LA ENIGMÁTICA “CASA DE LA ESCUELA” Segunda Parte


Espero no haber aburrido al lector con este paseo por nuestra historia más reciente, origen de la cantada idea Machadiana de las dos Españas.

Volvamos de nuevo a la entrañable casa morisca; si, la situada frente al convento de Santa Isabel la Real, por debajo del aljibe de Rey y a mitad de camino entre San Nicolás y San Miguel el bajo.

En mi cerebro retumban esos dos sustantivos Casa de la escuela. Es curioso el poder de las palabras, sonidos articulados labiles y etéreos, que se propagan por el aire, con ellas denominamos a edificios, calles, personas y eventos. Siempre hemos dicho que las palabras se las lleva el viento, son efímeras, al pronunciarse dejan de ser presente para convertirse en pasado.

En cambio los edificios, monumentos, calles y plazas, gozan de una estabilidad y consistencia de la que carecen los frágiles y gráciles vocablos. ¡Qué equivocados estamos! Suntuosos edificios, bastas fortificaciones, regias mansiones, todas sucumben al paso de tiempo, en cambio la palabra invariablemente se mantiene a flote, no hay antigüedad que las doblegue, a pesar de los años siempre lucen con el esplendor del primer día.

Esta afirmación la podemos comprobar en el nombre de las calles del legendario Albayzín. Calle Oidores, dónde está aquel palacio que fue la primera Chancillería de Granada, en la vulgar calle que actualmente lleva este nombre, nada queda de aquellas regias casas donde vivían los potentados oidores. De aquel Real y Venerable hospital de tiñosos fundado por el caballero veinticuatro  D. José de la Calle y Heredia sólo queda el nombre de la calle de la Tiña. El callejón del Gallo nos evoca el remoto y suntuoso palacio del rey Badis, sobre el que se construyó la afamada Casa del Gallo de Viento. Calle del Agua, dónde fueron a parar tus refrescantes baños.

De las legendarias minas del Padre Flores, clausuradas por impostura y engaño, sólo nos queda el recuerdo y la recoleta plaza de las Minas. Si nos lo propusiéramos esta relación nuncan tendría fin.

Lo mismo ocurrió con la famosa Casa de la Escuela, con el paso del tiempo sólo nos llegó su nombre. Difícil fue conocer la causa que le confirió el susodicho nombre, en la noche de los tiempos muchas cosas se pierden y otras se suelen olvidar, más aún cuando no quedan testigos o moradores que pudieran dar fe de lo que aconteció en tiempo pretérito.

Aquellos que me respondieron la perogrullada, a esta a casa le llamarían de la escuela porque albergaría algún centro educativo; no erraron mucho el tiro. Efectivamente según el documento que reproduzco en este escrito, en la calle Pilar Seco nº2 existió en 1.872 una escuela pública dirigida por el maestro Don José Aguilera López.

Por orden del Ayuntamiento Popular Republicano de Granada, con fecha 2 de Septiembre de 1.872 se abría en esta escuela pública, regentada por D. José Aguilera.

Escuela nocturna de adultos y artesanos, a la que pueden acudir los trabajadores de la parroquia de San José, situada en el barrio del Albayzín. Este prospecto repartido entre la población obrera de este populoso barrio, brinda a la masa trabajadora la posibilidad de lograr una instrucción y conocimientos adecuados, que los haga más libres dentro de una sociedad civil, que hace suyo los principios de la revolución de 1.868 y de la primera república. Como dice la referida proclama:…La vida de la República es la instrucción primaria, como lo es también la riqueza de los pueblos y de los individuos; es la luz que ahuyenta la oscuridad, esto es, el error, los vicios y adversas costumbres en las que nos han tenido los Gobiernos, para llevarnos de acá para allá,

Resulta interesante conocer la biografía de aquel maestro y director de nuestra Casa de la Escuela. Don José Aguilera López, nació en Guadix en 1.819, fue un francmasón entusiasta del ideal democrático y la enseñanza popular.

Tras una densa vida dedicada al estudio y la docencia. En 1.850 consigue por oposición el título de Maestro de Instrucción Primaria Superior. Abriendo ese mismo año en Granada una escuela para adultos. Fue secretario de la Junta Provincial de Instrucción Pública desde 1.850 a 1.868. Tras el triunfo de la Gloriosa fue nombrado secretario de la Junta Provincial de Primera Enseñanza.

En 1.871 por concurso oposición ganó la plaza de Maestro de la Escuela Pública del barrio del El Salvador perteneciente al populoso Albayzín. De esta manera llegó esta figura insigne a nuestra Casa de la Escuela donde creó una escuela para adultos y adultas.

Miembro de la logia “Luxe excelsens nº 7, alcanzado en 1.882 el grado tercero (Maestro Masón). Desempeñó la secretaría de dicha Logia.

Republicano progresista, fue vicepresidente del Comité Local en 1.891 y Vocal del Comité de la Unión Republicana en 1.896. Falleciendo en Granada el 10 de Enero de 1.901.

Este personaje gozó de un gran prestigio personal y profesional, fue llamado el apóstol laico de la enseñaza para los trabajadores.

Francisco Villa-Real, lo elogiaba en un artículo escrito en el periódico Defensor de Granada, haciéndolo en los siguientes términos:…espíritu nacido para el bien; trabajador incansable; liberal sin exageración de sectas; católico sin fanatismos; maestro entusiasta de la enseñanza pública, (…). Maestro de todos, ricos y pobres, hombres y mujeres, niños y adultos

Nuestro abuelo Miguel, muchos años después, en 1.940 escuchó los ecos y recibió parte de la herencia que la primera república dejó en su querida Casa de la Escuela.

Durante la década de los cuarenta la Casa de la Escuela se convirtió en una típica y masificada corrala de vecinos, en minúsculos pisos se hacinaban numerosas familias. Los inquilinos hacían la vida en el patio, corredores y azoteas, se sentía bullir la vida, niños, adultos y ancianos convivían en agradable complicidad.

Nuestro abuelo como casero y dueño de aquel peculiar enjambre de almas, no dejaba de cavilar para poder mantener en uso aquella ruinosa edificación que se le venía abajo.

La primavera de 1.943 fue especialmente  lluviosa, ingentes cantidades de mala hierba emergían de los abombados tejados, verde musgo coloreaba los carcomidos muros y penachos de higueras silvestres se agarraban desesperadamente a sus desconchadas fachadas. La densa vegetación reventaba los canalones de los descuidados tejados, las tejas se desprendían con facilidad, una plaga que terminaría por destrozar las techumbres. Al abuelo Miguel le preocupaba la situación, sabía que el próximo otoño llegarían las precipitaciones, con ellas aparecerían las filtraciones y goteras en los pisos arrendados. Toda una avalancha de quejas y amenazas caerían sobre su persona.

Nuestro ancestro como persona precavida, el mes de octubre requirió los servicios Nicolás, maestro de obras; conocedor experto de los misterios constructivos de esta finca, para arrancar la broza del tejado, aderezar las tejas torcidas, fijándolas con aquella mezcla artesanal, que preparaba como nadie.

La arena recién traída por una reata de burros desde los fértiles arenales del Darro, sería cernida con esmero, separando el grano de la piedra. En más de una ocasión vio sobre el cernedor destellos de oro, repetía con insistencia el día que me encuentre una gran pepita de oro dejo este oficio tan ingrato.

La arena cribada se iba depositando hasta terminar formando una picuda montaña, Nicolás sobre este picacho a manera de blanca nevada esparcía la cantidad precisa de cemento, a continuación remedando un volcán abría con su pala una gran boca en el centro, con calderetes de agua inundaba dicha oquedad, acto seguido y con mucho cuidado iba llenando el lago central con arena mezclada con cemento, teniendo mucho cuidado de que el agua no se fuera a derramar. Después, todo era mover con presteza aquel amasijo de fuera a dentro y de derecha a izquierda, de forma continua y sin parar.

De este proceder obtenía un mortero muy adhesivo y de gran calidad, el mejor para pegar las inquietas tejas que siempre estaban listas para desprenderse y volar.

