinchó y rampando sobre sus cuartos traseros pareció volverse loco y el caballero cayó inconsciente sobre la tierra empapada.

A la mañana siguiente los frailes lo hallaron delirando parecía un anciano la desdichada Isabel había fallecido la tarde anterior por causas no determinadas según los médicos y fue enterrada en una iglesia ya desaparecida de la ciudad. En cuanto a don Enrique el recuerdo de aquella noche le hizo pensar en Dios e ingresó en dicho monasterio hasta que al año dejó este mundo.

Estos hechos corrieron de boca en boca y de generación en generación durante siglos hasta que con el transcurso del tiempo desaparecieron en una densa e impenetrable niebla, pero en el pueblo quedó el recuerdo indeleble de este hecho que la gente llamó el rapto de la difunta o de la novia.

Basada esta vieja tradición en una obra de Francisco de Paula Villa–Real.

Féretro camino del cementerio. Cuesta de los chinos

Féretro camino del cementerio. Cuesta de los chinos

 

Jesús Expósito Marín.

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Vendo cobre viejo


4285b2da4a13d2eb0b351445665e537fSin duda la infancia es el tiempo de las edades de la persona que deja más profundas huellas sobre nosotros. Es un tiempo que reposa sobre una superficie suave y tremendamente blanda, es por ello que toda experiencia vivida en el territorio de la infancia queda grabada dejando marcas indelebles en nuestra vida. Profundas huellas ávidas de salir a nuestro encuentro a la menor oportunidad. Recuerdos que cimientan lo que somos y que sin ellos nada en nosotros tendría sentido. El paso del tiempo endurece la superficie y el material que construye nuestra existencia y de ahí que las huellas que dejan en nuestro devenir sean superficiales, casi imperceptibles. Con frecuencia cruzo la frontera que separa mi realidad actual, mi ahora, de aquel tiempo de infancia y me sumerjo en él remembrando como si de ayer se tratara cada vivencia. Evoco recuerdos de mis sitios preferidos de mi infancia.
Sin gran esfuerzo me veo con un cacho de pan en la mano y una onza de chocolate, paladeando cada sabor que almacené en mi memoria gustativa y que aun hoy recuerdo, ese sabor tan entrañable a pan cocido en horno de leña de las muchas tahonas habidas en el Albayzín de mi infancia. Las recuas de burros llevaban colmados de ramas de pinos carrascos los serones de esparto y pleita con los que se enjaezaban los burros de carga por las calles de mi barrio y que a la puerta del horno de San Miguel Bajo tantas veces vi descargar, equinos venidos a menos por su condición de burros que apenas sefarola-callejon-gallo-20150911 divisaban entre el abusivo volumen de su carga. Con presteza el arriero desanudaba la soga que de serón a serón pasaba bajo el vientre del burro y así éste quedaba liberado de su pesada carga. Qué agradables matices dejaba en mi paladar aquel pan de hogaza o bollo que Pepe pala en ristre sacaba recién horneado y que por un duro vendía directamente de las banastas en la puerta del horno. En aquellos días en mi barrio los empleados de la Sevillana procedían a la instalación del nuevo alumbrado público, nuevas farolas que debían sustituir a las existentes, desvencijadas y ajadas por el tiempo y sobre todo dianas de las furtivas pedradas de los chaveas del barrio. Alguna de ellas también fue apedreada por mozos y mozuelas que necesitaban intimidad para sus amoríos, besos clandestinos, esquivos a las miradas ajenas. Jamás vi lucir la farola del Callejón de la Monjas, siniestro paraje al anochecer propicio para los amores furtivos.
Entre bocado y bocado de pan con chocolate me dirijo a la Cuesta María de la Miel en dirección a la calle Aljibe de Trillo, para rebuscar los restos de cable viejo y nuevo que los operarios de Sevillana han despreciado para mi suerte sobre las empedradas calles del Albayzín, iban a tajo, calle a calle sustituían la instalación eléctrica y las viejas farolas, y dejaban un reguero de cables repelados procedentes de empalmes y conexiones. Donde daban por conclui14581480_1083613011686672_7958202214529753466_nda la jornada solían dejar más abundancia de restos de material eléctrico, de ahí la importancia de intuir dónde lo hacían. Aquel día fue en la calle Atarazana Vieja, justo a la puerta del parvulario de Doña Berta, que también llamaban escuela de los cagones. Era importante localizar el lugar donde daban de mano y conseguirlo antes de que lo hicieran otros chaveas, y de que los barrenderos con su manejo acompasado de los escobones de rama borraran el rastro de tan preciado material. El día se dio bien, una vez aquilatado el resultado de la rebusca, ebarrenderora menester dejar al desnudo los filamentos de cobre separándolos del plástico donde estaban envainados, esta cuestión no era baladí, pues el precio del cobre en la chatarrería sufría una importante oscilación según su estado.
Se afanan, embutidos en sus respectivos monos azules el Goro padre y sus dos hijos a machotazo limpio, en sacar los bobinados de lavadoras y motores eléctricos que destripaban literalmente para obtener el cobre que contenían. Sobre un tocón de madera a golpe limpio en la Calle Horno de la Merced, bregaba este clan de chatarreros con todo tipo de artefacto achatarrado, todo ello envuelto en una atmósfera de fuerte olor a humo negro fruto de la combustión de los materiales inflamables de la chatarra en el bidón de latón. Me sorprendía ver cómo con las manos negras y llenas de grasa se disponían a media mañana a dar buena cuenta de la media hogaza preñada de chicharrones.alternators-and-starters-scrap
El Goro padre abandona la machota y se dirige a por la romana para pesar el cobre que durante el tiempo que duraron las tareas de sustitución de las farolas en el barrio, acumulé y que pretendía convertir en dinero mondo y lirondo. No me fiaba, siendo yo un niño, de que el fiel de la romana recogiera el valor cobreexacto del cobre que llevaba y de que fuera pagado al precio fijado, por ello mi madre me acompañaba para hacer un trato justo. El Goro colgó en el gancho la talega con el cobre y redondeaba a la baja su peso, a lo que mi madre respondía redondeando al alza, y la discusión con el ni pa usted ni pa mi quedó zanjada. Mi madre me compró en el horno del Correas y la Nena, junto al pilarejo de las Angustias de la Calle Elvira, una torta de manteca y por la Cuesta de Abarqueros ufano subía junto a mi madre con el dinero recaudado. Fueron tiempos difíciles donde nada sobraba y muchas cosas escaseaban, de ahí qaac6c06d7c6f3fdf2286c803afb557f5ue las economías familiares salían adelante con muchas faenas y tareas que se hacían a domicilio, se envasaban especies en carterillas, se pintaban figuritas de vírgenes, niños Jesús, tunos y tunantes, eran otros tiempos. Fueron los tiempos de antes.
Eran tiempos de escasez los que envolvían con el manto de la necesidad a muchos de los moradores del Albayzín de mi infancia, se imponía la economía de subsistencia, hojalateros que arreglaban ollas y peroles, chatarreros, traperos, afiladores, semaneros, etc., fueron personajes principales de aquel Albayzín que ahora recuerdo y que desde la huella profunda que dejaron en mi recuerdo ahora convoco.

