EN LA CASA MORISCA TAMBIÉN SE COMÍA HIGOS ISABELES


 

Los higos isabeles, fruto del verano tardío, es un exquisito bocado que se pusieron de moda en la Granada de la reconquista. Pocos saben que el origen de este nombre se debe a un deseo de la reina Católica, satisfecho por cierto hidalgo de los que la acompañaban durante el cerco a Granada.

Cuenta la tradición popular, que momentos antes que originarse el combate denominado de la Zubia, la reina Doña Isabel, al pasar bajo hermosa higuera que junto a las murallas de Granada había, admiró el sazonado fruto pendiente de ella y se prometió comerlo al transitar de nuevo por aquel sitio, cuando regresase al real de Santafé.

Los sangrientos sucesos que a poco se realizaron, dieron olvido al deseo de tan egregia señora; pero ya en su morada del campamento volvió a recordar los higos, lamentando no haber podido realizar su proyecto de comerlos.

Entre los hidalgos acompañantes de los reyes, hallábase uno, famoso por su destreza en el arte de la equitación, valido de la cual, alguna vez se le vio correr a caballo sobre las estrechas murallas de Santafé; llamábase Martín Fernández Álvarez de Bohórquez, progenitor de los Duques de Gor; oyó este noble, los deseos de la reina y púsose a caballo caminando presuroso en busca de la fruta……

Al llegar a la higuera, notó que un morito cogia fruto y lo depositaba en blanca canastilla de mimbre: — “he aquí un completo presente para obsequiar a la reina” —se diría asimismo Bohórquez, cuando apresando higos, canasto y al moruno frutero, presentó todo ello a Doña Isabel, quien celebró mucho tal forma de complacer sus regios deseos. Antes y después de posesionarse de Granada los Reyes Católicos, volvió SM muchas veces gustar de aquellos melosos higos., a los cuales bautizaron los palaciegos con el nombre de la soberana, procurando los nobles conservar la casta en sus jardines y posesiones campestres…….

A colación de esta leyenda me viene a la cabeza, una extraña historia acaecida tiempos allá en nuestra querida Casa Morisca,

 

Cuando nuestro abuelo Miquel compro la casa morisca, en el lote iban incluidos los inquilinos que allí moraban. Uno de aquellos personajes era Pepa, “La vieja” mujer delgada, curtida y de porte altanero, la inquilina más veterana de aquel elenco de genuinos albaicinero. Vivía allí desde tiempo inmemorial, junto a su hijo Juanico, en dos habitaciones oscuras e insalubres, situada en los bajos de la casa morisca. Era una mujer cariñosa y servicial, siempre dispuesta a ayudar a la dueña en cualquier menester, también por cuatro gordas se encargaba de limpiar a rodillas el zaguán y pasillos de la casa mudéjar.

El tiempo fue pasando y la mocitas de Miquel, se fueron casando, como buenas hijas se establecieron en los pisos que quedaban vacíos, y llegaron las primaveras y con ellas los nuevos retoños vieron la luz, y la gran familia creció de forma exponencial.

Hasta bastante entrada la segunda parte del siglo XX no existía el seguro de enfermedad, la red hospitalaria era privada o de beneficencia y a toda luces insuficiente. Por ello lo normal era que los partos se tuvieran en la misma casa, ayudado de una mujer con experiencia llamada “Partera”. Solo los nacimientos de las familias más acomodadas podían disponer de matrona. Las herederas de la casa morisca tuvieron la suerte de tener una prima matrona, Pepica se llamaba la pariente comadrona, siempre estaba dispuesta, cuando se le avisaba, desde su casa en la placeta de Carvajales con su pierna renqueante acudía con suma diligencia. La verdad es que Pepica “la coja” tenía buena mano y sabía mucho de partos. Aunque hubo nacimientos difíciles y laboriosos la verdad es que todos los primos logramos sobrevivir con la ayuda de “Pepica la comadrona”. Durante los nacimientos se vivían momentos difíciles, de nervios y de espera, se respiraba un ambiente especial, donde el olor a sangre, sudor y agua caliente lo inundaba todo, pero al romper el primer llanto, la alegría llegaba a la casa morisca.