Una mañana otoñal el abuelo supervisaba el trabajo de albañilería desde el alto torreón. Observó que uno de los muros interiores se combaba cada día más. Y dijo, mira Nicolás, a ver si podéis quitarle la panza a este muro que está a punto de estallar.

El maestro y su peón, con espiocha en mano, comenzaron a picar, no pasaron dos minutos cuando la piqueta del subalterno se coló hasta el mango en las entrañas de la pared. qué raro, qué pasa aquí, el muro se ha tragado la espiocha. Nicolás se percató, exclamando, qué raro esto, qué puede ser. Con sumo cuidado exploraron con la piqueta el bujero. Estando enfrascados en esta tarea, ven con extrañeza como toda la pared se desploma como si fuera un telón. El atronador ruido, acompañado de una polvorienta nube, lo inunda todo.

Cuando la densa niebla se desvaneció pudieron observar una profunda y negra oquedad, y destellos metálicos que destacaban entre la tupida oscuridad. Un pálpito notaron un sus desbocados corazones, sería aquello ese fabuloso y nunca encontrado tesoro moro. Siempre oyeron decir que en estas casas moras se escondían fabulosos tesoros. Estaba en el sitio adecuado, aquel torreón proyectaba su sombra sobre la legendaria calle del Tesoro.

Cuando lograron controlar su nerviosismo, entraron en aquella siniestra estancia, a tientas y con los rayos de luz que alumbraba por primera vez el escondido habitáculo, pudieron visualizar su contenido, se llevaron una gran decepción. No pudieron observar aquellos cofres repletos de plata y oro. Una infinidad de antiguas cajas de madera se apilaban de una manera anárquica, encima de ellas, cientos y desordenados casquillos de balas relucían, correajes abarrotados de munición colgaban de las cajas, y a un lado multitud de verticales y metálicos cañones de fusiles se apoyaban en la pared a manera de un largo y mortífero órgano conventual.

Los trabajadores impresionados por el descubrimiento, llamaron con insistencia al dueño, que como podéis  imaginar quedó boquiabierto. El abuelo no paraba de repetir siempre estas mismas palabras: Esto es mi ruina y la de toda mi familia, cuando se entere la autoridad, pensaran que soy un rojo revolucionario de los que tanto abundan en este barrio. Seguro que termino en el paredón y los míos en la más ínfima pobreza.

El abuelo siempre fue una persona de orden, no podía dejar de denunciar el comprometido descubrimiento. Acompañado de la abuela Mercedes, los dos enfilaron las empinadas cuestas que les llevaban al cuartelillo de la Guardia Civil. Quizás este fuera su último paseillo, se decían para sus adentros, una ida con una incierta y explosiva vuelta, dejaban atrás siete hijos y una esplendida casa.

Cruzaron con timidez el umbral del cuartelillo de las Cuatro Esquinas. El sargento Colomera era el comándate en jefe de aquel baluarte, representante del poder y el orden en este populoso barrio.

-Pasa Miguel, pasa que tú eres un hombre de orden. Dijo con voz rotunda y autoritaria al ver titubear a nuestro abuelo.

-Mi sargento, mi mujer y yo estamos muy preocupados, una cosa muy grande ha sucedido en nuestra casa.

-Tranquilo Miguel, cuéntame.

-Pues mire don Antonio, estaban los albañiles arreglando una pared y de repente se ha venido abajo.

-No me digas que la pared ha caído sobre los albañiles y los ha matado.

-No, no es eso, es que ha aparecido una habitación llena de armas.

Al sargento Colomera se le pusieron sus frondosos bigotes de punta.

-Bueno ante todo tranquilidad. Vámonos para allá ahora mismo.

En cinco minutos el sargento Colomera y dos números de la Benemérita estaban en el torreón requisando el explosivo alijo.

-Mi sargento qué me va pasar conmigo.

-Ya te he dicho que tranquilo Miguel, que este arsenal nos lo llevaremos y la autoridad ya dirá que ha de hacerse.

Fueron días de espera y zozobra para nuestro antepasado, pendiente de la puerta y mirando la calle de derecha a izquierda, siempre esperando a esa verde pareja de negros tricornios.

Una fría mañana recibe la esperada y temida noticia, tiene que presentarse con prontitud en el cuartelillo.

El abuelo llega al puesto militar totalmente entregado, para lo que quieran hacer con él, no espera buenas noticias.

-Tranquilízate Miguel, las autoridades han estudiado tu caso, tu eres una persona afín a nuestro movimiento, y han visto que el arsenal que ha aparecido en tu casa es muy antiguo, lo mismo lleva ahí enterrado más de 100 años. Son armas que se utilizaban en tiempos de la primera república, total antiguallas, nada más que antiguallas, armas inútiles.

Un gran peso se quita el abuelo de encima, en su rostro se dibuja la sonrisa, el brillo vuelve de nuevo a sus ojos. Sabiendo lo bien que se ha resuelto el entuerto, tuvo la valentía de pedirle un favor al temible sargento Colomera.

-Don Antonio podría pedirle un favor.

-Sí, dime Miguel.

-Mi hijo mayor fue sargento de cota, sirvió en infantería durante la guerra, estuvo en el frente de Alcala la Real. Y como tiene licencia de armas, pienso yo, sí se podía quedar con una de las pistolas que aparecieron en mi casa.

-Ya se vera, Miguel, vente mañana con tu hijo y su lincencia de armas, le daré la pistola que él quiera.

Aun recuerdo aquel oscuro armario que llenaba el reducido dormitorio de mis padres. Debajo, a la derecha y siempre cubierta de polvo, estaba la raída maleta de cartón que contenía las pertenencias de mi abuelo. Su último atillo, su dentadura postiza y la famosa pistola republicana que apareció en el torreón de la Casa de la Escuela.

Como podemos ver la Casa de la Escuela, fue un referente de enseñanza libre y tolerante, basada en las ideas igualitarias de la Revolución de 1.868 La Gloriosa. Esta atmósfera que en 1.872 se respiraba en la casa morisca, impregnó sus muros y recintos para siempre. Quizás fuera la causa de la querencia que tiene nuestro querido primo José Miguel por la República. Pasó toda su infancia en esta instructiva casa, seguro que se contagió de estas ideas progresistas, de igualdad y libertad, donde el pueblo es soberano, no precisando de monarca alguno que reine.

Este ideario de justicia e igualad también caló fuertemente en los Vicentes, forma parte de nuestro ser, y lucharemos hasta la muerte para que siempre se haga justicia. Una vez liberados por la formación, el estudio y el trabajo, nos hemos quitado del yugo prepotente, fascista y manipulador de nuestros allegados familiares. Estamos unidos, preparados y dispuestos para luchar contra una gran injusticia y esta vez podremos decir con seguridad la famosa frase: POR NOSOTROS NO PASARAN

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LA ENIGMATICA CASA DE LA ESCUELA


¿Por qué la casa morisca del Pilar Seco nº2 siempre fue conocida como la casa de la escuela?

Esta misma pregunta me la he hecho durante más de cincuenta años; he interrogado a vecinos, familiares, viejos y estudiosos del tema, nadie me ha dado ninguna respuesta convincente. Los que querían agradarme me decían: seguro que en esta casa hubo una escuela, para llegar a esta conclusión tampoco se tenían que rebanar los sesos. Lo importante sería saber en qué periodo histórico apareció esta escuela fantasma. Algunos decían que debió suceder hace muchos años y los más valientes la localizaban en el Albayzín morisco.

En esta desorientación temporio-espacial me encontraba inmerso cuando la suerte o la providencia  de los archivos virtuales, arrojó un rayo de luz sobre esta curiosidad que me acompañó toda la vida. Este hallazgo fue como el amor, aunque se desea, nos llega cuando le da la real gana.

Si pensáis que os voy ha relatar esta hallazgo sin más, cuando yo he tardado cinco décadas en conocerlo, es que sois algo incautos.