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El atronador crujio


12496147_10208880843487734_417060688535268735_oJusto en la esquina por la que la Placeta de San Miguel Bajo embocaba el carril de la Lona se encontraba el puesto de la Gorda. Así la llamábamos todos los niños, lo regentaba una señora mayor de pelo cano y enlutada vestimenta. La señora era viuda y tras el tranco de entrada a su casa tenía su puesto de chucherías, donde permanecía guarecida en las enaguas de su mesa camilla, al calor del bracero de cisco y picón, a la espera de la clientela. Su puesto se montaba en una especie de aparador de madera oscuro que sobre losas de barro descansaba calzado con una cuña de madera.

Chicle Dunkin

Chicle Dunkin

En él se presentaban los cartuchos de pipas, las pastillas de chicle Dunkin y Bazoka, los cromos para las niñas y junto a ellos colgados en cuerdas los encintados mixtos de crujio. En tiras de cartón los vendía aquella viuda generosa en carnes que ocultaba en un riguroso luto. 16096424La tira venía de a diez crujios, más o menos, que costaban una gorda, y las cinco tiras que venían plegadas costaban dos reales.

Miixtos de crugio

Mixtos de crujio

En aquella época eran muchas las viudas que se dedicaban a la venta de chucherías, transcurría el final de los cincuenta y principios de los sesenta y los estragos de la guerra Civil sin duda se dejaban sentir. Fueron muchas las mujeres en el Albayzín, las que perdieron sus maridos en la contienda fratricida, y que, por ser del bando perdedor, quedaron sin ayuda y sin prestación alguna. Se buscaban la vida como podían, surtían de género sus puestos acudiendo al Vesubio en la calle Calderería Vieja que hacía las veces de proveedor o mayorista.

Placeta de la Cruz Verde

Placeta de la Cruz Verde

En el entorno de mi casa recuerdo, además del referido, el puesto ambulante de la Dolorcicas en la placeta de la Cruz Verde, el de la María en la calle Pilar Seco número 14, además de aquellas que en cestas con los brazos en jarra pregonaban el género, especialmente las pipas, los chochos y el cacahuet.
Buscábamos en las calles el canto rodado o guijarro del empedrado en el lugar en que éste era más vulnerable y fácil de desprender y ya teníamos el percutor para provocar el atronador estruendo del mixto de crujio.aljibedelaplacetadecruzverde2 Los zaguanes de las casas de vecinos eran los lugares preferidos para perpetrar nuestras travesuras de niños, éstos durante el día mantenían sus portones de madera abiertos, y apostados en ellos con el oportuno mixto recortado de la tira de cartón, permanecíamos a la espera de que la descuidada vecina transitara por allí, para con pericia percutir con la piedra en la cabeza del mixto de crujio y al tiempo que se escuchaba su atronador ruido salíamos de estampida mientras a lo lejos dejábamos la sonora letanía que la pobre vecina profería. santa isabel la realEn la calle Santa Isabel, el zaguán de la casa donde vivía la Chocholana era uno de nuestros preferidos, como también el de la casa de vecinos del estrechamiento de esta calle y que se abría al anchurón del Compás del Convento de Santa Isabel, era de suelo hidráulico y con dos trancos por los que se accedía a un pequeño patio interior que distribuía los alojamientos en dos alturas de esta casa de vecinos. Justo más arriba se encontraba la casa del Luna, con su zaguán empedrado y de pared de ladrillo visto por el que se accedía también a un patio interior lindero con el tapial que separaba con el huerto del Carlos y la huerta de las monjas Franciscanas de Santa Isabel. 563383_534656449923034_952398639_nEspecial atractivo tenía el zaguán de la casa de vecinos sita al comienzo de la calle Gumiel de San José, en dicho zaguán había un antiguo pozo y lavadero según se entraba a la izquierda y el arranque de una formidable escalera a la derecha, que en su rellano principal se abría en dos dando acceso a las dos alas de viviendas de vecinos que allí moraban. Tenía poca luz, ello unido a su amplitud, la notable altura de sus techos y las columnas centrales que sostenían el entresuelo de la planta superior le conferían su peculiar aspecto lúgubre que facilitaba la reverberación proyectando cualquier sonido en un eco sostenido. CASA CALLE GUMIEL AÑO 1950Sin lugar a dudas era el zaguán preferido para hacer estallar en su interior los mixtos de crujio. Justo a este zaguán, en la parte superior de la pared izquierda según se entraba, daba la ventana del dormitorio donde dormía Antonio, confitero del obrador del Flor y Nata, que tras su nocturna jornada laboral con la crema pastelera, dormía plácidamente hasta que la traca de los mixtos de crujio, lo sacaban de los brazos de Morfeo, y una nueva letanía por el aire albayzinero camino se abría. Otro Antonio, borrachín afecto e impenitente, que anunciaba a los vientos albayzineros su generosa cogorza, con el soniquete, hoja pelleja, era victima propiciatoria de ruido atronador de los mixtos de crujio.
Recojo a mi amigo Miguel Quirantes en su casa de la Placeta del Cristo de las azucenas, embocamos por la calle Aljibe de la Gitana, una vez pasados los Guardias, llegamos a la oficina de teléfonos que allí se ubica, le preguntamos a Lola, la encargada, que si hay algo que entregar, respondiendo ésta que tiene un telegrama para entregar en un domicilio de la calle Verea de Enmedio, por la Placeta de las Minas atravesamos la puerta del Arco de las Pesas y llegamos a la casa cueva a la que se dirige el referido telegrama. Calle Aljibe de la GitanaDespués del colegio y una vez merendábamos con un cacho de pan con una onza de chocolate solíamos acudir a la oficina de telégrafos para sacar alguna propina entregando telegramas en el barrio, los telegramas solían llevar buenas o malas noticias, nunca dejaban indiferentes a los destinatarios, en el caso que relato debieron ser buenas noticias ya que la gitana sacó dos monedas de su faltriquera de dos reales cada una y nos dio una a cada uno. dos realesLos mismos dos reales que me llevaron a la puerta de la Gorda para comprar cinco tiras de mixtos de crujio. Nunca supe el contenido de aquel telegrama, pero sí que las buenas noticias en mi condición de recaero me permitieron repostar munición para mis atronadoras andanzas por los zaguanes de mi barrio.