Minutos después llegaba la servicial Pepa la vieja, quien con mucho cuidado y disimulo recogía la placenta, ese cuajaron de carne amorfa que la parturienta alumbra con desprecio. Pepa la deposita en cubo de zinc y cubriéndola con papel de periódico, se dirige con tan preciado botín al patio del carmen, para cumplir con el ritual que se ha ido perpetuando con el paso de los años, con esmero entierra la nueva placenta debajo de la gran higuera. Debido a esta extraña costumbre de Pepa, alrededor de este árbol yacen las placentas de todos los primos, nuestra sangre ha sido el alimento de esta formidable higuera.

El árbol tenia un gran tronco en común, pero pronto se dividió en tres gruesas ramas. La de la izquierda formando un ángulo obtuso con la base, se inclinaba para dirigirse hacia el tejado del lavadero, por su savia circulaba la sangre de los Ximenes y  Martinis, era una zona muy soleada, daban unos higos muy tempranos, pequeños pero abundantes y muy dulces. Eran los que antes se agotaban, lo mismo le ocurrió a los Ximenes y Martinis, que fueron los primeros en abandonar la casa morisca. Pero algunos higos al madurar caían al tejado y tras darle muchas horas el sol se convertían en hijos secos. Circunstancia que me hace evocar aquella frase de tía Merche, “nos han dado por nuestra parte de las casas un higo seco”

La rama de la izquierda con una suave inclinación iba dejando la rectitud, para dirigirse hacia la zona más oscura y tenebrosa del carmen, donde la sombra de la exuberante de la hiedra lo cubría todo de tinieblas , a metro y medio de esta gran rama nacía un apéndice más pequeño, que siguiendo una trayectoria horizontal descansaba en la tapia, por este ramaje circulaba la savia de los Gomerez, personajes siempre adosados a una gran rama, equilibristas de la cuerda floja, viven entre sol y sombra, y como dice el poeta, no son fruta madura ni podrida, sino vana. Dando siempre higos mustios y vacíos.


La siniestra rama de la izquierda se sigue elevando entre tinieblas y oscuridad, sus ramas se retuercen, se encuentran  secas y carcomías, por sus venas circulan la savia de los pérfidos Milanes, es una zona sumamente peligrosa, los Vicentinis lo sabemos por experiencia, cuando nos hemos encaramado por este entramado no había donde agarrarse y las ramas estaba apolilladas, partiéndose a nuestro paso. Sólo se podía recoger malos frutos, higos podridos y llenos de gusanos, que ni los marranos de la Casa del Miedo los apreciaban.

Siguiendo el eje del tronco, se eleva majestuosamente una robusta rama que a manera de un gran abeto, despliega sus ramajes a los cuatro puntos cardinales, sus ramas se afinan para formar una copa de gran altura, capaz de tutearse con el esbelto torreón. Por sus arterias corre la sangre de los Vicentinis. Su frondoso follaje nos da fresca sombra en verano, siendo refugio del inquieto gorrión. En la altura los dulces higos se ofrece para ser picoteados por los traviesos pajarillos, mientras sus bajeras se cuajan de grandes y melosos higos isabeles, como aquellos que la reina le gustaba paladear.

Con el paso del tiempo Pepa “la vieja” abandonó este mundo, pero os puedo asegurar, que esta mujer a diferencia de nuestros primeros padres Adán y Eva, nunca comió el fruto de este árbol de la ciencia del bien y del mal.

Desde la Casa Morisca esperando que este año tengamos higos tan meloso como hace siete lustros. AL-Malin

Manuel Vicente Prados.

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2 respuestas a EN LA CASA MORISCA TAMBIÉN SE COMÍA HIGOS ISABELES

  1. Miguel Ángel Barrera Maturana dijo:

    Buen relato. Esa hiedra y esa higuera son parte de mi memoria afectiva, parte de mis mejores recuerdos infantiles.

  2. Celia Guiote dijo:

    La casa morisca estaba junto a la casa del miedo?. Podrías hablarnos de ella. Siempre tuve mucha curiosidad por ella. Gracias

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