La casa morisca siempre fue conocida en el barrio como la casa de la escuela, de esta manera la llamábamos de pequeños, era conocida en el Albayzín por este sobrenombre. Enigmático apodo para esta ilustre casa solariega, que actualmente atraviesa por los días más convulsos de su historia.

Como aquel reino de Granada que sucumbió victima de las guerras fraticidas. Nuestra Casa de la escuela camina por idénticos derroteros, la guerra intestina entre los partidarios del Gavilán-Boadil, los interesados Gomelez y los cándidos seguidores de Muly-Hacen, debilitan nuestra fortaleza, acelerando la pérdida de la querida propiedad. Cerca están las huestes de Okupas, las multas de urbanismo, la división de la cosa común y no lo dudéis volverán de nuevo los Reyes Católicos portando la subasta pública como preciado pendón

Dejemos de ser agoreros porque el futuro siempre es incierto y caprichoso. Por mucho que lo imaginemos, siempre la realidad será peor que lo esperado.

Con un poco de imaginación retrocedamos a la España de 1868; nos vamos a encontrar con una nación que está sufriendo una gran crisis existencial, se producen profundas reformas sociales y políticas.

El fruto de este periodo de cambios, es la Revolución de 1868, llamada La Gloriosa. Se firma el pacto de Ostende, por el cual progresistas, demócratas y unionistas pretenden echar a los Borbones de España.

El 28 de septiembre de 1868 las tropas leales a la reina Isabel II, fueron derrotadas en la batalla de Alcolea. La noticia llego rápidamente a Madrid, donde la corte y la propia reina se apresuraron a huir hacia el exilio francés

Tras la caída de la monarquía se forma un Gobierno Provisional encabezado por los generales Prin (progresista) y Serrano (Unionista). Se realizan reformas políticas y  una convocatoria a cortes constituyentes, mediante elecciones por sufragio universal masculino (Mayores de 25 años).

Resultando ganadores, con mayoría absoluta, la coalición progresista democrática y unionista, que en ese momento estaba al frente del gobierno provisional. Muy por detrás quedan republicanos y carlistas. En seis meses se elabora una constitución que fue aprobada en Junio de 1869. Ésta fue la más liberal y demócrata de todas las aprobadas hasta la fecha.

Se adoptó la monarquía parlamentaria como forma de gobierno. El rey reina pero no gobierna. Esto platea un grave problema, España sigue siendo una monarquía, pero en este momento no tiene rey. Este va a ser el principal problema del nuevo presidente de gobierno, encarnado en la persona del general Prin, que se afana buscando un monarca que suceda a la derrocada reina Isabel II. Mientras esto sucede las Cortes optan por nombrar al general Serrano regente del reino.

Más de un año de gestiones ante las chancillerías europeas le llevó al General Prin encontrar un candidato para ocupar el trono de España. Finalmente se decide por Amadeo de Saboya, hijo del rey de Italia Víctor Manuel II…

 Prin somete la propuesta a Cortes, aunque un tercio de los diputados, en su mayoría, votan en contra, los otros dos tercios restantes, votan favor. La propuesta es aprobada y en Noviembre de 1870, Amadeo I es aceptado como rey de España. Es la primera vez que un monarca es elegido democráticamente.

 El 27 de Diciembre de 1870, mientras el rey Amadeo I se encuentra de camino a España, se produce un suceso que va a cambiar el signo del nuevo monarca. El general Prin sufre un atentado que le lleva a la muerte, con el inesperado magnicidio desaparece el principal apoyo de Amadeo I

El derrocamiento de los Borbones y la aceptación de la monarquía como forma de gobierno, alienta las esperanzas del carlista, que aspira a derrocar al monarca italiano. Para proclamar como rey a su nuevo pretendiente Carlos VII.

El 2 de Mayo de 1872 entra en España Carlos VII, para apoyar la nueva guerra carlista que ya se ha puesto en marcha, contrariedad que unida a la guerra de Cuba que dura ya cuatro años, minan el reinado de Amadeo I.

Es una etapa histórica que se caracteriza por una gran inestabilidad, el enfrentamiento entre todos los partidos políticos hace que en dos años se celebren tres elecciones generales y se sucedan seis gobiernos cada vez más débiles.

Incapaz de gobernar Amadeo I renuncia al trono de España el 10 de febrero de 1873. Fue el fin de un efímero reinado y supuso el fracaso de la monarquía democrática instaurada por la revolución del 1868 La Gloriosa.

El mismo día de la salida de Amadeo de Saboya, el Congreso y el Senado en sesión conjunta, proclama a la republica como forma de gobierno de la nación. La república es la única salida que le queda a la Revolución de 1868 para mantener su espíritu, siendo votada por republicanos y radicales.

Las clases más bajas reciben con esperanza a la flamante república. Pero en España continúa la inestabilidad política, la guerra carlista y la insurrección cantonal, abona el terreno adecuado para que el 29 de Diciembre de 1874 el General Martínez Campos de un golpe de estado, derribando la República y poniendo punto final a la Revolución del 1868.

A pesar de su fracaso La Gloriosa deja sin embargo en los españoles un pozo de su espíritu laico y progresista, el sueño de una sociedad más justa, democrática y soberana donde el ciudadano sea el eje de la sociedad civil.

La revolución también deja una nueva moneda La peseta, que circulará por la mano de los españoles hasta la llegada del euro. En el canto del duro (moneda de cinco pesetas) figuraba una inscripción que resumía el espíritu de la revolución de 1868 Soberanía Nacional.

La casa morisca de Pilar Seco no es ajena a estos cambios sociales, vientos de liberación e ideas progresistas calan en sus viejos muros, y la suntuosa mansión que construyeron aquellos lejanos moriscos del 1500, sufre una radical transformación asumiendo una nueva función para la que no fue concebida. Y si es de vuestro interés ser conocida, en el próximo capítulo os será ofrecida.

CONTINUARA ……………………..

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En el cielo albayzinero desde hace un año resplandece un lucero


Qué tozudez la del género humano al intentar ponerle límite temporal al duelo, ya ha pasado un año de la pérdida y no encuentro consuelo. Mi vida está plagada de presencias y también de pérdidas y ausencias, pero ninguna de ellas impidió restañar la herida que me dejó la pérdida de la persona querida. No puedo borrar y pasar página, porque fue tanta la escritura y tan bella y profunda en esta vida su huella, que jamás podré pagar la factura a tan angélica criatura. Cuando me encuentro algo distraído y mi mente vuela libremente por el recuerdo, me lleva tarde o temprano hacia ella y la percibo nítidamente como la mujer más bella, la veo como niña con impaciencia y sin esperas yendo allá abajos con sus zapatillas correnderas, la veo como joven lozana embelesando a mi padre con su gracia mundana, la veo como madre preocupada queriendo y defendiendo a sus hijos de cualquier dentellada, la veo como madre de edad provecta siempre a unir más y más su piña dispuesta, y la veo sin edad porque nunca la tuvo su bondad. Una vida entera que con poco, casi nada, la vivió y disfrutó en su plenitud, jamás hubo tiempo para el lamento y arrepentimiento, siempre buscó el role a favor del viento. Donde otros ven la dificultad, ella veía la oportunidad que compartía con los demás en su inmensa generosidad.

Me restriego los ojos cuando se desvanece,  porque se me escapa la mujer a quien mi corazón le pertenece, las lágrimas de mi llanto ya no encuentran consuelo, porque no soporto su ausencia en este sentido duelo. Me rebelo y estalla mi alma en colérica impotencia, no acepto su ausencia. Me rebelo y no acepto de nadie el consuelo, era mi madre, el ser que me engendró y la que más cariño me dio, jamás pude estar a la altura de lo que me dio esta cándida criatura. Me sorprendo a mi mismo marcando su número de teléfono, no lo hago de modo consiente y cuelgo de repente, al otro lado ya no escucho la voz siempre alegre de mi madre y su placida presencia, al otro lado solo hay silencio y ausencia.  Qué vida tan miserable que aparta de ti aquello que le da sentido a la existencia y la hace agradable. Miro en el teléfono el listado y Cándida tiene su lugar reservado, tendría que haberlo borrado, pero no puedo, me lo impide este dolor de ausencia en el que me hallo embargado. Son cosas pequeñas, diríase que menudencias, pero acompañan el recuerdo de mi madre y de sus inmensas presencias, no quiero cerrar el capítulo y llevar el libro hacia el olvido en su final, por mucho que los expertos hablen de un año de duelo y punto y final. Ante esto me rebelo y pondré punto y seguido pues mi madre jamás caerá en el olvido.