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En recuerdo a nuestro amigo, MARIANO ANTEQUERA LEIVA


MARIANO ANTEQUERA LEIVA

MARIANO ANTEQUERA LEIVA

Este 20 de septiembre  de 2015, quedará  grabado en mi memoria como un día muy triste. Me acaban de arrebatar un trozo de mi infancia  y adolescencia. -Amigo Mariano, por qué te has ido para nunca volver, no es lógico, si tu eras el más joven de la pandilla, el más fuerte, el más grande en estatura y sobre todo en corazón. Admirábamos tu porte, tu valor al enfrentarte con los  problemas, siempre con sencillez y sin complejos, alegría nunca te faltó, fuiste el amigo de todos nuestros amigos, y la persona generosa y bondadosa que siempre nos ayudó.

Esta misma mañana me decía mi hermano Miguel: “Tienes que publicar el escrito que le he dedicado a Mariano, está pasando una mala racha y seguro que le hará feliz”. Pero esta vida frenética que me ha tocada vivir, nunca te deja ni un minuto para respirar. Y ahora  lamento  haber llegado tarde, cómo fui incapaz de  sacar un rato libre. Lo siento mi querido Mariano, sé que tu bondad me sabrá perdonar. Tengo la certeza que desde el cielo, liberado del yugo del espacio y del tiempo, te reirás al leer esta peculiar historia. Seguro que nos estarás esperando para retomar aquella inacabada partida de canicas, para  volver a volar detrás  de los aros, para salir a piropear a las niñas albaicineras y para volver a reencontrar esa amistad que un día cambio nuestras vidas.

Nunca te podré decir adiós, solo sabré decirte, hasta siempre Mariano.

Tu amigo Manolo.

En San Miguel un membrillo hace justicia

Cuando solo hay un pensamiento y una única verdad, la oficial, se transita por el tiempo con la impresión de que nada cambia, de que todo sigue igual. Así recuerdo yo el Albayzín de mi infancia, en lo cotidiano estable y previsible,veranos tórridos y gélidos inviernos, sin tránsitos intermedios, las tiendas y puestos de siempre y los vecinos de toda la vida acompañaban cada día de mi existencia. Poca opinión y manifestación del libre pensamiento entre los vecinos del barrio. El diario Patria y el Ideal trasladaban el acontecer en su versión oficial y salvo algún hecho o acontecimiento extraordinario la rutina, el tedio y el hastío se apropiaba de lo diario. El Lute, delincuente y fugitivo con frecuencia aparecía en el parte de Radio Nacional de España o en el Telediario de la época, para romper la monotonía, le cayeron dos años y tres días por el robo de tres gallinas que hizo por necesidad. A las páginas de deportes se asoman los dueños del cuadrilátero del momento, de allende de los mares con su boxeo ágil y elegante vino Pepe Legrá y cautivó a un público ávido de triunfos patrios, con la nacionalidad española llegó a ser campeón mundial del peso pluma enardeciendo al gentío huérfano de reconocimiento fuera de nuestras fronteras. Pero fue el onubense Pedro Carrasco con su pundonor en aquellos combates con Nando Ramos el que mejor sirvió al régimen de la época para vender la apertura del país tras su secular aislamiento internacional, consiguió la gran gesta de ser por méritos propios campeón mundial del peso ligero. El morrosco de Cestona, José Manuel Urtaín, tuvo una carrera meteórica en los pesos pesados, pero con las dudas que nunca afectaban a Pedro Carrasco, llegó a conquistar el cetro europeo y ligó una racha impresionante de victorias consecutivas por KO, aunque siempre sujetas a la sospecha por la debilidad de los púgiles contrincantes. Las copas de Europa del Madrid, Eurovisión y las veladas boxísticas eran los blasones que se exhibían en busca del sentimiento patrio y reconocimiento exterior. En la televisión Española, la única que existía en aquel entonces, eran frecuentes las retrasmisiones de veladas pugilísticas que nos convocaban delante del televisor.

El televisor Iberia y su correspondiente estabilizador de tensión, situado en la torreta metálica que le daba altura y que servía para facilitar su visión en tabernas y bares del Albayzín, congregaba a los albayzineros deseosos de triunfos y victorias que nos sacaran del ostracismo y la rutina que presidía del devenir del día a día.

Los niños de aquellas época y de aquel albayzín al que me refiero, éramos inmunes a la rutina y al desaliento y buscábamos en cada día su afán, nuestro requiebro a la monotonía llenaba de aventura los sórdidos días de dictadura.

La afición por el deporte de las doce cuerdas también colonizó nuestro barrio. Nuevamente al amparo de la asociación de padres de alumnos “Amigos para un escuela mejor” y del Teleclub, dos iniciativas culturales que partieron del Colegio Nacional Mixto “Gómez Moreno” y que supusieron un gran revulsivo para el barrio dinamizando la vida sociocultural del mismo. Darían amparo a los púgiles que surgieron en el Albayzín.

El propósito de estas iniciativas no era otro que ofrecer a los alumnos egresados de la escuela alternativas al peligroso vagabundeo por bares y plazas. En aquella época pocos eran los alumnos que seguían estudios terminado su periodo escolar. Para muchos era la calle el futuro que les esperaba. Una oferta sociocultural amplia y diversa se puso a disposición de los adolescentes del barrio, cultura general, francés e inglés, dibujo y mecanografía, conferencias y tertulias sobre temas de actualidad, cursos de formación dentro de la escuela de padres, viajes y excursiones, colonias veraniegas, visitas a monumentos histórico-artísticos, concursos infantiles y juveniles de arte, festivales folklóricos, representaciones teatrales y deporte.

Muy recordadas fueron las excursiones al Charcón utilizando el añorado tranvía de la Sierra, me veo en una de ellas trepando por la lajas de pizarra junto a la estación de Maitena y con tan mala fortuna que en uno de mis apoyos se desprendió una piedra que fue a impactar en la persona del padre de don Miguel Carrascosa, mi inocencia me hizo reconocer el fortuito incidente que se saldó con su correspondiente pescozón. Igualmente recuerdo las excursiones a la sierra de la Alfaguara con su correspondiente parada y contemplación del nacimiento de agua de la fuente de las Lágrimas en el paraje de fuente Grande en Alfacar, para luego saciar la sed en la próxima fuente del Morquil. La excursión al río en el paraje del Molinillo sin duda fue una de las más recordadas, todo el cuerpo actoral del grupo de teatro de la Asociación de Padres “Amigos para una escuela mejor” celebraba el reciente éxito del primer premio en el certamen de teatro que se celebró en 1966 en el Seminario Menor con la aplaudida obra de los hermanos Álvarez Quintero titulada “Los Mosquitos”. Las labores para hacer con piedras una poza en el río que sirviera para el baño de todos los allí congregados en una jornada de calor propia de la canícula estival. Y la colocación de las botellas de Sanitex, junto con las cajas de madera repletas de quintos de cerveza Alhambra y las sandias y melones, bien afianzadas con piedras en las zonas del río en las que el agua seguía la corriente buscando el mayor frescor, sin duda fueron vividas por el que suscribe con la pasión propia de la más intrépida aventura.

Las colonias veraniegas organizadas en el Colegio Gómez Moreno fueron también otra iniciativa interesante en el barrio. Ningún paraje serrano ni costero fue el escenario donde éstas se celebraron, aunque en ellas no faltó el típico chiringuito playero. En el centro del patio, superando el muro que separaba el patio de los niños del de la niñas, del colegio se enclavó un chiringuito con puntales de chopo y cubierta de cañizo, que se usaba para servir los desayunos, almuerzos y meriendas. Y cómo no, para ubicar las hamacas de madera y lona que se utilizaban en las obligadas siestas coloniales ¡con qué fastidio vivía esas interminables siestas caniculares! Los baños no podían faltar en una colonia veraniega, en fila de a uno, los Frías, los Campos, los Plata, los Ibáñez, los Quirantes, los Yudes, los Rodríguez, los Sola, y cómo no los Vicente, entre otros muchos, pues acudíamos a la colonia todos los hermanos de cada familia, nos dirigíamos por el callejón de San Cecilio en dirección al albercón de la huerta adenda al Colegio del Ave María de San Cristobal, no albergo de aquella experiencia buen recuerdo pues a pesar de estar medio llena, en consecuencia medio vacía,por poco en ella me ahogo. Mi experiencia en aquellas colonias veraniegas en mi barrio no estuvieron a la altura de las expectativa que éstas despertaron en mi, pues al horario rígido, orden y disciplina de su funcionamiento se unía el paso por las aulas para hacer tareas escolares, y claro está, era más de lo mismo, cuando el verano lo entendía yo como un tiempo de asueto, holganza, y sobre todo de juego sin horario.

Pero sin lugar a duda, fue el deporte la pieza clave en esta labor de búsqueda de alternativas a la calle y sus peligros. Así surge el equipo de baloncesto del Teleclub Albayzín, cuyo delegado fue Gómez y uno de sus jugadores franquicia el tristemente fallecido Antonio Franco, quien otrora sería jugador de la actual ACB, no el balde este modesto equipo de nuestro barrio fue el germen del C.B. Oximesa, que posteriormente sería el C.B. Granada. También estaba presente el balompié, con partidos memorables en los campos de los curas en las huertas del Seminario Mayor de la Cartuja y en el Pinar de San Miguel el Alto.

Y ¡cómo no! el boxeo, que tanta difusión tuvo en nuestro país en aquella época, buscó su acomodo en nuestro barrio. Así junto a la cochera de la vivienda aneja al colegio que tenía Miguel Carrascosa, Director del centro escolar, una luminaria permanecía encendida mientras que los pupilos de David Sola se ejercitaban en el noble arte del boxeo, con las manos vendadas daban sus golpes directos y crochet al saco de arena, mientras otros redoblaban el punching y los demás hacían carrera continua en el patio de recreo del Gómez Moreno. Era el entrenamiento después de la jornada laboral de cada día, que duraba hasta que Dueñas, el conserje del colegio, apagaba la luz y las mujeres de la familia Fandilas terminaban la limpieza del grupo escolar.

El entrenamiento se intensificaba en los periodos previos a la fecha fijada para el combate, y próximo estaba en aquel septiembre de 1966, ya que para las fiestas de San Miguel se celebraría en la plaza de San Miguel Bajo una interesante jornada de boxeo. En ella se convocaban dos combates estelares en los que intervenían dos púgiles del barrio. Los hermanos Antequera Leiva serían el mejor reclamo para el barrio. Antonio en la categoría del peso pesado y Paco en el peso medio. Ambos nacieron en la casa que se ubica en el número 28 del Camino Nuevo de San Nicolás, en la placetilla sin nombre que allí se ubica, junto a una carbonería (hoy, justo en el enclave referido, se localiza la afamada heladería San Nicolás-Mirador de San Nicolás), más tarde la familia se trasladó al número 26 de la misma calle, donde nacería el menor de la saga Antequera-Leiva, acristianado con el nombre de pila de Mariano, amigo de infancia y para siempre del que suscribe. Estos apellidos no eran muy comunes en el Albayzín y así era debido a que el padre de la saga remanecía de la calle Carnicería en el cercano barrio del Realejo y su madre, Carmen Leiva, de la localidad de Guadix. Los avatares de la Guerra Civil la trajeron al Albayzín y otros menesteres que tenían que ver con su talle y belleza dieron certeros argumentos para que Antonio matrimoniara con ella. Junto a los tres referidos, Carmen, la niña de la casa, conformaba la prole del bien avenido matrimonio y muy querido en el barrio.

Cual Quijote y Sancho se relacionaban los dos hermanos con el boxeo, Antonio más prosaico albergaba en el boxeo una forma de obtener algún dinerillo proveniente de la bolsa de cada peleay de paso salir del anonimato que la cotidianeidad de la vida le reservaba. Mientras que Paco, más idealista, observaba el boxeo como un deporte espectacular, real, autentico, emotivo, épico, poético, duro y sensible al mismo tiempo, repleto de biografías de personajes únicos en su especie, el boxeo para él era un deporte sincero y noble. Dos personalidades distintas que se corporeizaban en dos físicos y dos maneras de boxear que también lo eran. El boxeo tosco y contundente de Antonio nada tenía que ver con el más ortodoxo, académico y estilista de Paco, el primero buscaba la vía rápida para poner lo antes posible fin a la pelea, mientras que Paco más estratégico adolecía de ese instinto vehemente que pusiera pronto el punto y final a la pendencia. Con estás credenciales se presentarían el 29 de septiembre ante sus vecinos en la recoleta plaza de San Miguel Bajo. Paco con serías posibilidades de luchar por el entorchado regional y de éste poco trecho quedaba para el nacional.

Por San Miguel el Albayzín adquiere una impronta especial, se viste de fiesta en honor a su patrón y los albayzineros miran al cerro del aceituno al que acudirán en romería en su condición de romeros. Recién estrenado el otoño, cuando septiembre llena las plazas de puestos de membrillos, acerolas, almecinas y majoletas y de niños afanados con sus canutos de caña en dirimir sus hostilidades con los huesos de almecina que a modo de proyectiles usan para zanjar todo tipo de rivalidades.

Al alba, al clarear el día, la diana floreada de la banda de cornetas y tambores anuncia al barrio que ha llegado el día del patrón. Antonio Pintor la dirige con maestría, reclutando chaveas del Gómez Moreno, del Ave María y Salvador y entre ellos su hijo Emilín. Ante las tascas y tabernas hay parada obligatoria y una vez interpretada la pieza pertinente, ésta se adereza con un higo chumbo y una copilla de aguardiente. El veranillo de San Miguel acude fiel a su cita y provoca el sofoco de los montadores del ring o cuadrilátero, término más castizo, que en la plaza de San Miguel para ese menester se concitan. Doce cuerdas y un suelo de lona son los elementos esenciales, así pensábamos todos los niños que presenciábamos el montaje para los vespertinos combates estelares, la entrada sería libre, por ello las sillas de tijera se amontonan en espera del acontecimiento.