Mi madre a dar siempre estuvo dispuesta, a dar cariño a cambio de nada, a ofrecer su ayuda a cambio de nada, a dar un par de besos a quien lo necesitaba a cambio de nada, a dar consuelo ofreciendo su desvelo a cambio de nada, a abrir su corazón de par en par a cambio de nada, a dar su amistad desinteresada a cambio de nada, contagiaba su alegría y por donde iba no había noche siempre era de día. Al revés que te da la vida siempre le daba la vuelta, buscando lo bueno en el envés, por ello y por muchas más cosas que aportaba en esta vida su presencia aun soporto peor su ausencia. Trescientos sesenta y cinco días con sus insoportables noches sin mi madre, son trescientas sesenta y cinco razones para que sus seres queridos tengamos en carne viva nuestros corazones. Por eso mamá te digo, te quiero mucho, nunca te olvido. Y lanzo dos besos al viento que irán a las mejillas de mi madre a su encuentro. Estará impaciente esperándolos en su Carmen albayzinero que seguro hay en el cielo. Desde aquí escucho ya la algarabía, junto a sus amigas estará de cháchara compartiendo una celestial sangría.

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Escalera y madero en el calvario albayzinero


El albayzín por primavera los sentidos altera, qué embriaguez para los sentidos, todos los estímulos sonoros, olfativos, visuales y gustativos unidos. El perfume al cinamomo era de la primavera su mejor pródromo.Los niños comíamos los gallicos que se deslizaban por las paredes de los cármenes albayzineros y con ello degustábamos la primavera en sus sabores más auténticos y sinceros. Los sones y redobles de los tambores se armonizaban con las cornetas dejando en el barrio el halo de sus clamores. De los hogares salían aromas de canela en el ejercicio de la repostería de la mejor escuela. Y quebrantos y quijios por peteneras y carceleras que salían de la colina albayzinera por todas sus laderas. Todos estos avisos nos hacían ver que el Albayzín iría allá abajos a procesionar a sus advocaciones en un río de cofrade complicidad y humanas devociones. Humildes cortejos nazarenos, Auroras de claridad, Silencios de contrición, piedad y Perdón y Gitanos cristos Morenos, que a los albayzineros, más o menos creyentes, por estos lares no dejaban indiferentes. Dejo relatado todo lo que la Semana Santa en mi memoria dejó grabado.

En la infancia dos años era una enorme distancia, puede ser el límite entre pertenecer o tener que merecerlo para que así pudiera ser. Con los años y llegada la madurez esta diferencia en lo temporal es una menudencia. Pero en mi infancia debía arriesgar para que mi hermano y sus amigos me llegaran a aceptar como un miembro más. Llegaron a plantearme pruebas iniciáticas para cerrar la admisión y ser aceptado en su círculo de amistad por valor, mérito y convicción. Siendo menos tenía que demostrar más en aquellos amistosos terrenos. Recuerdo como me dejaron un testigo en la fuente del Avellano para que por la noche yo lo recogiera como prueba de valor con mi propia mano. Tal como lo recuerdo lo digo, más aun estará hoy esperando el mencionado testigo, pues aunque algo de valor me dio la vida, no era tanto como para que adoptara aquella actitud temeraria y suicida. No obstante a fe de ser un pesado por el grupo de amigos de mi hermano terminé siendo aceptado. Muchas fueron las actividades que desarrollamos en este círculo de amistad con sus lúdicas oportunidades. En cualquier ocasión y en cada rincón aparecía la oportunidad de asegurarnos la diversión. Ahora que transitamos por tiempos cuaresmales quisiera evocar nuestras experiencias penitenciales.

Se me remembran en mi memoria aquellas abrileñas primaveras en las que en mi barrio para subir al madero se buscaban escaleras. El Albayzín una vez reconquistado fue profusamente cristianizado, de ahí que fueran muchas las parroquias y beaterios que se fundaron es estos hemisferios. Santos, Cristos y Vírgenes en sus distintas advocaciones aglutinaban de muchos albayzineros sus devociones. Más se acentúo esta tesitura en la época de la dictadura. Pues en tiempos semanasanteros solo cabía la penitencia y el recogimiento de los albayzineros. Las tabernas y lugares de distracción permanecían cerrados en espera del Domingo de Resurrección, era tiempo para ejercicios espirituales, penitencia y contrición.

Ya con seis primaveras tenía ricas y prolíficas experiencias semanasanteras, mi madre en la Mancha Chica reclutaba entre la chiquellería a todos los niños que había y nos dirigía en solemne procesión desfilando por la Calderería. Con aquella caterva infantil mi madre disfrutaba de la algarabía y a la tribuna del pobre en la calle San Matías nos disponía para ver el paso de todas las cofradías. Entre cortejo y cortejo penitencial jugábamos con nuestros modestos tambores a desfilar, sin duda fue mi madre con su infinito amor y paciencia la que hizo de mí un cofrade que espera cada primavera la Semana de Pasión con impaciencia. Con sus manos y su generosidad amenizaba la espera de las estaciones penitenciales con ricos y sabrosos dulces cuaresmales, pestiños con rica miel, roscos fritos, leche frita, torrijas de pan emborrachadas en vino, canela y azúcar, y sobre todos las croquetas de chocolate, hacían que mis sentidos en aquella espera se sumieran en una venial borrachera. Olores de incienso y flores, sones de marchas procesionales, los mencionados sabores y las miradas a los sagrados titulares convergían en una borrachera de estímulos sensoriales que me cautivaron para siempre gracias a estas vivencias pasionistas y pasionales.

Admitido como he relatado en el círculo de amistad y habiendo asistido a la escuela semanasantera de mi madre, a no mucho tardar en un cortejo nazareno tenía que debutar. No fue fácil y hacedero que pudiera tener presencia en un cortejo nazareno, mi hermano y mis amigos Jesús y Mariano, el hábito penitencial pronto lo tuvieron en la mano, sus nueve años fueron poderosas razones para que sus cuerpos se adaptaran a las túnicas y las medidas de sus patrones. Sin embargo para mí en mi séptima primavera no encontraba el hábito que a mi cuerpo le viniera, me pasé la cuaresma en diaria procesión hacia el comienzo de la calle de los Cuchilleros en busca del hábito de mi ambición, en un húmedo bajo se entregaban los hábitos penitenciales, y ahí acudía con mis anhelos y deseos reverenciales. Tenía que ser el último día cuando apareció una señora con la túnica que a mi cuerpo se ceñía, la buena señora me salvó a última hora, y por la Calderería en busca de mi madre iba repleto de alegría. Con un papel de estraza y una plancha de carbón mi madre sacó la cera del hábito, capillo y cíngulo de la nazarena corporación. Ya era cierto y verdadero que el jueves Santo junto a la Aurora y al Perdón bajaría por los grifos de San José y San Gregorio el Bético en albayzinera procesión. Viví con intensidad cada instante que me ofreció la buscada oportunidad, quizás allí nació la costumbre que en cada Semana Santa me hace mirar al cielo, como lo hace todo cofrade, ya que la inestabilidad primaveral  propicia la incertidumbre. En la Calle San Gregorio las primeras gotas de lluvia sembraron las dudas en el gentío y de mi alma infantil se adueñó un sentido escalofrío. Más aún cuando los costaleros de la Aurora abandonan la parihuela pues como profesionales querían un incremento en sus emolumentos dinerales. Con qué pesadumbre asistí a este lapso de manifiesta incertidumbre. El viento se llevó la lluvia, al momento que para los costaleros hubo promesa de mejorar el peculio emolumento, Manolo el Barandas en el balcón sobre la taberna donde se servían vinos de la costa, se arranca por soleares y así rezó a los sagrados titulares. Ya nada pararía el transitar de esta cofradía y mi exultante alegría.  De madrugada el Perdón aguardó en la Plaza de San Miguel la anhelada llegada de la Aurora que acudía a su encuentro, hoy algunos tildarían de inmadurez estos alardes que quedaron guardados en el baúl de la sensatez. Mi madre esperaba impaciente y mi hermano y yo nos comimos el arroz con leche en un periquete que a mi madre le salía de rechupete, también caía algún que otro rosco frito y varias croquetas de chocolate en este semanasantero embate.