Había en el Albayzín otras plazas con vistas espectaculares, San Nicolás o la de Carvajales, otras para aprovisionar de vituallas y todo tipo de víveres, como la Plaza Larga, otras para la distracción como la de Aliatar con su cine que cubría esa función, y otras para la comunicación y el transporte, como la de las Cuatro Esquinas que para bajar a Graná el siete así lo hacía posible a todas las vecinas. Pero la más festera y recoleta era la de San Miguel como placeta, no cabe duda que a ello contribuía toda la vecindad que se nucleaba en la casa de la Lona, en la Corrala, casa del Luna, etc. donde muchas familias vivían en comunidad. Tres elementos le daban su personalidad singular a esta plaza albayzinera, su Iglesia, su aljibe y cómo no, su errante Cristo de Piedra. Siete calles confluyen en la plaza, rara singularidad, Oidores, Cauchiles de San Miguel, Cascajal, Carril de la Lona, Callejón del Gallo, Callejón del Aljibe y la principal de Santa Isabel que le daban su carácter social, plaza abierta a la vecindad y a las relaciones vecinales, que le confieren su carácter y uso festero.

Erigida sobre una antigua mezquita la omnipresencia de la iglesia de San Miguel contempla la Plaza de su nombre y a su vez se constituye con su torre campanario en vigía para señalizar su ubicación en el Albayzín cuando es contemplada desde cualquier punto de la ciudad. (Es una de las parroquias albayzineras proclamadas por los Reyes Católicos gracias a la Bula obtenida del Papa Inocencio VIII para aquellos territorios ganados a los musulmanes que databa del15 de Octubre de 1501.Las dos fases de su construcción extienden su ejecución de 1528 a 1556 año de su finalización. Fue atendida en su inicio por los Hermanos Trinitarios y muy concurrida por la feligresía, no en balde fue muy poblada esta zona del barrio debido a su proximidad de la Audiencia, como así lo atestigua la calle Oidores que fue la calle que albergaba las viviendas de estos servidores de la justicia en la Real Chancillería. Su valor arquitectónico es innegable uniéndose de modo muy armónico dos estilos, el mudéjar que queda patente en los dos tramos de la cubierta de su única nave y el renacentista de sus portadas. Sobresale por su valor artístico su artesonado ochavado, con pinturas renacentistas de temas vegetales, que cubre la capilla mayor. El conjunto se completa con las capillas góticas laterales que conservan valiosas y singulares pinturas murales.

Y resta el tercer elemento del ajuar de la plaza que antes constaté como trilogía, me refiero al Cristo itinerante, al Cristo errante, que de la plaza ejerció de caminante, de esquina en esquina lo vi moverse como si el responsable del ramo le tuviera una especial inquina. Cristo de piedra y también de las grapas o de las lañas por mor de los tumultos propios, como diría el poeta, de las dos Españas, en la segunda República quedó hecho añicos. Y que para sus penas muy pocos lo reconocen como Cristo de las azucenas. Cristo anunciante del lugar sagrado que consagra a sus espaldas y que no supieron interpretar los urbanistas de nuestra ciudad por sus innumerables tumbos que ha dado en la singular plaza.

Quiso el azar que el Cristo pétreo fuera el juez, por su ubicación, del combate que tendría lugar al atardecer en la festividad de San Miguel. Quedaba así anunciado en toda la cartelería que en bares, tascas, tabernas puestos y tiendas se repartía. Pues el ring se montó en el centro de la plaza, escorado hacia la fachada principal de la iglesia dejando al crucificado en una posición central del graderío principal del espectáculo pugilístico.

Íbamos hacia San Miguel muy dirigentes, presumiendo de que nuestro amigo Mariano era el hermano chico de los combatientes. Con nuestros canutos de caña y cucuruchos del almecinas en la puerta del Carmen de Santa Marina estábamos convocados una hora antes del evento, no fuera que nos quedáramos sin asiento. Por la calle Gumiel asoma nuestro amigo Jesús con un descomunal membrillo que por su calibre muy bien pudiera ser una zamboa. Ya estábamos todos, mi hermano Manolo, Mariano, Jesús y yo mismo, dispuestos por la calle Santa Isabel a buscar el acomodo en el boxístico foro. Recalamos en la quinta fila de sillas, buscando que la distancia al cuadrilátero nos permitiera, por nuestra estatura, una visión segura para no perder detalle de lo que aconteciera sobre la lona en cada combate. Justo a nuestras espaldas quedaba el horno y la lechería pronto quedaba el aforo completo con todo el vecindario que allí concurría, era grande la expectación que el evento había suscitado en el barrio.

Y llegó el combate estelar, agitando los puños y enfundado en su bata blanca sube al ring Paco Antequera, el púgil local, que concita todo el ánimo vecinal. Paco, persona noble donde los haya, tanto en su vida personal, como en él boxeo,que concibe como un deporte noble en el que se compite no para humillar al contrincante, sino para estratégicamente medirse con él. Así lo dejó de manifiesto en este combate, iban pasando los asaltos mostrando su superioridad técnica y supremacía física, pero sin embargo no remataba la faena. Sus vecinos incondicionales gritaban ¡¡¡NOKEALO!!! Pero Paco, fiel a su estilo y condición, permitía que su adversario se rehiciera una y otra vez, refugiándose entre las cuerdas o permitiendo que se abrazara a él, buscando aíre y resuello. La pelea llegaba al final y Paco no terminaba de rematarla a su favor en forma definitiva a pesar de su superioridad. Jesús aplacaba sus nervios por el resultado incierto dándole mordiscos al membrillo, mientras los demás tirábamos de nuestro cucurucho de almecinas, guardando a buen recaudo los huesos.

Una vez terminado el combate, el aforo de la plaza quedó en suspense en espera de la determinación de los jueces, que no podía ser otra que dar a nuestro vecino Paco Antequera como ganador a los puntos. Mucho tardaron en dar el veredicto y éste cuandopor fin se produjo sembró el descontento y la desaprobación manifestada con una soberana pitada y el grito unánime de ¡¡¡tongo, tongo!!! No daban crédito, habían decretado combate nulo. En esta tesitura se estaba, hasta que desde el graderío surge un objeto que con tino, buscado o no, impacta directamente en la cabeza del árbitro del combate. Al tiempo que todos los allí presentes dirigen su mirada acusadora hacia nuestra ubicación, de la que nuestro amigo Jesús había desaparecido por arte de birlibirloque al igual que su membrillo que descansaba sobre la lona del ring. Antes de que cayera sobre nosotros el peso de una acusación popular, a todas luces no merecida, y se echaran sobre nuestras personas, Mariano dijo, vámonos que aquí no pintamos na, salimos a escape como alma que lleva el diablo, por Cauchiles, Oidores y Santa Isabel, cada uno en una dirección, no en balde éramos avezados en esta cuestión. Aquel membrillo de gran calibre que salió inocente de la calle Gumiel, terminó por San Miguel erigiéndose en la mano de nuestro amigo Jesús, en el membrillo justiciero, que dejó KO al árbitro del combate.

El Cristo pétreo de las Azucenas fue testigo de este acontecer que relato y el membrillazo cosas de niños le debió parecer.

Este sucedido que traigo a colación en su remembranza pudiera haber acontecido en otros barrios y otros lares y cabría preguntarse qué es lo que lo hace singular. Así me lo plantea mi cuñada Manuela, y la respuesta tal vez sea el patrioterismo albayzinero que hace de lo propio lo mejor del mundo entero, o tal vez sea el rico legado histórico de un barrio que torna vivencias banales en historias singulares. Y puede que haya algo de las dos posibilidades y que nuestras vivencias de infancia pudieron ser similares a las infancias de otros barrios y lugares, aunque lo que le dio la idiosincrasia a nuestra infancia y su acontecer son los siglos de historia que envuelven los escenarios donde éstas sucedieron. Pasar junto a la calle Oidores nos retrotrae cinco siglos atrás pues sus moradores fueron algunos de los dieciséis Oidores de plantilla que desde 1587 desarrollaban en la Real Chancillería de Granada su función de oír a las partes durante la fase de alegatos de los procesos judiciales. O en el mismo enclave de la Plaza de San Miguel embocar por el callejón del Gallo en el que se ubicaba la casa del Gallo del Viento en cuyo tejado hubo una veleta singular, según la Leyenda de Washington Irving, sobre la cual una figurilla de bronce que representaba a un caballero con lanza, giraba no hacia donde soplara el viento, sino, “mágicamente”, hacia el lugar de donde venía el enemigo, señalando y previniendo cualquier amenaza que se cerniera sobre Granada. Y cómo no, la Casa de la Lona que el mismo enclave de la plaza evoca aquella antigua fábrica de velas de lona para la Marina del siglo XVI, y que pasó a ser casa cristiana de vecinos.

Y por todo ello será que el acontecimiento del membrillo justiciero que guardo en mi memoria, con el devenir del tiempo será del Albayzín parte menor, pero al fin y al cabo, parte de su historia.

El epílogo, que nunca hubiera querido escribir, va dedicado a mi amigo Mariano, en su memoria, que es la mía, ya que compartimos juntos la mayor parte de nuestra historia. Pronto madrugaste para emprender tu despedida, pronto nos dejas huérfanos de tu presencia. Se nos han quedado tantas tareas pendientes que ahora solo me queda aferrarme a todo lo que juntos vivimos. Has sido en el buen sentido de la palabra bueno, como dijo un día el poeta. Tu alegría, tu fuerza, tu bondad y buen talante me las quedo, no habrá ninguna parca que me la arrebate. Y por eso, ahora que regreso de visitarte en el cementerio, te añoro tanto que no encuentro consuelo. Sólo me queda la esperanza de que en el cielo Albayzinero vayas ideando en nuestro Huerto del Carlos todo tipo de travesuras para que cuando allí nos reencontremos nada se nos quede pendiente, puesto que juntos estaremos con el único límite de la eternidad. Hasta siempre y por siempre amigo del alma. El mundo en el que habito tras tu ausencia queda menoscabado en humanidad.

Miguel Vicente Prados

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El boton de nacar


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Don Emilio, el mèdico de los pobres y humildes en el Albayzin de los sesenta

En el Albayzín de los años 60 del siglo pasado, en materia sanitaria las cosas eran muy distintas de lo que son hoy día, los remedios caseros, mejunjes y las más o menos inauditas soluciones en los distintos males que aquejaban a la gente estaban a la orden del día, siempre que la cosa no fuese muy grave.

La carencia de seguro de enfermedad de parte de la población dejaba a este paisanaje desprotegido ante cualquier contingencia de ámbito sanitario, naturalmente que había hospitales, que había médicos buenos, abnegados y altruistas que aunque eran de pago mitigaron en gran parte las carencias de un barrio eminentemente pobre. Para ellos, fieles a su juramento hipocrático cualquier vida humana era preciosa. La verdadera dimensión de un genuino ser humano la da su sencillez y humildad que son pilares de la sabiduría y este cóctel engrandece a la persona ante los ojos del mundo.

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La casa donde se desarrollo la historieta del ” boton de nacar”

 

Esta narración es un pequeño botón de muestra que muestra a modo de pincelada, como se actuaba ante cualquier problema de salud, yo doy fe de la veracidad de esta historia que por más lela y absurda que fue no tuvo otra finalidad que aliviar el malestar de un ser querido.

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José Marín Fernández y María Gómez Franco; tios de Jesus Expósito

 

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Escaleras interiores de la casa de calle Gumiel de San Jose

Aquella mañana hubiera sido como cualquier otra, el radio casete tenía puesta una cinta de Jorge Negrete y sonaba aquella canción que decía; “estas son las mañanitas que cantaba el rey David, hoy por ser día de tu santo te las cantamos a ti “. Mi tía María había ido a por leche para el desayuno, mi madre estaba levantando a mis hermanos pequeños y mi padre pues no se donde estaba para que voy a engañaros. Los niños estábamos preparando las cosas para el colegio cuando mi tío Pepico, el semanero del Albayzín le dijo a mi madre, Conchi, mira a ver lo que tengo en este ojo que me molesta muchísimo, mi madre después de dar un vistazo al ojo y no ver nada contestó, pues yo no veo nada, a lo que espetó mi tío pues a mi me está haciendo la puñeta. A esto que llego mi tía con la leche para el desayuno, y mi madre le dijo, mira a ver a mi hermano que se le ha metido algo en un ojo y no le deja vivir, mi tía contestó como era ella, “Pepito ven para acá que en dos soplidos te voy a dejar como nuevo”, a estas alturas mi tío tenía el ojo como una berenjena de tanto restregarse.

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De izquierda a derecha: Francisca Marín Fernández,María Gómez Franco, Jesús Expósito Marín y José Marín Fernández

Después de mirarle el ojo y soplarle siete u ocho veces Pepito tenía el ojo cada vez peor, y dispuesta a aliviar a su marido a toda costa le dijo a este, “tu no te preocupes que esto lo arreglo yo en un periquete” y se fue diligente al cajón de la costura y cogió un pequeño botón de nácar de los que tenían ellas para los puños de las camisas, y le dijo a su marido “anda Pepito métetelo en el ojo y veras como sale la miguilla que tengas”, cuando mi tío comprendió lo que le había dicho, dio un fuerte respingo y alejándose con los brazos extendidos le dijo “pero tu estás loca has perdido las pocas luces que te quedan”, a lo que ella replicó segura de sí misma, que lo había experimentado cuando vivía en el Tocón de Quéntar y había resultado perfectamente. El objeto extraño se alojaba en uno de los diminutos agujeros del botón de nácar como por arte de magia y después salía por el lagrimal por arte de birlibirloque, a estas alturas  mi tío se veía con un parche en el ojo y éste perdido para siempre. Víctima de la desesperación y como queriendo hacer que desapareciera todo de un plumazo cogió el botón y lo introdujo en su ojo izquierdo, pasaron unos minutos y el ojo estaba muy perjudicado y del botón ni rastro, empezó a ponerse nervioso, un sudor frío pobló su frente y no hacía otra cosa que pasarse las manos por la nuca al tiempo que se sentaba y levantaba del sillón como un autómata para luego medir a grandes zancadas el largo de la habitación.