En esta remembranza acude otro recuerdo en forma de añoranza, fue aquella Semana Santa en la que salimos en la procesión del Cristo de los Gitanos con esas túnicas que tenían grandes bocamangas en las manos. Fuimos reclutados para portar determinados enseres ya que se pagaban dichos menesteres, llevábamos los faroles de artesanía albayzinera que a la Cruz Guía le servía de acompañamiento y otros que escoltaban a otras insignias penitenciales con litúrgico fundamento. Un tambor ronco y destemplando acompañaba al Cristo del Consuelo en un sentido y manifiesto duelo, se disponían aulagas por el sendero por el que procesionaba el Cristo del Consuelo, sendero que primero era albayzinero como antesala del tránsito gitano por el barrio sacromontano, hogueras que arderían mientras que aquel jueves Santo el Cristo de los Gitanos regresaba a la Abadía. Éramos niños todavía y nuestro paso al Sacromonte se nos prohibía. El Sacromonte se nos advertía como peligroso, de ahí que nuestra estación de penitencia debía finalizar en las inmediaciones de este barrio que por aquel entonces se nos dibujaba muy proceloso.  En el paseo de los Tristes con el dinero en los bolsillos abandonamos los enseres que portábamos como penitenciales chiquillos, más no fuimos los únicos y primeros en desertar y dejar a su suerte los enseres cofradieros. Y qué bien nos vinieron los dinerillos que sacamos por portar aquellos farolillos. Más tarde esta práctica de la deserción de convirtió en tradición y por ello al paraje sacromontano sólo llega la Madre y el Cristo Gitano.

De aquella infancia de cofrade albayzinero aun me queda un recuerdo que remembrar quiero. Mi hermano y mis amigos Jesús y Mariano, nos habíamos aficionado a penitenciar con el aliciente de que algo nos reportara de peculio para la mano. Teníamos al Cristo de la Misericordia una enorme devoción y para salir en su cortejo dispusimos de una ocasión. Por portar faroles de hierro forjado doscientas cincuenta pesetas nos hubimos embolsado. Teníamos ante nosotros un paisaje nazareno parecido al que con los Gitanos había acaecido, portábamos faroles y un tambor destemplado era el acompañamiento del Cristo agonizado. Con mucho sentimiento iniciamos cual cirineos nuestro penitencial acompañamiento. Durante nuestro tránsito de penitencia por las calles del nuestro barrio albayzinero, las cadenas y la cola de la túnica permanecían recogidas pero al llegar allá abajos en su plenitud eran extendidas, silencio y seriedad acompañaba el transitar de esta hermandad. Penitencia, silencio y contrición expresaba al Cristo del Silencio la más fervorosa devoción.  Así transitaba el cortejo penitencial hasta que al comienzo de la calle San Matías el silencio evanece en su peregrinar, mi amigo Mariano pisa la cola de la túnica de Jesús y el farol se desprende de su mano, calle abajo rueda el farol sin control y sin que nadie lo pueda remediar en su rotario fragor. Mi amigo Jesús siguió del farol su estampida y desde entonces del suceso ya no se olvida.

Nunca olvidaré aquellos jueves santos albayzineros que dejaron en mi infancia aquella cofrade fragancia, que aun hoy perdura a pesar de la distancia. Plaza Nueva fue en mi infancia confluencia de Vírgenes y Cristos en sus distintas advocaciones que tras los muchos años pasados, a mi me reafirman en mis devociones. Confluencia que se dirigía siempre hacia el Albayzín menos Santa María de la Alhambra que por Gomérez buscaba el alhambreño confín.

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TRIUNFADORES ANTE LA ADVERSIDAD; FUISTEIS UN EJEMPLO PARA LA VECINDAD


En un mundo que nos globaliza y aliena, tratamos de ser  diferentes, buscamos ese marchamo o singularidad que nos distinga de la simple muchedumbre. Esa marca que todos no pueden adquirir, el vestido exclusivo, el coche tuneado, e incluso somos capaces de tatuar nuestra piel para ser diferentes al resto de los  mortales. Algunos tienen la fortuna o la desgracia de ser diferentes desde su nacimiento. Pero a veces esa distinción nos amarga la vida, una dificultad sobreañadida que sin saber por qué, y sin pedirla se nos regala.

A mi mente llega una insólita historia que un día me relató un padre Franciscano. Fue durante la Semana Santa granadina,  la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno disponía los últimos preparativos para procesionar sus imágenes. Al fondo, en la nave central, el hermano mayor iba entregando a los penitentes, según llegaban las cruces para desfilar, llamaba la atención que no hubieran dos cruces iguales, unas eran pequeñas, otras  largas y también las había más pesadas. Con decisión cada nazareno cogía su cruz. Pero cuando llegó el último cofrade solo quedaba una maciza y pesada cruz. Hermano mayor, no voy a poder arrastrar esta pesada cruz, no podré procesionar con ese gran peso. El hermano mayor lo animaba diciéndole que él sería capaz. A la mitad del desfile, más de uno abandonó su cruz. El regio hermano llamó a nuestro esforzado nazareno, invitándole a que cambiara su pesada cruz por una más liviana, primero sopesó una cruz  muy ligera, pero era muy larga y aparatosa,  pensó que seguro tropezaría;  después cargó otra más corta, pero el brazo horizontal lo desnivelaba. Y tras probar otras le dijo a su hermano mayor, sabes que estoy pensando quedarme con la cruz que llevo, aunque pesa un quintal yo con maña la voy arrastrando y seguro que llegaré hasta el final. Dios es sabio y nos da a cada uno la cruz que somos capaces de soportar.

El tiempo va borrando todo aquello que no fue importante en nuestra vida, pero el recuerdo de aquellos albazineros desfavorecidos no han caído en el olvido. Singulares  fueron sus vidas, obstáculos y circunstancias adversas no le faltaron; con esfuerzo pasaron de lo cotidiano a lo trascendental y como una estrella en el firmamento no dejan de brillar. Miguel Vicente Prados, infatigable luchador por la justicia social, no podía dejar pasar esta ocasión, para ponerse al lado de “los otros”, de aquellos parias que un día y de hurtadillas pasaron por su sorprendente mundo infantil.

En estos lares vivieron albayzineros singulares

Es fácil recoger las andanzas y avatares de aquellos personajes estelares, casi siempre la retina se fija en aquellos que por su lucidez a ello conmina. En nuestro barrio hay un buen ramillete que en el cante, baile, pintura y literatura supieron la mediocridad poner en un brete. El Albayzín fue siempre un buen caldo de cultivo que propició celebres personalidades en lo creativo, el Albayzín fue, es y será cuna de personas con méritos sobrados para ser glosados y recordados. Pero hoy no me trae este motivo en mi tránsito narrativo, es más, son los parias los que no quiero dejar en el olvido. En nuestro barrio han existido personas que no tuvieron fácil su devenir en este valle de lágrimas que a veces plantea el porvenir. Personas que también fueron ejemplares aunque tuvieron su tránsito complicado en estos lares. Fueron con su presencia los que fijaron en recuerdos mi albayzinera infancia en su vital apariencia. Fueron ellos los que al barrio en su diversidad le plasmaron su impronta de humanidad.