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Los padres de Jesús Expósito; Jesús Expósito Martinez y Concepción Marín Fernández

Mi tía al verlo también empezó a ponerse nerviosa  pues ella había sido la inductora de aquella extraña maniobra y temía ser blanco de sus iras. Mi tío empezó a largar, quien me mandaría a mi hacerte caso, como me pase algo te vas a enterar, mira que si se me pasa el botón al cerebro y me deja hecho un vegetal, se había metido en un túnel y no divisaba salida, exclamaba, no te doy una paliza porque apenas puedo verte, pasaron unos minutos más y aquello se convirtió en un verdadero drama.

Mi tía lloraba, los niños lloraban  y los vecinos asustados por la algarabía no hacían otra cosa que llamar a la puerta para ponerse a disposición de la familia para lo que hubiera menester, Pepico no hacía más que repetir histérico “quién me mandaría a mi hacerte caso, quién me mandaría a mí hacerte caso”, a lo que ella respondía, “pero sí es un método probado” a lo que el replicaba “sí en las muñecas de Famosa”. Conforme el tiempo transcurría el tono de voz se fue elevando y todos estaban congregados en mi casa, incluso las clientas de una peluquería que había en la escalera de enfrente. Entre todos determinaron llevar a mi tío al hospital más cercano, una cosa inexplicable para mi fue la sonrisa solapada de algunos vecinos, nunca me lo pude explicar.

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Concepción Marín Fernández

Mientras mi tío se acicalaba y mi tía se vestía para la ocasión en un movimiento brusco al atarse los zapatos del maltrecho ojo izquierdo del individuo agobiado, se desprendió un pequeño botón de nácar con algo negro alojado en uno de sus diminutos agujeros. Fue como si todo el peso del mundo desapareciera en un instante, dando un suspiro, se quedó muy quieto en el sillón como el obrero que vuelve a casa después de un extenuante día de duro trabajo. A partir de ahí todo se fue calmando, los vecinos se fueron marchando cada cual a su casa, nadie osaría por un tiempo al menos referirse en tono jocoso a aquel incidente, aunque con el paso del tiempo fue objeto de burlas y chanzas, la mañana culminó con un platillo de higos chumbos y un cuartillo de aguardiente para los adultos.

Mi tío no fue a cobrar por el soponcio y el ojo aún muy averiado, y mi tía estuvo todo el día más cariñosa que nunca, en fin amigos aunque esta historia es verdadera y tiene un final feliz por favor no la repitáis nunca en casa, nos haréis un inmenso favor.

 

 

Postdata: cuando llegó mi padre y se enteró de lo ocurrido comentó a mi tío “Compadre para habernos lisiao, casi nos cuesta un disgusto”.

Jesús Expósito Marín

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La infancia, mi patria. Recuerdo en blanco y negro


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Lechero de los años sesenta

Temprano, de buena mañana, mi madre me prepara en un cacico de porcelana la leche caliente que trajo ayer el lecherillo de la calle del Agua, Juan era su nombre y tenía la vaquería en la calle Larga de San Cristobal, venía al anochecer con dos cántaras de leche en su bicicleta Orbea. Mi madre solía comprarle medio litro, Juan la dispensaba con su jarrillo de esa medida, tenía también la medida del litro y el cuartillo. Juan ¿no estará aguada? ayer poco sabor tenía, le espetaba mi madre, a lo que Juan el lecherillo respondía, qué cosas tiene Cándida, si es leche recién ordeñada, con sus calostros y nata. A mi madre siempre le gustó la nata. Juan vertía la leche en el cazo que mi madre le acercaba y echaba un generoso chorreón más por el agravio relatado.

Desde arriba de las escaleras sabíamos que quién venía era el lechero, desprendía un aroma característico, sus botas, su zariana (siempre la misma) y su gabardina impermeable de los día de lluvia, olían a vaca y a cabra a partes iguales y ello delataba su presencia. Mi barrio en mi infancia olía a cabra, eran muchas las que al clarear el día partían junto al pastor de camino a la Golilla, a San Miguel el Alto o al camino del Monte, para pastar y al atardecer ser devueltas por el mismo a su dueño en su domicilio. A cambio de dos reales o por un litro de leche en el ordeño llevaba el pastor las cabras a pastorear. Mi madre la hierbe dos veces, porque parece que las fiebres maltas andan por ahí, según mi madre la hija chica de la Chocholana tiene unos calenturones por mor de la fiebres maltas y el niño pequeño del tinte, de la Tontopeos, también está apuntado a la calentura.11705232_1616188031991984_6506859672282356377_n

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Plaza de San Miguel años sesenta

De buena mañana en mi casa olía a café de cebá hecho a pucherete, con sus correspondientes granzas en el colador abollado de aluminio, mi madre me servía la leche sola con azúcar en un tazón desportillado por el uso y con las mismas me daba seis reales para comprarme, de camino al instituto Padre Suarez, una cuña de chocolate en el despacho de pan de la Carmela en San Miguel bajo, junto al horno de San Miguel. Me la envolvía en papel y yo le buscaba un hueco en la bolsa de deporte junto a los libros de latín, lengua, matemáticas y política o FEN (Formación del Espíritu Nacional) y el pantalón corto azul y la camiseta verde de tirantas. Las zapatillas de la Perdiz ya las llevaba calzadas, todo ello para la hora de la gimnasia. Echaba por el carril de la Lona, en aquella época su piso era de tierra y trochaba por los terraplenes que unían este carril con el del Zenete para desembocar en la cuesta de la Alhacaba. Recuerdo que mi padre me decía que en estos terraplenes, tiempo ha, había un huerto y que en tiempos de la guerra cayó una bomba quedando destruido, justo al lado del Carmen de las Maravillas. En diez minutos, no más, trasponía desde el despacho de pan y lechería a la puerta del instituto, a mis once años mis talones daban en mi trasero cuando de correr se trataba. Acabada mi jornada escolar, regresaba a mi casa siguiendo otro itinerario, no me gustaba pasar por las mismas calles transitadas a la ida, así cruzando el Arco de Elvira, embocaba por la calle Elvira para subir por la cuesta de Abarqueros. Antes bebía agua en el singular Pilarejo de las Angustias que en dicha calle se ubica. En el arranque de la cuesta los borrachos se oreaban al sol en la puerta de la tasca que allí se ubicaba, junto a ellos las sábanas blancas lavadas con añil en los tendederos en bolaera y también tendidas directamente en el suelo. No sé por qué, pero me imponían los borrachines, alguno incluso yacía a todo lo largo sobre el empedrado suelo, durmiendo la pea que con tanta tenacidad y empeño había pillado.

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Cabras en la plaza del Cristo de las Azucenas

Gente tremendamente humilde habitaba las casas que se alineaban en su margen izquierda según se subía por la escalonada y empinada cuesta, mi afán de contarlo todo me llevaba a terminar en lo alto de ésta con la cifra nada desdeñable de cincuenta y cuatro escalones, la mayoría de ellos se agolpaban al final. Numerosos perros intimidan con sus ladridos mi marcha hasta el punto de abalanzarse hacía mi oliendo mi miedo, niños llenos de churretes y con la cola al aire se entregan a la lúdica faena, mientras que uno de ellos es aupado por su madre sentada en una silla de anea al tiempo que se sube el saquito dejando al aire libre su pecho al que se aferra vorazmente el párvulo chavea. Esta escena era muy común en un Albayzín plagado de niños y madres lactantes.

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El Carril de la Lona

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El pilar de la calle Elvira

En la década de los cincuenta el barrio alcanzó su cenit poblacional, cerca de veintiocho mil almas moraban en estos lares, que insuflan por calles, callejuelas, callejones, cuestas, adarves, plazas, placetas, bullicio y gentío desde las claras del día hasta la noche cerrada. La verdad es que no sé que me hacía transitar por esta cuesta tan poco hospitalaria. Tal vez mi afán aventurero, ya que con mi edad, poco me había adentrado en la trama urbana del barrio y mucho menos de allá abajos, el entorno de la Mancha Chica era mi mundo conocido, los demás territorios eran peligrosos, de ello se ocupaban nuestras madres con historias y leyendas de casas del miedo, manos negras, moros bereberes, tíos del saco, traperos y espectros ultramundanos varios. El miedo siempre actúa como remedio al atrevimiento y la osadía propia de la infancia.

En ese afán aventurero, en vez de llegar directamente a la placeta de San Miguel, en un requiebro en la marcha desembocaba en el Zenete y de ahí hasta llegar al cruce con la calle Beteta, que dejaba expedito el paso por Marañas hasta la calle Cruz de Quirós cuya primera bocacalle a la derecha me deja en Bocanegra y de ésta a la calle Cascajal donde está el obrador del mejor de los pasteleros del Albayzín, me refiero al del Coronel, nunca supe por qué todo la gente en el Albayzín se refería a él con este apelativo, se barruntaba que en la Guerra tuvo ese rango. Ahora bien, si lo fue en el bando Nacional o en el Republicano tampoco lo supe, la Guerra Civil no era tema de conversación en le barrio, cada cual sabía del pié que cojeaba su vecino, y simplemente en lo referente a este tema callar era lo más prudente, no fuera que el tiro te saliera por la culata.

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Cuesta Marañas

Lo que no admite discusión es su fama en el barrio como buen confitero, sus tartas y pasteles son reconocidos en todo el barrio y allá abajos también, eso es lo que me convoca a pasar por el tapial de su obrador, traspaso bajo la higuera que se ubica a la entrada del obrador, que actúa como panal de rica miel a los ojos de la mosca, le imploro el rico manjar y el Coronel, con sus calzones con tirantes y su escueta camiseta de tirantes que a duras penas cubre su generosa tripa, un azafate colmado de recortes pone a mi disposición. Ya tenía la merienda para mi y mis hermanos. Una recua de burros enjaezados a la arriera y en hilera embocan desde la placeta de San Miguel Bajo, la calle Cascajal, vienen cargados de ramas de pino con sus piñas para la tahona que allí se ubica.

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Cuesta de los Abarqueros

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Calle Santa Isabel la Real

Toda reata que se precie tiene su arriero y su perro custodio ¡¡¡maldita sea!!! del gruñido ha pasado al ladrido y de ahí se arranca a por mi, sobre mis maltrechas tórtolas inicio una huida que me deja junto a la hiniesta torre campanario de la Iglesia de San Miguel.

A su izquierda, en la recacha que se ubica en la zona de la plaza delimitada por el aljibe, la tasca del Lara y el Cristo de Piedra, los soleados domingos, Juan Granizo, el guacho, pone el bombo de su lotería a rular y canta con arte los números, la alcayata, la casa de los locos, los dos civiles, el abuelo, … mientras los vecinos sentados en trancos y sillas de anea van poniendo chinos y huesos de aceituna sobre los ajados cartones al tiempo que apuran un chato de vino, Carmencita y Angelitas las hijas del guacho y Rafaela reparten y recogen los cartones.

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Procesiòn de la Aurora

Sobre la escalinata que da acceso a la entrada lateral de dicho templo se afanan miembros del cuerpo de zapadores de la brigada del infantería del Córdoba Diez en la construcción de la rampa que permitirá el Jueves Santo al Cristo del Perdón y a la Virgen de la Aurora bajar a Granada en su Estación de Penitencia a la Santa Iglesia Catedral. Disponen los sacos terreros que permiten equilibrar y nivelar la tablazón que a modo de celestial pasarela permitirá a los titulares de la Ilustre y Venerable cofradía procesionar sus pasos en penitencia a allá abajos. Quedó extasiado y absorto ante la brega de los zapadores, este Jueves Santo portando un cirio en la mano pasaré por esa rampa, conseguí las diez pesetas que me permitieron pagar la papeleta de sitio. José Pedro, el hijo de Pepe y la Carmela, los del horno de San Miguel, me dio la túnica de sarga blanca, el cíngulo rojo y el capillo que conforman la uniformidad de penitencia de mi corporación nazarena.

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Plaza de San Miguel

Mi madre tuvo que afanarse con el papel de estraza y la plancha de hierro macizo recién sacada de la lumbre para quitarle las manchas de cera y dejarlo limpio como la patena. Ayer comenzó la primavera y estamos a las puertas de la Semana de Pasión, el Albayzín es muy pasionista, pero sobre todo es de la Aurora.

Es la hora de comer, enfilo Santa Isabel y me hallo en el caminillo de San Nicolás frente a la puerta de mi casa, al pasar por la casa del Luna, veo que las vecinas, una de ellas la Malagueña, están quitando la lata que utilizan de chimenea para la buena combustión del carbón y circo de sus braceros y con la rasera y un cartón lo cogen para llevarlo a la mesa camilla de sus hogares. La primavera se nos presenta fría en el barrio, el bracero sigue teniendo uso y los cinamomos en el tapial del Huerto del Carlos apenas dejan ver las primeras yemas.

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Papas al ajo pollo

Mi madre viene de la tienda de la carbonera de la calle Gumiel de San José, trae un litro de aceite a granel y media docena de arencas para acompañar las papas en ajopollo que tenemos para el almuerzo. Nunca supe el por qué del nombre de esta comida, pues por mucho que movía y removía las papas el pollo por ningún sitio aparecía.

Miguel Vicente Prados.

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