Nadie recordar pudiera, que destacaran por su abolengo y solera, como también nadie puede negar que ellos le dieron lustre a mi infancia en este lar. Anidó a lo largo de su vida en ellos la rareza, y fue lo que los hizo singulares sin que tuvieran que consumar en sus vidas ninguna proeza. Hoy hablamos del respeto a la diversidad, pero por aquellos años el diferente no contaba fácilmente con esta complicidad. El cojo en su cojera, el loco en su locura, el estulto en su estulticia, el borrachín en su perpetua borrachera, el mariquita en su libérrima condición, la demente en su demencia, se dieron en corpórea personalidad en el Abayzín que de niño viví sin que ninguno perdiera para mí un ápice de dignidad. La vida y sus avatares hicieron que en el barrio fueran muy populares.

Las tascas y las tabernas en el albayzín que yo recuerdo, cuando era un alevín, se distribuían por doquier y eran punto de referencia para el parroquiano una vez acabado su cotidiano menester. Ya de madrugada se buscaba mitigar el frío mañanero con un buen lingotazo de aguardiente que removía las tripas del madrugador cliente, servido en copas con su línea roja que servía al tabernero de referencia para enrazar el aguardiente, estos clientes mañaneros el café con sopas lo traían puesto de su hogares y sólo acudían en busca del etílico elemento que servían a granel en las tascas más populares. El chato de vino ayudaba en la vuelta de la interminable jornada laboral a mitigar el camino. A veces sin compañía el vino peleón se bebía y otras con altramuces, aceitunas aliñas o cebollas en vinagre encurtidas se maridaba el vino que se bebía. Esto era lo habitual, hasta que aparecía en escena el borrachín sin jornada laboral, al tabernero le hacía compañía durante todo el día, y sólo cuando se agotaba, en éste, el paciente talante, y como estaba prohibido el cante, los ponían de patitas en la calle para que ejercieran a dos o cuatro patas de caminante. El transitar del borracho era bastante peculiar, de un lado a otro de la calle intentaba mantener erguido el talle, cosa que observábamos la chiquillería y que no entendíamos cómo conseguía. Era el momento que alrededor del beodo, borracho tú, con la botella llena y el chapuz, le cantábamos a coro. Hubo durante mi infancia en el barrio, borrachos habituales que pillaban día a día cogorzas descomunales, pero del que mantengo un recuerdo especial por sus borracheras estelares, fue Antonio el de los telares. Salía de buena mañana de su casa hecho un pincel, y zigzagueando los chiquillos lo encontrábamos al atardecer. Por la lontananza se escuchaba oja, oja pelleja, oja coneja, se trataba del Antonio el Oja que venía con una borrachera descomunal desinhibido y sin congoja. La chiquillería detrás de Antonio el Oja se arremolina y se armaba la tremolina, se agachaba para coger una piedra como munición saliendo el tropel infantil en estampida y desaliñado pelotón. Antonio el Oja acababa por el suelo esturreado y los niños con malicia pero sin maldad con el pobre beodo habíamos jugado.

Esta historia se repetía con otro Antonio que en el barrio también vivía. Lisiado y con cojera, Antoñico el Tonto por el barrio acompañado con su bastón hacía su inesperada aparición. La chiquillería después de salir del Goméz Moreno tras de Antoñico el tonto formábamos una procesión, menudo cortejo que a Antoñico no le hacía ningún gracejo, con sonidos guturales intentaba ahuyentar a los chavales, y si no lo conseguía el bastón como buen argumento esgrimía. No éramos malos los niños sólo es que atraía nuestra curiosidad todo aquello que se separaba de la normalidad, la diferencia hacía que nuestro comportamiento no expresara clemencia hacia aquel vecino albayzinero que la vida le guardó un destino ingrato a la par que poco lisonjero. La chavalería nunca se caracterizó en su inocencia por tener mesura y por su prudencia.

Sin dudar Doña Berta fue en mi infancia otro personaje singular. A buscar amparo al animal gatuno desamparado siempre estuvo dispuesta, los gatos albayzineros encontraron en las manos de doña Berta cariños verdaderos, sus mimos y dedicación eran de su demencia la más evidente manifestación.  Vivía en la calle de la Tiña y sé también que procedía de una familia de bien, su mente en la senectud la llevó de vuelta a la niñez, a su estado le llamaban chochez y habitando en ella adquirió la manía de alojar en su casa en régimen de acogida a todo felino que como derrelicto quedaba a la deriva en el mar de la vida. Decenas y decenas de gatos buscaban en la casa de doña Berta sus adecuados parapetos y campaban en su casa al antojo por sus respectos.  El olor gatuno hacía asomar la nariz por la casa muy inoportuno,  era verdadero hedor lo que regurgitaba aquella casa en su rededor. Sin embargo cuando la anciana a pasear salía como una reina lo hacía, qué ternura desprendía en su poca lucidez y que bondad expresaba en su candidez. También fue presa fácil de la niñería cuando un gato en su regazo tenía. Los niños hablamos en su presencia del gatuno maltrato y ella se encendía esgrimiendo un duro alegato. Como siempre la diferencia atraía en la niñería la maledicencia, quizás solo fueron juegos de infancia ahora que lo veo desde la distancia.

Persona con más dignidad en el paisaje albayzinero jamás encontré y la dejo en este relato como personaje postrero. En tiempos de dura dictadura y de moral pacata, estricta y estrecha, hicieron que su vida no fuera fácil dejando con frecuencia su dignidad maltrecha. Pero jamás encontré en nuestro barrio a una persona más digna y educada que la que aquí quiero dejar testimoniada. Y que tiene como las anteriores un común denominador, ya que de la chavalería también soportó  la mofa y la burla con entereza y torero valor. Les llamaban desviados y amanerados, en los chistes populares eran personajes estelares, qué poca gracia tiene reírse de la gente y más aún llamarles de la acera de enfrente. La dignidad es condición inherente a la persona y poco nos ha de importar la condición sexual que la blasona. El que es albayzinero sabe que a la Paquita me refiero, jamás vi una albayzinera con más arte y salero. Con qué porte se atufaba el exiguo flequillo en la frente y sin pretenderlo se congraciaba a toda la gente. Con su bolso de buena mañana iba a hacer a plaza Larga los mandaos y de camino de otras vecinas también hacia los recaos. Qué zalamera era esta albayzinera y sigue siéndolo pues aún sigue viva y venturera. Transitaba por el Arco de las Pesas la Paquita, cuando una marabunta de chiquillos a las doce y media salía de la escuela, ya sólo cabía decir probetica, mariquita era la palabra que le caía más bonica. Aunque la Paquita no se cortaba ni mijica y te soltaba la primera bordería que se le ocurría, para todos encontraba munición en la verbal batalla campal.

No quisiera terminar este relato testimonial, dejando en el olvido un ser en el barrio muy querido. Son datos empíricos y evidentes que al nacer todos nacemos diferentes, unos con los ojos azules, otros morenos, altos, gorditos, etc. Jose nació con un cromosoma de más en sus células y su diferencia en el barrio cobró más evidencia. Normalmente por esa humana tendencia de simplificarlo todo y huir de la complejidad, de lo diferente y diverso, se le pone nombre a la diferencia.

En mi barrio albayzinero no se cumplió con José este presagio agorero, con José en el Albayzín esto no sucedía pues desde que era niño ya se le quería.  Su ternura, su cálida y confiada mirada, su deseo de experimentar y descubrirlo todo, hizo que no se buscara la etiqueta de Down como apodo, nunca fue por ello en el barrio etiquetado ni clasificado. Jose siempre fue el que ejercía por sus méritos singulares de policía, no le cabían al chiquillo más carnet en su bolsillo. En un pis pas te procedía a detener sin que nada pudieras hacer. Mis padres le tenían mucho cariño y por su bar, Jose, todos los días aparecía y un café mi padre le servía a este ilustre policía.

Todas estas personas singulares y diversas a mi infancia le dieron sentido y no quisiera que mi barrio las dejara caer en el olvido, éstas y otras más que hubieron no fueron celebridades ni destacaron por sus obras creacionales, simplemente fueron, como los demás, buenos albayzineros que dejaron su huella en sus enraizados senderos.

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LOS GATOS DE LA CASA MORISCA


El gato, animal carismático siempre fue un protagonista de nuestra casa morisca, por allí pasaron felinos de todos los pelajes y condiciones, blancos, negros, pelirrojos y todas las mezclas que podamos imaginar, los había mansos y tranquilos, también fieros, vengativos, necios y muy ladinos. Pero algunos por méritos propios o por circunstancia a ellos ajenas, hicieron que su recuerdo perdure  en mi memoria. Me acuerdo de aquel gran gato que tenía Juanico, el hijo de “la Pepa vieja”, rubio de gran  talla, lomos atigrados, cabeza grande, orejas pequeñas y doble papada, parecía haber abandonado la fuente del patio de los leones. Era todo un patriarca, un galán de la noche y abundante descendencia en el vecindario. Cada mañana cuando Juanico abría la puerta de su húmedo bajo, el gato atolondrado cruzaba entre las piernas de su dueño, corriendo con diligencia al patio comunero, donde tomando plaza mantiene a raya  los malditos roedores. Me parece estar oyendo a su propietario, en las frías noches de febrero llamando a su minino, que con la oscuridad se perdía para ocuparse de sus tareas amorosas, era el Casanova de los tejados propio y del vecino. El dueño al ver baldío su esfuerzo para que su gato durmiera calentito en casa, cabizbajo entraba en su hogar donde lo esperaba su mujer; apodada la Minina, hembra de exuberante pechera, parecía haber salido de una película de Fellini, dicen las malas lenguas que sus encantos era solamente un gran sostén relleno de trapos, al sentarse las gigantes protuberancias le tiraban la falda hacia arriba, y Juanico le decía disimuladamente “Pepa tápate, que se te ve el minini”, de ahí el apodo de esta singular mujer.

Juanico era un hombre que por su aspecto nos inspiraba algo de miedo. De mediana estatura, más bien delgado, tez oscura, con ojos somnolientos que ocultaba detrás de unas cutres gafas de pasta negra y cristales de culo vaso, tenía poco pelo, que peinaba hacia a atrás, con la falta de higiene y la añadida brillantina parecía que los negros mechones estuvieran dibujados en su cuero cabelludo. Era el encargado de los trabajos más desagradables, limpiar el fango del pozo, portar pesados paquetes, y encalar el retrete del patio, eran algunos de sus cometidos. También realizaba otro menester siniestro y oscuro, era el responsable de deshacerse de los gatos dañinos, que destrozan las plantan al enterrar sus deyecciones en la tierra del carmen. Con  destreza los pillaba y los metía en un saco de arpillera. Y cumpliendo con un ritual muy enraizado en la sociedad de este tiempo, se dirigía al Paseo de los Tristes y con la sangre fría del verdugo que ejecuta a su víctima, lanza con decisión al gatuno reo a  las heladas aguas del río Dauro. Este acto antigatuno tenía muchos seguidores en Granada desde tiempos inmemoriales y tal fue su magnitud que un buen día, en una zona ribereña del río Darro, se alzó una plataforma que se le llamaba la “isla de los gatos”, debido al número creciente de felinos que diariamente aterrizaban allí arrojados desde el petril. Confundidos entre la maleza, asomando sus ojos fosforescentes entre las cortinas de yedra o subidos a las higueras locas.

Los gatos del Dauro, han mirado durante años los tejados de las casas, que por cuyas chimeneas el humo de las doce anunciaba la preparación del almuerzo que ellos no iban a probar;  días, meses, el gato despreciado por su dueño mayaba lastimeramente, comía mal, y cuando al Dauro se le hinchaban las narices, perecían arrastrados por la corriente de las aguas, en un aluvión de ramas, objetos y alguna pepita de oro arrancada en los remansos por la fuerza incontrolable de la riada.

Es triste para la casta felina, pero siempre que uno de ellos fue lanzado al Dauro, si el río no llevaba suficiente caudal para acabar con su vida, soportaría unos meses amargos, mayando por la riberas, tratando por todos los medios de ganar la altura, para recobrar nuevamente la existencia pasada. Sin embargo todo es inútil, el gato que cae en el Dauro no sube jamás a gozar de la luna de enero sobre los tejados y a hacer el amor con la gata de la vecindad, y muchos menos de los mimos y ternura que un día le dedicara la dueña de la casa. Este dolor del gato que agoniza en el Dauro, ha tenido eco en todos los tiempos. Siempre hubo un alma caritativa que, aun conociendo el egoísmo de los felinos, le arrojaba a diario sus manjares favoritos. A esa hora imprecisa del  atardecer, las docenas de gatos de “la isla” recibían las raspas de las sardinas y algunos huesos para repelar. Doña Berta fue una impenitente amante de los gatos que se empeñaba en esta altruista labor. Los lastimeros felinos, intercambian escasos diálogos mayatorios, quietos apoyados sobre sus cuatro patas, se han amustiado lentamente en una tisis espantosa. A veces los inviernos más compasivos desataron caudales de agua que le remediaron para siempre de esta vida tan miserable.

Y mientras, como una burla, los otros gatos enamorados en la luna de enero, les contemplan desde los tejados de las casitas típicas, con ojos luminosos, en la noche miran con desprecio absoluto esta serie de felinos canijos de la llamada “la isla de los gatos”

Durante toda mi infancia, siempre me tuvo intrigado el gato de aquel familiar con penetrante olor a nogalina, quieto y en postura de alerta, allí estaba sobre el aparador del comedor familiar. Te miraba sin parpadear con sus ojos verdes cristal. Con mucho recelo, esperando no inquietar al felino, solía pasar mi mano sobre su aterciopelado pelo marrón. Con el tiempo me enteré que aquel ejemplar era de yeso y no de verdad. Este felino casi real, era de la prima Ana, hermana del famoso “Pepico el Cateondo”mujer de vida algo relajada, esclava del amor y la tisis. Pero por su vida se cruzo “El Verniser” y  con el gato se quedó. Como vemos siempre fue ayudando y mermando el patrimonio  familiar.

La gran reina gatuna fue la gata de mi abuela Mercedes, Mina la  llamábamos, la blancura de su vientre contrastaba con el negro de su dorso, de cabeza pequeña, orejas pequeñas y puntiaguda, tenía unos ojos tiernos y alegres. Fué una gata que siempre sabía estar, discreta, cariñosa, limpia y aseada, era la favorita de la matriarca del clan. Que por cierto no era una entusiasta de la especie felina. A la hora de la comida familiar, nunca le faltaba su platillo de comida en el suelo. En un rincón del retrete, tenía su caja metálica de carne de membrillo llena de tierra, donde realizaba con primor sus necesidades, era como otro miembro de la familia, cumpliendo con creces su cometido de mantener el piso libre de ratones. Por la tarde cuando nos sentábamos en la mesa camilla, allí estaba la gata, encima de la tarima del brasero, siempre pegada a la misma pata, era muy respetada y pobre el que le diera un puntapié. Cuando todos nos acostábamos ella se quedaba unas horas apurando las últimas brasas,  una vez agotadas, se dirigía a los dormitorios, subiéndose casi siempre a la cama de mi abuela, acurrucada y juntando hocico con rabo pasaba toda la noche a los pies de su dueña.

Observaba con estupor como la gata en ocasiones engordaba súbitamente, haciéndose su caminar lento y torpe, pero esta metamorfosis duraba poco tiempo, de repente volvía a su elegante figura. Una mañana, mamá nos levantó de la cama y con voz entusiasta nos dijo que bajáramos de prisa al patio, que nos esperaba una gran sorpresa. Y efectivamente fue algo inesperado, nos encontramos a la Mina de la abuela recostada, cobijando en su regazo cinco lindos gatitos, los queríamos coger pero la madre los defendía con uñas y dientes. Al rato apareció la abuela en compañía de “La Minina”, ambas vestidas de negro y un cubo lleno de agua, no podían dejar crecer a la descendencia gatuna, la superpoblación felina era un peligro para la casa morisca. Nos pusimos a llorar, no queríamos que ahogaran a los recién nacidos, después de mucho patalear conseguimos indultar a uno que parecía especial, era todo blanco con ojos redondito y azules, parecía una bolita de algodón. La gata crió con esmero al único superviviente de su parto múltiple.

El tiempo pasó y el gato blanco se desarrolló, pronto se hizo autónomo e independiente, era un gato arisco, egoísta y pendenciero. Con premura perdió su cola en una de sus reyertas callejeras. Su hogar fueron las tapias, los árboles y los empinados tejados; se le veía sigilosamente como un fantasma aparecer y desaparecer. Cuando descansaba en casa siempre estaba recostado en el sofá, sin miramiento de ninguna clase…. Y,  ¡ay de quién le molestara!, entonces levantaba su pelo, arqueaba el lomo y preparaba la zarpa dispuesto acometer al primer mortal que se le acercara. El sinvergüenza pasaba las horas mosconeando a la espera que se durmiera su dueña, para dar un salto a la despensa y recorrer con calma el plano de la mesa del comedor, donde  solían quedar los restos de la cena.

Un día claro de primavera Maritrini, la hermana mayor de los Vicentes, recibió un regalo muy amoroso; Fernando la obsequió con un precioso gatito rubio de coqueto lacito rojo en el cuello. No fue bien recibido por nuestros padres, sabían bastante de la tiranía que se gasta la raza felina. Pero la niña de sus ojos, se encapricho del recién llegado. Para nosotros, como hermanos pequeños se convirtió en el juguete más preciado, y nuestro más fiel acompañante. La gatita era muy casera, siempre prefirió el cobijo y la seguridad del hogar a la libertad y el riesgo de las altas tapias de casa morisca. Ingenua gata, no sabía que su peor enemigo lo tuvo siempre dentro y no fuera de casa solariega.

Por aquel tiempo nuestro consanguíneo primo de ancha frente, aunque por aquellas fechas luciera algo más de pelo, recibió otro singular regalo, un rechoncho y blanco perrito que bautizó con el nombre de “Bolín”. El afortunado canino, cayó en una acomodada casa, que le brindó todas las comodidades que un animal de compañía puede imaginar. El perro pronto creció lo que podía, era finucho, inquieto, escandaloso, pendenciero, egoísta y rencoroso, sin duda había bebido de aquellas virtudes que tanto atesoraba el clan de los Vernisers. Los primeros encuentros entre perro y gata fueron gratos y cordiales, el ladino sabueso fue granjeándose el cariño de la confiada gatita. Paseos y corridas por el patio del carmen compartían, lo mismo perseguían a un ratón que cazaban un pajarillo. Todo era compartido, como buenos hermanos disfrutan de una misma herencia familiar. Mas el canino contrajo un grave padecer, sin saber como fue, se contagió de una terrible enfermedad que también sufrían sus adorados dueños. Una dolencia que te domina y aniquila, convirtiéndose en una piltrafa humana. Soberbia se llama este terrible padecer, en el que con egoísmo, envidia y tiranía, siempre te quiere imponer a tus semejantes. De manera irremediable el perro se convirtió en la voz de su amo. Con  premeditación, alevosía y sordina, fue poco a poco adueñándose de patio comunero. La gatita poco a poco se encontró acorralada y amenazada, antes de bajar se aseguraba que el terrible “Bolín” no estuviera cerca de allí, con el tiempo no podía salir de los pasillos del carmen. El perro de los Vernisers era un auténtico fascista, colocándose en el centro del patio no dejaba acercarse a la gatita. Un desafortunado día, a la gata se le hinchó el hocico y le plantó cara al canido. La lucha fue fraticida, el perro sufrió arañazos y mordeduras varias, pero la gatita fue la peor parada, el canino con perversa intención, lanzó con fuerza su zarpa hacia la cara de la gata, vaciándole el ojo derecho por completo. Con el tiempo la gatita se recuperó, la felina sin duda la batalla perdió, arrinconada fuera del patio supo aguardar y dejar el tiempo pasar. Y una inesperada mañana vió que como se levantaba esa espesa niebla de la tiranía y opresión. El alarido de un angustioso ladrido, junto a un frenazo en seco de un coche, fue el final de su pesadilla y el anuncio de una guerra ganada por la Cándida gatita.

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TAMBIEN FUE EL ALBAYZIN DE AIXA Y ZORAYA


Separados por una estrecha garganta, el Albayzin y la Alambra frente a frente. Eternos rivales que se miran, respetan y se temen. Emergiendo de un mar de esmeraldas, las doradas torres son el último baluarte  de un reino que llega a su ocaso. Una Granada que  el Católico rey engulle grano a grano. Al otro lado, el blanco barrio con sus aristocráticos palacios, una alcazaba cadima que no renuncia a un  merecido protagonismo, nuevos arrabales la rodean, donde se amontonan belicosos creyente que huyen del yugo cristiano. Por sus estrechas y retorcidas calles se respiran aires de conspiración y rebelión, reales linajes que aspiran de nuevo al poder.

A este complicado escenario llega una  sensual dama que cautivará y escandalizará a un pueblo dividido. El viejo Muley Hacen con el corazón partido por esta mujer, y estrangulado por unos retoños con ansias de poder, es incapaz gobernar una ciudad convulsa y asediada. Efímera herencia recibirá Boadíl, tan solo podrá llorar la pérdida de un reino que se le escapa de las manos.

Nuestro fiel colaborador Jesús Expósito Marín nos relata los entresijos que desencadenaron el final de aquella aventura iniciada por Tarik, y que duró más de siete siglos.

EL PRINCIPIO DEL FIN.

Fátima, “Aixa” como la conocen en tierras granadinas fue la mujer de Muley Hacen y madre de Boabdil el Chico, último rey musulmán de Granada, a la que su esposo repudió por fea al enamorarse locamente de una cautiva cristiana destinada al servicio del Harem de la Alhambra, su nombre cristiano, Isabel de Solís, que abrazó el islán y tomó el nombre de Zoraya; “Estrella de la mañana”. En su palacio del Albayzín Muley Hacen vivió días felices entregado al amor y olvidándose del mundo, este lugar fue en tiempos posteriores hospital de tiñosos y actualmente convento de Nuestra Señora del Pilar o de la tiña.

Con el tiempo Zoraya dio hijos al viejo león, que quiso que prevalecieran sobre los herederos legítimos al trono que eran Boabdil y su hermano Yusef, hijos de Fátima.

Subyugado como estaba por el amor que sentía hacía Zoraya no fue difícil por parte de ésta convencerlo de que ellos estaban envenenándolo sutilmente y así encerrar y condenar a muerte a Fátima y a sus hijos.

Estos se encontraban ya esperando el brazo ejecutor secular en una de las salas de la Alhambra, cuando un golpe de suerte detuvo la espada, un emisario llegado de Alhama daba cuenta de la caída de la ciudad a manos del Marqués Duque de Cádiz don Rodrigo Ponce de León, lo que obligó a Muley Hacen a preparar una expedición de inmediato para tratar de recuperar la ciudad y posponer la ejecución.

Una vez salió de Granada Muley Hacen, Fátima desde su cautiverio con promesas de oro y sobornos movió los hilos que la dejaran en libertad a ella y a sus hijos e izarían el pendón de la rebelión avivando viejos rencores entre abencerrajes y zegries, creando un partido adepto a Boabdil. Mediante un golpe de mano proverbial logró hacerse con el trono de la Alhambra, pero ya la guerra civil que tantos males acarrearía al reino estaba asentada entre los bandos granadinos.

Hoy día se conserva el palacio de Fátima: Palacio de Dar-Alhorra así como restos de otro magnífico palacio perteneciente a la familia real en Santa Isabela Real.

El Albayzín granadino siempre fue cobijo de rebelión lo que atestiguan los restos de estos espléndidos,  en otro tiempo palacios, el barrio sirvió como trampolín para hacerse con el trono de Granada “quien poseyera el Albayzín poseería el trono”.

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